domingo, 1 de junio de 2014


Kirchnerismo como crisis de la gubermentalidad desarrollista.

 
             Al igual que en 1989 todo indica que los sectores hegemónicos del capital apuestan a que los partidos “del orden” –UNEN, la variante light del kirchnerismo, el sciolismo, Massa, así como Macri-, realicen los ajustes ortodoxos, que el kirchnerismo, en sus últimos días, aún se resiste a poner en práctica.

 

            Es la pérdida de una ilusión: la apuesta política kirchnerista para la construcción de un capitalismo en serio y la consolidación de una burguesía nacional. Desarrollo autónomo diríamos. El estallido del 2001, como manifestación de la crisis del neoliberalismo capitalista, fue leída por el kirchnerismo, -y por la izquierda en general- como el fin de una política que privilegió la transnacionalización de la economía, la preponderancia del capital financiero y la desregulación de la economía mediante el retiro del estado, mientras se alentaban las privatizaciones. Todo ello confluyó, siempre según esta lectura, en la desindustrialización, la desarticulación del estado, el desempleo masivo y la valorización financiera como antítesis de la valorización industrial. Se trataba de desandar el camino y del feliz retorno a las gloriosas épocas pasadas, incluso a la del fifty-fifty. Esta lectura, sostenida por los think tank peronistas (como numerosos integrantes de Carta Abierta), se corresponde con la aspiración política kirchnerista, repetidamente pronunciada ante la sociedad. El estado aparece como el demiurgo de toda política emancipatoria. No es de extrañar que el extravío del empeño hubiera derivado en estos días en desencanto popular incluso en mañosas interpretaciones (Carta Abierta 16), al calor de la agudización de las contradicciones y los desequilibrios del régimen de acumulación en marcha desde 2003.

 

            A pesar de las importantes tasas de crecimiento el kirchnerismo tropezó con los límites históricos de un capitalismo dependiente, expresado últimamente en la crisis devaluatoria, la industrialización limitada y finalmente, una distribución regresiva. Más allá de la globalización manifiesta, de la dilución de las fronteras entre centro y periferia impuesta por la globalización capitalista, -favelización de Manhattan y hallazgos de nuevos Palm Beach en Buenos Aires o Santiago de Chile, de la inexistencia de un afuera y un adentro-, los tiempos que corren en nuestro país son un reflejo dramático de las limitaciones de un capitalismo dependiente en superar barreras y alcanzar un crecimiento que incorpore a los sectores postergados, supere la precarización laboral y avance hacia el buen vivir. Crisis de un capitalismo dependiente que no remite solamente a sus connotaciones económicas, sino que exige incorporar espacios de resistencia construidos frente al biopoder del capital.

 

            Encandilado por las renta extraordinaria proveniente del sector agrario que parecían eternizar el crecimiento, el kirchnerismo acentuó la inserción mundial dependiente, exacerbando el perfil extractivista-exportador bajo control transnacional (ratificado en el Plan estratégico agroalimentario y agroindustrial  PEAA 2020), al tiempo que profundizó la subordinación regional a la política de Itamaratí.

            Todo indica que no se trata solamente del agotamiento del período kirchnerista. Es más que ello. Nos encontramos con el final de ciclo de acumulación capitalista que durante un largo período se expresó en el imaginario social de las clases dominantes y en los de abajo como la ilusión de crecimiento indefinido y mejoramiento social a condición de mantener en caja algunas variables económico-sociales y potenciar el consumo. El desarrollismo del Siglo XXI se muestra, como lo fuera anteriormente durante los 60-70’s, incapaz de superar la dependencia y asegurar el bienestar social al conjunto de la sociedad.  Con ello se derrumba también la ilusión de que el estado y la soberanía nacional conformarían el baluarte principal para salir de la globalización neoliberal de los 90’s. La discusión que se abre entonces es otra. ¿Que capitalismo es posible construir en estas geografías en la época de la fase rentista del capital? O en otros términos, ¿cuál es la alternativa al capitalismo?

            La pregunta a responder adquiere otra densidad. Quizás la duda deba extenderse a otras geografías latinoamericanas, Brasil, Bolivia y Venezuela.

 

            En nuestro país debemos agregar dos elementos más: 1- la extrema transnacionalización de la economía que potencia la propensión a repatriar dividendos a expensas de la inversión, y cuyo peso se vio acrecentado en la década kirchnerista y 2- las importantes rentas extraordinarias que bloquean la redistribución del ingreso e inversión.

 

            No cabe duda que han adquirido peso la renta diferencial de la tierra -sea esta agraria o minera-, los derivativos financieros, los fideicomisos inmobiliarios -como puerta de entrada a la vivienda-, la financiarización de los mercados mundiales de commodities y hasta la financiación y endeudamiento necesario para el acceso al consumo, incluso de los de abajo a través de la proliferación de las tarjetas de crédito y/o créditos propiamente dichos.

 

            Etapa del capitalismo donde el trabajo explotado trasciende las fronteras fabriles, convirtiendo las metrópolis en terrenos doblemente importantes: como nuevos espacios fabriles, campo de valorización y explotación del trabajo cognitivo y relacional, explotación del común como cooperación, del general intellect, de la propia vida; verdadera apropiación-extracción de la cooperación social, de la misma manera que el capital se apropia de los recursos naturales. Pero también espacio urbano, lugar de extracción por excelencia de la renta inmobiliaria, potenciada por una gentrificación igualmente desposesiva de la cooperación urbana construida.

 

            Esta nueva era modifica el comportamiento del capital y los antagonismos de clase, así como la base de la propia crisis, en la medida que el capital no puede controlar ese común, encorsetar el trabajo vivo, subordinar  aquella subjetividad social que sufre esta política. Y donde la precariedad aparece como el arma señalada para controlar y domesticar la nueva fuerza de trabajo, frente al peligro que significa su mayor autonomía y prescindencia del propio capital para la producción.

 

            Vida precaria que no es una simple “falla” de las políticas laborales kirchneristas,  dado que casi el 50 % de la población se encuentra en situación de precariedad laboral. Se trata, en todo caso, de la incapacidad del actual sistema capitalista para garantizar un compromiso social estable entre la valorización apoyada en la cooperación, y la distribución de la riqueza, para mejorar las condiciones de vida de la sociedad. La privatización de los servicios sociales que inició el menemismo y que en otra época brindó el estado de bienestar, con excepción de la seguridad social, mantiene toda su vitalidad. Alcanzar una aceptable asistencia médica, una buena educación y tener acceso a la vivienda exigen, hoy, pagos individuales de los contribuyentes. No se trata de remontar la situación a épocas pasadas del estado de bienestar, sino de reconocer los cambios producidos en la naturaleza del trabajo que fuerzan a entender que el trabajo productivo ha adquirido nuevas formas. Cuando la vida es puesta a trabajar, cuando el tiempo de vida y de trabajo se confunden, ¿cuál es el valor de la fuerza de trabajo?; ¿cuál el precio de la fuerza de trabajo?, ¿cuál el salario?  ¿Cuál la frontera entre trabajo productivo e improductivo? Si la cooperación forma parte del trabajo en red, cognitivo, relacional, de nuevo tipo y productivo, ¿porque el capital no reconoce y remunera ese tipo de actividad laboral? Un salto político de este tipo nos proyectaría hacia un escenario diferente, de nuevo tipo que permitiría la construcción de un nuevo pacto capaz de liberar las potencialidades sociales  productivas ocultas en las múltiples singularidades. Nuevo pacto democrático que supere aquella lectura de emancipación asentada en la autonomía política estatal, para depositarla en la riqueza y autonomía de la nueva fuerza de trabajo como sujeto político de la historia. Son variadas las políticas alternativas que permitirían salir de la crisis y ensayar formas del buen vivir.

 

¿Consumo como motor del crecimiento?

 

Cierto es que a este tropiezo estructural del kirchnerismo, debemos agregar graves errores de política económica expresados en la crisis energética, la crisis del transporte público combinada con el particular impulso al sector automotriz así como la crisis habitacional.

 

            Sin modificación de la matriz  productiva y asentado el crecimiento industrial fundamentalmente en el sector automotriz, la restricción externa no tardaría en llegar, a pesar de los términos de intercambio comercial altamente favorables. En una economía globalizada, de acuerdo a una nueva División Internacional del Trabajo que modificó la matriz productiva mundializada, toda apuesta a la producción fronteras adentro de los componentes producidos globalmente (en este caso autopartes) exige de profundos cambios productivos y maduración, sostenidos por fuertes inversiones, bajo normas de calidad con moderna maquinaria y valorización educacional de la fuerza de trabajo. Este desafío sólo es concebible mediante políticas de inversión a largo plazo muy alejadas de las urgencias kirchneristas por generar una rápida sustitución de importaciones en autopartes que alivie la restricción externa. 

 

            Convencido que el consumo es el motor de toda economía capitalista, el kirchnerismo apostó a su fortalecimiento, aún en coyunturas políticas adversas. Desde los subsidios a las tarifas de los servicios públicos para favorecer el consumo de los de abajo, a la Asignación Universal por Hijo, pasando por la incorporación al régimen jubilatorio de un millón y medio de nuevos jubilados (amas de casa) y la flexibilización de las regulaciones del BCRA, -medida por lo demás progresista, para convertirlo en medio de financiamiento para el estado-, las bajas tasas de interés y la persistente negativa a reconocer una inflación en aumento que lo presionaba para adoptar políticas de ajuste. En fin, un cúmulo de decisiones políticas, todas ellas con un solo objetivo, el consumo. Esa lectura ingenua acerca del capitalismo asentado en el consumo lleva a la creencia de evitar sus crisis mediante el aumento del consumo. Ya en el siglo pasado las tesis de los populistas rusos como Tugan Baronowski fueron rebatidas por Lenin. No debemos agregar más.

 

            Sin embargo, debemos reconocerle al kirchnerismo su insistencia en mantener estas políticas, incluso hoy en día, a pesar de la aplicación de medidas ortodoxas de ajuste. Más allá de la bonanza de los precios de los productos primarios internacionales, intentó en su discurso reducir la pobreza, el desempleo y las desigualdades. Simultáneamente desestimó toda crítica opositora, mientras  falseaba los índices económicos para ocultar los verdaderos grados de pobreza e indigencia social alcanzados durante su gestión.

 

            Muchas de estas medidas tuvieron su contrapartida regresiva. La política de subsidios favoreció también al capital engrosando sus ganancias; la flexibilización de las regulaciones del BCRA contribuyeron al perfil de pagador serial del gobierno kirchnerista, las bajas tasas de interés fueron igualmente aprovechadas por las clases pudientes, el fortalecimiento del Anses con la derogación de las jubilaciones privadas, dio pie a que el gobierno financiara sus gastos corrientes con la recaudación previsional, mientras la gran mayoría de los jubilados son pobres por dichos ingresos. Más aún, en el caso del Anses, a  pesar de la vuelta al sistema de jubilación de reparto administrado por el estado, se mantiene la lógica de subordinación a los mercados financieros; por un lado el estado, a través del Anses, ha financiado grandes obras de infraestructura eléctrica donde las ganancias corren para el capital privado asumiendo los riesgos de todo financiamiento privado; por la otra mantiene como activos gran cantidad de acciones de las grandes empresas privadas atando la jubilación futura a las decisiones empresariales en dichas empresas. 

 

            Sin modificación en la estructura impositiva que gravara al capital financiero, sin aumentar la presión sobre los sectores monopólicos de la economía, el déficit fiscal  se sostuvo vía Anses o Banco Central. En estas condiciones el gobierno está obligado hoy a recurrir a financiamiento externo y desandar su objetivo de desendeudamiento externo dejando el control del capital que fugó en los últimos dos años cerca de 20000 millones de U$S y apostó a la especulación con divisas. No todo es vigilia la de los ojos abiertos dice Macedonio Fernandez.

 

            Simultáneamente se exacerbó la disputa por la distribución del ingreso ante una inflación que refleja la disputa entre la persecución de las ganancias y las resistencias sociales. La moneda, como la inflación, deben ser leídas como campos de disputa, expresión de una relación de fuerzas que atraviesa el tejido social. No hay neutralidad en la relación monetaria.

  

            Pero sería una insensatez limitarse a una lectura historicista, económicamente determinista y/o técnica. Nada más alejado de ello.

 

Crisis como la crisis de la governance kirchnerista

 

            Nuestro análisis va más allá de la tipificación de la crisis del capitalismo dependiente. Incluso no parece hoy aceptable trasladar a los nuevos contextos globales las tesis de los capitalismos dependientes, bajo condiciones de multipolaridad mundial, de nuevas división internacional del trabajo, de cuestionamientos y/o debilitamientos de las soberanías nacionales, y donde la llave de la distribución del ingreso excede los clásicos espacios del conflicto entre capital y trabajo. Queda claro que luego de casi 10 años de crecimiento económico el saldo ha sido la acumulación de capital por un lado y la acumulación de pobreza por el otro. Poblaciones de marginados que deambulan por tierras arrasadas, en los bordes de una sociedad que se ha mostrado incapaz de modificar su vida. Y un estado, como "estado del desarrollo" que ha fracasado en su política de conferir derechos de ciudadanía a los necesitados y postergados, una vez quebrada la relación que uniera el trabajo asalariado a la ciudadanización que el primero garantizaba. En otros términos, la utopía post moderna de transformación del estado del desarrollo en estado social. Ilusión agrietada que no es privativa del kirchnerismo, en la medida que casi la totalidad de la izquierda argentina, y latinoamericana, sitúa en el estado el hacedor de la política emancipatoria o, cuando menos, reparatoria. La crisis del kirchnerismo debería ser percibida con mayor detenimiento por la izquierda latinoamericana, tan apegada a los estatismos y teleologías desarrollistas, como espejo que proyecta futuras disputas y antagonismos, derrotas y fracasos. Desechando aquella idea historicista y teleológica que ve en el estado del desarrollo una etapa de transición de un estadio de la sociedad a otro necesariamente superior (¿socialismo?) enmarcado en el desarrollo de las fuerzas productivas.

 

            La novedad de este capitalismo post fordista es la pluralidad de actores públicos y privados, formales e informales, generadores de múltiples demandas en consonancia con las múltiples formas de trabajos heterogéneos que se desarrollan en la sociedad. Asalariados y no asalariados, trabajo doméstico asociado a la reproducción de la fuerza de trabajo y a una economía de subsistencia, trabajadores informales sin coberturas de salud y educación y con salarios en negro, sindicalizados y no sindicalizados, autónomos y dependientes, en fin una pluralidad variada y desigual. Pintura multiforme que en muchos aspectos recuerda los tiempos de la acumulación originaria del capital. Donde el trabajo precario se ha convertido en elemento estructural del capitalismo contemporáneo y donde la flexibilidad se convierte en productora de fragilidad e inestabilidad laboral que se despliega sobre territorios fragmentados con plurales y variables condiciones laborales.

 

              Las modalidades que asume el capitalismo en múltiples espacios nos remiten más a etapas de la acumulación originaria del capital que a un capitalismo post moderno. No solo envía a la persistencia de la fuerza de trabajo en una economía de subsistencia, sino que incorpora la violencia de los procesos de desposesión modernos que cuestiona la idea de concebir la acumulación primitiva del capital como su mera prehistoria. ¿Qué diferencia existe entre la prehistoria del capitalismo que fue construyendo mercado a sangre y fuego, desplazando su dinámica entre normativas legales y otras no reconocidas como las que permitieron la entrada salvaje del capital y la actualidad de barriadas pobres, de mercados ilegales que se apoyan en las fuerzas extralegales para su funcionamiento?, lo que algunos han denominado acumulación por desposesión. Las barriadas urbanas, los slums, combinan la legalidad e ilegalidad superpuestas al drama brutal de un poder ejercido sobre las vidas de sus habitantes y la resistencia que ensayan esos cuerpos. Espacios donde conviven la ley, la legalidad y la ilegalidad que producen sujetos en los márgenes del orden de la economía formal y donde sus habitantes hacen malabares con los costos de la vivienda, la seguridad, la calidad de la vivienda, la distancia al trabajo y la seguridad personal.

           

            La acumulación originaria debe ser vista como condición básica ontológica de las producción capitalista antes que una condición histórica pre capitalista más. Las formas de producción social requeridas por el capital, y no remuneradas, dan cuenta de la probada particularidad de esta acumulación por desposesión. Congelados en las imaginarias salas de espera de la historia, los habitantes de las barriadas buscan satisfacer sus necesidades básicas intercambiando carestías y capacidades en una red de trueques, comercio al menudeo y empleos casuales bajo la mirada de la ley. Economía que se encuentra fuera de todo control y regulación propio de los mercados formales que traduce informalización en el proceso de acumulación económica. En este contexto resulta vana la esperanza de que estas multitudes sean absorbidas para ser integradas, aunque más no fuera, a una relación salarial débil, sin reconocimiento de su productividad social. De la manera fraccionada, espasmódica y volátil con la que pulsa el capitalismo contemporáneo, los nuevos pobres se convierten en un reservorio (sobrantes, surplus humanity al decir de Mike Davis) de resistencia que exige, si se trata de construir una sociedad diferente, de una atenta mirada hacia su dinámica movilizadora  y su necesario acercamiento a las diversas formas de resistencias visibles en la sociedad. 

 

            A contrapelo de quienes ven en el proceso abierto en 2003 el resurgir de las luchas sindicales y obreras clásicas, oficiando de efecto tranquilizador a una izquierda atávica para quien el antagonismo capital trabajo debe buscarse en la clásica relación salarial, entendemos que en el subsuelo de la política se ha gestado, acompañando los cambios en la composición social del trabajo, un importante proceso de resistencia muchas veces invisibilizado y sordo ligado a la defensa y disputa del territorio que ha modificado y reconstituido lazos sociales quebrados por el neoliberalismo.

 

            La última década ha dado lugar a un proceso de intensa politización y expansión de la conflictividad en los territorios y lugares de trabajo dando paso a una composición heterogénea de las luchas y resistencias dirigidas tanto a la creación de nuevas reivindicaciones y consignas como a la recuperación de derechos expropiados. Como síntoma del presente los propios procesos de exclusión organizan desde la cotidianeidad formas alternativas de construcción y de lucha política. Si los desarraigos (expulsión del territorio, migraciones) conllevan procesos de desubjetivización, la constitución de un lugar como pertenencia resulta su movimiento inverso.  Construir o hacer lugar es poner en juego un conjunto de significados de relaciones entre sujetos y cosas a partir de un proyecto colectivo social.

 

            Lo novedoso de la resistencia en los últimos tiempos nos remite a la explosión de los conflictos territoriales vinculados a la disputa por la tierra y la vivienda. Nos reenvían a los crecientes desplazamientos que sufren masas urbanas y rurales, pueblos originarios y campesinos debido al avance de los agro negocios, minería a cielo abierto, mega emprendimientos turísticos, que exigen el acaparamiento de las tierras como forma de incorporarlas a la mercantilización. Políticas o dispositivos de dominación que se inscriben en la lógica de desposesión. Amalgama amorfa de redes de resistencias desde los territorios que han sido resignificados por sus habitantes a nivel molecular retomando prácticas del reconocimiento del otro y con el otro. A pesar de su exclusión, los nuevos pobres son capaces de organizarse desde lo cotidiano mediante formas alternativas de construcción y de lucha política.

 

            Para la población vulnerable la decisión de "tomar" un lugar para vivir es un modo de darse a sí misma la solución que no encuentra en los espacios institucionales. Tomas tipificadas como delictivas, criminalizadas y reprimidas. Así es como se han constituido movimientos sociales de base territorial en los espacios urbanos y rurales relacionados con carencias locales y reivindicaciones cercanas a las experiencia cotidiana del día a día, donde se inscriben sus voces como discursos de resistencia. Se trata de nuevos sujetos sociales localizados territorialmente. Campesinos que reclaman sus tierras porque de ellas depende su alimentación y supervivencia; comunidades indígenas que reivindican derechos territoriales relativos a la autonomía y autodeterminación colectiva; organizaciones sociales que resisten el uso y extracción de los recursos naturales ubicados en sus suelos, fuente de expropiación y pobreza futura; movimientos de desocupados que muestran la pobreza y el hambre que significa estar en los márgenes del sistema.

 

            Nos encontramos frente a nuevas tecnologías del poder que operan sobre la vida misma, en la medida que la vida se ha transformado en un campo de batalla donde entran en tensión estrategias simultáneas de sujeción, subjetivación e individualización. Por ello los múltiples reclamos (agua, recursos naturales, gas, vivienda, salud, educación empleo) que califican la inmediatez y lo concreto de las demandas. Exigiendo solución en el "aquí y ahora", y desligadas de todo proyecto de sociedad futura, se alzan contra un poder que se ejerce sobre la vida cotidiana. Son múltiples relaciones de dominio parcialmente integrables en estrategias totalizantes y donde las distintas luchas de resistencia cuestionan y corroen el poder, mostrando confianza en la intransitividad de la voluntad desde las múltiples experiencias concretas y locales.

 

            Su resistencia no es sólo un acto de negación sino también de creación asociada a dinámicas de fuga de las instituciones con estrategias de empoderamiento y de construcción colectiva de nuevas formas de relación entre los sujetos. Dinámica en la que se rechaza la representación política en prácticas asamblearias y de representación directa como los casos de la Unión de Asambleas Ciudadanas, el Frente Popular Darío Santillán, las Coordinadoras Antirrepresivas provinciales, la Asociación de Productores del Noroeste de Córdoba y tantos otros. De este modo se establecieron procesos de convergencia, que trascendiendo la geografía local, constituyeron nuevas prácticas y nuevos sujetos a partir de la ruptura de los pares representante-representado, campo-ciudad, individual-colectivo, público-privado. Si la vida es campo de disputa, el discurso de lo privado, de lo individual se ve atravesado por relaciones de poder y deja de ser pensado como aislado e individual, tras la reapropiación comunitaria del espacio de la vida. Tecnología de la biopolítica en oposición al biopoder.

 

            Simultáneamente en el espacios del trabajo formal urbano se dan luchas salariales por mejores condiciones laborales que imponen una mayor democracia sindical, a partir de las disputas con la dirigencia sindical que negocia salarios y condiciones de trabajo. Surgió un sindicalismo de base asentado en los cuerpos de delegados y comisiones de base, como fue el caso de Subterráneos de Buenos Aires, de distintas fábricas del conurbano bonaerense, así como en huelgas en las áreas de salud y educación; mientras los trabajadores de los call center bregan por la formación de su sindicato y el reconocimiento patronal y se busca articular una nueva central sindical para aquellos trabajadores precarios e informales. En algunos casos, como en la educación, estas luchas tuvieron consecuencias trágicas, como fue el caso de la muerte del maestro Fuentealba en Neuquén (abril 2007). La lucha contra la precarización del trabajo en el sector ferroviario en Buenos Aires se cobró la vida de Mariano Ferreyra (octubre 2010), mostrando las complicidades de la dirigencia sindical y del propio gobierno (Ministerio de Trabajo) con el mantenimiento del trabajo tercerizado. Últimamente se observa el manejo por una izquierda "clasista" de numerosas Comisiones Internas pertenecientes a ramas de la alimentación, autopartes y gráficas entre otras. que ha derivado en importantes conflictos laborales como el último de Gestamp en provincia de Buenos Aires. No debemos olvidar en este contexto el crecimiento de la izquierda partidaria en las últimas elecciones.

 

            Debemos pensar en clave post desarrollista incorporando ámbitos donde se conjugan inéditas prácticas del saber, formas de subjetividad que, ante el fracaso desarrollista, alimentan la potencialidad de la resistencia. Este ejercicio significa trascender el simple abordaje de la exclusión; dejar de lado el par incluido-excluido, público-privado, trabajo productivo-improductivo en el análisis, e incorporar una crítica de la economía política en clave de antagonismo y resistencia, permitiendo develar la individualización del sujeto del conflicto en el capitalismo contemporáneo.

 

 

  César Altamira                                                                            31 de Mayo 2014

sábado, 22 de marzo de 2014


La retórica kirchnerista: de la inclusión social al ajuste ortodoxo.

1- Un análisis político, crítica del poder y de la dominación en nuestro país en particular, y América Latina en general, requiere incorporar los cambios operados en los últimos años en la composición de clase. Las modificaciones producidas en la naturaleza del trabajo, en la espacialidad de su accionar así como en las nuevas formas de explotación han inducido cambios sustantivos sobre lo que se conoce clásicamente como la constitución y conformación de las clases explotadas. Se encuentra en debate la clásica referencia a la  base espacial-material de constitución de la clase social, sujeto político de la etapa y, junto con ello, su modalidad de resistencia y expresión política. En la medida que la fuerza de trabajo ha adquirido hoy características de capital fijo, a partir de que el capital inviste ahora la propia vida, las luchas de resistencia han adquirido el carácter de luchas biopolíticas.

2- Pero no se trata solamente de los cambios alcanzados en la naturaleza del trabajo y del nuevo tipo de trabajo productivo, donde el atributo cognitivo del trabajo pone en evidencia la nueva naturaleza del trabajo, su fuente de valorización y estructura de propiedad sobre la que se funda el proceso de acumulación. También de los cambios producidos a nivel de los procesos de acumulación del capital a nivel global, los procesos de integración comercial, des-territorialización y re-territorialización del capital que han vuelto difusa la frontera centro/periferia,  de las transformaciones producidas en la articulación de la soberanía con el territorio, de los cambios operados entre la primitiva forma estatal  y el moderno sistema interestatal alcanzado, del afianzamiento de un sistema financiero internacional que torna a los estados sus filiales más distinguidas. Son tiempos donde los márgenes de autonomía del estado se han vuelto cada vez más cuestionados. Todo indica la necesidad de dejar de considerar al estado nación como el moderador de los procesos sociales políticos y económicos y la política de lo posible, para contraponerle la lógica de lo múltiple, de lo centrífugo, en palabras de Pierre Clastres.   

3- La geografía política latinoamericana y argentina aparece signada en los últimos años por un sinnúmero de disputas sociopolíticas vinculadas a diferentes bienes comunes naturales. Conflictos  y redes nacidos contra la expansión de la minería, del agronegocio, de la explotación petrolera y gasífera; contra el despojo y desplazamiento de tierras y territorios frente a la construcción de carreteras y obras de infraestructura (TIPNIS boliviano). Estas luchas se entrecruzan y combinan con aquellas surgidas contra la privatización, desregulación y mercantilización de actividades vinculadas a la gestión de los bienes naturales -desde los servicios de agua y electricidad hasta los hidrocarburos. En nuestro país son múltiples estos enfrentamientos. Desde los movimientos campesinos que defienden el derecho de propiedad de sus tierras ante la expansión de la frontera agrícola; la resistencia de ciudades y pueblos del interior frente a la acumulación por desposesión de las explotaciones mineras (Asambleas ciudadanas); las de las comunidades indígenas ante el avance de la explotación no convencional del petróleo y gas. Hasta las luchas territoriales en las grandes ciudades que dan cuenta de la precariedad de los territorios y espacios urbanos, mientras avanza la gentrificación metropolitana.

4- El kichnerismo, como casi la totalidad de los sectores progresistas y de la izquierda argentina, permanece aún atado a viejas concepciones laboralistas, donde el único trabajo genuino reconocido es el trabajo asalariado y formal, asociado a los sindicatos y, fundamentalmente, fabril industrial. En contrapartida, en nuestro país, el antagonismo presenta múltiples aristas, con un sujeto múltiple y extendido en el espacio productivo y un capital cuyo comando sobre el trabajo se asienta más en dispositivos de control, que en aquellos de disciplinamiento. Todo parece indicar que la organización de tipo fordista, que caracterizara a nuestro país, como convención social acordada sobre la constitucionalización del trabajo está hoy superada. Debilitada la hegemonía productiva del fordismo, sólo la innovación, la creatividad y la actividad original y creativa incorporada y estimulada en el seno de la subjetividad del trabajo, en el trabajo vivo, es capaz de agregar aquella cuota de plusvalía necesaria para la reproducción del sistema. La exigencia del capital de intensificar el comando capitalista sobre la vida presupone fragmentar y segmentar; y allí donde sea posible, individualizar la relación entre capital y trabajo, de modo de volver este último menos resiliente y políticamente más frágil. La pérdida de centralidad del trabajo asalariado, la progresiva autonomización, descentralización y desarrollo en red del proceso de producción social, así como la instauración de normas cada vez más individualizadas, y por lo tanto aleatorias, comportan los nodos fundamentales de la transformación económica y social en curso. 

5- Simultáneamente, el ciclo político post neoliberal kirchnerista iniciado en nuestro país en el año 2003 adoptó en la figura del estado su eje político central, el articulador fundamental de la reorganización de la sociedad tras un discurso que hizo del "retorno del estado" y la recuperación de la soberanía la apoyatura política fundamental de las transformaciones sociales a realizar.  Sin embargo, la integración social alcanzada mediante los planes sociales así como los subsidios estatales a los servicios públicos y el transporte, que promovieron una significativa expansión del consumo no significó la politización simultánea de la sociedad. Paralelamente, el gobierno promovió un modelo de desarrollo que no solo mantuvo intacta la matriz productiva nacional, sino que acentuó su dependencia del desarrollo agrícola y, últimamente, extractivista. Se trata de un modelo de desarrollo basado en la intensificación de la explotación de los recursos naturales, a contrapelo de una propaganda oficial que presume que la reindustrialización del país es el motor del desarrollo alcanzado en los últimos años.     

6- La derrota del kirchnerismo en las últimas elecciones es indicativa de la ruptura del pacto político del gobierno con los sectores y capas sociales que le dieron sustento desde 2003. El kirchnerismo se legitimó políticamente en la articulación de: a- sectores urbanos de bajos ingresos quienes revisten importancia estratégica en la fase actual del capitalismo (cuenta propistas y autónomos ,muchos de ellos trabajadores autónomos de segunda generación) vendedores de servicios personales, trabajadores free lances, pequeños y nuevos emprendedores insertos en el mercado laboral a partir del reconocimiento y valorización del ejercicio de alguna competencia individual (sea de trabajo cognitivo, de cuidado y/o afectivo etc) ; b-  trabajadores formales sindicalizados e informales que vieron crecer sus poder de compra con las mejoras del salario real y el empleo, ambos potenciados por el crecimiento económico; c-  grupos juveniles de reciente incorporación  al mercado de trabajo que adquirieron un fuerte compromiso político con el gobierno, ante la amenaza de perder lo logrado hasta ese momento, luego de la muerte de Kirchner; d- organizaciones sociales de derechos humanos, artistas, académicos y otros grupos “progresistas” en general que sellaron su apoyatura al kirchnerismo a partir de la política de derechos humanos, matrimonio igualitario, ley de medios, reformas del sistema jubilatorio etc. Este conjunto social conformó una alianza multifacética, múltiple y singular, hidra de numerosas cabezas, imposible de agrupar en el UNO pueblo, en tanto expresión de la nueva composición de clase. Este conjunto muy diferente al peronismo clásico (clase obrera fabril sindicalizada y pobres de las barriadas obreras), ha llevado a algunos intelectuales a calificar al kirchnerismo como un peronismo de “clase media”. Esta alianza política se quebró en los últimos dos años.

7- El tácito pacto alcanzado entre el gobierno y los sectores sociales apuntados se fundó en la construcción  de espacios de democratización económica inscritos esencialmente en la ampliación e incorporación de sectores medios urbanos a nuevos niveles de consumo. Estos grupos son los que vieron reducidos su capacidad de consumo luego del 2001 y aquellos sectores urbanos de menores ingresos a quienes las políticas neoliberales los había arrojado a la intemperie. Mejoras para estos últimos sustentadas en la ampliación de los planes sociales, en especial la AUH, así como el derrame, aunque débil que provocara el crecimiento económico. Este proceso de acumulación política se asentó en la construcción de promesas a partir de un discurso que proclamaba la pujante extensión de la inclusión social, la recuperación del trabajo como articulador de la vida social, las promesas de una irrefrenable reindustrialización, de mejoras en la educación pública, de generación de nuevos planes de vivienda, de mejoras y extensión de los servicios de la salud pública. Conformaron el decálogo de las políticas kirchneristas de inclusión social, mientras se prometía una sostenida mejora de los servicios públicos privatizados como luz, gas, telefonía y transporte público asentada en un eficiente y permanente control del estado. En definitiva una firme apuesta a la reconstrucción de ciudadanía social que el neoliberalismo inmediato anterior había destruido, aunque ahora a la sombra de un estado que, recuperando viejas prácticas, se presentaba como el garante último de justicia e igualdad social. Este apoyo se mantuvo con pocos cambios desde el 2003, con un núcleo duro asentado en los sectores más pobres de la zona metropolitana de la provincia de Buenos Aires, de las provincias del Norte, el Noroeste y la Patagonia, todo ello, alrededor de un liderazgo dual, el de Néstor y Cristina Kirchner. A este núcleo duro kirchnerista debemos agregar la firme adhesión de los trabajadores organizados (sindicalizados) y el respaldo fluctuante de sectores de la clase media conocidos como el kirchnerismo progresista, muchos de ellos con militancia política setentista. Esta coalición, de base trabajadora y pobres urbana y rural con participación de sectores de las clases medias, resultó exitosa en las elecciones de 2003, 2005, 2007 y 2011.

8- Se trataba de incorporar a vastos sectores hasta ahora invisibilizados y reconocidos en términos de una ciudadanía social monetizada. Son las millones de amas de casa integradas como nuevas jubiladas, las ayudas sociales  motorizadas por la Asignación Universal por Hijo, los incrementos de las jubilaciones, la movilidad del Salario mínimo vital y móvil, los  planes de vivienda social, la entrega de notebooks a nivel nacional, así como los subsidios de las tarifas de gas, luz y transporte público. Entre 2003 y 2012, esta coalición kirchnerista conservó las lealtades políticas  con pocos cambios estructurales en su conformación. Mientras las políticas sociales estuvieran mediadas por la monetización (condicionadas a las transferencias de dinero), integradas por el dinero, su productividad política dependía fundamentalmente del mantenimiento del poder adquisitivo del dinero utilizado para la ayuda social. Si bien en estos casos el dinero ya no funciona como restriccción monetaria de la restricción salarial, sino como la puerta de entrada al consumo, rigen todas las generales del capitalismo en tanto economía monetaria de producción y explotación del trabajo. Esto es, se mantiene intacto el fundamento del poder del capital sobre el trabajo, en la medida que el trabajador tenga necesidad de poner en venta su fuerza de trabajo; cumpliéndose en un todo la definición de la subsunción formal del trabajo al capital y la norma de la relación salarial.  Mientras subsista el poder del control sobre la creación monetaria, éste se constituye en el factor clave que otorga poder sobre el trabajo que estructura  las relaciones sociales, revelándose como verdad práctica en la actual coyuntura histórica, donde el poder de las finanzas se vuelve cada vez más visible. En ese contexto, el gobierno podía seguir mostrando al consumo popular como indicador de su política económica y social, índice de reparación de la deuda con los sectores más postergados mientras la inflación no cuestionara la monetización social. Así la financiarización del consumo popular a través de la extensión y diversificación de variados instrumentos de crédito en los sectores de menores ingresos, tuvo su correlato en el desarrollo de nuevas redes de comercialización informal, caso de La Salada y sus innumerables réplicas en el conurbano y en Capital. La reproducción de la deuda y el compromiso moral contraído (basado en la culpa nieztcheana) por los sectores de menores recursos para honrar la deuda, dan cuenta también de la repetición del poder del capital sobre el trabajo, independientemente de cuál fuera el circuito del endeudamiento producido. La deuda ha dejado de ser una categoría económica para convertirse en una tecnología de gobierno integrando las funciones de control operadas desde el estado y la interiorización de la culpa. Mientras demuestra la pervasividad de las finanzas a nivel social. Sin embargo, debemos destacar, que a pesar del carácter marginal que asume esta violación de la restricción monetaria, la desestabilización de las garantías del welfare, iniciadas durante el menemismo y que el kirchnerismo no revirtiera, así como la precarización creciente de las condiciones de remuneración y empleo, han potenciado la restricción monetaria propia de la relación salarial.  Por lo que podemos concluir que la monetización de la inclusión social no sólo continúa respondiendo al comando del capital, sino que recrea las condiciones del "hombre endeudado de las sociedades de control", propias de la etapa del capitalismo neoliberal donde el cuidado de sí se liga a su valorización como "capital humano". Conclusión que nos coloca en las antípodas de aquellos sectores neokirchneristas que ven en el aumento del consumo una posición liberadora y de resistencia. Por el contrario, la integración social provocada por el dinero no significó la politización de los sectores beneficiados, sino, como cabía de esperar, un acentuamiento de su precarización existencial, modelizando su subjetividad mediante técnicas de seguimiento individual obligatorio como nueva forma de gobierno de los individuos. Todo se juega en insólitas situaciones que oscilan entre la seducción y la represión (como la criminalización de los ni-ni en el último diciembre), que des potencia la autodeterminación del sujeto oprimiendo el proceso autónomo de subjetivación. Estamos en presencia de una transformación de los derechos sociales en deuda y de usuarios del welfare en deudores. Las finanzas que invaden todos los resquicios sociales en tanto  máquina de guerra han transformado los derechos sociales en créditos y a los precarios y desempleados en consumidores armados de tarjetas de crédito. Se materializa la pretensión de enriquecimiento social sin afectar la propiedad privada. Viejo objetivo del neoliberalismo más rancio.  

9- El  kirchnerismo buscó hacerse eco de las movilizaciones del 2001 mientras se apropiaba del paradigma de los derechos humanos, tan sensible a la sociedad argentina. Sin embargo, pese a esta reiterada reivindicación discursiva, la década kirchnerista abre enormes cuestionamientos que colocan en el tapete la distancia entre el discurso oficial y los hechos abriendo nuevos interrogantes acerca del umbral de violencia estatal que la sociedad está dispuesta a tolerar y permitir. Se asiste a la judicialización de la protesta social y de la pobreza, así como la tendencia a la represión de los movimientos sociales y comunidades indígenas, que ha dejado como saldo un elevado número de muertos en manos de las fuerzas represivas de los Estados provinciales de las que el kirchnerismo pretende desentenderse. Pese a la defensa del derecho de protesta y la política de derechos humanos , la criminalización de la protesta social se ha multiplicado y consolidado a través de un fuerte entramado legal, que encuentra prolongación en una serie de medidas sumamente preocupantes. En esta línea, se deben mencionar dos inflexiones que revelan de manera directa la fractura misma de la política de derechos humanos y muestran su contradicción con el discurso oficial, como es el caso de la ley X de Gendarmería y la ley antiterrorista promovidas por el ejecutivo y votadas por el oficialismo en 2006 y 2011, y la designación del general César Milani, de probada participación en torturas y desapariciones durante el Terrorismo de Estado, al mando del ejército en diciembre de 2013.

10- Fue el incumplimiento de las demandas sociales lo que precipitó la debacle el último octubre. En realidad este proceso se había iniciado en los comienzos del 2º mandato de Cristina Kirchner. A diferencia de lo que ocurrió en el anterior período de debilidad y declinación del kirchnerismo, en ocasión del conflicto con el campo en 2008 y su prolongación en la derrota electoral del 2009, esta vez la erosión no fue resultado de una única medida adoptada en un momento determinado sino de un proceso gradual que se extendió a lo largo de los últimos dos años. El accidente ferroviario de Febrero de 2012 en la estación Once y su secuela de muertes desnudó la continuidad de la política privatista de la década denostada en materia de transporte que impulsara el menemismo, y que el gobierno kirchnerista mantuvo con su secuela de corrupción y carencia de controles. Este episodio hizo manifiesta la lógica de un capitalismo de amigos que puso en entredicho la idílica construcción de una burguesía nacional, base del capitalismo en serio tan cara al kirchnerismo. Traslucía la inoperancia de gestión estatal en el transporte ferroviario, permeable al desarrollo de negocios de los "amigos" kirchneristas. La tragedia de Once marcó una bisagra en cuanto al descreimiento social respecto a la épica del relato oficialista. Los subsidios, lejos de mejorar el servicio públicos de transporte, engordaba el bolsillo de los capitalistas amigos del kirchnerismo. Once también mostró que la venta de la fuerza de trabajo de los asalariados diariamente trasladados a su lugar de trabajo en tren, ponía en riesgo el propio cuerpo del explotado, su vida. Las políticas distribucionistas oficiales que generaron una significativa empatía política entre el gobierno kirchnerista y los distintos movimientos comenzó a erosionarse producto de las políticas oficiales que, al negar y no reconocer el proceso inflacionario, permitieron el deterioro de los salarios y del poder adquisitivo de los de abajo, vaciando los aspectos progresivos sociales alcanzados, a la par que, con intentos contraproducentes de justificación, se insistía en el carácter destituyente de la crítica opositora al gobierno. Los falsos índices de inflación escondían un aumento creciente de los precios que limaban el poder de compra de las monetizaciones sociales. El kirchnerismo perdió en octubre de 2013 4 millones de voto en Provincia de Buenos Aires en manos de Massa, peronista, ex-kirchnerista que se lanzó pocos meses antes de octubre a la disputa electoral y planteó el problema de la inflación como tema de campaña. El objetivo del gobierno en ese sentido era claro: ocultar los índices de pobreza que superaban el piso del 25 % de la población, deslegitimando con ello la retórica oficial de la década ganada. Se agrega a esto el fracaso de los diferentes planes de vivienda que lanzara el gobierno mediante créditos a largo plazo al colocarlos fuera del alcance de las familias que aspiraban a la vivienda propia; la persistencia de una deficiente salud pública, por lo demás de baja calidad, incapaz de atender razonablemente las demandas de la población, provocó, bien que mayores usuarios se volcaran hacia los servicios que brindaba la salud privada,  de cada vez más difícil acceso, ante los costos que significaba sus beneficios motorizados por la inflación, bien que los más pobres entre los pobres carecieran de un servicio de salud pública. Finalmente, si bien la alícuota del presupuesto educativo aumentó, ello no significó una mejora de la calidad de la educación pública induciendo también la migración hacia la educación privada. Mientras tanto, el gobierno seguía aferrado a su retórica de crecimiento industrial, de ampliación del empleo asociado al empleo industrial, de incrementos de los salarios formales y sindicalizados, de aumento en el número de los trabajadores sindicalizados, nuevas universidades y distribución de notebooks en las escuelas primarias nacionales.  

11- Pero si Octubre 2013 enfrentaba demandas insatisfechas y promesas no cumplidas, eran también tiempos de antesala de desajustes profundos en la economía ç.  El discurso oficial que negaba la inflación tras las falseadas cifras del INDEC desde su intervención en 2007, provocó una fuerte apreciación de la moneda, fenómeno que generó un exceso de demanda de moneda extranjera desde octubre de 2011, a la par que dificultaba las exportaciones industriales. El gobierno no encontró "forma" mejor de resolver el problema que imponer un "cepo", restringiendo el acceso al mercado de los importadores, turistas y empresas que quería remitir sus utilidades y ahorristas nacionales. De esta manera promovió la aceleración en la apreciación de la moneda. Surgió, como cabía esperar, un mercado de cambios paralelo cuya "brecha" con el oficial alcanzó niveles insostenibles en octubre de 2013, luego de las elecciones de medio término. No se trataba ahora de un problema inflacionario sino fundamentalmente de carencia de divisas externas para hacer frente a las importaciones y cumplir con los pagos de la deuda externa. En el último año se habían evaporado casi 15.000 millones de dólares de las reservas del Banco Central (90.000 millones de dólares en la década) goteo insostenible, ante la carencia de financiamiento externo, ya que amenazaba con dificultar los pagos internacionales y contar con las divisas necesarias para el comercio mundial. Si se toma la diferencia entre el total de lo que se vendió al exterior y lo que se importó en estos diez años, 2003-2013, el superávit, el saldo favorable de la Balanza Comercial de Bienes y Servicios de la Argentina fueron 150.000 millones de dólares. El total de pagos de deuda hechos durante esta década alcanzó los 60.000 millones de dólares . Además de la fuga de capitales   como tema de fondo tenemos el fenómeno  inflacionario: en un país con 30 % de pobres los precios no aumentan por demanda sino por falta de inversión. Durante 2012-13 cesó el ingreso de capitales por el mercado "oficial", fracasó la moratoria fiscal y los turistas extranjeros liquidaban sus monedas en el paralelo. Previo a las elecciones el gobierno ya había lanzado  una política que le permitiera acceder nuevamente al crédito internacional. Así, aceptó los fallos del CIADI que obligaban al pago de indemnizaciones reclamadas por consorcios internacionales adjudicatarios de diversas privatizaciones menemistas; inició negociaciones con el Club de París para acordar el pago de la deuda externa defaulteada con ese Organismo; acordó con el FMI la normalización de un nuevo Índice de Precios que permitiera alcanzar datos confiables sobre el crecimiento económico y los índices inflacionarios; acordó con Repsol el dinero de la "expropiación" (5000 millones de U$S) y avanzó en la negociación con los Fondos buitres de EEUU que nunca aceptaron la quita de la deuda propuesta por Kirchner en 2005-2006.  

12- La encrucijada en la que se encuentra la economía argentina tiene su raíz en la restricción externa de divisas. La economía argentina ha operado, producto de su particular inserción en la economía mundial, siguiendo una división internacional del trabajo de los últimos tiempos, con un desequilibrio cíclico en su balance de pagos internacionales. Fenómeno que en la época de sustitución de importaciones generaba las clásicas crisis de la balanza de pagos, ante el deterioro de los términos de intercambio comercial. La elevada proporción de insumos y equipos importados para la producción manufacturera exige disponer de un saldo de la balanza comercial superavitario soportado, en estos casos, por las exportaciones primarias, frente a la baja capacidad de exportaciones de bienes de origen industrial. Durante los primeros 5 años de gobierno kirchnerista la economía operó con un sustantivo superávit de los pagos internacionales. La fuerte caída de las importaciones –resultante de la depresión de la actividad industrial–, el aumento de la producción exportable de cereales y oleaginosas y sus manufacturas, la mejora de los precios internacionales de la producción primaria y de sus términos de intercambio, el superávit en el comercio de energía, la reducción de los servicios de la deuda externa por el default y la modificación hacia un tipo de cambio competitivo contribuyeron al crecimiento "virtuoso".  Fue el “período dorado” del “modelo”, donde se buscó promover la equidad, recuperar el Estado para administrar el conflicto distributivo, impulsar el crecimiento y estrechar vínculos latinoamericanos.  A pesar de no tener acceso al crédito internacional, por la sanción de los mercados a la resolución de la quita de deuda externa, la economía creció fuertemente, afianzada en sus propios recursos. A partir del 2007 se duplicó el Déficit del comercio internacional del sector industria , concentrado en los sectores de autopartes, complejo electrónico, bienes de capital y productos químicos, frente a la apreciación del peso. Al mismo tiempo, el superávit energético y la balanza de turismo se transformaban en deficitarios. La década ganada estaba mostrando su incapacidad para modificar la matriz productiva argentina y haber ensayado una política de especialización en determinados nichos  de producción internacional que alterara  la subindustrialización y débil participación de la industria argentina en el proceso innovativo, así como disminuir la elevada participación de la informalidad del trabajo en el sector industrial. La transformación de la matriz productiva exige incorporar actividades de mayor valor agregado y contenido tecnológico que son las que pertenecen a los sectores más dinámicos del comercio internacional en los cuales, precisamente, se verifica el déficit comercial manufacturero. Exige también abandonar el viejo concepto de “sustitución de importaciones”, que implica reemplazar importaciones actuales por producción interna. El camino elegido por el gobierno fue devaluar el peso (pocos meses antes, CFK había afirmado "que quienes ansiaban una devaluación deberían esperar un próximo gobierno, nunca el suyo"), subir las tasas de interés y buscar alternativas de financiamiento externo. Estas medidas, impuestas precipitadamente por los errores del pasado, fueron leídas por la ortodoxia, en una renovada muestra de autismo analítico, como un ajuste a su propio estilo. Asumida la devaluación, 20% en enero- sus consecuencias son inexorables. El primer paso es la caída del ingreso real en dólares, en particular entre los asalariados. La baja del ingreso supone una caída de la demanda interna, lo que frena el crecimiento de la economía y, con ello, la evolución del empleo. A ello le sigue aliviar las cuentas externas por la vía del ingreso de capitales y seguramente un ajuste en las cuentas fiscales vía disminución de los subsidios . Es visible, por lo demás, el objetivo del gobierno en avanzar hacia la  contención salarial para las próximas discusiones con las patronales en los meses de marzo, abril (ya fijó pautas para los docentes y jubilados de incrementos sensiblemente por debajo de la inflación anual esperada).

13- La recomposición del comando del capital luego de 2001 dio lugar a nuevas formas de resistencia, muchas de ellas como defensas territoriales, y a la desactivación de otras, de modo que vanguardias y movimientos sociales del ciclo anterior alteraron sus roles. Además de la reubicación con respecto al estado de los organismos de derechos humanos, como respuesta a las políticas de cooptación kirchneristas,  también perdió peso el movimiento piquetero, tras una integración que reviste formas burocratizadas, pérdida de importancia gracias a la recuperación del empleo y la derrota de sus vertientes más radicales (entre otras cosas por la vía del aislamiento y la distribución diferenciada de recursos estatales). Sin embargo, otras formas de resistencia han tomado relevancia a nivel nacional, entre estas, la diversidad de movimientos de oposición a la minería o a los desplazamientos de campesinos debido a la continua expansión de la frontera agrícola rentable. Asistimos a la constitución de movimientos con base territorial, tanto en el mundo rural como urbano, cuyas raíces se relacionan con alguna carencia particular o local (vivienda) , así como con alguna reivindicación cercana a la experiencia cotidiana. Su impacto sobre la vida inducen a que los sujetos a inscriban sus voces de resistencia en nuevos sujetos colectivos, distintos a los que ocuparon el espacio público en el pasado, y con una configuración fragmentada en términos sociales y localizada en términos territoriales, lo que no significa una manifestación de debilidad y/o de insuficiencia en las luchas. Se trata de luchas que confluyen en la defensa y disputas territoriales con el capital transnacional y donde las instituciones estatales juegan un papel preponderante a través de las diferentes tecnologías de gubermentalidad entendida en términos foucaultianos. En el caso de los movimientos ambientalistas se trata de acciones que  problematizan la democracia representativa, exigiendo su reinvención en el aquí y ahora tras la práctica de una democracia directa. Son movimientos de singularidades, que presentan una composición  radicalmente heterogénea y revolucionan  el concepto de la política y de la militancia, recreando la democracia a partir de la realidad de las ciudades y pueblos afectados por las explotaciones mineras. Asambleas ciudadanas que en su accionar, por fuera de toda distribución de bienes y poderes, producen común, es decir el desarrollo de capacidades creativas liberando las fuerzas productivas de la experiencia tras redes afectivas, que son las que motivaron la particular atracción de vecinos y pobladores de las zonas inmediatas. Las Asambleas ciudadanas definen un nuevo tipo de ciclo de luchas colocándose por fuera de las disputas entre mercado y estado, entre socialismo y las reformas del capitalismo. Asumen una nueva modalidad para organizar las relaciones y expresar las potencialidades  al multiplicar las relaciones de transformación. Luchas que brotan de la experiencia compartida en la actuación colectiva y que buscan efectivizar los derechos democráticos mediante la ampliación de los ámbitos de discusión y toma de decisiones. Lo que algunos denominan la producción del común. Tanto el pensamiento institucional como el ligado a Carta Abierta han visto en las luchas ambientalistas sólo un aporte interesante, cosmético, ornamental y puramente folclórico, sin detectar que las luchas contra el extractivismo no solo ponen en cuestión la relación del hombre con la naturaleza, sino que asumen la gestión del común, no como objeto en sí, sino como formando parte de sus propias vidas. En este aspecto la movilización social no se presenta como reclamo ante el estado demandando soluciones y/o derechos, sino como camino para que el estado las visibilice y reconozca. El gobierno y sus escribas creen encontrarse a salvo y distantes de las movilizaciones callejeras asentadas en convocatorias de redes sociales que se desplegaron, como ciclo de luchas mundiales, desde las primaveras árabes, las plazas españolas y turcas y últimamente las calles brasileñas. Amparados en el discurso oficial de acumulación con inclusión social, sus miles de puestos de trabajo, jubilaciones de nuevo tipo, industrializaciones renovadas, se consideran exentos de la crisis de representación política y ampliación de la democracia que se encuentra en la base de las movilizaciones mundiales, superada a través de la retórica del retorno de la política, mientras apuestan a la consolidación de un tipo de crecimiento basado en viejas ideas desarrollistas. La base social de estas nuevas subjetividades debe rastrearse en el nuevo tipo de trabajo que caracteriza al capitalismo cognitivo: trabajo inmaterial, de cuidado, emprendido muchas veces por jóvenes precarios, pobres urbanos, estudiantes y empleados autónomos de la nueva composición heterogénea del trabajo en las grandes ciudades. Se agregan las comunidades de los que reclaman por sus tierras (qom) lo que les permite alcanzar autonomía y autodeterminación colectiva, pueblos y ciudades que se oponen al uso y extracción de los recursos naturales ubicados en sus suelos como fuente de pobreza futura.  Se trata de un fenómeno ignorado por el kirchnerismo aferrado a concepciones anacrónicas que entiende que las revueltas callejeras o institucionales (como la última rebelión policial) tienen objetivos destituyentes hacia el gobierno. Sin embargo, esta retórica es compartida por los diferentes partidos de la oposición y la propia izquierda argentina, sea aquella con pasado stalinista, el Partido Comunista, sea aquella con tradición trotkista en sus distintas variantes. Estas izquierdas no solo rescatan un concepto de clase asociado al lugar que el sujeto ocupa en el proceso de producción, sino que siguen considerando la concepción de organización política, el partido, como el gran organizador de donde devendría la conciencia de clase necesaria para la toma del Palacio. Incapacitados de incorporar los cambios alcanzados en las relaciones de producción capitalistas, en las formas y modalidades de producción y  explotación que se han generado en los últimos veinte años, resultan funcionales a las políticas oficiales al compartir con ellas similares concepciones sobre el trabajo y centralidades fabriles. Al no comprender que las luchas de hoy no nacen como imperativos de fines abstractos ni ligados a un futuro proyecto de sociedad, sino que se erigen en contra de un poder que se ejerce sobre la vida cotidiana adquiriendo legitimidad al denunciar como intolerable el ejercicio del poder  sobre la propia subjetividad. De esta manera, el barrio, la tierra, los recursos naturales, el agua o el gas la luz, la comida o el trabajo, la vivienda y la pobreza son todos elementos que aglutinan y sientan las bases para la constitución de sujetos colectivos que cuestionan el ejercicio del poder, lo corroen y antagonizan mientras proyectan la confianza en la intransitividad de la voluntad desde la multiplicidad de la experiencia local y concreta. Se trata de resistencias que se cuelan entre la dominación cristalizada en instituciones  y en la posibilidad de construcción colectiva de nuevas formas de relación entre los sujetos. Revelan que la experiencia de la dominación es más insoportable cuando se vive cotidiana e inmediatamente. En ese marco resultan inteligibles las rebeliones de diciembre del 2013  protagonizadas por los ni-ni, hijos del 2001 y que no han conocido la política de inclusión kirchnerista. Es desde la opresión diaria que se piensa en una transformación social estructural. Rechazamos todo discurso totalizante que busca suprimir las particularidades de lo local anulando las diferencias. Debemos valorizar los márgenes como locus de resistencia donde se generan  un nuevo orden de relaciones, una nueva matriz de subjetivación desde su más cercana experiencia. Develando la politicidad de la vida y rechazando el hablar por otros , la resistencia es creación simultánea.     

 

Addenda: sobre el anacronismo kirchnerista

 

El discurso kirchnerista se fundó en la construcción de una frontera política que separa un pasado demonizado,-y al que se recurre permanentemente, la década neoliberal,-  y un futuro promisorio, anverso del orden injusto que se intenta superar, mediante la fundación de una nueva estatalidad. Podemos mencionar una triple temporalidad sobre la que se construyó el discurso kirchnerista: a-un tiempo calificado como tormentoso con sus víctimas, (el neoliberalismo del peronismo menemista), el infierno en palabras del kirchnerismo; b- un enemigo, el neoliberalismo como fuente del mal; c-los gobiernos democráticos de los últimos 30 años como responsables de la situación presente. En ese contexto, las promesas incumplidas expresan el gap entre el mito de un origen glorioso y la decadencia presente.  Sobre estas promesas incumplidas  el kirchnerismo formuló la necesidad de construir un capitalismo nacional en serio, recogiendo imaginarios políticos y sociales como continuidad de viejos proyectos, mientras acentuaba su ruptura con el pasado inmediato. Reconstrucción de la nación, de la identidad nacional sobre un particular relato setentista, en tanto fue esa generación, según su lectura, la que estaba destinada a cumplir ese sueño, garante de un país de los iguales. Si el neoliberalismo significó la postergación de la identidad y esencia nacional, el kirchnerismo deberá recuperar y reconstruir esa identidad nacional postergada, transformando en realidad el sueño de los fundadores de la patria. Tras la afirmación de una línea de continuidad entre el deseo de los próceres patrios, la experiencia nacionalista del peronismo clásico y las luchas setentistas, se propuso la construcción de una patria feliz y de un pueblo vuelto sujeto, que delegara en la representatividad política del gobierno kirchnerista la confianza política para alcanzar los destinos de grandeza. Se consumaría así la fusión política entre el líder-conductor y el UNO del pueblo, saldando la crisis de representatividad abierta en el 2001 y recomponiendo la representación. Se trata de un modelo nacional que hizo de la cultura del trabajo la norma por excelencia de la articulación e inclusión social, limitando la concepción del salario a salario industrial fabril. De ahí las permanentes invocaciones a la recuperación de la historia de los trabajadores argentinos.

El kirchnerismo promovió, por lo demás una lectura particular de la intervención estatal que dejando de lado toda pátina de estado benefactor se remitiera a un estado capaz de corregir las inequidades del mercado mediante políticas "activas"  (política de precios cuidados, lucha contra el capital concentrado y oligopólico); un estado promotor que acercara el estado a la sociedad  volviendo inteligible la dinámica global del capital  en la construcción del capitalismo nacional. Estado capaz de inscribir en el horizonte del capitalismo globalizado la construcción de un capitalismo de iguales. En ese sentido el estado debe ser el artífice de la reconstitución del tejido social de un capitalismo "humano", en oposición a algunos factores de poder, principalmente los mediáticos, partidarios de un capitalismo salvaje y manipulador. Se trata de tomar partido por un capitalismo nacional, sin cuestionar las relaciones de producción, ni proponerse su superación. No se prevé tampoco su reforma. Por ello la necesidad de imponer la opción entre el ellos y el nosotros. Para el kirchnerismo, el error fundamental del neoliberalismo remite a no haber podido edificar un capitalismo en serio.  El kirchnerismo, en oposición, se propone alcanzar una exitosa conjunción entre capitalismo, democracia y nación para emular, en el nuevo siglo, el mundo feliz que significó el peronismo en la década del 40-50 del siglo pasado. Y que, traducido en el nuevo siglo, alcance la inclusión social de aquellos excluidos por el neoliberalismo. Enorme paradoja en la medida que el nuevo incluido trabajará para reproducir aquello cuyo efecto necesario inmediato será su propia exclusión. Juego que exige trascender el terreno de la pura economía y entrar en el de la política.

Durante estos últimos años, en especial a partir del 2008, el gobierno kirchnerista se convirtió en un gran productor de relatos mistificadores  buscando hacer una virtud de la necesidad. La expropiación de YPF disimulaba el fracaso de su política energética; la eliminación de las AFJP (jubilación privada) escondía la necesidad de financiamiento de un gasto público en crecimiento; la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central ocultaba los nuevos acreedores del estado mientras pregonaba el desendeudamiento y se ufanaba de ser "pagador serial". El kirchnerismo proclama una política alejada de la especulación y el marketing político y concluye en un mediocre accionar indulgente y en una gestión inclusiva, de administración de la democracia representativa, delegatoria, inscrita en la representación de los partidos y el estado; y donde la subjetividad política se ve relegada a un papel pasivo sometida a un férreo comando político del ejecutivo, sin posibilidad de dinámicas autónomas que consoliden una subjetividad política diferente. Por el contrario, el retorno de la política como discurso kirchnerista no ha significado ninguna construcción de ideas que, rompiendo con el pasado, fueran capaces de abrir un camino emancipatorio.  No se han producido nuevas formas de organización, ni formas de lucha impensadas en épocas pasadas. Por el contrario se recrean viejas organizaciones sociales (Unidos y Organizados) y se apoya y fortalece, como interlocutores principales y representativos de la fuerza de trabajo empleada, a las clásicas estructuras sindicales, sin incorporar que la mano de obra sindicalizada alcanza hoy solamente al 25 % de la fuerza de trabajo empleada.  En ese contexto la pregunta que nos hacemos es, ¿qué tipo de política emancipatoria permite construir el oficialismo, sino aquella que está en sus antípodas, como es la de reducirla a una eficiente gestión de los recursos, sin proponer una alternativa social diferente, y donde el terreno privilegiado de su accionar lo ocupa el estado?  Tras su declamación de progresismo que lucha contra el neoliberalismo, combate los diferentes organismos financieros internacionales y que disputa con los poderes mediáticos y monopólicos,  el kirchnerismo tiene una visión conservadora de la política. No compartimos la idea difundida en círculos neokirchneristas acerca que la política kirchnerista es portadora de un fuerte sesgo liberador, aunque con límites severos; y que, por lo tanto, de lo que se trata es liberar esos límites, superarlos, inventando caminos que permitan direccionar estas políticas. El kirchnerismo no sólo no se ha mostrado incapaz de realizarlas o encauzarlas, sino que ha contribuido a fortalecer dichos límites.

Todo parece indicar que cuestionadas las bases de la legitimidad y gobernabilidad del actual proyecto, nos encontramos frente a su agotamiento. Los límites estructurales mencionados, testimonio de la particular fragilidad del modelo neodesarrollista kirchnerista, conducen a pensar en alguna variante transicional de los de arriba que permita desplazar y superar dichos límites. Por su parte toda construcción de contrapoder frente al comando del capital, si busca ser efectiva, deberá asentarse en las experiencias de lucha y de vida anotadas, articuladas alrededor de las nuevas singularidades dinamizadas por el capitalismo cognitivo.

César Altamira