sábado, 8 de mayo de 2021

Pandemia y después- De la crisis del welfare state al Commonfare como horizonte

 Pandemia y después- De la crisis del welfare state al Commonfare como horizonte

 

I-              Pandemia.

 

En unos pocos días el gobierno suspendió toda circulación en la vía pública, salvo actividades esenciales, cerraron las escuelas, universidades y oficinas públicas, mientras las autoridades nacionales imponían un lock out de negocios comerciales y fábricas. Paralelamente fuimos confinados a nuestras casas desde hace ya largas semanas. El control policial se extiende por doquier. La coerción estatal, que transparenta una violación a la libertad de movimiento, no obedece a razones de conmoción política, sino sanitarias. Sin embargo, la lex mercatoria termina doblegando esta disposición, cuando, simultáneamente, autoriza todas aquellas operaciones ligadas a la exportación, a fin de garantizar la acumulación del capital. Este virus ha convertido al otro en un riesgo social, mientras amenaza colapsar el sistema de salud, donde sólo el 30 % de la población es atendido en un sistema público, deteriorado e insuficiente. Entretanto, se extiende el control social impuesto desde arriba, como es el caso de los ciber patrullajesde las redes, desde el Ministerio de Seguridad de la nación, y nuestras relaciones sociales se mediatizan por medio de las plataformas como el Twitter, Facebook, Instagram. Mientras las redes sociales, los medios de comunicación y políticos en general invitan a la población a quedarse en su casa a través de hashtags, declaraciones y decretos, las centrales empresarias como la UIA, CAME y los propietarios de industrias y empresas presionan de diversas maneras para salir de la cuarentena y poner en marcha sus fábricas y negocios. El gobierno actúa legitimado por un "comité técnico científico" mientras restringe drásticamente aquella libertad elemental fundamental, la de circular y mover el cuerpo. La Corte Suprema de Justicia, por su parte, no dice nada sobre esta violación flagrante de la constitución republicana. Cuando la ciencia se convierte en el fundamento de la verdad, termina desempeñando el papel que anteriormente pertenecía a la religión, convirtiéndose en vulgar cientificismo o en un biologismo economicista. El más humilde de los que trabajan en contacto directo con las personas, para limitar y aliviar su sufrimiento, tiene una experiencia de la pandemia en curso que carecen, quienes trabajan, sólo con números y la virtualidad. Claramente, mientras el gobierno otorga al comité de técnicos y epidemiólogos influencia decisiva, la política ya no parece gestionar la sociedad. Basta recordar que el impacto de la cuarentena y propagación de la epidemia no es la misma para todos, adquiriendo un carácter de clase. Lo que la crisis pandémica transparenta son las deficiencias, parcialidades y desigual proceso constitutivo de sustitución de la salud pública por la salud privada, que se iniciara hace ya unos cuantos años y que los últimos gobiernos mantuvieran en ese estado. Uno se pregunta, “¿Cómo se discute y resuelve la auto cuarentena de una persona que comparte una pequeña pieza con piso de tierra con 6 u 8 personas en las barriadas pobres? ¿Cómo se aconseja el “distanciamiento social, preventivo y obligatorio” a un cartonero o a quien vive de las changas? ¿Cómo le dices a uno de los tantos habitantes de las villas del conurbano, que lucha por una comida al día, que priorice los desinfectantes para manos? Si bien son preguntas de tipo postcolonial no dejan de ser cruciales en el panorama del manejo de la enfermedad. En los barrios marginales urbanos, la gran pregunta es sobre el tipo de medidas de salud pública que se aplican allí y encontrar alternativas asequibles, por decir, el desinfectante de manos. Ya los bloqueos y el trabajo desde casa obligarán a miles de trabajadores informales a perder el salario diario. Las familias de los asalariados diarios retrocederán a la pobreza. Sin embargo, si esto es una guerra, como se nos repite, y al igual que una guerra, el virus no discrimina, es la sociedad y el sistema de organización social quien lo hace. Aquí es donde el virus, productor no anunciado de un hecho social total, hace su buen trabajo al cuestionar la legitimidad de las desigualdades que estructuran la división del trabajo, la seguridad social o los servicios públicos. Porque, en retrospectiva, un hospital no es una empresa.

Las casas no son lugares seguros para muchas mujeres ante el aumento de la violencia doméstica, a la par que aumentan los abusos y feminicidios. He ahí la preocupación del movimiento feminista para organizar la defensa de aquellas mujeres expuestas a riesgo durante la cuarentena.  

Aunque también sabemos que, ni los deseos gubernamentales, la epidemia y los tiempos singulares que vivimos, son capaces de desterrar la política de la vida social. Lejos estamos del reinado de las técnicas y del control policial. Habitamos tiempos donde propuestas, por más radicales que se presenten, pueden pasar a integrar súbitamente el sentido común. No es posible saber cuál será el próximo paso y cómo la emergencia transformará los estándares del orden social y político. Pero estamos seguros de que este cambio tendrá lugar y de que hay un gran espacio para la política, aún bajo condiciones donde no es posible salir a la calle, reunirse y protestar. 

Nuestra sociedad ha mutado drásticamente en los últimos veinte años: el trabajo formal y dependiente dejó de ser el modelo, para percibir una multiplicidad de trabajos precarios, autónomos, informales, intermitentes donde el desempleo discontinuo y los trabajadores inmigrantes modelan ahora una nueva composición social, excluida de las tradicionales redes de   seguridad social, propias del welfare state. No se trata solo de los servicios asociados a la salud pública. Los ingresos coligados se evaporan ante el lock out impuesto, y con ello las posibilidades de pago de alquileres, facturas, servicios públicos, créditos, etc.    

Además, aunque el gobierno dispuso un Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de 10000 pesos como ayuda extraordinaria a los monotributistas clase A y B, (más de 8 millones de beneficiarios), la disposición de una cartera de créditos a las pymes para el pago de salarios a tasas de interés del 24 % y postergaciones en el pago de los servicios públicos, la situación es tan catastrófica que estas medidas no serán suficiente. Después de largos años de recortes presupuestarios en el sistema público de salud, todo aumento asignado a éste, resultará insuficiente. La emergencia de salud se suma a la inseguridad laboral y al huracán que ha impactado sobre el trabajo informal. Por lo demás, la extraordinaria ampliación de la red de seguridad social promocionada por el gobierno dejará muchas variantes de trabajadores en el camino: algunos trabajadores domésticos, otros tantos de la economía informal y tantos otros en los pliegues del trabajo precario. 

El FMI en su último informe, The Great Lockdown,[1] estima para nuestro país una caída cercana al 6% del PIB en este año y un desempleo del 11 %. Pronostica una caída del 3% del PIB a nivel global y del 6% para las economías avanzadas. La CEPAL prevé para América Latina la peor contracción económica sufrida en su historia, más del 5%, superior a la del 30 y de 1914. Estamos frente a una crisis del capitalismo, singular, diferente: un crack de la producción mundial forzado desde arriba, producto del estallido de una crisis sanitaria y que, a diferencia de la crisis del 2008, repercute sobre las plazas bursátiles mundiales. Ahora el camino es el inverso: desde la producción real hacia el sistema financiero. Crisis simultánea de la oferta y la demanda de bienes, agravada por la simultaneidad geográfica. Como si se tratara de una crisis política abierta o una guerra, la incertidumbre domina tanto la duración como la intensidad del shock. Simultáneamente, siendo la crisis, consecuencia del bloqueo de la producción, resulta más dificultoso apelar al estímulo de la demanda como respuesta.  

Escuchamos a diestra y siniestra que el mundo por venir ya no será como antes. Que se están produciendo enormes cambios, hoy difíciles de precisar y señalar. Desconocemos si se tratará de una larga transición, pero sí que se montará sobre las tendencias sociales y económicas presentes. Se difunde socialmente la necesidad de un retorno a épocas normales. Sin embargo, nos recuerda Naomi Klein, "lo normal es mortal. La ‘normalidad’ es una inmensa crisis”Necesitamos catalizar una transformación masiva hacia una economía basada en la protección de la vida”.[2] Naomi Klein nos habla de un retorno a la normalidad previa, es decir al periodo de crisis del neoliberalismo. Todo parece indicar que estamos frente a un hecho mundial, nunca experimentado antes y de manera tan globalizada. Que es más que la generalización política del estado de excepción, como lo propone G. Agamben[3]; la necesaria superación del capitalismo, S. Zizek[4]; la exigencia de mostrar el fracaso del neoliberalismo tras un Estado mínimo, que deja en manos del mercado y el capital privado la salud del pueblo, los signos del agotamiento de la modernidad, como última etapa del Antropoceno, hacia una nueva edad de mundo, la Transmodernidad, como afirma Enrique Dussel[5], o de tantas otras muy interesante lecturas. 

Todo indica que nos espera una larga transición de salida de la pandemia en el marco de la crisis de algunos aspectos medulares del neoliberalismo, donde la salud pública es reconocida ahora como un bien común y el gasto público aparece como palanca indispensable para el capital. No tenemos respuesta a múltiples preguntas sobre el capitalismo por venir. ¿Qué sobre las tendencias subterráneas, así como acerca del autoritarismo y el control social, montado sobre el ciber patrullaje y/o el manejo de los datos? ¿Cuán efectiva será una política del terror y el miedo asentada en el discurso de la guerra, cuando hoy el virus aparece como el enemigo, y mañana el sistema designará otro distinto? También esta crisis, desestructurante del mapa productivo global, puede herir de muerte la idea de una globalización centrada en la conectividad. ¿Cuál puede ser el futuro del Proyecto One Belt-One road (Cinturón y Ruta de la seda), la globalización en modo chino?

Aunque también disponemos de algunas certezas. La pregunta acerca de cómo será el capitalismo post pandemia, desestima aquella utópica idea lanzada por Zizek sobre el fin del capitalismo, debido a la pandemia del CVD-19. La idea de que el virus derrumbará el capitalismo nos parece disparatada. No habrá construcción de un nuevo orden social sin resistencia y lucha de los oprimidos, sin la intensificación de los antagonismos internos al capitalismo. En fin, sin la extensión y predominancia de nuevas formas de producción, de un nuevo modo de producción, centrado en la autonomía potencial de la cooperación del trabajo cognitivo y el autogobierno de la producción. Se trata de imaginar un nuevo orden económico y social articulado sobre una jerarquía completamente diferente entre lo común, lo público y lo privado.

Como en los cuentos de hadas, el monstruo imaginario no siempre es el verdadero enemigo. A medida que la pandemia continúa, el debate político sobre el "después" se reaviva. Un "después" que, por ahora, es claro, no termina con la pandemia, sino con la pandemia en curso, con la curva de contagios y muertes un poco aplanada. Con la perspectiva, además, de una tendencia sinuosa de esa curva, que podría aumentar nuevamente, después de la atenuación del distanciamiento social, la reanudación del trabajo y con el otoño-invierno en curso. "Después" significa no solo el reinicio gradual de la producción y los servicios, sino también medidas de emergencia para la transición y la puesta en marcha de un plan económico post-pandemia, que hoy está fuera del horizonte. 

La crisis de hoy, y del mañana inmediato, constituyen fenómenos sociales, que no pueden naturalizarse, tras la pomposa denominación de solidaria "guerra" humanitaria contra la pandemia. Las cosas son mucho más complejas, cuando la sociedad no es socialmente homogénea y las clases y los gobiernos utilizan la pandemia de varias maneras. Así Viktor Orbán magnifica el peligro epidémico en Hungría para legitimar un virtual golpe de estado, mientras Putin, Trump y Xi Jinping lo hacen de una manera más apropiada a su papel imperial. No hay un estado de excepción metafísico, sino experimentaciones de conservación del poder asentado en la difusión del temor y del terror, contra el que tendremos que luchar apoyados en una persistente resistencia. La guerra y el enemigo siguen siendo los mismos de los tiempos normales.

La globalización de las últimas décadas ha acelerado nuestro tiempo, transformándolo en un período interminable de trabajo  (donde a veces ni siquiera dos trabajos son suficientes para llegar a fin de mes)- hacia el crecimiento, del PIB, el consumo desenfrenado, el entretenimiento innecesario, la hipervelocidad digital. ¿Pero será suficiente el virus Corona de este indefinible 2020 para modificar todos estos planes y llevarnos a un nuevo mundo por venir?

 

 El devenir autoritario de la pandemia….

 

¿Cuál es el comportamiento de quienes nos gobiernan frente a la sociedad que delegó en ellos la representación política? Todo indica que nos arrastran hacia un autoritarismo desembozado y que nos espera una vida social donde nuestros movimientos e ideas estarán controlados. A traves del GPS de los celulares, mediante cámaras estratégicamente distribuidas en espacios públicos y calles, será posible determinar si realmente respetamos las reglas de distanciamiento social. Todo ello con un discurso donde inicialmente se nos dirá que esta recopilación de datos respetará el anonimato y que se realizará "solo" para comprender el comportamiento masivo. Luego vendrán las sanciones individuales. Aquellos que superan determinada edad, tendrán que quedarse en casa o ir al médico o farmacia a lo sumo, con previo aviso; sólo aquellos con un trabajo esencial y también con previo permiso, podrán circular por la ciudad o tomar un avión. Si tenemos fiebre, un sensor nos lo demostrará y se lo comunicará directamente a la persona que procesa la imagen completa de nuestro perfil. Los datos biométricos individuales, los datos sobre nuestro movimiento, los datos sobre nuestra situación económica, los datos sobre nuestro sueño y nuestro tiempo libre, transformarán la sociedad y la forma como se gestiona, destacando las áreas sociales para apoyar y aquellas otras aque irán al sacrificio. Esto es lo que nos puede esperar después de Covid-19. La sociedad de control llevada a su expresión del siglo XXI.¿No resulta ser este el deseo mayor de los estados y los mercados para reorganizar la crisis y poscrisis?. ¿O la crisis permanente?. Es la recopilación de los datos, ese big data, lo que permite administrar la sociedad. Y estos datos, a fin de minimizar los riesgos, deberán ser lo más exactos y precisos posibles. ¿Riesgo para quién? Para el mercado, el crecimiento y la productividad.  Si hay demasiadas personas enfermas, entonces las cadenas de montaje y la cooperación social ofrecerán espacios vacíos en su transcurrir afectando el crecimiento y la productividad social prevista. Si el descontento es creciente, entonces el peligro son los potenciales disturbios y será necesario poner en funcionamiento el helicopter money[6] (dinero helicóptero), aunque de manera temporal. Son medidas que, más allá que se las describa como de ayuda social, están inscriptas en una lógica privada, apoyan a la economía privada, evitando los desbordes y estallidos. Incluso el propio Financial Times ve con buenos ojos que, en tiempos de guerra, para evitar la contracción de la actividad económica y evitar la depresión, la deuda pública debe utilizarse para apoyar el trabajo, los bancos, las empresas privadas, incluso bajo formas extrema. 

Michel Foucault, para retratar la sociedad disciplinaria en Vigilar y Castigar[7] al describir el funcionamiento del panóptico de Bentham en el siglo XVIII frente a la propagación de la peste, revelaba las medidas que debían tomarse, en ese momento, si la peste visitaba una ciudad: “Más que la división masiva y binaria entre los unos y los otros, [la peste]apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes, a una organización en profundidad de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y a una ramificación del poder.[8] En palabras de Foucault, Cada cual, en su lugar, está bien encerrado en una celda en la que es visto de frente por el vigilante; pero los muros laterales le impiden entrar en contacto con sus compañeros.[9]La vigilancia se basaba en un sistema de registro e informes permanentes: informes de observaciones durante el curso de las visitas: muertes, enfermedades, quejas e irregularidades. Bien podemos hablar ahora en nuestros tiempos, de sociedades de control, del biopoder sobre la vida, de la puesta en funcionamiento en estos días de un coronopticón, como publicara en sus páginas el británico The Economist.[10] Donde la vigilancia del capital sobre nuestros cuerpos ha pasado de los comportamientos e intenciones, al control e información sobre nuestros cuerpos, verdadero panóptico digital asentado en el conocimiento interno de nuestro cuerpo: temperatura corporal, virus, bacterias etc., donde cada cuerpo se identifica con un código QR y un color determinado que indica su estado de salud. Con la epidemia pues, las aplicaciones basadas en dispositivos móviles se han convertido rápidamente y de manera impulsiva en parte del campo inter operativo de tecnologías y redes sobre los ciudadanos, que fuera definido por G. Griziotti como biohipermedia,[11] donde las máquinas de poder estatal y financiero ya ejercen una fuerte hegemonía. La utilización que ha hecho del teléfono inteligente un elemento de supervivencia, parece ser un paso decisivo hacia un control mayor. El acuerdo Google-Apple constituye un paso más en el ascenso de Silicon Valley & C. hacia el poder global. Las multinacionales del capitalismo de plataforma tienen la costumbre de intervenir directamente en la gobernanza global con sus aplicaciones utilizadas por miles de millones de usuarios.[12]

Estamos frente a una combinación-superposición de medidas de vigilancia demodées, propias del feudalismo -las cuarentenas-, con otras verdaderamente coherentes y propias de tiempos donde imperan las sociedades de control. Los intentos del neoliberalismo, del moderno capitalismo, no se limitan a endulzar las subjetividades con el consumo mercantil, sino que ahora se propone avanzar hacia nuevas etapas de dominación. 

Sin embargo, como sabemos que esta crisis no se origina en los bancos sino en la economía real, la reacción no significará, probablemente, que el capital financiero intente avanzar para vampirizar el welfare y las condiciones laborales, sino que nos enfrentamos a algo tan peyorativo como esto: un posible control, directo y selectivo, sobre las poblaciones y los recursos. Aquel hacer vivir y dejar morir en acto. Poder de gestión de la vida en lugar del poder de disponer de la vida. Intento del capital, que al concebir la sociedad fábrica, persiste en extraer valor de nuestras vidas y recursos para acumular ganancias.

Estamos frente a una amenaza real de ejercicio autoritario sin precedentes. Para G. Agamben “la emergencia de salud actual puede considerarse como el laboratorio en el que se están preparando las nuevas estructuras políticas y sociales que esperan a la humanidad.”[13] Mientras se pregunta si el “distanciamiento social” -como se ha denominado esto con un eufemismo llamativo- será el nuevo principio de organización de la sociedad”.[14] Para Bifo “Podríamos salir bajo las condiciones de un estado tecnototalitario perfecto”[15]. Finalmente para Zibechi el militarismo, el fascismo y las tecnologías de control poblacional son enemigos poderosos que, aunados, pueden hacernos un daño inmenso, al punto que pueden revertir los desarrollos que han tejido los movimientos desde la anterior crisis.[16]

Y en este momento el punto no es simplemente comportarse bien y obedecer todas las reglas del distanciamiento social, sino entender qué modelo político es funcional a estas reglas. ¿O, que otra tentativa es posible imaginar, más allá de aquella que termina minimizando las pérdidas de vida, para garantizar el modelo económico social que nos llevó a esta crisis? En estos tiempos de encierro, debemos asumir que el otro (la población mayor de 70 años) no es algo que debe controlarse mediante el miedo y el terror, sino que es alguien que debe entenderse. Cuando Donna Haraway dice que sólo a partir de algunos conceptos podemos pensar en otros conceptos, sugiere que todo está en una "relación específica". Ahora más que nunca nuestra tarea es mantener esta comprensión de la capacidad de respuesta.

 

…. y la racialización.

 

La respuesta del poder frente al CoViD-19 nos remite a aquella distinción que Foucault realizara entre el leproso y su separación, y la peste y su segmentación, “La una [la lepra] está marcada; la otra [la peste], analizada y repartida”[17], nada más que en este caso uno se basa en el otro. Exclusión, separación, identificación, confinamiento: todos deben desplegarse de manera intercambiable, o todos a la vez para inmovilizar una ciudad, para obtener el control de todos los cuerpos individuales, porque así es como se detendrá la propagación del virus Corona. La imagen del leproso "separada de todo contacto humano" y la de la gente de la ciudad segmentada e internada, da cuenta de los dos elementos de una estrategia mixta de exclusión. No necesitamos detenernos en este punto, sino prestar atención directa a las profundas relaciones entre dicha estrategia de exclusión y la producción de la raza. El funcionamiento de la estrategia de exclusión se asienta en la forma en que las comunidades afectadas y los grupos de población participan en la identificación y exclusión de las posibles víctimas de la enfermedad. Para defender a la comunidad, los vigilantes edifican barreras, patrullan las ciudades para evitar la entrada de extraños y, por lo tanto, funcionan como el perímetro interno de una comunidad, sea éste el de un asentamiento de barrios marginales, el de un barrio de la ciudad, pueblo, clan o la misma Nación. Pero, ¿acaso la raza no se origina en la obligación de defender una sociedad, exteriorización propia de la dinámica de la conquista y su opresión? La enfermedad pone de manifiesto esta realidad.

Debemos enfrentar la cuestión planteada por el regreso de la raza, la casta y la clase en esta guerra contra Covid-19. Nos preguntamos: si el manejo de la población para controlar la enfermedad es la esencia de la biopolítica de nuestro tiempo, ¿podemos pensar en una forma diferente de biopolítica, que no segregue a las poblaciones en líneas de casta, raza u ocupación? para el manejo de la enfermedad, ¿pero que piense la sociedad de una manera diferente y abordar la tarea?, "¿Cómo se puede defender a toda la sociedad?" Por supuesto, esto requiere un nuevo tipo de poder social, una nueva autoridad republicana construida sobre los sans culottes de la sociedad donde la confianza aparece como crucial. Así como los pacientes confían en los médicos, razón por la cual los pacientes siguen las prescripciones médicas, la sociedad debe dejar de lado toda desconfianza tras la construcción de una nueva biopolítica. Biopolítica desde abajo, si se puede usar esa frase algo incómoda, que nos permita formular la pregunta de manera diferente: ¿Podemos imaginar una sociedad basada en prácticas colectivas para ayudar a la salud de las poblaciones, incluidas las modificaciones de comportamiento a gran escala, sin una expansión a gran escala de las formas de coerción y vigilancia? ¿Qué significará el colectivo "cuidado de sí mismo" en tales circunstancias?, ¿una política alternativa de la vida? ¿Cómo admitirá ese principio de cuidado de sí, la autocoerción? ¿Podemos plantear esta pregunta si los trabajadores se ven obligados a elegir entre la vida y el sustento? ¿Qué significado tiene el cuidado de uno mismo, si deja de lado cuidar el uno del otro, como principio básico de la solidaridad? Una nueva biopolítica significa proteger y cuidar a quienes nos cuidan inicialmente, trabajadores de la salud, de la logística, supermercados y productores de alimentos, medicamentos, electricidad, conectividad etc. Significa autoorganizarse, como condición primera para producir un nuevo poder público.

Mientras tanto, el curso de la crisis operará directamente, como ya lo hace, bajando salarios (las suspensiones laborales reconocen sólo el 70% del salario) y flexibilizando las condiciones de trabajo (se modifican los turnos de trabajo, mientras se implementa el home work), es decir volviendo más precaria la fuerza de trabajo. En el horizonte social despunta un paisaje más abrumante la posibilidad cierta de un control selectivo directo sobre las poblaciones y los recursos. La actividad financiera ya no será suficiente: lo que el capital necesitará es un exterminio diseñado de vidas y control sobre los recursos.

 

II-            Las transformaciones socio-económicas pre-pandemia. El común como nuevo espacio social capitalista.

 

Un capitalismo de nuevo tipo.

 

Sin caer en la teleología del evento, sintetizada en esa idea de que "nada será como antes", o en la nostalgia del pasado, que toma cuerpo en el deseo de "debemos volver a la normalidad lo antes posible", lo cierto es que el futuro a construir depende fuertemente de algunas anticipaciones del presente: cómo decidir bajo un estado de emergencia, que nos remite al entorno político; qué políticas económicas adoptar y como sustentarlas, que nos direcciona al espacio económico; cómo queremos vivir en pandemia que nos envía a derivas sociales. Es indudable que este deseo anticipado integral condicionará nuevos equilibrios y jerarquías, y direccionará las transformaciones y conflictos. Aunque debemos reconocer que el cómo resulta difícil predecir. El carácter apocalíptico de la pandemia no reside en el final de algo sea la especie humana, el capitalismo o la forma que toma como neoliberalismo. Sino en la capacidad para revelar características y contradicciones del mundo en el que vivimos: desde el papel dominante de las tecnologías digitales, hasta la centralidad de los flujos; desde los efectos de las políticas socialmente devastadoras de ajustes y austeridad, a la fractura del proyecto de globalización. El impacto del virus y las medidas de gestión de emergencias sanitarias relacionadas son generadoras de la presente recesión de gran alcance en la economía real y cambios radicales en nuestros estilos de vida. Donde la salud de las personas parece ser la suprema ley en vigencia, el principio en torno al que se redefine el perímetro de los espacios sociales y políticos, mientras que la reproducción social se pone en juego en la lucha contra la pandemia. 

Pero la pandemia, así como la recesión de 2008, no se desarrollan en un contexto neutral, sino dentro de coordenadas históricas y sociales precisas que dan forma tanto al fenómeno, como a sus consecuencias. Como sucedió anteriormente, el neoliberalismo se cuestiona como un proyecto total (no solo económico, sino también político, cultural y social) hegemónico en la construcción de esas coordenadas histórico-sociales. Esto no significa que estemos presenciando el fin del proyecto neoliberal o incluso del capitalismo. Más bien, una fase extremadamente incierta parece haberse abierto ante nosotros, cuyos resultados están lejos de ser obvios. Y por esta razón, es importante elaborar un pensamiento transformador de nuestro presente, no solo para comprender los nudos en torno a los cuales se define el estado de las cosas que estamos experimentando, sino también para actuar en él. 

Mientras que el neoliberalismo postula la naturaleza inmutable del libre mercado, de la competencia y del propietario individual, el darwinismo social de la derecha soberana y racista despoja a esta antropología de las promesas de prosperidad futura y transforma la competencia en una guerra civil entre identidades. En ambos casos no se cuestiona el estado de las cosas presentes, sino solo una forma diferente de relacionarse con aquél. En ambos casos, la acción política es el privilegio de unos pocos, en un caso de los técnicos de la economía y en el otro de los líderes populistas.

¿Qué pasa con el pensamiento crítico entendido como el pensamiento del movimiento que transforma el estado de las cosas presentes? ¿Qué política podemos imaginar en el momento de la pandemia? ¿Tenemos que resignarnos a aceptar nuevos recortes en las reformas del welfare  y del mercado laboral con la promesa de que una vez que se paguen las deudas habrá riqueza para todos? ¿O deberíamos ceder ante la cruda visión de un mundo para unos pocos, de la muerte tuya y la vida mía, con menos derechos y más control social? ¿O hay otros escenarios para imaginar y explorar? 

Entrar en la emergencia actual dentro de un contexto específico significa, en primer lugar, reflexionar sobre algunos procesos estructurales a largo plazo y cómo entran en juego para definir la situación actual. La pandemia, las medidas para combatir el contagio para la protección de la salud, su impacto en la economía y la sociedad: en todos estos casos, los pares vida / muerte, salud / trabajo, reproducción / producción se convierten en los ejes alrededor de los cuales se reformula el discurso político. Pero, ¿cómo ubicar estas categorías dentro del proyecto neoliberal en el que todos vivimos? Mirar el pasado cercano de nuestro presente significa, al mismo tiempo, preguntarnos qué direcciones pueden tomar los eventos que estamos experimentando, significa imaginar qué tendencias pueden sufrir una aceleración y, en cambio, un retroceso; significa identificar lo que es el campo de batalla y qué jugadores en el campo. La gravedad de la crisis pandémica va más allá del impacto que tendrá sobre la economía: se revela por su carácter transversal y pervasivo.[18]

 

Para quienes sostenemos la existencia de cambios sustantivos en la composición social de nuestras sociedades, resulta innegable que la crisis nos ha puesto frente a una emergencia, abriendo las puertas a la posibilidad de un cambio en la filosofía, puesta en discusión e implementación de algunas ideas económico sociales, rompiendo con un pensamiento consolidado sobre los dispositivos de control social y económico. En ese sentido surge una primera pregunta: ¿Cuáles son los factores que han desencadenado la emergencia sanitaria? ¿Podemos efectivamente sostener que se trata de un shock externo al sistema capitalista originado en la transmisión de un virus que ha mutado? 

Parece a todas luces incuestionable proponer que la crisis capitalista de los años 2007-2008 fue una crisis interna del sistema capitalista, en tanto el mercado financiero, -se puede decir, que era el motor del proceso de valorización del capital- reveló, de manera contundente, las debilidades que el sistema manifestaba. Se nos dice que la actual crisis es diferente. No es comparable. Estaría expresando un crack, un shock externo, sin preaviso para afrontarlo. Sin embargo, se trata de una respuesta simplificadora que opera como un bálsamo, ante la magnitud de la crisis que afrontamos, sin ser realmente verdadera. En realidad, según los expertos, se trata de la mutación de un virus, una zoonosis, ante cuyo despliegue, la actividad humana no puede considerarse como exenta o indiferente. Las mutaciones en la naturaleza no son neutrales, no se producen de manera ocasional, sino que en todo caso siempre dependen del comportamiento y el accionar humano. Estamos en presencia de un fenómeno que se enmarca en el pase del antropoceno al capitoloceno. Bajo el capitaloceno el sueño del hombre es manifestarse omnipotente frente a la naturaleza, hasta desarrollar fuerzas verdaderamente despóticas anti naturales, capaces de generar efectos de escasez y/o calamidades. Lo que ha madurado en el capitalismo, que ha hecho de la producción natural y artificial palancas para la valorización, 

es el supuesto de que al dominar el hombre la producción artificial, que se presenta como transición de lo natural a lo artificial, igualmente podría dominar la naturaleza. Se trata de una simple presunción contrariada. Esta fantasía ha generado una serie de efectos conocidos: el aumento de la temperatura media de la tierra, el cambio climático, el agujero de ozono, etc., incluso, la transformación genética, en un contexto donde, a partir del año 2004, se alcanza la escritura del genoma. ¿Qué significó este descubrimiento? La revelación de la escritura del alfabeto de la vida, porque la escritura del genoma, es decir el desciframiento del ADN, permitió desde ese momento, crear materia viviente, viva, de manera artificial. Nos encontramos en una etapa donde se proclama que la producción artificial puede controlar la producción natural. En otras palabras, hemos entrado en la etapa de creación de material vivo a partir de material artificial. Se trata de un cambio de época, similar a la respuesta que cimentara el ruso Mendeliev en 1865, quién, al descubrir el alfabeto de la materia física pudo construir su tabla de elementos.[19] Verdadera revolución de la física de los materiales que permitiría la fabricación de polímeros, fibras sintéticas, plásticos que por su parte habrían de devastar a la naturaleza en pocos años. 

No se trata de una epidemia que recuerda otras, sino de una que nos conduce a la acción humana guiada hoy por la necesidad capitalista de alcanzar un proceso de mercantilización de la vida. Por lo tanto, la pandemia en curso no puede achacarse simplemente a una crisis externa.

 

Lo que nos muestra de manera muy cruda la crisis de la Covid-19 es que el poder del capitalismo global se asienta en la existencia de grandes espacios sociales de precariedad económica, social, material, sanitaria. No se trata sólo de una precariedad individual sino también estructural, porque afecta al estado en que se encuentran los servicios de la salud pública globalmente. Ante este escenario la respuesta política más difundida que trasciende todas las geografías es la del retorno del intervencionismo estatal en sus diferentes facetas. El pensamiento del mainstream político global considera que la pandemia ha provocado una herida casi mortal al neoliberalismo y la globalización, asentada en una triple lectura: a- por un lado. la preponderancia asumida por el estado para hacer frente a la crisis y diseñar un camino de salida; b- por otra parte, la dificultad del sistema capitalista mundial para construir una respuesta globalizada, como en la crisis del 2008/2009. Hoy, el nacionalismo de los estados impide la creación de una gestión mundial ante la emergencia del mundo real. Cada país enfrenta de manera solitaria la pandemia, como si hubiera 197 epidemias nacionales; c- finalmente la crisis sanitaria revelada por el inmenso déficit de una salud pública que fuera privatizada en época del neoliberalismo triunfante. Esta constatación empírica sostiene y fortalece la idea de un rápido y casi inevitable retorno al estado de bienestar que prevaleciera durante los 30 gloriosos años, y que sucumbiera, según el mismo pensamiento, ante los embates del neoliberalismo y la llamada valorización financiera, tan cara al pensamiento nacional y popular. Es probable que esta idea reforzará el intento de regreso del viejo welfare, mientras desplaza toda lectura crítica que permita percibir una respuesta colectiva como alternativa diferente. 

Paralelamente asistimos a una emisión monetaria sin precedentes, masiva intervención de los gobiernos que no distingue ideologías, que altera todo equilibrio fiscal, contradiciendo los principios básicos del neoliberalismo: Trump y Jhonson; la Banca Central Europea (BCE) y los gobiernos de Conte, Macron y Sanchez; así como los gobiernos latinoamericanos, Piñera, Fernandez, Lopez Obrador. Lo que se ha dado en llamar el helicopter money, es decir la creación de moneda financiada por el Banco Central, ¿no constituye un retorno al keynesianismo de los primeros tiempos? De ser así, y tratándose de un fuerte incentivo a la demanda, debería asumir un carácter permanente y todo indica que se trata de políticas de carácter no recurrente, excepcionales, de corta duración y desaparición, una vez superado el bloqueo productivo y fortalecido el control social.      

En el transcurrir de la crisis los neoliberales, aplaudidos por los soberanistas, se apresuraron a reclamar el regreso del estado (tras la emisión monetaria casi sin límites), oh casualidad, en el momento que la economía capitalista se derrumba. Pasada la crisis su queja se volverá sobre los excesivos impuestos, excesivo gasto público, las deudas privadas que asumieron etc, etc., lamento borincano ya conocido. Mientras los soberanistas y enamorados de toda política estatal manifestarán alegría y verán en éste, el regreso triunfante del estado, como el sepulturero del neoliberalismo. Más aún, cuando se ha exacerbado el rol soberanista-nacionalista de los estados al enfrentar la pandemia. Recordemos como, algunos de ellos, los EEUU (America first again), emitieron una informal declaración de guerra contra el resto, para disponer de manera arbitraria de la producción disponible de máscaras, kits de pruebas, respiradores etc. emulando el regreso de los tiempos de los filibusteros. 

 

 La crisis del welfare state

 

Sin embargo, la pregunta que nos surge es si podemos esperar el fortalecimiento de aquel estado de bienestar fordista-socialdemócrata que protegía la salud pública, fortalecía la educación pública, la investigación etc. etc. Reconociendo que el mainstream económico político tiende a defender simplemente el progreso social alcanzado por el estado de bienestar. Al invocar al estado como una entidad protectora abstracta, suerte de pater político que nos salvará (recuerdo el pensamiento de R. Segato, “estado materno porque nos cuida”), olvidamos que éste es, sobre todo, una máquina administrativa hecha para dominar y administrar a una población nacional, una máquina presidida por gobernantes que, una vez elegidos, gestionan en función de la lógica del poder, cualquiera fuera el perfil que éste asuma. 

Basta recordar que el estado del bienestar surgido en épocas de crisis y depresión capitalista, 1930, fue la respuesta del capital a las demandas obreras y la revolución de 1917. Debemos situarlo como la política del capital para la contención social y búsqueda de tiempos de paz, que permitieran una prolongada acumulación del capital. Donde el encadenamiento de los acuerdos salariales con el capital sustentó el largo ciclo de acumulación virtuosa, los 30 gloriosos años, montados sobre las prestaciones sociales a los obreros fabriles fordistas, acompañado por una sustancial participación del Estado en el gerenciamiento social de la fuerza de trabajo y la moneda, así como en las áreas de bienestar social y educación que permitieron acoplar la producción de masas al consumo de masas. Pero ese mundo social, laboral fabril, con hegemonía de la producción industrial en la dinámica de acumulacion, ya no existe más. Las condiciones sociales y políticas en que estos proyectos se basaban en el siglo XX ya no existen.[20] El nexo construido entre salario y productividad sirvió para impulsar simultáneamente la innovación tecnológica y contrarrestar la resistencia obrera. En efecto, producto de las presiones obreras, el salario de fábrica se complementó con el salario social, nacido de los pagos aportados para los diferentes planes sociales, en cabeza del Estado keynesiano: coberturas en salud, educación, pensiones, jubilaciones y asistencia social formaron parte de ese paquete global. Este conjunto de medidas estatales contribuyó a soportar un nuevo régimen de acumulación, como forma de prevenir y contener las luchas sociales e integrar al grueso de los trabajadores en el circuito de consumo del capital. Este cuadro socio económico, que sostuvo el desarrollo de la sociedad capitalista durante todo el siglo XX, aparece hoy atravesado por una profunda crisis estructural que quebranta hasta las raíces el funcionamiento y legitimación de aquellas instituciones sociales que, durante la sociedad industrial, permitieron la fundación y estabilización de un determinado régimen de crecimiento.

El punto de partida de este cuestionamiento, que llevó al desorden y verdadero trastocamiento del modelo de acumulación fordista industrial se asienta en la dinámica conflictiva ejercida por el obrero masa que des estructuró los fundamentos de la organización científica del trabajo, conduciendo a una formidable expansión de las garantías y de los servicios colectivos del estado de bienestar, más allá de toda compatibilidad posible con el fordismo. Como resultado de este proceso, se produjo una atenuación en la restricción monetaria de la relación salarial, así como un importante proceso de reapropiación colectiva de la potencia intelectual de la producción. Entre tanto, se construía, en el seno mismo del capital, los elementos de un común, y de una transformación ontológica del trabajo, vuelta ahora contra la lógica del capital, de la mano de la figura del trabajador colectivo, del general intellect, condición subjetiva y forma estructural de una economía fundada sobre el rol motor de la dimensión cognitiva del trabajo y de la construcción de una intelectualidad difusa

 

El conjunto de las políticas keynesianas de relanzamiento de la demanda y su expresión política más avanzada, el compromiso socialdemócrata –en tanto modo de regulación de los conflictos sociales basado en la multiplicación de arreglos bilaterales o trilaterales, entre patrones, sindicatos y Estado–, se tornó ineficaz para contener las luchas y la resistencia obrera.

La respuesta del capital ante la luchas y resistencia de los obreros fordistas fue llevar la producción allende las fábricas, haciendo estallar la institución trabajo que, como institución social garantizaba la integración entre individuo y sociedad.  En efecto, la integración productiva, corazón de la relación salarial, convalidaba el derecho de los trabajadores a demandar y gozar de los derechos sociales que el estado bienestar garantizaba: derecho a la educación, derecho a la salud, derecho a la vivienda, derecho a los servicios públicos teléfonos, electricidad, gas, agua, cloacas etc. La ciudadanía social se constituía de manera dependiente y subordinada a la integración productiva, al previo ejercicio de la relación salarial. El estado benefactor, articulador de la relación entre la fuerza de trabajo viva fabril, industrial y la producción y reproducción del trabajo, que oficiaba de garante en esta relación, se encuentra virtualmente agotado. 

La pérdida de centralidad del trabajo asalariado, la progresiva autonomización, descentralización y desarrollo en red del proceso de producción social, así como la instauración de normas cada vez más individualizadas, y por lo tanto aleatorias, comportan los nodos fundamentales de la transformación económica y social en curso. Si bien el trabajo continúa organizándose en la empresa y en la fábrica, debemos reconocer que se presenta también, de manera frecuente y generalizada, por fuera de ella. Las fronteras laborales se han extendido y vuelto más flexibles, incorporando ahora, sin mediaciones, aquellos espacios de vida y de reproducción social que en el pasado estaban excluidos, al ser considerados improductivos y no explotables para la generación de plusvalor y, por tanto, de ganancias[21].

Toda apuesta y posibilidad de salir de la crisis no puede, entonces, ser reconducida al proyecto de una eventual instauración de un nuevo compromiso entre capital y trabajo y la creación de instituciones capaces de limitar el poder de las finanzas y de restablecer el vínculo fordista entre salario y productividad, asegurando de esa manera un desarrollo armónico de las normas de producción y de consumo propias de un capitalismo basado ahora en lo inmaterial y el conocimiento. Recuperar una lectura “subjetiva” sobre la construcción de un welfare de nuevo tipo significa poner en el centro del análisis el trabajo vivo; perspectiva que debe retomarse si se trata de comprender la dinámica de los cambios actuales.

Asistimos a una metamorfosis de la relación salarial[22] traducida en modificaciones en la naturaleza del trabajo -hoy afectivo, relacional, comunicativo, cognitivo-, basado en la cooperación, mientras trasciende las fronteras fabriles para extenderse al conjunto de la sociedad. Mutación central que ha impactado sobre las modalidades de intervención estatal y validez socialmente productiva del propio estado de bienestar. Transformaciones que, como tales, no son reconocidas por aquellos sectores enrolados en lo que pudiera llamarse izquierda, ya que sus análisis se limitan a abordar dichos cambios como simples efectos de equivocadas políticas neoliberales y cuya superación requeriría de un viraje de política económica con fuerte participación estatal. 

 

Capitalismo cognitivo.

 

Estamos frente a un proceso histórico de radical transformación que, iniciado a mediados de la década de los 70´s, se profundizó en el último cuarto de siglo pasado, sin dejar de manifestarse en estas dos primeras décadas del nuevo siglo XXI, y que ha determinado la virtual desaparición de la sociedad industrial, como la conocíamos, y el surgimiento de un capitalismo cognitivo. Con el concepto de capitalismo cognitivo designamos un sistema de acumulación donde el trabajo intelectual e inmaterial deviene el valor dominante. Resultado de un proceso de reestructuración a través del cual el capital tiende a absorber y someter de manera parasitaria la condición colectiva de la producción de conocimiento, sofocándo aquel potencial emancipatorio inscripto en la sociedad del general intellect

Dos argumentos esenciales caracterizan de manera adecuada la génesis del nuevo capitalismo. El primero es que el motor esencial, origen y punto de partida, de una economía fundada sobre el conocimiento se encuentra en la potencia del trabajo vivo. El segundo argumento sostiene que la principal fuerza creadora en las NTIC no proviene de una dinámica empujada por el capital. Ella reposa sobre la constitución de la red social de la cooperación del trabajo, portadora de una organización alternativa, tanto en la empresa cuanto en el mercado, como forma de coordinación de la producción. Es posible afirmar entonces que la formación de una economía fundada en el conocimiento precede y se opone, tanto desde el punto de vista lógico como histórico, a la génesis del capitalismo cognitivo.  

El enfoque del capitalismo cognitivo, frente a las teorizaciones dominantes de la economía basada en el conocimiento, constituye una doble inversión tanto a nivel conceptual como metodológico. En primer lugar, rescatar el término "capitalismo" significa indicar la permanencia, más allá de toda variación, de los invariantes del sistema capitalista. En particular, el papel determinante del beneficio y la relación salarial, es decir las diferentes formas de trabajo sobre las que descansa la extracción de plusvalía. 

En segundo lugar, el término "cognitivo" saca a la luz la nueva naturaleza del trabajo, las fuentes de valor y las formas de propiedad que apoyan ahora la acumulación de capital y las contradicciones que esto genera. Mientras que el capital llamado intangible e intelectual se afirma como la principal forma de capital productivo, al mismo tiempo, el producido adquiere también características inmateriales, en oposición al carácter material del producido en el capitalismo industrial, producción de mercancías por medio de mercancías

En términos del modo de acumulación, la cuestión central del desarrollo del capital se centra cada vez más en controlar la producción de conocimiento y su transformación en bienes, a la par que se basa en mecanismos extractivos de renta: crecimiento de las finanzas y de los derechos de propiedad intelectual (patentes, derechos de autor y marcas). Las contradicciones del nuevo capitalismo se manifiestan tanto en la relación entre trabajo y capital (en la esfera de producción y circulación) así como, de manera cada vez más aguda, en el antagonismo entre la naturaleza social de la producción y la naturaleza privada de la apropiación. Por lo que el significado y las apuestas de la actual transformación del capitalismo no se encuentran, de hecho, en la simple constitución de una economía fundada en el conocimiento, sino en la formación de una economía basada en el conocimiento, enmarcada y subsumida por las leyes de la acumulación de capital. 

Este proceso de reestructuración se apoya sobre una nueva fase de desocialización de la economía, una nueva fase de acumulación primitiva de capital que se desarrolla según una lógica, que sigue cuatro objetivos esenciales: a) la captación del valor asentada en la cooperación del trabajo, cada vez más exterior y autónoma con respecto al capital. Como si el movimiento para fomentar la cooperación laboral fuera acompañado por un movimiento paralelo para potenciar el capital en la forma abstracta, eminentemente flexible y móvil del capital monetario; b) la progresiva mercantilización de las instituciones del welfare state, mediante la colonización  gradual de los bienes comunes representados por el conocimiento y la vida, en particular, gracias al fortalecimiento de los derechos de propiedad intelectual y las políticas de control de la vida, lo que Marx describiera como estrategia para mantener por la fuerza la primacía del valor de cambio por sobre la riqueza; c) la individualización y precarización de la relación salarial, como manera de recuperar control, ante una fuerza de trabajo cada vez más autónoma (crisis de la subsunción real), proceso de desocialización que igualmente potencia el desarrollo de la renta; d) los intentos de quebrar la unidad de la figura de la intelectualidad difusa, pretendiendo su segmentación, entre aquellos ligados a los sectores más rentables (finanzas y bancos, organismos de recaudación -AFIP-, start-up informáticos, plataformas digitales, actividades de investigación orientadas a las patentes) y los sujetos a los empleos más precarios de la nueva división cognitiva del trabajo, aquellos neo taylorizados de los sectores tradicionales y los nuevos servicios estandarizados (trabajo de cuidado, diferentes labores femeninas ligadas a la reproducción social).  

En la edad del General Intellect (es decir, de la hegemonía del trabajo cognitivo en la producción capitalista), la nueva organización social del trabajo está condicionada por una creciente eficiencia productiva del trabajo cognitivo y, por tanto, por una primacía ontológica del trabajo vivo sobre el trabajo muerto en la relación de capital. 

De la doble función de la dirección capitalista del proceso de producción, en el sentido que Marx le asignaba, con respecto a su organización, por un lado, y el comando despótico con respecto a la extracción del trabajo excedente, por otro lado, sólo permanece este último. Y, paralelamente, en el capitalismo cognitivo, a diferencia del modelo industrial smithiano basado en la centralidad de la división técnica del trabajo dentro de las fábricas, la fuente de la "riqueza de las naciones" se basa, cada vez más, en la cooperación productiva que se desarrolla fuera de los recintos de las empresas. En resumen, en numerosos casos, hoy la valoración productiva del capital, dentro de las empresas, no se basa más en el papel efectivo que cumplía en la planificación de la organización del trabajo. Depende mucho más, y principalmente, del poder monetario de mando sobre el trabajo, apuntalando, en este sentido, la difusa frontera que se abre entre la renta y las ganancias.

El capitalismo ha vuelto productiva al conjunto de la sociedad. Es por ello que el beneficio, la ganancia capitalista ya no proviene de una fábrica aislada, sino de la producción social en su conjunto. Ya no es posible poder determinar el beneficio como la expresión monetaria del plusvalor, en la medida que la producción ha saltado las fronteras fabriles. Y todo ello porque ha cambiado la naturaleza del trabajo: cada vida se ha hecho integralmente productiva. 

La producción es hoy cada vez más social en dos sentidos. Por un lado, la producción se realiza en redes de cooperación. A su vez, ya no se puede circunscribir el resultado final de la producción simplemente a mercancías materiales o inmateriales; su producido reúne ahora también la producción de las relaciones sociales, en última instancia, de la propia vida humana. Este es el sentido otorgado al nuevo tipo de producción contemporánea, como producción antropogenética o biopolítica. La producción toma la forma del Común capitalista.

La particularidad del capitalismo cognitivo es que su producido es, simultáneamente, producción de subjetividad, producción de relaciones sociales, soporte último material del Común. Es el propio proceso productivo capitalista el que se ha modificado: a la producción en la fábrica se le superpone la organización postfordista de la explotación del general intellect sobre el conjunto de la sociedad y la captación del plusvalor socialmente producido mediante mecanismos financieros. Se ha modificado la forma de explotación y la modalidad de la extracción de la plusvalía. El valor producido no solo compete al trabajador individual sino que se asienta en la cooperación social puesta en juego, mientras que la apropiación del plusvalor ya no se produce como antes de manera directa como explotación directa del trabajo, sino que ahora toma la forma de apropiación por el capital como extracción del Común en cuanto constitución de la producción social total.   

 

Común como modo de producción. Commonfare o welfare del Común.

 

En nuestras sociedades latinoamericanas, luego de la oleada privatizadora y neoliberal, es manifiesto que, a pesar de los esfuerzos y de las políticas de los últimos gobiernos, una masa importante de trabajadores, invisibilizados desde el punto de vista de las normativas laborales vigentes, permanecen por fuera de los clásicos espacios laborales. Lo que se ha modificado es la constitución material de nuestros países en la medida que se ha alterado radicalmente el sistema de relaciones industriales. Asistimos a una progresiva degradación del trabajo dependiente y, simultáneamente, a una fragmentación del trabajo. La organización del trabajo post fordista vuelve casi prácticamente impracticable toda una serie de normativas que reglamentaban los conflictos y las negociaciones laborales típicas del período precedente.[23]    

Hablar del Común es poner en juego la distinción entre lo público y lo privado. No resulta extraño que, frente a la práctica del socialismo real y del estado de bienestar capitalista, la idea y concepción del común adopte abordajes equívocos. Si el socialismo real, confundió lo público con lo estatal, reduciendo el común a lo estatal al confundir simultáneamente el común con lo público, la práctica del estado de bienestar capitalista, que desarrolló lo público como dispositivo asociado al welfare state, asimiló igualmente lo público a lo común, confundiendo ambos espacios. Con el crecimiento del fordismo y el Estado keynesiano, la dialéctica entre lo público y lo privado se volvió tan inclusiva, que la organización de la solidaridad en sí, se aparece, cada vez más, mediada por la organización burocrática del estado de bienestar.  

Para Negri y cia,[24] por el contrario, tanto el proyecto como la definición del Común consisten en exceder los conceptos de privado y de público, superando ambas categorías al interior de una gestión común. 

El Común se constituye en el terreno mismo de la materialidad asociada a la actividad laboral en el capitalismo cognitivo, bajo la forma de la cooperación y del trabajo en red. En efecto, para el trabajador inmaterial, el Común representa no sólo la condición material de su actividad –actividad que se ejerce necesariamente en interdependencia-  sino las de su mismo resultado, mediado por la diversidad y la complejidad de vinculaciones, intervenciones y transacciones que produce, al mismo tiempo que realiza su actividad. La constitución del Común reenvía siempre a una multiplicidad; no desemboca en una unidad de acción, sino que se despliega bajo la forma de un agenciamiento, múltiple y transversal, pluralizado y singularizado. No puede ser asociado a algo estático ni referido a un trascendental. Es una relación de apropiación y de redistribución que va de la singularidad a la multiplicidad y desde la multiplicidad a la singularidad, en un círculo virtuoso de potenciamiento singular y colectivo. Que se produce en la inmanencia de la cooperación y que, en la inmanencia de la cooperación, produce de manera libre y autónoma el propio derecho. Se trata de un proceso contradictorio y abierto donde se pone en cuestión las relaciones de producción a través de la tensión, siempre abierta, entre la captura capitalista de la diferencia y el desarrollo autónomo de la parcialidad subjetiva.

La ontología, la base ontológica históricamente determinada de la actualidad del Común no se encuentra, de hecho, principalmente, en la naturaleza intrínseca y las características particulares de ciertos bienes. Radica, en cambio, en la capacidad de autoorganización del trabajo, una capacidad que en el capitalismo contemporáneo se basa en la autonomía potencial de la cooperación en el trabajo cognitivo y en el desarrollo de la inteligencia colectiva (general intellect).

En este sentido, el Común es siempre una construcción social y política, ya sea bajo su forma de organización, así como para la elección de los criterios que seleccionan o no ciertos recursos, bienes o servicios para el estatuto de bienes comunes.[25] Por lo tanto, lo Común puede en principio referirse a la gestión de cualquier tipo de bienes o recursos (ya sean competitivos o no competitivos, excluibles o no excluibles, materiales o inmateriales). 

Lo Común, el Común debe pensarse, en términos económicos marxistas, como un verdadero "modo de producción" emergente o sistema económico en devenir. No debe ser pensado simplemente en términos de bienes comunes o de los commons.[26] Es el portador de una alternativa tanto a la hegemonía de la lógica burocrática administrativa del estado, como a la economía de mercado capitalista, como principio de coordinación de la producción y del comercio en el sentido marxista del término, una tensión cada vez más aguda entre dos elementos claves: (1) la naturaleza de las relaciones de producción, de propiedad y de apropiación del valor cada vez más parasitarias del capitalismo cognitivo, por un lado; y (2) las fuerzas productivas vivas de una economía basada en el conocimiento y la producción de humanos para y por los humanos, por otro lado, economía que contiene, dentro de sí, la posibilidad de superar el orden capitalista.

Por un lado, este concepto establece un principio general de la autonomía o auto gobierno de la sociedad, que hace idealmente que la democracia descienda a la esfera de la economía y de las decisiones estratégicas relacionadas con las preguntas: ¿cómo producir? ¿qué producir? ¿para quién? Igualmente se funda sobre la condición de no apropiables de los instrumentos de producción y recursos materiales e inmateriales, de los que depende la producción y reproducción económica de la sociedad. Esta es una ruptura fundamental con respecto a los sistemas fundados en el par estado-mercado donde la democracia se ve relegada al nivel político de la democracia representativa y completamente separada de la esfera económica, una esfera donde las decisiones estratégicas se asientan en la propiedad pública y/o privada, propiedad que ambas esferas comparten bajo el principio de la propiedad absoluta. Así como del modelo de socialismo real, donde la propiedad económica real, la posesión según Bettelheim, era el monopolio de una casta burocrática. Se trata de entender que el Común en singular, en cuanto modo de producción, no se presenta en estado puro, sino que se inscribe en lo que la tradición marxiana denomina formación económica social, fundada sobre la articulación jerárquica entre diferentes modos de producción.[27] Se presenta más bien, como dice Marx, como un nuevo modo de producción en vías de surgimiento que se desenreda en el seno del capitalismo y que puede devenir dominante con relación a la lógica del Estado y de la economía capitalista de mercado. Donde uno de los aspectos salientes del modelo productivo del Común es, precisamente, ser portador del conflicto capital-trabajo, bajo una redefinición ecológica y no productivista de la relación entre el hombre y la naturaleza.[28]   

Pero igualmente el común es la construcción de un espacio de resistencia al interior de este nuevo horizonte; en ese sentido, el común se entiende como expresión de la lucha biopolítica. Como la forma en que las subjetividades pueden componer sus diferencias, dejando de lado aquello que las vuelve idénticas, e incorporando aquello que momentáneamente las articula, según una relación de fuerzas que las determina y de las que buscan liberarse. “..transversalidad de las luchas,…, en un horizonte no de unificación pero de composición de la diversidad de los movimientos, de las situaciones locales en sus propias diferencias” [29].

Por todo ello, el Común no puede ser reducido a una política perteneciente a los servicios públicos o a la prestación de algún servicio universal, ya que su alcance no se limita a aquellos bienes y servicios libremente accesibles, aunque pueda transitoriamente adquirir esa forma. Es expresión de una biopolítica, como poder capaz de articular la interactuación de las múltiples singularidades. Se constituye como una trama y mallado, tras una verticalidad que no puede confundirse con jerarquizaciones, como nudos pertenecientes a una red entrecruzada en fin, como una condensación, imposible de ser reducidos al Uno. El devenir hegemónico del Común en la organización social, no significará necesariamente la desaparición de la institución del welfare state y sus garantías, sino la transformación de su modo de gestión mediante el desarrollo de mecanismos de democracia directa y de coproducción que permitan la transición de un modelo estatista hacia otro de Commonfare.   

 

Instituciones del Commonfare

 

En el debate socioeconómico actual, es posible distinguir dos conceptos básicos sobre el welfare que atraen más que otros la atención de académicos y políticos: el workfare ajustado más a las políticas neoliberales y, alternativamente, el welfare público, de origen keynesiano. 

El primero se basa en una ayuda, ante la falta de trabajo, proyectado como subsidio de asistencia alimentaria temporal frente al desempleo creciente. Este welfare habría de cobrar enorme impulso luego de la crisis de 2001 con la implementación del Plan Jefes y Jefas de Hogar (PJJH) procurando reforzar y extender la red de seguridad en tiempos de crisis. Adoptando luego, en los años siguientes, el nombre del Plan Argentina Trabaja. Se trata, en todos los casos, de un subsidio al desempleo, en algunos casos con contraprestación laboral, que ha adquirido el carácter casi de permanente. 

Con características de permanentes se sumaron posteriormente las siguientes figuras de la seguridad social: 

Asignación Universal por Hijo (AUH): implementada desde 2009 se trata de una prestación no contributiva destinada a niñas, niños y adolescentes menores de 18 años, hijos/as de trabajadores en el sector informal o desempleados que beneficia a personas desocupadas; a trabajadores en la economía informal con ingresos iguales o inferiores al salario mínimo, vital y móvil; a monotributistas sociales; a trabajadores del servicio. Se trata de una política que incluye condicionalidades en educación y salud, sin ser universalista.

Salario Social Complementario (SSC) que alcanza a los adherentes de la CTEP (Trabajadores de la Economía Popular) trabajadores que generan su propio empleo para sobrevivir, aunque no les alcanza para su manutención. Se trata de un complemento de ese salario informal, para alcanzar el monto del Salario Mínimo Social garantizado. 

IFE: El Ingreso familiar de emergencia (IFE), puesto en marcha en abril 2020, es una prestación monetaria de carácter excepcional destinada a compensar la pérdida o grave disminución de ingresos de personas afectadas por la situación de emergencia sanitaria, trabajadores autónomos inscriptos en el régimen de Monotributo (categoría A y B), Monotributistas sociales, Trabajadores de casas particulares y Trabajadores informales. 

La crisis desatada por el CVD-19 agudizó la necesidad de reestructurar el sistema de welfare existente enfatizando su urgencia. Y es en este punto donde suenan nostálgicas voces en defensa del estado de bienestar keynesiano. Se trata de una idea de bienestar, de welfare, que olvida el hecho que hoy el welfare es un modo de producción y, como tal, deja de lado los dos elementos principales que caracterizan la fase actual del capitalismo biocognitivo: 

 

• la precariedad y la deuda como dispositivos para el control social y la dominación, capaces de sostener la subsunción vital del trabajo por el capital; 

• la reapropiación (en términos de distribución) de la riqueza que proviene de la cooperación social y el intelecto general (general intellect). 

 

En cuanto al primer punto, si bien la figura del trabajador asalariado industrial se mantiene en numerosas geografías del mundo, debemos reconocer que languidece de una manera casi  irreversible, no sólo en los países más avanzados, sino también en nuestros países latinoamericanos, a  expensas de una variada multitud de trabajadores para-subordinados y autónomos atípicos y precarios, cuyas habilidades de organización y representación están cada vez más limitadas por la prevalencia de la negociación individual. La prioridad del individuo sobre la negociación colectiva vacía y debilita la capacidad de representación de los sindicatos tradicionales. Basta recordar los casi 11 millones de beneficiarios anotados para percibir el llamado IFE.   

Por otra parte, es evidente que, en tiempos de crisis, la condición precaria se ve reforzada por el peso creciente de una condición de deuda, generando un círculo vicioso.

En cuanto al segundo punto, la existencia de economías de aprendizaje y de red conforman hoy las variables que dan origen y sustentan los aumentos de productividad. Ya hemos adelantado que se trata de una productividad que siempre proviene de la explotación de los bienes comunes y públicos, derivada de la cooperación social puesta en juego en el proceso laboral.

De ello se deduce que, en este contexto, una redefinición de las políticas de bienestar debería ser capaz de responder a aquella prestación inherente al capitalismo biocognitivo: la relación inversa existente entre la precariedad de la vida y la cooperación social como fuente de valor. Más específicamente, es necesario remunerar la cooperación social, por un lado, y fomentar formas de producción social, por el otro. Aspectos que constituyen los tres pilares o instituciones principales de lo que llamamos el commonfare o el welfare del común.[30]

 

Renta básica. La remuneración a la cooperación social implica la introducción, a nivel individual, de un ingreso básico incondicional (IBI), para todos aquellos que vivan en el territorio, independientemente de su estado profesional y civil. El ingreso básico debe entenderse como una suerte de compensación monetaria, como remuneración de la productividad social y del tiempo productivo, es decir de producción, que no está certificado en el contrato de trabajo existente. Vale decir un salario social ligado a una contribución productiva hoy, no remunerada ni reconocida. Se trata de una calificación no reconocida cuando se habla de ingreso básico ciudadano. Al considerar al IBI un ingreso primario, descartamos toda lectura asociada al asistencialismo, ya en el caso de una lógica asociada de manera selectiva al trabajo, ya a la de bienestar público keynesiano. Definitivamente, el ingreso básico, al que nos referimos no es un subsidio. Y esta distinción es importante, ya que quienes definen el ingreso básico como una mera forma de subsidio, J. Bergoglio y J. Grabois incluidos -al reclamar un salario universal para los precarios del sector informal-, no han entendido, o no quieren entender, que los procesos de acumulación de valorización del capitalismo contemporáneo se modifican profunda y estructuralmente, al punto de incorporar la vida misma como un factor de producción. Precisamente porque nos movemos desde una perspectiva de distribución (y no redistributiva), esta medida debe ir acompañada de la introducción de un salario mínimo, para evitar un efecto de sustitución del salario por un subsidio en favor de las empresas y en perjuicio del trabajador. Por otra parte, el carácter de incondicional permite al trabajador la posibilidad de rechazar algún trabajo no deseado o pesado, afectando las condiciones laborales, y abriendo perspectivas de liberación, que van mucho más allá de la simple medida de distribución. De hecho, contrario a los enfoques en términos del fin de trabajo, la crisis actual de la norma de empleo fordista está lejos de significar una crisis del trabajo como la principal fuente de producción de valor y riqueza (no mercantil). Por el contrario, el capitalismo cognitivo no es solo una economía intensiva en el uso del conocimiento, sino que, al mismo tiempo, y quizás incluso más que en el capitalismo industrial, constituye una economía intensiva en el trabajo, aunque esta nueva dimensión del trabajo a menudo escapa a la medición oficial. El ingreso basico contribuye, por otra parte, a fortalecer la lógica de la desmercantilización de los sistemas de protección social, adaptando las prestaciones sociales a las nuevas formas de trabajo, ahora excluidas, como el caso de los trabajos precarios. 

El ingreso básico universal o incondicional reconoce la hibridación contemporánea que, bajo el capitalismo cognitivo, se produce entre tiempo de vida y tiempo de trabajo en el proceso laboral, cualidad que pulveriza la relación canónica salarial fordista. En efecto, el tiempo de trabajo inmediato dedicado a la producción, durante las horas de trabajo oficiales, se convierte en sólo una fracción del tiempo de producción social. Por su propia naturaleza, el trabajo cognitivo se presenta, de hecho, como la combinación compleja de una actividad de reflexión, comunicación, intercambio relacional y de conocimiento, que tiene lugar tanto dentro como fuera de las empresas y del tiempo de contrato laboral. En consecuencia, los límites tradicionales entre trabajo y no trabajo son borrosos, generando una dinámica contradictoria. Por un lado, el ocio ya no se reduce a aquella función de terapia, asociada a recuperar la capacidad energética de la fuerza laboral. Hoy la reproducción de la fuerza de trabajo adquiere características sociales trascendiendo las fronteras familiares. Como recuerda C. Morini referenciándose en el papel femenino, la reproducción social cumple las funciones de "ama de casa del capital".[31]    

 

El segundo pilar del commonfare se refiere a la gestión de los bienes comunes y del común, donde debemos hacer una diferencia, distinguiendo entre bienes comunes y común.

La idea del commonfare implica, como prerequisito, la reapropiación social de las ganancias derivadas de la explotación del común (reproductivo y cognitivo) y de los bienes comunes que están en la base de la acumulación actual. Esta reapropiación no requiere que la propiedad privada necesariamente se haga pública (en el sentido de "estado"). En cuanto a los servicios básicos como salud, educación y transporte, que ahora están cada vez más privatizados, el objetivo es alcanzar una gestión pública de su uso como valor de uso frente a cualquier intento de mercantilización.

Pero si nos referimos al común, la imagen es diferente, ya que desde el común sustentado en la  cooperación social y el intelecto general surgen los nuevos bienes comunes intangibles y la posibilidad de su gestión. La única forma de gestionar el común es 1a autoorganización, autonomía y configuración de un régimen de valorización diferente. Sobre esta base Marazzi lo define como "una producción del hombre por el hombre".[32]

El welfare del común presupone autonomía e independencia, por lo tanto, requiere la activación de procesos de autoorganización o autogobierno. Aunque estas prácticas que se promueven en el interior, se sabe, requieren tiempos de experimentación y no siempre son productivas de inmediato. En este sentido, es esencial garantizar una sostenibilidad totalmente autónoma para evitar procesos de subsunción. Desde este punto de vista, el welfare del común, el Commonfare, presupone una propia autocapitalización, en dirección opuesta a la creciente y generalizada fabricación, dirigida a la producción de valor de uso, como una alternativa a la producción de valor de cambio. De ello se deduce que el welfare del común, Commonfare, sólo puede ser financieramente autónomo si se inserta dentro de un circuito monetario que a su vez es independiente de los dictados y las imposiciones de las convenciones financieras dominantes.

La moneda del común[33] es, por lo tanto, la expresión del welfare del común y define su marco de implementación. Es ésta la tercera institución del Commonfare.

Estos tres aspectos, entre otros, destacan una perspectiva de superación de la lógica productiva capitalista en su dimensión de valorización más inmaterial. Es posible, gracias al crecimiento de los sectores "inmateriales", pensar realmente en formas alternativas de producción, compatibles con las limitaciones ambientales, respetuosas de la naturaleza humana. En resumen, el commonfare podría favorecer, mejor que cualquier otra política económica e industrial ad hoc, una mejor gobernanza que la actual fase antropocena-capitolocena donde la vida ocupa el lugar central del proceso de acumulación y explotación y, por lo tanto, de valorización.

Los apuntes propuestos persiguen incorporar puntos de vista que contribuyan a prefigurar nuestro mundo por venir, a partir de tendencias presentes en la actual situación económica. A caballo de la crisis del neoliberalismo y de la pandemia, resulta manifiesto el reconocimiento generalizado de la salud como bien común, el surgimiento de un gasto público como terreno indispensable para el capital -más allá del discurso humanitario de ayuda a los más necesitados-, así como la reflexión sobre la importancia creciente del capitoloceno, y sus devenires en el cambio climático y modelos de desarrollo. Y donde las tendencias al autoritarismo y el control social nos convocan a movilizarnos contra su inercia.

La salud abre el campo de discusión sobre el perfil del nuevo (¿?) welfare, sin dejar de lado la intervención sobre el gasto público con relación al ingreso básico incondicional. Last but not least, la reproducción social y el cuidado, como instituciones impulsadas por el movimiento feminista global, aparecen como espacios cruciales a incorporar en el diseño de nuevos espacios comunes, públicos, pero no estatales, alejados de toda contaminación patriarcal. 

 

 

 

 

 

 

 

          César Altamira                                                        Bs. As., 10-05-2020

 

 

 



[1] International Monetary Found, World Economy Outlook, Chapter One, The Great Lockdown, Abril 2020.

[2] N. Klein, “La gente habla sobre cuando se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis”, entrevista de A. Lujan, D. Moreno, 1-04-2020. 

[3] G. Agamben, L’épidémie montre clairement que l’état d’exception este devenue la condition normal, Le Monde, 24-03-2020.

[5] E. Dussel, Cuando la naturaleza jaquea la orgullosa modernidad, La Jornada, 4 de abril 2020.

[6] Tipo de estímulo monetario de último recurso, que implica imprimir grandes sumas de dinero y distribuirlo al público para alentar a las personas a gastar más y así impulsar la economía. Lo que se conoce como poner dinero en el bolsillo de la gente. Fue M. Friedman quien en 1960 acuñó este nombre describiendo, a través de una metáfora, el efecto inflacionista que provocaría tirar dinero desde los helicópteros a los ciudadanos.

[7] M. Foucault, Vigilar y castigar, Bs. As. Siglo XXI, 1976. 

[8] Ibídem, pág. 120.

[9] Ibídem, pág. 121.

[10] C. Marazzi, Ver Commonware.org Entrevista de G. Molinari, S. Cominu, “Tra emergenza e coronopticon. Tendenze e contraddizioni del capitalismo in crisi”, http://www.commonware.org/index.php/neetwork/940-tra-emergenza-e-coronopticon-tendenze-e-contraddizioni-del-capitalismo-in-crisi 6-04-2020.

[11] G. Griziotti, Neurocapitalismo-Mediazioni technologiche e linee di fuga, Milan, Mimesis, 2016. La biohipermedia es el ambito de interacción e integración de las TIC con la esfera de la vida. Esto se realiza al combinarse las dos grandes revoluciones tecnoilógicas recientes; internet y la telefonía celular móvil. Pag. 121.

[12] G. Griziotti, COVID-19 e human tracking, en effimera.org. http://effimera.org/covid-19-e-human-tracking-di-giorgio-griziotti-1/

[13] G. Agamben, El distanciamiento socialhttps://lavoragine.net/distanciamiento-social-agamben/  

[14] G. Agamben, Una pregunta, https://lavoragine.net/una-pregunta-giorgio-agamben/

[15] F. Berardi Bifo,  Crónica de la posdeflación, Mundo Nuestro, 19/3/20, http://mundonuestro.mx/index.php/ autores/item/2303-franco-berardi-bifo- cronica-de-la-psicodeflacion

[16] R. Zibechi, A las puertas de un nuevo orden mundial, https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/geopolitica-china-estados-unidos-union-europea-a-toda-velocidad-hacia-el-caos-sistemico

[17] Ibídem, pág. 120.

[18] B. Quattrocchi, P. Scanga, Il virus e il terremoto sotto il pavé della finanza, Dinamopress,  https://www.dinamopress.it/news/virus-terremoto-pave-della-finanza/

[19] Ver entrevista a A. Fumagalli en effimera.org http://effimera.org/intervista-ad-andrea-fumagalli-sugli-effetti-socio-economici-del-covid-19-di-extinction-rebellion/

[20] G. Arrighi, El largo siglo XX, Madrid, Akal, 

[21] "La manera como el capital ha tenido exito en aumentar la productividad a partir de un trabajo necesario reducido al mínimo por la automatización y la informatización, ha sido salir de la relación salarial apropiándose de una serie de actividades cuya contribución a la valorización del capital permite liberarse de los límites que la relación salarial impone a los aumentos de productividad. Es con el aumento del volumen de trabajo extrasalarial, o no reglamentado, que uno puede obtener hoy aumentos continuos de la productividad  comprimiendo el trabajo vivo social." Et vogue l'argent, Christian Marazzi, Editions de l'aube, pág. 92, Paris, 2003.

[22] R. Castel, Las metamorfosis de la cuestión social, Bs. As. Paidos, 2004, pág. 327.

[23] Basta recordar que en nuestro país sólo el 25 % de la fuerza de trabajo se encuentra sindicalizada. es decir, responde a normativas laborales como las Convenciones Colectivas de Trabajo. La mediación el Contrato Colectivo de Trabajo podía funcionar porque la subjetividad en esta fase se apoyaba en términos colectivos, es decir de clase, y los dispositivos jurídicos estaban confinados al interior de las diversas sociedades nacionales.

[24] A. Fumagalli, A. Giuliani, S. Lucarelli, C. Vercellone, T. Negri, Cognitive capitalism, welfare and labour. The commonfare hypothesis, New York, Routledge, 2019

[25] C. Vercellone, F. Brancaccio, A. Giuliani, P. Vattimo, Il comune come modo di produzione, Verona, Ombre Corte, 2017. Cap IIIComune e commons nella dinámica contradditoria tra un’economia fondata sulla conoscenza e capitalismo cognitivo

[26] Recordemos que durante el crecimiento de los llamados Treinta gloriosos, el concepto de los commons o bienes comunes, pareció hundirse definitivamente en el olvido de la historia.

 

[27] Ibídem, Cap. II, Approcci del Comune al singulare e il Comune come modo di produzione, pág. 67.

[28] Ibídem, pág. 68.

[29] J. Revel, Diagnóstico, subjetivación, común, en C. Altamira (comp) Política y subjetividad en tiempos de governance, Bs. As., Waldhuter, 2013, pág. 254. 

[30] A. Fumagalli, Cos’e il commonfare, Commonfare Book Series, N* 2; C. Vercellone, Il reddito sociale garantito come reddito primarie, Quaderni di San Precario N* 5; L. Baronian, C. Vercellone, Moneda del común e ingreso social garantizado, en C. Altamira (comp.) op. Cit. 

[31] C. Morini, Riproduzione sociale, Quaderni di San Precario N* 4. 

[32] C. Marazzi, “L’ammortamento del corpo machina, Revista Posse: La clase a venire, Roma, 2007. En realidad el término de “producción del hombre por el hombre pertenece a Robert Boyer en La croissance debut de siecle. De l’octet au gene. Albin Michel, Paris, 2003.    

[33] L. Baronian, C. Vercellone, Moneda del común e ingreso social garantizado, op. cit.

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