sábado, 22 de marzo de 2014


La retórica kirchnerista: de la inclusión social al ajuste ortodoxo.

1- Un análisis político, crítica del poder y de la dominación en nuestro país en particular, y América Latina en general, requiere incorporar los cambios operados en los últimos años en la composición de clase. Las modificaciones producidas en la naturaleza del trabajo, en la espacialidad de su accionar así como en las nuevas formas de explotación han inducido cambios sustantivos sobre lo que se conoce clásicamente como la constitución y conformación de las clases explotadas. Se encuentra en debate la clásica referencia a la  base espacial-material de constitución de la clase social, sujeto político de la etapa y, junto con ello, su modalidad de resistencia y expresión política. En la medida que la fuerza de trabajo ha adquirido hoy características de capital fijo, a partir de que el capital inviste ahora la propia vida, las luchas de resistencia han adquirido el carácter de luchas biopolíticas.

2- Pero no se trata solamente de los cambios alcanzados en la naturaleza del trabajo y del nuevo tipo de trabajo productivo, donde el atributo cognitivo del trabajo pone en evidencia la nueva naturaleza del trabajo, su fuente de valorización y estructura de propiedad sobre la que se funda el proceso de acumulación. También de los cambios producidos a nivel de los procesos de acumulación del capital a nivel global, los procesos de integración comercial, des-territorialización y re-territorialización del capital que han vuelto difusa la frontera centro/periferia,  de las transformaciones producidas en la articulación de la soberanía con el territorio, de los cambios operados entre la primitiva forma estatal  y el moderno sistema interestatal alcanzado, del afianzamiento de un sistema financiero internacional que torna a los estados sus filiales más distinguidas. Son tiempos donde los márgenes de autonomía del estado se han vuelto cada vez más cuestionados. Todo indica la necesidad de dejar de considerar al estado nación como el moderador de los procesos sociales políticos y económicos y la política de lo posible, para contraponerle la lógica de lo múltiple, de lo centrífugo, en palabras de Pierre Clastres.   

3- La geografía política latinoamericana y argentina aparece signada en los últimos años por un sinnúmero de disputas sociopolíticas vinculadas a diferentes bienes comunes naturales. Conflictos  y redes nacidos contra la expansión de la minería, del agronegocio, de la explotación petrolera y gasífera; contra el despojo y desplazamiento de tierras y territorios frente a la construcción de carreteras y obras de infraestructura (TIPNIS boliviano). Estas luchas se entrecruzan y combinan con aquellas surgidas contra la privatización, desregulación y mercantilización de actividades vinculadas a la gestión de los bienes naturales -desde los servicios de agua y electricidad hasta los hidrocarburos. En nuestro país son múltiples estos enfrentamientos. Desde los movimientos campesinos que defienden el derecho de propiedad de sus tierras ante la expansión de la frontera agrícola; la resistencia de ciudades y pueblos del interior frente a la acumulación por desposesión de las explotaciones mineras (Asambleas ciudadanas); las de las comunidades indígenas ante el avance de la explotación no convencional del petróleo y gas. Hasta las luchas territoriales en las grandes ciudades que dan cuenta de la precariedad de los territorios y espacios urbanos, mientras avanza la gentrificación metropolitana.

4- El kichnerismo, como casi la totalidad de los sectores progresistas y de la izquierda argentina, permanece aún atado a viejas concepciones laboralistas, donde el único trabajo genuino reconocido es el trabajo asalariado y formal, asociado a los sindicatos y, fundamentalmente, fabril industrial. En contrapartida, en nuestro país, el antagonismo presenta múltiples aristas, con un sujeto múltiple y extendido en el espacio productivo y un capital cuyo comando sobre el trabajo se asienta más en dispositivos de control, que en aquellos de disciplinamiento. Todo parece indicar que la organización de tipo fordista, que caracterizara a nuestro país, como convención social acordada sobre la constitucionalización del trabajo está hoy superada. Debilitada la hegemonía productiva del fordismo, sólo la innovación, la creatividad y la actividad original y creativa incorporada y estimulada en el seno de la subjetividad del trabajo, en el trabajo vivo, es capaz de agregar aquella cuota de plusvalía necesaria para la reproducción del sistema. La exigencia del capital de intensificar el comando capitalista sobre la vida presupone fragmentar y segmentar; y allí donde sea posible, individualizar la relación entre capital y trabajo, de modo de volver este último menos resiliente y políticamente más frágil. La pérdida de centralidad del trabajo asalariado, la progresiva autonomización, descentralización y desarrollo en red del proceso de producción social, así como la instauración de normas cada vez más individualizadas, y por lo tanto aleatorias, comportan los nodos fundamentales de la transformación económica y social en curso. 

5- Simultáneamente, el ciclo político post neoliberal kirchnerista iniciado en nuestro país en el año 2003 adoptó en la figura del estado su eje político central, el articulador fundamental de la reorganización de la sociedad tras un discurso que hizo del "retorno del estado" y la recuperación de la soberanía la apoyatura política fundamental de las transformaciones sociales a realizar.  Sin embargo, la integración social alcanzada mediante los planes sociales así como los subsidios estatales a los servicios públicos y el transporte, que promovieron una significativa expansión del consumo no significó la politización simultánea de la sociedad. Paralelamente, el gobierno promovió un modelo de desarrollo que no solo mantuvo intacta la matriz productiva nacional, sino que acentuó su dependencia del desarrollo agrícola y, últimamente, extractivista. Se trata de un modelo de desarrollo basado en la intensificación de la explotación de los recursos naturales, a contrapelo de una propaganda oficial que presume que la reindustrialización del país es el motor del desarrollo alcanzado en los últimos años.     

6- La derrota del kirchnerismo en las últimas elecciones es indicativa de la ruptura del pacto político del gobierno con los sectores y capas sociales que le dieron sustento desde 2003. El kirchnerismo se legitimó políticamente en la articulación de: a- sectores urbanos de bajos ingresos quienes revisten importancia estratégica en la fase actual del capitalismo (cuenta propistas y autónomos ,muchos de ellos trabajadores autónomos de segunda generación) vendedores de servicios personales, trabajadores free lances, pequeños y nuevos emprendedores insertos en el mercado laboral a partir del reconocimiento y valorización del ejercicio de alguna competencia individual (sea de trabajo cognitivo, de cuidado y/o afectivo etc) ; b-  trabajadores formales sindicalizados e informales que vieron crecer sus poder de compra con las mejoras del salario real y el empleo, ambos potenciados por el crecimiento económico; c-  grupos juveniles de reciente incorporación  al mercado de trabajo que adquirieron un fuerte compromiso político con el gobierno, ante la amenaza de perder lo logrado hasta ese momento, luego de la muerte de Kirchner; d- organizaciones sociales de derechos humanos, artistas, académicos y otros grupos “progresistas” en general que sellaron su apoyatura al kirchnerismo a partir de la política de derechos humanos, matrimonio igualitario, ley de medios, reformas del sistema jubilatorio etc. Este conjunto social conformó una alianza multifacética, múltiple y singular, hidra de numerosas cabezas, imposible de agrupar en el UNO pueblo, en tanto expresión de la nueva composición de clase. Este conjunto muy diferente al peronismo clásico (clase obrera fabril sindicalizada y pobres de las barriadas obreras), ha llevado a algunos intelectuales a calificar al kirchnerismo como un peronismo de “clase media”. Esta alianza política se quebró en los últimos dos años.

7- El tácito pacto alcanzado entre el gobierno y los sectores sociales apuntados se fundó en la construcción  de espacios de democratización económica inscritos esencialmente en la ampliación e incorporación de sectores medios urbanos a nuevos niveles de consumo. Estos grupos son los que vieron reducidos su capacidad de consumo luego del 2001 y aquellos sectores urbanos de menores ingresos a quienes las políticas neoliberales los había arrojado a la intemperie. Mejoras para estos últimos sustentadas en la ampliación de los planes sociales, en especial la AUH, así como el derrame, aunque débil que provocara el crecimiento económico. Este proceso de acumulación política se asentó en la construcción de promesas a partir de un discurso que proclamaba la pujante extensión de la inclusión social, la recuperación del trabajo como articulador de la vida social, las promesas de una irrefrenable reindustrialización, de mejoras en la educación pública, de generación de nuevos planes de vivienda, de mejoras y extensión de los servicios de la salud pública. Conformaron el decálogo de las políticas kirchneristas de inclusión social, mientras se prometía una sostenida mejora de los servicios públicos privatizados como luz, gas, telefonía y transporte público asentada en un eficiente y permanente control del estado. En definitiva una firme apuesta a la reconstrucción de ciudadanía social que el neoliberalismo inmediato anterior había destruido, aunque ahora a la sombra de un estado que, recuperando viejas prácticas, se presentaba como el garante último de justicia e igualdad social. Este apoyo se mantuvo con pocos cambios desde el 2003, con un núcleo duro asentado en los sectores más pobres de la zona metropolitana de la provincia de Buenos Aires, de las provincias del Norte, el Noroeste y la Patagonia, todo ello, alrededor de un liderazgo dual, el de Néstor y Cristina Kirchner. A este núcleo duro kirchnerista debemos agregar la firme adhesión de los trabajadores organizados (sindicalizados) y el respaldo fluctuante de sectores de la clase media conocidos como el kirchnerismo progresista, muchos de ellos con militancia política setentista. Esta coalición, de base trabajadora y pobres urbana y rural con participación de sectores de las clases medias, resultó exitosa en las elecciones de 2003, 2005, 2007 y 2011.

8- Se trataba de incorporar a vastos sectores hasta ahora invisibilizados y reconocidos en términos de una ciudadanía social monetizada. Son las millones de amas de casa integradas como nuevas jubiladas, las ayudas sociales  motorizadas por la Asignación Universal por Hijo, los incrementos de las jubilaciones, la movilidad del Salario mínimo vital y móvil, los  planes de vivienda social, la entrega de notebooks a nivel nacional, así como los subsidios de las tarifas de gas, luz y transporte público. Entre 2003 y 2012, esta coalición kirchnerista conservó las lealtades políticas  con pocos cambios estructurales en su conformación. Mientras las políticas sociales estuvieran mediadas por la monetización (condicionadas a las transferencias de dinero), integradas por el dinero, su productividad política dependía fundamentalmente del mantenimiento del poder adquisitivo del dinero utilizado para la ayuda social. Si bien en estos casos el dinero ya no funciona como restriccción monetaria de la restricción salarial, sino como la puerta de entrada al consumo, rigen todas las generales del capitalismo en tanto economía monetaria de producción y explotación del trabajo. Esto es, se mantiene intacto el fundamento del poder del capital sobre el trabajo, en la medida que el trabajador tenga necesidad de poner en venta su fuerza de trabajo; cumpliéndose en un todo la definición de la subsunción formal del trabajo al capital y la norma de la relación salarial.  Mientras subsista el poder del control sobre la creación monetaria, éste se constituye en el factor clave que otorga poder sobre el trabajo que estructura  las relaciones sociales, revelándose como verdad práctica en la actual coyuntura histórica, donde el poder de las finanzas se vuelve cada vez más visible. En ese contexto, el gobierno podía seguir mostrando al consumo popular como indicador de su política económica y social, índice de reparación de la deuda con los sectores más postergados mientras la inflación no cuestionara la monetización social. Así la financiarización del consumo popular a través de la extensión y diversificación de variados instrumentos de crédito en los sectores de menores ingresos, tuvo su correlato en el desarrollo de nuevas redes de comercialización informal, caso de La Salada y sus innumerables réplicas en el conurbano y en Capital. La reproducción de la deuda y el compromiso moral contraído (basado en la culpa nieztcheana) por los sectores de menores recursos para honrar la deuda, dan cuenta también de la repetición del poder del capital sobre el trabajo, independientemente de cuál fuera el circuito del endeudamiento producido. La deuda ha dejado de ser una categoría económica para convertirse en una tecnología de gobierno integrando las funciones de control operadas desde el estado y la interiorización de la culpa. Mientras demuestra la pervasividad de las finanzas a nivel social. Sin embargo, debemos destacar, que a pesar del carácter marginal que asume esta violación de la restricción monetaria, la desestabilización de las garantías del welfare, iniciadas durante el menemismo y que el kirchnerismo no revirtiera, así como la precarización creciente de las condiciones de remuneración y empleo, han potenciado la restricción monetaria propia de la relación salarial.  Por lo que podemos concluir que la monetización de la inclusión social no sólo continúa respondiendo al comando del capital, sino que recrea las condiciones del "hombre endeudado de las sociedades de control", propias de la etapa del capitalismo neoliberal donde el cuidado de sí se liga a su valorización como "capital humano". Conclusión que nos coloca en las antípodas de aquellos sectores neokirchneristas que ven en el aumento del consumo una posición liberadora y de resistencia. Por el contrario, la integración social provocada por el dinero no significó la politización de los sectores beneficiados, sino, como cabía de esperar, un acentuamiento de su precarización existencial, modelizando su subjetividad mediante técnicas de seguimiento individual obligatorio como nueva forma de gobierno de los individuos. Todo se juega en insólitas situaciones que oscilan entre la seducción y la represión (como la criminalización de los ni-ni en el último diciembre), que des potencia la autodeterminación del sujeto oprimiendo el proceso autónomo de subjetivación. Estamos en presencia de una transformación de los derechos sociales en deuda y de usuarios del welfare en deudores. Las finanzas que invaden todos los resquicios sociales en tanto  máquina de guerra han transformado los derechos sociales en créditos y a los precarios y desempleados en consumidores armados de tarjetas de crédito. Se materializa la pretensión de enriquecimiento social sin afectar la propiedad privada. Viejo objetivo del neoliberalismo más rancio.  

9- El  kirchnerismo buscó hacerse eco de las movilizaciones del 2001 mientras se apropiaba del paradigma de los derechos humanos, tan sensible a la sociedad argentina. Sin embargo, pese a esta reiterada reivindicación discursiva, la década kirchnerista abre enormes cuestionamientos que colocan en el tapete la distancia entre el discurso oficial y los hechos abriendo nuevos interrogantes acerca del umbral de violencia estatal que la sociedad está dispuesta a tolerar y permitir. Se asiste a la judicialización de la protesta social y de la pobreza, así como la tendencia a la represión de los movimientos sociales y comunidades indígenas, que ha dejado como saldo un elevado número de muertos en manos de las fuerzas represivas de los Estados provinciales de las que el kirchnerismo pretende desentenderse. Pese a la defensa del derecho de protesta y la política de derechos humanos , la criminalización de la protesta social se ha multiplicado y consolidado a través de un fuerte entramado legal, que encuentra prolongación en una serie de medidas sumamente preocupantes. En esta línea, se deben mencionar dos inflexiones que revelan de manera directa la fractura misma de la política de derechos humanos y muestran su contradicción con el discurso oficial, como es el caso de la ley X de Gendarmería y la ley antiterrorista promovidas por el ejecutivo y votadas por el oficialismo en 2006 y 2011, y la designación del general César Milani, de probada participación en torturas y desapariciones durante el Terrorismo de Estado, al mando del ejército en diciembre de 2013.

10- Fue el incumplimiento de las demandas sociales lo que precipitó la debacle el último octubre. En realidad este proceso se había iniciado en los comienzos del 2º mandato de Cristina Kirchner. A diferencia de lo que ocurrió en el anterior período de debilidad y declinación del kirchnerismo, en ocasión del conflicto con el campo en 2008 y su prolongación en la derrota electoral del 2009, esta vez la erosión no fue resultado de una única medida adoptada en un momento determinado sino de un proceso gradual que se extendió a lo largo de los últimos dos años. El accidente ferroviario de Febrero de 2012 en la estación Once y su secuela de muertes desnudó la continuidad de la política privatista de la década denostada en materia de transporte que impulsara el menemismo, y que el gobierno kirchnerista mantuvo con su secuela de corrupción y carencia de controles. Este episodio hizo manifiesta la lógica de un capitalismo de amigos que puso en entredicho la idílica construcción de una burguesía nacional, base del capitalismo en serio tan cara al kirchnerismo. Traslucía la inoperancia de gestión estatal en el transporte ferroviario, permeable al desarrollo de negocios de los "amigos" kirchneristas. La tragedia de Once marcó una bisagra en cuanto al descreimiento social respecto a la épica del relato oficialista. Los subsidios, lejos de mejorar el servicio públicos de transporte, engordaba el bolsillo de los capitalistas amigos del kirchnerismo. Once también mostró que la venta de la fuerza de trabajo de los asalariados diariamente trasladados a su lugar de trabajo en tren, ponía en riesgo el propio cuerpo del explotado, su vida. Las políticas distribucionistas oficiales que generaron una significativa empatía política entre el gobierno kirchnerista y los distintos movimientos comenzó a erosionarse producto de las políticas oficiales que, al negar y no reconocer el proceso inflacionario, permitieron el deterioro de los salarios y del poder adquisitivo de los de abajo, vaciando los aspectos progresivos sociales alcanzados, a la par que, con intentos contraproducentes de justificación, se insistía en el carácter destituyente de la crítica opositora al gobierno. Los falsos índices de inflación escondían un aumento creciente de los precios que limaban el poder de compra de las monetizaciones sociales. El kirchnerismo perdió en octubre de 2013 4 millones de voto en Provincia de Buenos Aires en manos de Massa, peronista, ex-kirchnerista que se lanzó pocos meses antes de octubre a la disputa electoral y planteó el problema de la inflación como tema de campaña. El objetivo del gobierno en ese sentido era claro: ocultar los índices de pobreza que superaban el piso del 25 % de la población, deslegitimando con ello la retórica oficial de la década ganada. Se agrega a esto el fracaso de los diferentes planes de vivienda que lanzara el gobierno mediante créditos a largo plazo al colocarlos fuera del alcance de las familias que aspiraban a la vivienda propia; la persistencia de una deficiente salud pública, por lo demás de baja calidad, incapaz de atender razonablemente las demandas de la población, provocó, bien que mayores usuarios se volcaran hacia los servicios que brindaba la salud privada,  de cada vez más difícil acceso, ante los costos que significaba sus beneficios motorizados por la inflación, bien que los más pobres entre los pobres carecieran de un servicio de salud pública. Finalmente, si bien la alícuota del presupuesto educativo aumentó, ello no significó una mejora de la calidad de la educación pública induciendo también la migración hacia la educación privada. Mientras tanto, el gobierno seguía aferrado a su retórica de crecimiento industrial, de ampliación del empleo asociado al empleo industrial, de incrementos de los salarios formales y sindicalizados, de aumento en el número de los trabajadores sindicalizados, nuevas universidades y distribución de notebooks en las escuelas primarias nacionales.  

11- Pero si Octubre 2013 enfrentaba demandas insatisfechas y promesas no cumplidas, eran también tiempos de antesala de desajustes profundos en la economía ç.  El discurso oficial que negaba la inflación tras las falseadas cifras del INDEC desde su intervención en 2007, provocó una fuerte apreciación de la moneda, fenómeno que generó un exceso de demanda de moneda extranjera desde octubre de 2011, a la par que dificultaba las exportaciones industriales. El gobierno no encontró "forma" mejor de resolver el problema que imponer un "cepo", restringiendo el acceso al mercado de los importadores, turistas y empresas que quería remitir sus utilidades y ahorristas nacionales. De esta manera promovió la aceleración en la apreciación de la moneda. Surgió, como cabía esperar, un mercado de cambios paralelo cuya "brecha" con el oficial alcanzó niveles insostenibles en octubre de 2013, luego de las elecciones de medio término. No se trataba ahora de un problema inflacionario sino fundamentalmente de carencia de divisas externas para hacer frente a las importaciones y cumplir con los pagos de la deuda externa. En el último año se habían evaporado casi 15.000 millones de dólares de las reservas del Banco Central (90.000 millones de dólares en la década) goteo insostenible, ante la carencia de financiamiento externo, ya que amenazaba con dificultar los pagos internacionales y contar con las divisas necesarias para el comercio mundial. Si se toma la diferencia entre el total de lo que se vendió al exterior y lo que se importó en estos diez años, 2003-2013, el superávit, el saldo favorable de la Balanza Comercial de Bienes y Servicios de la Argentina fueron 150.000 millones de dólares. El total de pagos de deuda hechos durante esta década alcanzó los 60.000 millones de dólares . Además de la fuga de capitales   como tema de fondo tenemos el fenómeno  inflacionario: en un país con 30 % de pobres los precios no aumentan por demanda sino por falta de inversión. Durante 2012-13 cesó el ingreso de capitales por el mercado "oficial", fracasó la moratoria fiscal y los turistas extranjeros liquidaban sus monedas en el paralelo. Previo a las elecciones el gobierno ya había lanzado  una política que le permitiera acceder nuevamente al crédito internacional. Así, aceptó los fallos del CIADI que obligaban al pago de indemnizaciones reclamadas por consorcios internacionales adjudicatarios de diversas privatizaciones menemistas; inició negociaciones con el Club de París para acordar el pago de la deuda externa defaulteada con ese Organismo; acordó con el FMI la normalización de un nuevo Índice de Precios que permitiera alcanzar datos confiables sobre el crecimiento económico y los índices inflacionarios; acordó con Repsol el dinero de la "expropiación" (5000 millones de U$S) y avanzó en la negociación con los Fondos buitres de EEUU que nunca aceptaron la quita de la deuda propuesta por Kirchner en 2005-2006.  

12- La encrucijada en la que se encuentra la economía argentina tiene su raíz en la restricción externa de divisas. La economía argentina ha operado, producto de su particular inserción en la economía mundial, siguiendo una división internacional del trabajo de los últimos tiempos, con un desequilibrio cíclico en su balance de pagos internacionales. Fenómeno que en la época de sustitución de importaciones generaba las clásicas crisis de la balanza de pagos, ante el deterioro de los términos de intercambio comercial. La elevada proporción de insumos y equipos importados para la producción manufacturera exige disponer de un saldo de la balanza comercial superavitario soportado, en estos casos, por las exportaciones primarias, frente a la baja capacidad de exportaciones de bienes de origen industrial. Durante los primeros 5 años de gobierno kirchnerista la economía operó con un sustantivo superávit de los pagos internacionales. La fuerte caída de las importaciones –resultante de la depresión de la actividad industrial–, el aumento de la producción exportable de cereales y oleaginosas y sus manufacturas, la mejora de los precios internacionales de la producción primaria y de sus términos de intercambio, el superávit en el comercio de energía, la reducción de los servicios de la deuda externa por el default y la modificación hacia un tipo de cambio competitivo contribuyeron al crecimiento "virtuoso".  Fue el “período dorado” del “modelo”, donde se buscó promover la equidad, recuperar el Estado para administrar el conflicto distributivo, impulsar el crecimiento y estrechar vínculos latinoamericanos.  A pesar de no tener acceso al crédito internacional, por la sanción de los mercados a la resolución de la quita de deuda externa, la economía creció fuertemente, afianzada en sus propios recursos. A partir del 2007 se duplicó el Déficit del comercio internacional del sector industria , concentrado en los sectores de autopartes, complejo electrónico, bienes de capital y productos químicos, frente a la apreciación del peso. Al mismo tiempo, el superávit energético y la balanza de turismo se transformaban en deficitarios. La década ganada estaba mostrando su incapacidad para modificar la matriz productiva argentina y haber ensayado una política de especialización en determinados nichos  de producción internacional que alterara  la subindustrialización y débil participación de la industria argentina en el proceso innovativo, así como disminuir la elevada participación de la informalidad del trabajo en el sector industrial. La transformación de la matriz productiva exige incorporar actividades de mayor valor agregado y contenido tecnológico que son las que pertenecen a los sectores más dinámicos del comercio internacional en los cuales, precisamente, se verifica el déficit comercial manufacturero. Exige también abandonar el viejo concepto de “sustitución de importaciones”, que implica reemplazar importaciones actuales por producción interna. El camino elegido por el gobierno fue devaluar el peso (pocos meses antes, CFK había afirmado "que quienes ansiaban una devaluación deberían esperar un próximo gobierno, nunca el suyo"), subir las tasas de interés y buscar alternativas de financiamiento externo. Estas medidas, impuestas precipitadamente por los errores del pasado, fueron leídas por la ortodoxia, en una renovada muestra de autismo analítico, como un ajuste a su propio estilo. Asumida la devaluación, 20% en enero- sus consecuencias son inexorables. El primer paso es la caída del ingreso real en dólares, en particular entre los asalariados. La baja del ingreso supone una caída de la demanda interna, lo que frena el crecimiento de la economía y, con ello, la evolución del empleo. A ello le sigue aliviar las cuentas externas por la vía del ingreso de capitales y seguramente un ajuste en las cuentas fiscales vía disminución de los subsidios . Es visible, por lo demás, el objetivo del gobierno en avanzar hacia la  contención salarial para las próximas discusiones con las patronales en los meses de marzo, abril (ya fijó pautas para los docentes y jubilados de incrementos sensiblemente por debajo de la inflación anual esperada).

13- La recomposición del comando del capital luego de 2001 dio lugar a nuevas formas de resistencia, muchas de ellas como defensas territoriales, y a la desactivación de otras, de modo que vanguardias y movimientos sociales del ciclo anterior alteraron sus roles. Además de la reubicación con respecto al estado de los organismos de derechos humanos, como respuesta a las políticas de cooptación kirchneristas,  también perdió peso el movimiento piquetero, tras una integración que reviste formas burocratizadas, pérdida de importancia gracias a la recuperación del empleo y la derrota de sus vertientes más radicales (entre otras cosas por la vía del aislamiento y la distribución diferenciada de recursos estatales). Sin embargo, otras formas de resistencia han tomado relevancia a nivel nacional, entre estas, la diversidad de movimientos de oposición a la minería o a los desplazamientos de campesinos debido a la continua expansión de la frontera agrícola rentable. Asistimos a la constitución de movimientos con base territorial, tanto en el mundo rural como urbano, cuyas raíces se relacionan con alguna carencia particular o local (vivienda) , así como con alguna reivindicación cercana a la experiencia cotidiana. Su impacto sobre la vida inducen a que los sujetos a inscriban sus voces de resistencia en nuevos sujetos colectivos, distintos a los que ocuparon el espacio público en el pasado, y con una configuración fragmentada en términos sociales y localizada en términos territoriales, lo que no significa una manifestación de debilidad y/o de insuficiencia en las luchas. Se trata de luchas que confluyen en la defensa y disputas territoriales con el capital transnacional y donde las instituciones estatales juegan un papel preponderante a través de las diferentes tecnologías de gubermentalidad entendida en términos foucaultianos. En el caso de los movimientos ambientalistas se trata de acciones que  problematizan la democracia representativa, exigiendo su reinvención en el aquí y ahora tras la práctica de una democracia directa. Son movimientos de singularidades, que presentan una composición  radicalmente heterogénea y revolucionan  el concepto de la política y de la militancia, recreando la democracia a partir de la realidad de las ciudades y pueblos afectados por las explotaciones mineras. Asambleas ciudadanas que en su accionar, por fuera de toda distribución de bienes y poderes, producen común, es decir el desarrollo de capacidades creativas liberando las fuerzas productivas de la experiencia tras redes afectivas, que son las que motivaron la particular atracción de vecinos y pobladores de las zonas inmediatas. Las Asambleas ciudadanas definen un nuevo tipo de ciclo de luchas colocándose por fuera de las disputas entre mercado y estado, entre socialismo y las reformas del capitalismo. Asumen una nueva modalidad para organizar las relaciones y expresar las potencialidades  al multiplicar las relaciones de transformación. Luchas que brotan de la experiencia compartida en la actuación colectiva y que buscan efectivizar los derechos democráticos mediante la ampliación de los ámbitos de discusión y toma de decisiones. Lo que algunos denominan la producción del común. Tanto el pensamiento institucional como el ligado a Carta Abierta han visto en las luchas ambientalistas sólo un aporte interesante, cosmético, ornamental y puramente folclórico, sin detectar que las luchas contra el extractivismo no solo ponen en cuestión la relación del hombre con la naturaleza, sino que asumen la gestión del común, no como objeto en sí, sino como formando parte de sus propias vidas. En este aspecto la movilización social no se presenta como reclamo ante el estado demandando soluciones y/o derechos, sino como camino para que el estado las visibilice y reconozca. El gobierno y sus escribas creen encontrarse a salvo y distantes de las movilizaciones callejeras asentadas en convocatorias de redes sociales que se desplegaron, como ciclo de luchas mundiales, desde las primaveras árabes, las plazas españolas y turcas y últimamente las calles brasileñas. Amparados en el discurso oficial de acumulación con inclusión social, sus miles de puestos de trabajo, jubilaciones de nuevo tipo, industrializaciones renovadas, se consideran exentos de la crisis de representación política y ampliación de la democracia que se encuentra en la base de las movilizaciones mundiales, superada a través de la retórica del retorno de la política, mientras apuestan a la consolidación de un tipo de crecimiento basado en viejas ideas desarrollistas. La base social de estas nuevas subjetividades debe rastrearse en el nuevo tipo de trabajo que caracteriza al capitalismo cognitivo: trabajo inmaterial, de cuidado, emprendido muchas veces por jóvenes precarios, pobres urbanos, estudiantes y empleados autónomos de la nueva composición heterogénea del trabajo en las grandes ciudades. Se agregan las comunidades de los que reclaman por sus tierras (qom) lo que les permite alcanzar autonomía y autodeterminación colectiva, pueblos y ciudades que se oponen al uso y extracción de los recursos naturales ubicados en sus suelos como fuente de pobreza futura.  Se trata de un fenómeno ignorado por el kirchnerismo aferrado a concepciones anacrónicas que entiende que las revueltas callejeras o institucionales (como la última rebelión policial) tienen objetivos destituyentes hacia el gobierno. Sin embargo, esta retórica es compartida por los diferentes partidos de la oposición y la propia izquierda argentina, sea aquella con pasado stalinista, el Partido Comunista, sea aquella con tradición trotkista en sus distintas variantes. Estas izquierdas no solo rescatan un concepto de clase asociado al lugar que el sujeto ocupa en el proceso de producción, sino que siguen considerando la concepción de organización política, el partido, como el gran organizador de donde devendría la conciencia de clase necesaria para la toma del Palacio. Incapacitados de incorporar los cambios alcanzados en las relaciones de producción capitalistas, en las formas y modalidades de producción y  explotación que se han generado en los últimos veinte años, resultan funcionales a las políticas oficiales al compartir con ellas similares concepciones sobre el trabajo y centralidades fabriles. Al no comprender que las luchas de hoy no nacen como imperativos de fines abstractos ni ligados a un futuro proyecto de sociedad, sino que se erigen en contra de un poder que se ejerce sobre la vida cotidiana adquiriendo legitimidad al denunciar como intolerable el ejercicio del poder  sobre la propia subjetividad. De esta manera, el barrio, la tierra, los recursos naturales, el agua o el gas la luz, la comida o el trabajo, la vivienda y la pobreza son todos elementos que aglutinan y sientan las bases para la constitución de sujetos colectivos que cuestionan el ejercicio del poder, lo corroen y antagonizan mientras proyectan la confianza en la intransitividad de la voluntad desde la multiplicidad de la experiencia local y concreta. Se trata de resistencias que se cuelan entre la dominación cristalizada en instituciones  y en la posibilidad de construcción colectiva de nuevas formas de relación entre los sujetos. Revelan que la experiencia de la dominación es más insoportable cuando se vive cotidiana e inmediatamente. En ese marco resultan inteligibles las rebeliones de diciembre del 2013  protagonizadas por los ni-ni, hijos del 2001 y que no han conocido la política de inclusión kirchnerista. Es desde la opresión diaria que se piensa en una transformación social estructural. Rechazamos todo discurso totalizante que busca suprimir las particularidades de lo local anulando las diferencias. Debemos valorizar los márgenes como locus de resistencia donde se generan  un nuevo orden de relaciones, una nueva matriz de subjetivación desde su más cercana experiencia. Develando la politicidad de la vida y rechazando el hablar por otros , la resistencia es creación simultánea.     

 

Addenda: sobre el anacronismo kirchnerista

 

El discurso kirchnerista se fundó en la construcción de una frontera política que separa un pasado demonizado,-y al que se recurre permanentemente, la década neoliberal,-  y un futuro promisorio, anverso del orden injusto que se intenta superar, mediante la fundación de una nueva estatalidad. Podemos mencionar una triple temporalidad sobre la que se construyó el discurso kirchnerista: a-un tiempo calificado como tormentoso con sus víctimas, (el neoliberalismo del peronismo menemista), el infierno en palabras del kirchnerismo; b- un enemigo, el neoliberalismo como fuente del mal; c-los gobiernos democráticos de los últimos 30 años como responsables de la situación presente. En ese contexto, las promesas incumplidas expresan el gap entre el mito de un origen glorioso y la decadencia presente.  Sobre estas promesas incumplidas  el kirchnerismo formuló la necesidad de construir un capitalismo nacional en serio, recogiendo imaginarios políticos y sociales como continuidad de viejos proyectos, mientras acentuaba su ruptura con el pasado inmediato. Reconstrucción de la nación, de la identidad nacional sobre un particular relato setentista, en tanto fue esa generación, según su lectura, la que estaba destinada a cumplir ese sueño, garante de un país de los iguales. Si el neoliberalismo significó la postergación de la identidad y esencia nacional, el kirchnerismo deberá recuperar y reconstruir esa identidad nacional postergada, transformando en realidad el sueño de los fundadores de la patria. Tras la afirmación de una línea de continuidad entre el deseo de los próceres patrios, la experiencia nacionalista del peronismo clásico y las luchas setentistas, se propuso la construcción de una patria feliz y de un pueblo vuelto sujeto, que delegara en la representatividad política del gobierno kirchnerista la confianza política para alcanzar los destinos de grandeza. Se consumaría así la fusión política entre el líder-conductor y el UNO del pueblo, saldando la crisis de representatividad abierta en el 2001 y recomponiendo la representación. Se trata de un modelo nacional que hizo de la cultura del trabajo la norma por excelencia de la articulación e inclusión social, limitando la concepción del salario a salario industrial fabril. De ahí las permanentes invocaciones a la recuperación de la historia de los trabajadores argentinos.

El kirchnerismo promovió, por lo demás una lectura particular de la intervención estatal que dejando de lado toda pátina de estado benefactor se remitiera a un estado capaz de corregir las inequidades del mercado mediante políticas "activas"  (política de precios cuidados, lucha contra el capital concentrado y oligopólico); un estado promotor que acercara el estado a la sociedad  volviendo inteligible la dinámica global del capital  en la construcción del capitalismo nacional. Estado capaz de inscribir en el horizonte del capitalismo globalizado la construcción de un capitalismo de iguales. En ese sentido el estado debe ser el artífice de la reconstitución del tejido social de un capitalismo "humano", en oposición a algunos factores de poder, principalmente los mediáticos, partidarios de un capitalismo salvaje y manipulador. Se trata de tomar partido por un capitalismo nacional, sin cuestionar las relaciones de producción, ni proponerse su superación. No se prevé tampoco su reforma. Por ello la necesidad de imponer la opción entre el ellos y el nosotros. Para el kirchnerismo, el error fundamental del neoliberalismo remite a no haber podido edificar un capitalismo en serio.  El kirchnerismo, en oposición, se propone alcanzar una exitosa conjunción entre capitalismo, democracia y nación para emular, en el nuevo siglo, el mundo feliz que significó el peronismo en la década del 40-50 del siglo pasado. Y que, traducido en el nuevo siglo, alcance la inclusión social de aquellos excluidos por el neoliberalismo. Enorme paradoja en la medida que el nuevo incluido trabajará para reproducir aquello cuyo efecto necesario inmediato será su propia exclusión. Juego que exige trascender el terreno de la pura economía y entrar en el de la política.

Durante estos últimos años, en especial a partir del 2008, el gobierno kirchnerista se convirtió en un gran productor de relatos mistificadores  buscando hacer una virtud de la necesidad. La expropiación de YPF disimulaba el fracaso de su política energética; la eliminación de las AFJP (jubilación privada) escondía la necesidad de financiamiento de un gasto público en crecimiento; la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central ocultaba los nuevos acreedores del estado mientras pregonaba el desendeudamiento y se ufanaba de ser "pagador serial". El kirchnerismo proclama una política alejada de la especulación y el marketing político y concluye en un mediocre accionar indulgente y en una gestión inclusiva, de administración de la democracia representativa, delegatoria, inscrita en la representación de los partidos y el estado; y donde la subjetividad política se ve relegada a un papel pasivo sometida a un férreo comando político del ejecutivo, sin posibilidad de dinámicas autónomas que consoliden una subjetividad política diferente. Por el contrario, el retorno de la política como discurso kirchnerista no ha significado ninguna construcción de ideas que, rompiendo con el pasado, fueran capaces de abrir un camino emancipatorio.  No se han producido nuevas formas de organización, ni formas de lucha impensadas en épocas pasadas. Por el contrario se recrean viejas organizaciones sociales (Unidos y Organizados) y se apoya y fortalece, como interlocutores principales y representativos de la fuerza de trabajo empleada, a las clásicas estructuras sindicales, sin incorporar que la mano de obra sindicalizada alcanza hoy solamente al 25 % de la fuerza de trabajo empleada.  En ese contexto la pregunta que nos hacemos es, ¿qué tipo de política emancipatoria permite construir el oficialismo, sino aquella que está en sus antípodas, como es la de reducirla a una eficiente gestión de los recursos, sin proponer una alternativa social diferente, y donde el terreno privilegiado de su accionar lo ocupa el estado?  Tras su declamación de progresismo que lucha contra el neoliberalismo, combate los diferentes organismos financieros internacionales y que disputa con los poderes mediáticos y monopólicos,  el kirchnerismo tiene una visión conservadora de la política. No compartimos la idea difundida en círculos neokirchneristas acerca que la política kirchnerista es portadora de un fuerte sesgo liberador, aunque con límites severos; y que, por lo tanto, de lo que se trata es liberar esos límites, superarlos, inventando caminos que permitan direccionar estas políticas. El kirchnerismo no sólo no se ha mostrado incapaz de realizarlas o encauzarlas, sino que ha contribuido a fortalecer dichos límites.

Todo parece indicar que cuestionadas las bases de la legitimidad y gobernabilidad del actual proyecto, nos encontramos frente a su agotamiento. Los límites estructurales mencionados, testimonio de la particular fragilidad del modelo neodesarrollista kirchnerista, conducen a pensar en alguna variante transicional de los de arriba que permita desplazar y superar dichos límites. Por su parte toda construcción de contrapoder frente al comando del capital, si busca ser efectiva, deberá asentarse en las experiencias de lucha y de vida anotadas, articuladas alrededor de las nuevas singularidades dinamizadas por el capitalismo cognitivo.

César Altamira

lunes, 13 de enero de 2014


Un nuevo edificio para la salud mental*

Luca Negrogno e Riccardo Ierna

 

La relación entre salud mental y ciudadanía: de la "ciencia de la exclusión y del control" al contexto de la violenta acumulación capitalista.

El taller Agitados dedica este segundo apartado al corazón de las cuestiones sociales y políticas que se abren, inmediatamente después que incorporamos las contradicciones propias de los servicios de salud mental. Las posiciones que hemos asumido en el análisis presentan serios límites teóricos y prácticos. El más grande, quizás, es el vacío técnico, la limitación del campo de investigación, la incapacidad para trascender los ámbitos específicos de la organización de los servicios de salud mental y poner en cuestión, en su conjunto, la relación entre el hombre y la organización social. Sentimos la necesidad de conjugar, a cambio, los campos que se abren hoy a los sujetos que pretenden retomar el hilo de la teoría y la práctica anti-institucional.

1.      Problemas prácticos y teóricos

En  estos ámbitos, se puede leer un sustancial atraso con respecto a la tematización del problema referido al crecimiento de las desigualdades sociales y a la construcción de una seria lectura política de las mismas sobre una creíble hipótesis de acción colectiva para combatirlas.  Ambas posiciones que hemos asumido rápidamente en nuestro análisis, resultan bloqueadas por tecnicismos despolitizantes que impiden trabajar dentro de ellas para una seria reanudación de los temas incorporados a partir de la desinstitucionalización. El sociologismo ideológico de la "cultura organizativa" parece haber bloqueado cualquier reflexión sobre los aspectos contradictorios de las instituciones, en cuanto aísla una serie de modalidades de funcionamiento y de modelos técnicos (la "psiquiatría" a menudo denunciada) sin alcanzar la complejidad de las condiciones de vida sociales y materiales que, de manera dialéctica, determinan el mandato de los servicios y que son a su vez "puestas en forma" por concretas prácticas que se desarrollan dentro de los servicios. El concepto de cultura organizativa, propuesto ya hace veinte años para "exportar" las provechos surgidos en las "instituciones inventadas" en el marco de la lucha por el cierre de los manicomios, ha terminado por poner un techo teórico a-dialéctico sobre el proceso organizativo de la institución, convirtiéndolo en un objeto estático y a-procesal (de conformidad, entre otras cosas, con la naturaleza del concepto de "cultura organizativa", nacido dentro del impulso a la productividad en la empresa capitalista)

El énfasis puesto sobre el tema de los recursos, tan caro a las posiciones socialdemócratas, cae en una resbaladiza  contradicción al intentar construir un "bien común” mediante un sistema de instrumentos que tiene efectos performativos por su naturaleza "tecnicista"; la tendencia intrínsecamente asistencialista del welfare, que contribuyó  a determinar la crisis del sistema como un factor de estrés interno, no logró ser superada totalmente por este enfoque. Éste de hecho prefigura respuestas técnicas y establece una relación directa entre la necesidad y su racionalización, sin considerar la posibilidad de que los hombres puedan querer tomar en sus manos la determinación de "qué cosa es” su propia salud, y en consecuencia identificar colectivamente la relación de fuerzas y las contradicciones que impiden una plena respuesta a las necesidades de los más, por parte de la organización social dominada por los menos.

La tecnificación de las respuestas, el cierre de los espacios de elaboración colectiva, constituye el punto más elevado de las fórmulas del welfare postmoderno. Al derecho a la salud se responde ideológicamente con una "responsabilidad de gobierno" interpretada sólo como definición de soluciones técnicas a aplicar sobre el cuerpo social. Las prestaciones sanitarias son interpretadas como una intervención técnica, una concesión, una acción profesional tendiente a calmar un determinado estado de necesidad, que se ha reconocido como tal, en tanto se presenta tras encuadramientos de diagnósticos rígidamente objetivos. La prestación del sistema de las instituciones, en cada ámbito de la vida pública, consiste en hacer a-dialéctico el paso de la necesidad a su racionalización de manera tal que sea despotenciada cualquier forma de definición colectiva y conflictiva de la misma necesidad.

2. Entre la marginalidad y la exclusión social: cuestión de ciudadanía.

Este aspecto va de la mano con las transformaciones producidas durante los últimos decenios en el ámbito de la ciudadanía y de los derechos asociados a ella. La marginación no puede ser considerada simplemente como la exclusión a la posibilidad de ejercer un derecho. A partir del desarrollo del capitalismo financiero y tercerizado,  en los contextos productivos más "avanzados" se ha desarrollado un proceso evolutivo que va de la exclusión social a formas más hipócritas de "inclusión excluyente". El derecho, en efecto, no remite más a posiciones de exigibilidad obtenido a través de alguna reivindicación colectiva: éste es más bien un derecho parcializado, accionarizado e individualizado, devuelto al hombre aislado en la medida en que es abstractamente  considerado como usuario, o, peor aún, como "cliente-consumidor", dotado de "libertad de elección". El "derecho a la salud" es así entendido sólo como una "propiedad" asignada a cada individuo, un posesión monetizable sobre el mercado de las prestaciones sanitarias que, como tal, no remite más a posiciones de garantías determinadas por conquistas asentadas en un cierto equilibrio de las relaciones de fuerza colectivas; remite, por el contrario, a algo que se ha vuelto ahora propio de los individuos aislados abstractos, quienes se encuentran obligados concretamente a una constante competencia entre ellos para alcanzarlos.

Esta declinación subjetiva responde a la estructura objetiva que ha asumido en los últimos treinta años el andamiaje de los derechos, esto es: la importancia de la exigibilidad de los derechos está determinada por las especulaciones sobre la deuda pública. Los derechos como "posiciones conquistadas" en las luchas de emancipación son sustituidos por las técnicas de “tomar a cargo” por los sistemas de gobierno ante a una población entendida como masa de cuerpos productivos y consumidores. En la base de esto se encuentran las modificaciones del ciclo productivo. Con la globalización de los mercados, desarrollada mediante la velocidad de la comunicación y el fin de las normas sobre negociación colectiva del trabajo, la producción que recoge más inversiones y recursos es la de las mercancías inmateriales. Las mercancías inmateriales han provocado de manera infinita el aplazamiento de la relación entre producción y consumo, por lo que es cada vez más difícil identificar las dinámicas de explotación global existentes en la base de las mercancías-fetiche disponibles en el mercado a través de la construcción de la propia identidad de los “incluidos". Está en la base de la creación de una mescolanza universal en la que cualquier persona, pese al nivel objetivo de su explotación, siente formar parte de una "clase media universal". El mecanismo de definición de las identidades personales se adapta a esta dinámica de la estructura económica de la sociedad: frente a las identidades absolutas de las sociedades fordistas basadas, en el discurso del "disciplinamiento" y de pertenencia a una "clase" de personas unidas tras un papel determinado en la fábrica, se afianza, sustituyendo  (en los centros y en las provincias, menos en los suburbios) un modo de producción que consigue "valorizar" las conductas "desviadas", la negación de la norma, la construcción de las "biografías individuales" como recorridos determinados por el libre flujo de deseos. Todo indica que el consumo, entendido como la actividad orientada a la conquista de una identidad aceptable, constituye la actividad productiva dominante de la metrópoli postfordista.

Para quien se obstina en permanecer anclado al sistema productivo, la identidad pasa a ser algo ligero, líquido, por redefinir constantemente en un modelo de competencia horizontal, reticular y global. Los excluidos son anclados a una identidad dura, restitución "material" del lastre de las necesidades, de las pertenencias y de los vínculos. La identidad es una puesta en juego caracterizada por la más alta ambigüedad: producción funcional para los "integrados”;  condena, en cuanto característica negativa, para los excluidos; instrumento de movilización de las "pequeñas patrias" ilusorias para los marginales; siempre, sin embargo, colgados del "estado de excepción" en el que cada error, cualquier disfunción puede precipitar al estado de "no personas”, desde el momento que ninguna instancia política, objetiva, de representación, puede garantizar la protección universalista de los riesgos.

 

3. La salud mental como ámbito de la acumulación originaria

Relacionado con el retorno individualista emprendida por las sociedades occidentales a finales de los años 70, se asiste al surgimiento de nuevos contenidos en la producción social del consenso. Desde aquellos años se inicia un vuelco progresivo de los valores de la disciplina y de la autonomía, que se caracteriza por el arraigo en la vida cotidiana del doble ideal de autorrealización e iniciativa individual. Estos nuevos ideales sociales hacen hincapié en el aspecto personal de las relaciones sociales y toman cuerpo en la sociedad mediante la masiva preocupación por la subjetividad de los individuos, en términos de derecho al desarrollo personal y de riesgos de sufrimiento psíquico. La preocupación generalizada por el sufrimiento mental y la salud mental son, por lo tanto, impuestos cada vez más como elementos de la "productividad”, de sostenimiento del orden social, de recurso inmaterial, de capital humano y social, cuya presencia favorece el crecimiento de la economía basada en las necesidades relacionales, terciarias, inmateriales, basadas en la mercantilización del cliente, el branding y la fidelidad comunicacional. Cada vez más la socialización se ha vuelto relevante para las opciones políticas y económicas: mientras que la política desestructura las garantías colectivas y la redistribución de los costes y de los riesgos sociales, la apuesta del sistema productivo se basa en un fuerte inversión sobre la "socialización de la autonomía”. Éste es el modelo de socialización que justifica la individualización de los costes y de los riesgos sociales, que insiste sobre el lado positivo de la "gestión de uno mismo”, “de la libertad”, “del deseo". Se nos dice: si son ampliados los límites a los que está sometida la elección individual, se amplía en consecuencia al mismo tiempo la responsabilidad y la inseguridad. En la práctica, no existe más ninguna red de protección que derive de posiciones colectivas: cada uno es libre de gastar su propia y tolerable cantidad de riesgo en el mercado.

Los méritos y los éxitos logrados en esta operación deberán atribuirse a las características de la "personalidad": la propensión al riesgo, la capacidad de trabajar en equipo, la propensión a trabajar por objetivos, la capacidad de resistir a los traumas y reorganizar la propia estructura frente a la acción pasan a ser las características individuales que subyacen tras una capacidad articulada para vender la fuerza de trabajo en el mercado; las competencias relacionales y la capacidad de inventar itinerarios existenciales particulares y dotados de sentido, conforman los "medios de producción”  de esta constante valorización de la identidad personal. Los costes de esta operación, del mismo modo, deben ser compensados en la esfera psicológica privada. Enfermedades, molestias, traumas, fragilidad: he aquí el lenguaje de las características individuales de quien no resiste a este peso aplastante de individualización del riesgo.

Esta supuesta "clase media universal”, caracterizada por altos niveles de escolarización, altos niveles de acceso a prestaciones complejas de salud, capilar difusión de formas técnicas de tomar a su cargo el cuidado "psicológico", "educativo", "sociológico”, etc,  en fin, este modelo de "socialidad" es hoy campo de la violencia de la acumulación primaria. Bienestar psicológico, capacidad de crear y mantener funcionales las relaciones cooperativas, self efficacy, empoderamiento, resiliencia, estos son los campos sobre los que el capital operacionaliza su "violencia política" para cosificar y valorizar, para hacer pagar la leña que anteriormente cada uno podía recoger libremente en los campos comunes, los enclosures. Nuevos sujetos económicos se presentan en el mercado vendiendo la mercancía "bienestar": una mercancía individual, empaquetada para el cliente abstracto, para el sujeto obligado a apostar sólo sobre si mismo y vivir su malestar en el encierro de su propia interioridad. Aquello que la violencia política arrancó de la sociedad viene ahora, valorizado y revendido, integrando los intereses de la ganancia.

No podremos afrontar la cuestión de la siquiatría si no estamos dispuestos a reconocer en el terreno social estas contradicciones.

 

Traducción: César Altamira.

 

*Publicado en http://www.lavoroculturale.org/cantieri-salute-mentale-par-2/

jueves, 5 de diciembre de 2013


Córdoba: entre la precarización laboral y la precarización existencial.

1-Es fin de año y, con una inflación que ronda el 28%, todos quieren algo más. En el caso de la policía provincial, a los reclamos por magros salarios se sumaron otras cuestiones menos visibles, como la necesidad de “hacer adicionales para alcanzar salarios más dignos” a costa de disminuir los horarios de descanso, un equipamiento edilicio deteriorado, el evidente desgaste del parque automotor y obsoleto equipamiento que dispone. El malestar policial no era desconocido por el poder provincial. Hacía ya tiempo que la red social Anonymus reflejaba la efervescencia del problema. Las redes sociales, una vez más impulsoras de movilizaciones como medio de organización y de lucha.

"Hola a Córdoba. Somos Anonymous. Por este medio estamos declarando la operación 'Juanes en Marcha'. Esta busca crear un cambio para toda la Policía de Córdoba y ser su voz en esta batalla. Para lograr que se limpie la corrupción de una vez por todas y que se denuncien las irregularidades conocidas hoy en día por todos los habitantes de la provincia”, anunciaba por las redes el 14 de noviembre la operación en marcha. El 18 de noviembre, la misma red denunciaba: "Nuestros jefes desayunan facturas de manteca, criollos de hojaldre y almuerzan lomo a la pimienta, las mejores pastas y lo que pidan. La plata para comprar esos productos sale del dinero que nos descuentan del adicional, tienen combustible gratis, choferes para ellos y su familia, un policía cuidando su casa las 24 horas. Hay compañeros que no tienen para comer, hijos que no tienen qué vestir”. Pocos días después, las esposas de los uniformados (una especie de delegadas gremiales ad hoc, dado la prohibición de sindicalización de la Policía) ocuparon la planta baja de la jefatura, con pancartas y demás ingredientes simbólicos propios de una protesta tout court. Sus demandas las alejaban de toda sospecha conspirativa: mejores sueldos, aumento en los pagos de los adicionales y cambios de las condiciones laborales. Ni mas ni menos que cualquier petición y reclamo que observamos en estos días por parte de los diferentes sindicatos. 

Sin embargo, y pese a este tipo de certezas, desde el gobierno no se hizo nada para poner en agenda tamaño conflicto. ¿Se desoyeron las advertencias?, ¿de la fuerza que pudieran tener?  ¿impericia política de la nueva ministra de seguridad? Quizás un combo de todo esto. Lo cierto es que el resultado tuvo un desenlace previsible: autoacuartelamiento y retiro de las calles. Hacía  tres meses que la institución Policía estaba en el tapete, cuando denuncias periodísticas desencadenaron una investigación judicial que condujo a la detención de buena parte de la cúpula de Drogas Peligrosas, la salida del entonces jefe de Policía y del ex ministro de Seguridad de la Provincia. Corrupción y entrelazamiento cómplice con el narcotráfico que tomó fuerza a partir de sucesos poco claros (como la muerte del agente Juan Alós al ser conocido el caso en los medios) que alimentaron el descreimiento social de la institución. Este episodio nos conduce a analizar aspectos más estructurales, sin desconocer las legítimas demandas de la coyuntura.

Si bien el entrelazamiento con el narcotráfico mostró el agotamiento de una política que  empoderó a la cúpula policial de los diez últimos años (basta recordar que el  comisario mayor  Paredes ejercía el Ministerio de Seguridad y dirigía de hecho la fuerza policial), la descomposición policial debemos rastrearla también en la complicidad que la Policía de Córdoba tuviera con el Terrorismo de Estado y sus anteriores antecedentes en el navarrazo de 1974. Al igual que otras fuerzas de seguridad policial, como la Bonaerense del gatillo fácil, la santafesina vinculada últimamente con el narcotráfico provincial y seguramente muchas otras más, la Policía de Córdoba acredita suficientes pergaminos como para generar desconfianza en los objetivos que Anonymus dice perseguir. La lucha contra la precarización laboral de sus integrantes no nos aparta de su tenebroso pasado político. Nuestras sospechas, lo confieso, están abiertas. Resulta demasiado temprano para sacar conclusiones definitivas.

 

2-El autoacuartelamiento de las bases policiales y su desaparición de las calles de la ciudad provocaron una revuelta proveniente de los territorios más carenciados que generó una ola de saqueos en los almacenes, supermercados barriales, ferreterías, centros de distribución, comercios de ropa e indumentaria deportiva, bazares, provocando una extendida sensación de inseguridad en la capital.
 Ola de asaltos que provocó una  inmediata reacción defensiva de sectores medios, comerciantes barriales  que se veían agredidos ante el avance de  las villas. Reacción defensiva que encontró rápidamente la solidaridad de los vecinos y clientes conocidos que manifestaron su apoyo y ayuda a quienes se veían virtualmente amenazados ante el robo. De manera espontánea expresaban su solidaridad con sus iguales, ayudando incluso con el aporte de armas, aunque en el fondo no fuera más que una disputa de pobres contra pobres.

Mientras tanto, el presidenciable peronista De la Sota -al igual que  los medios gráficos y audiovisuales- no ahorró  esfuerzos para criminalizar a todo aquel que hubiera participado en los asaltos y robos, mientras silenciaba la larga complicidad de su gobierno con la policía y con una política económica que gestiona la provincia desde hace ya casi quince años. No son pocos quienes han querido ver en los hechos del 3D una postal con reminiscencia 2001, sólo que esta vez contra un gobierno peronista. O, en otros casos, el despertar del estado de naturaleza hobbesiano.

Resulta cuanto menos un desatino intentar comparar la acción destituyente del 2001 con los sucesos del 3D. No solo porque los sujetos actores en uno y otro momento son diferentes, sino también porque las causas y los objetivos perseguidos son diametralmente disímiles. Si el primero reafirmó la autonomía de lo político, el segundo se debate como acto de resistencia que muestra toda la impotencia política a la que lo condena su propio accionar, al revelarse huérfano de todo apoyo. Si el primero conformó un acto constituyente que disputaba poder, el segundo se muestra como actitud desesperada, casi sin salida, a la que lo arroja el nuevo capitalismo que se consolida en nuestro país. Si el primero transparentó la crisis de la representatividad política, este último expresa la potencia de aquellos sectores sociales que no están dispuestos a convalidar su exclusión de por vida. Si el primero marcó un antes y un después en la historia política del país, éste se nos presenta como un acto desesperado producido por vidas precarizadas  características del nuevo capitalismo.

Desechamos los análisis mediáticos y oficialistas, tanto provinciales como nacionales, que solo estigmatizan con discursos remanidos. Simultáneamente nos negamos a acotar la discusión al estrecho marco de una exclusión superable a partir de generar trabajo genuino. Menos aún a ubicar en la penetración y ramificación del comercio de la droga, más allá de que ello exista, la causa fundamental de la revuelta.  Como si el devenir del capitalismo fuera capaz de sacar a los sectores sociales que se manifestaron de las condiciones sociales a las que los ha arrojado. Nuestra experiencia nos previene de sacar conclusiones sobre el fracaso e impotencia de la  revuelta. Más allá de las declamaciones oficialistas de modelo con inclusión social lo cierto es que quienes se levantaron desde los territorios carenciados son portadores de un grito de rabia y de bronca ante el hacinamiento y las carencias sociales a las que son arrojados, ahora tras la máscara de un keynesianismo de los pobres. Nunca estos sectores estuvieron tan aplastados económica y políticamente como en estas épocas. Y si bien no lo dicen explícitamente, se lee en su accionar: “no nos representan”. Nunca  la desigualdad social, entre la opulencia de unos y la carencia de los otros fue tan marcada.

Nos encontramos frente a una reinstitucionalización del trabajo que organiza la dinámica de la transformación capitalista contemporánea, alterando la composición técnica y política de la fuerza de trabajo. Íntimamente conectada con estos cambios se produce una generalización de la precariedad social. La explosión del 3D no deja de ser una manifestación espontánea, a partir de la acción y presencia en las calles del salvaje rechazo a la forma política que apuntala  y administra el capital. Y al mismo tiempo es el grito desesperado de quienes se sienten excluidos, no solo de la mesa del consumo a las que los convoca el kirchnerismo, por más que sea el consumo de los pobres, sino frente a una exclusión de vida. Por lo demás estos sectores en la periferia de la sociedad no buscan construir formas económicas de autonomía en las orillas del capitalismo sino que muestran la necesidad de inventar formas de resistencia, que si bien hoy los arroja a la soledad, persiguen la invención primaria de una modalidad política alejada de toda lógica del capital y distanciada del estado. Discurso oculto de los dominados parafraseando a James Scott. Infrapolítica que expresa la lucha sorda que los dominados y subordinados libran cotidianamente y que se encuentra más allá del espectro político visible. Resistencia material y resistencia simbólica, construida esta última en los pliegues de una cultura suburbana con códigos y procederes propios, partes de un mismo conjunto de prácticas coherentes entre sí. Lo brutal de los hechos es que una vez más se trató de una lucha de pobres contra pobres: eran ahora los propios vecinos y comerciantes de los distintos barrios quienes levantaban barricadas en las calles para frenar el avance de los “saqueadores” fenómeno que le daba a la calle un paisaje particular. Y al mismo tiempo la irrupción de los marginales, muchos de ellos ni-ni, no ha hecho otra cosa más que reafirmar su identidad de excluidos, de precarizados existenciales. 63000 jóvenes marginados en la provincia, de los que el 40% son ni-ni. Su exclusión es tan brutal que más allá de la realidad que representan, el discurso hegemónico no autoriza a asignarles un nombre, una identidad como colectivo. Ausencia semántica para aquellos a quienes se quiere hacer desparecer efectivamente. Lo que espanta a la sociedad es sentirse enfrentada a  quienes no alcanza a nominar,  salvo por su negatividad: saqueadores, ladrones, no se llevaban comida sino plasmas etc. etc. Y lo que espanta al gobierno nacional y al resto de los gobiernos provinciales es la viralización de los saqueos cordobeses, su potencial  repetición en el conurbano bonaerense o rosarino; o santafesino y mendocino. Quizás la masividad y extensión de la protesta pueda ayudar a construir una lectura diferente a la de ladrones y saqueadores e intentar reconocer su existencia, condición e identidad social.

 

César Altamira                                                            5 diciembre 2013

domingo, 20 de octubre de 2013


La precariedad: condición existencial del trabajo.

              De acuerdo a la óptica prevaleciente en el gobierno y en la propia oposición, uno de los parámetros más importantes de la llamada inclusión social, quizás el más significativo entre ellos, es la tasa de incorporación de los trabajadores al mercado de trabajo formal. Entendiendo por trabajador formal aquel que recibe cobertura médica, aportes patronales, seguro contra riesgos en el trabajo y otros beneficios agregados a los Convenios Colectivos de Trabajo. A pesar del discurso oficial, luego de casi 10 años de crecimiento ininterrumpido de la producción nacional, subsiste aún un alto porcentaje de trabajo precario, con mayor impacto sobre los jóvenes, en especial sobre quienes pertenecen al sector de la población más pobre. Han sido múltiples los planes sociales puestos en marcha por el actual gobierno, muchos de ellos continuadores, con otro nombre, de planes sociales lanzados anteriormente, a raíz de la crisis del 2001. Una última medición recientemente publicada arroja un 34,5% de empleo en negro, equivalente a 4.200.000 de trabajadores sobre casi 12,2 millones de asalariados privados y del sector público. Dicho de otro modo, uno de cada 3 empleados en relación de dependencia no tiene derecho a la jubilación, no está cubierto por una obra social o ART o gana menos y tiene menos beneficios laborales que el resto de los empleados registrados. Si se descuenta el empleo público el trabajo en negro en el sector privado rondaría el 45%. Los indicadores muestran que la calidad laboral no mejoró pese a que, de acuerdo a los datos oficiales, la economía podría crecer este año más del 5%. En la región metropolitana, el empleo en negro se mantiene estancado respecto a un año atrás, con alguna  disparidad, aumentó en el Conurbano Bonaerense del 38,6 al 39,1%, mientras en la Capital bajó del 22,7 al 21,6%. En ambos casos el empleo en negro aumentó con relación al último trimestre.

Ante este fenómeno no pocos admiten dudas sobre la efectividad de los planes sociales para mejorar la calidad del empleo. Dejamos de lado el análisis de la posible desviación de fondos hacia objetivos diferentes, así como el de un uso para la  sujeción de los sectores desposeídos, como forma de reproducción del clientelismo. Nos preguntamos acerca de la tenacidad y la buena salud que goza la precariedad (informalidad) laboral a pesar de haberse creado casi 3 millones de nuevos empleos en el país en los últimos 10 años. Si bien el desempleo disminuyó (de tasas de 24 % en el pico de la crisis a tasas del orden del 8 % en estos días), la tasa de precarización laboral, que llegara al 50 % en su peor momento, no puede perforar el piso del 35 %. Este fenómeno de vulnerabilidad laboral alcanza a los trabajadores cuentapropistas, muchos de los cuales disponen de trabajo precario, a los desempleados así como a los asalariados con contrato a término. Si a estos le sumamos aquellos precarizados por ingresos, es decir aquellos cuyos salarios se encuentran por debajo del salario mínimo, que alcanzaban al 15 % en el segundo trimestre del 2012, entonces la tasa de precarización llega a los 50 puntos porcentuales.  

 En los 70’s y 80’s cuando recién comenzaba el desmantelamiento del sistema fordista de producción y con él los salarios garantizados ligados a la producción industrial, el trabajo precario aparecía como un fenómeno temporario y marginal, referenciado fundamentalmente en los jóvenes que se integraban al mercado laboral. Hoy queda claro que el trabajo precario ha dejado de ser una condición marginal para convertirse en la oveja negra del proceso de producción capitalista. La precarización es consecuencia del proceso de desterritorialización en todos los aspectos de la producción. No existe continuidad en la experiencia laboral: no se concurre al mismo lugar de trabajo, ni se mantiene la misma jornada laboral, ni se encuentra a las mismas personas todos los días en el trabajo, como ocurría en la era industrial. Se trata de un panorama que atenta contra formas de organización social permanente. Desde que el trabajo devino precario, gracias a la transformación reticular y celular, el problema de la organización autónoma del trabajo debe ser completamente repensada. No sabemos aún cuál es la forma más adecuada de organización. Es éste el principal problema político del presente.

Nos enfrentamos a tensiones derivadas de la creciente vulnerabilidad social y de su dramática extensión a sectores considerados tradicionalmente "privilegiados". Una lectura apropiada sobre el fenómeno de la precarización y las nuevas formas emergentes de desigualdad social, exige incorporar, simultáneamente, el análisis de los cambios y de las transformaciones producidos en la dinámica de acumulación asociada a la economía capitalista contemporánea y, en particular el de las maneras en que, bajo un nuevo paradigma, se ha organizado y  re-institucionalizado el trabajo con el objeto de adaptarlo a las nuevas formas de producción del valor. Las causas deben buscarse en el avance de un nuevo régimen de acumulación capitalista con creciente importancia de los recursos inmateriales y cognitivos en la producción y con dificultades para mantener la clásica diferenciación marxista entre capital constante y capital variable. En otros términos - siguiendo la gramática del obrerismo-, no es posible interpretar la nueva redefinición del trabajo y su complicada fenomenología social sin comprender la relación existente entre la composición técnica y social del trabajo y la cambiante dinámica de valorización del capital. En segundo lugar, parece útil destacar, cómo las nuevas formas de la desigualdad social, intrínsecamente ligadas a lo que puede definirse como la "generalización social de la precariedad", vuelven más comprensible el entramado social de las nuevas generaciones, que experimentan nuevas prácticas de trabajo en un contexto muy diferente, desde muchos puntos de vista (jurídicos, políticos, culturales y económicos), al del pasado fordista reciente.

 Si se desea analizar la composición social y política del trabajo contemporáneo, la precariedad, como temática, debe abordarse como un dato paradigmático de la relación capital trabajo, y no como el producto de una específica situación laboral. Es necesario invertir el orden de los factores. El lenguaje común que recorre las luchas de los tercerizados- (pensemos en las recientes luchas de los ferroviarios que derivara en el asesinato de M. Ferreyra), la de los trabajadores de los call center, la de los motoqueros ligados a los servicios de mensajería, la de los trabajadores ligados a los talleres textiles clandestinos, la de los contratados en el estado,- no se asocia a su carácter obrero o proletario, sino a su condición precaria. Analizar las luchas desde esta perspectiva significa modificar el ángulo de abordaje. Se trata de una diferencia política sustancial.    

Debemos saber detectar en las desconocidas formas de resistencia, -discontinuas , de ruptura y capaces de oponerse a las nuevas técnicas de dominación y explotación,- aquellos elementos reiterados que las unifican y potencian como un torrente común. Se trata de códigos y prácticas colectivas que presentan dificultades para trascender el marco específico de la lucha y ser reconocidos por la sociedad en su conjunto. Por ello la necesidad de una adecuada interpretación de las luchas y de una, no menos clara, traducción de su contenido. Son luchas que hablan de una nueva era, la de la "precariedad ontológica”. Se requieren tender lazos de comunicación y organización entre las distintas luchas del precariado para impulsar el ingreso de ciudadanía como parte de un nuevo léxico político en el plano nacional. El riesgo es que las nociones de precariedad, del ingreso ciudadano sean vaciados de contenido, mientras el gobierno, reponiendo aquellas viejas recetas welfarianas, convalida las desigualdades existentes. Así la precariedad y la política de ingresos asociada son temáticas englobadas tras las políticas del workfare, donde el acceso al ingreso está condicionado a estar inscripto en un plan social que exige, a su vez, una contrapartida laboral. Mientras la precariedad se conjugue como la persistencia de los efectos de las políticas de austeridad neoliberales, el ingreso de ciudadanía se encontrará fuera del horizonte de las políticas sociales. El desafío es alcanzar el ingreso de ciudadanía como expresión de la síntesis entre libertad e igualdad; como forma de superación del régimen fundado en el trabajo asalariado.


 La fuerza de trabajo flexible y precaria con la que nos encontramos hoy remite a una multiplicidad en movimiento, población flotante imposible de controlar de manera directa mediante las viejas técnicas de los espacios cerrados de las fábricas. Se trata de una fuerza de trabajo que ha dejado de ser una especificidad neoliberal y cuyo sometimiento se ejercita modulando la precarización y la inseguridad[1]. Se trata sin duda de una explicación clave de la constatación que la precariedad es al trabajo en el capitalismo cognitivo como la fragmentación de las tareas operarias propias del taylorismo lo fue en el capitalismo industrial. La actual política social, a pesar de su cara keynesiana, favorece una peculiar proliferación de la desigualdad social. Diríamos que se trata del “gobierno de las desigualdades sociales” antes que del “gobierno de la inclusión social”. La construcción y permanencia del precario, del desocupado, del pobre, del trabajador pobre, la práctica de la individualización, fragiliza no sólo al individuo que se encuentra en esa situación, sino que se proyecta sobre el conjunto de las “posiciones” del mercado laboral debilitando su resistencia en la medida que proyecta un futuro de inseguridades y precarizaciones.

Asistimos, en numerosas actividades productivas, al pasaje de una división taylorista a una división cognitiva del trabajo fundada en la creatividad  y en la capacidad de aprender del trabajador. En este contexto el tiempo de trabajo dedicado a la producción durante la jornada de trabajo oficial  deviene solo una fracción del tiempo social de producción. La frontera entre el trabajo y no trabajo aparece, cuando menos atenuada, atravesada por una dinámica contradictoria. De un lado, el tiempo libre no se reduce a la función  de reproducción del potencial de autovalorización, sino que, simultáneamente, se desarrollan actividades donde los individuos transportan su saber de un lugar y tiempo social a otro, incrementando el valor de uso individual y colectivo de la fuerza de trabajo. Por otro lado, se genera un conflicto y tensión creciente entre la tendencia a la autonomía del trabajo y la tendencia del capital a someter el conjunto del tiempo social a la lógica heterónoma de la valorización del capital. Reconocer el ingreso de ciudadanía significa reconocer la extensión del tiempo de trabajo no retribuido, más allá del tiempo correspondiente a la jornada oficial que participa de la formación del valor capturado por el capital. El ingreso como salario social corresponde a la remuneración colectiva de una parte de esta actividad creadora de valor, que se efectúa sobre la totalidad del tiempo social (tiempo de trabajo + tiempo de no trabajo) y que da lugar a una enorme masa de trabajo no retribuida.    

En el capitalismo cognitivo el trabajo no puede ser prescripto y reducido a simple gasto de energía efectuado en un tiempo dado. El capital requiere ahora una implicación activa de los saberes y del tiempo de vida. La “prescripción de la subjetividad”[2], el trabajo por objetivos, la presión del cliente junto a las restricciones ligadas directamente a la precariedad son las principales vías que ha tomado el capitalismo para responder a esta nueva autonomía del trabajo. Las diversas formas de precarización de la relación salarial constituyen de hecho el instrumento del que se vale el capital para imponer y beneficiarse gratuitamente de esta subordinación total sin pagar y reconocer el salario correspondiente de este tiempo no integrado y no medible en el contrato de trabajo.     

Precarización y desigualdad social constituyen las características centrales del capitalismo argentino en estos días. Veamos. La proporción de la fuerza laboral que se encuentra precarizada, ya sea por el tipo de  contratación o por los ingresos, a nivel general  afecta a 52% mientras en lo que respecta la generación juvenil este flagelo se siente con mayor crudeza: el 77,1% de trabajadores  jóvenes  entre 18 y 24 años[3] sufren  alguna  modalidad  de  precariedad  laboral.  Esto  es, 1.750.000 personas de 18 a 24 años de edad. Entre los jóvenes que no estudian, y que representan el 54% del total,  el 41% tampoco trabaja. Esto es, el 22,1% del total de jóvenes,  cerca de un millón de personas entre 18 y 24 años,  no estudia ni trabaja, lo que da cuenta del estado de desaliento frente a la ausencia de oportunidades existente. La desigualdad con relación al empleo se manifiesta también de diferentes formas. A) en 2012 sólo el 36 % de las mujeres activas tenían pleno empleo, mientras que este porcentaje era del  50 % en el caso de los hombres; B) del 35 % de empleos precarios en 2012, las mujeres eran el 41 % mientras que los hombres sólo llegaban al 31 %; C) mientras el 42 % de activos sin secundario completo son precarios, esta cifra sólo llega al 31 % en el caso de activos con secundario completo; D) mientras sólo el 28 % de los activos con secundario incompleto alcanzaba empleos de calidad, esta cifra sube al 55 % en el caso de activos con secundario completo; E) mientras sólo el 12 % de los activos pertenecientes al cuarto de estrato inferior de la población tienen pleno empleo, este porcentaje crece al 72 % para el caso de estrato superior; F) mientras que el 60 % de los trabajadores pertenecientes al estrato económico más bajo no recibían aportes jubilatorios, esta cifra es del 17 % en el caso de los trabajadores pertenecientes a los estratos medio altos; G) el 47 % de los activos sin secundario completo carecen de cobertura médica, mientras que esta cifra es del 19 % en el caso de quienes tienen secundario completo.[4]

 Tanto la intelectualidad progresista como numerosos economistas alejados del pensamiento neoliberal, adhieren a la idea de que la precariedad laboral y la desigualdad social deben ser vistas como una anomalía, entendiendo que ellas son la secuela de los años neoliberales que la sociedad deberá superar mediante una adecuada intervención estatal a través de políticas keynesianas.

Mientras la precariedad deviene una norma general, mayor es la posibilidad de expropiación de la capacidad innovadora del trabajo. La precariedad es el dispositivo moderno que regula la relación entre capital y trabajo vivo. La diferenciación generacional, de razas, de colores y de sexos es parte integrante del gobierno de la desigualdad que resulta ser el marco donde se inserta la temática de la precariedad. El proceso de racialización implícito en los talleres textiles clandestinos contribuye a la construcción de un mercado de trabajo jerarquizado donde se cristaliza, al decir de Fanon, la subordinación de algunos grupos sociales con relación a otros, debilitando la solidaridad y cualquier proceso de unificación. Y esto, a pesar de la común condición de ser trabajadores sujetos al comando y a la explotación  del capital, que conforman una fuerza de trabajo segmentada y jerarquizada,  más allá de las diferencias de nacionalidades.   

Por un lado queda clara la imposibilidad del retorno a normas que regularon la relación entre capital y trabajo. La precariedad no es un accidente del presente destinado a desaparecer sino, por el contrario, el presente y futuro del trabajo vivo. Por otra parte, los diversos movimientos sociales han puesto de manifiesto su rechazo a funcionar como objetos pasivos de los cambios que se están produciendo.

            La precariedad ya no es más una característica marginal y provisional sino la forma general que adopta la relación laboral en la esfera productiva digitalizada, reticular y recombinativa[5].

 

La “nueva” precarización.

  A la persistencia, en el tejido social contemporáneo, de formas de desigualdad tradicional (caracterizadas por la pobreza "tradicional") se une hoy el tema de una emergente vulnerabilidad generalizada, que afecta a las nuevas subjetividades del trabajo inmersas en una precariedad  "constitucionalmente" ontológica y donde todo proyecto de vida autónomo deviene imperativo, azaroso y, en algunos aspectos, incluso caprichoso. De aquí la consternación y el malestar generalizado frente a la anomia que provoca la separación entre el accionar subjetivo individual y la práctica social. Se trata de una desesperanza arraigada en el deterioro del vínculo social que la precariedad difusa generaliza, desviación que plantea, de manera concreta, el riesgo de una progresiva erosión de todo aquello que es común, a causa de la extrema rivalidad competitiva extendida en el trabajo.

El proceso de precarización alcanza al conjunto de las relaciones sociales, tanto en las metrópolis desarrolladas cuanto en los países en desarrollo, invade el empleo público igualmente como el privado, horadando la asistencia médica como las jubilaciones, mientras debilita cotidianamente las instituciones del welfare, provocando un clima de zozobra e incertidumbre en la medida que la inseguridad laboral se difunde por contagio como verdadera epidemia. En realidad la palabra precario deriva de la voz latina prex  plegaria, por lo que precariedad es aquello que se consigue mediante súplicas, por voluntad o concesión de  otros. Por lo que el adjetivo precario confiere al sustantivo precario, asociado al individuo, característica de inseguridad, propia de toda condición fundada en alguna concesión o beneficio derivado de algún permiso adquirido, aunque sin ninguna seguridad por su permanencia.

 
Debemos reconocer que la condición de precariedad ha asumido, con el tiempo, nuevas formas. El trabajo humano, en el curso del capitalismo, ha adquirido formas precarias más o menos difusas dependiendo de la coyuntura y de las cambiantes relaciones de fuerza.  Adoptó una forma masiva en la época del capitalismo pre-taylorista y así fue, aunque en menor medida, en el capitalismo fordista. Pero en esos tiempos se hablaba de la precariedad de las condiciones de trabajo: la realización de un trabajo principalmente manual implicaba, en todos los casos, una distinción entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, entendido como el tiempo de no trabajo o de ocio; y la precarización del empleo estuvo muchas veces relacionada con extensiones abusivas y autoritarias del comando del capital con relación al tiempo de trabajo. Las luchas laborales de los siglos XIX y XX, tuvieron como objetivo muchas veces la reducción de tiempo de trabajo a favor del tiempo de no trabajo y de la mejora en las condiciones laborales.

 

 En la transición del capitalismo industrial fordista al capitalismo bio-cognitivo, el trabajo cognitivo y relacional se ha extendido hasta definir la principal modalidad de la prestación laboral. Este fenómeno ha significado el fin de la separación entre el hombre y la máquina que regula, organiza y sistematiza el trabajo manual. En el momento en que el cerebro y el bios (vida) forman parte integrante del trabajo, en ese mismo momento también la distinción entre el tiempo de vida y el tiempo de trabajo pierde significado. He aquí pues donde el individualismo contractual, que se encuentra en la base de la precariedad del trabajo legal, atraviesa la subjetividad de los propios individuos, influyendo en su comportamiento y se transforma en  precariedad existencial. En la época del capitalismo cognitivo la distinción entre tiempo de trabajo y no trabajo, es decir entre ocupados y no ocupados, no resulta tan clara como en la época del fordismo. Hoy el control se asocia a la individualización jerárquica de la relación laboral y a la presión a través de los ingresos[6]. Es precisamente esta condición precaria, aunque percibida de manera diferenciada entre los individuos, la que nutre y define el nuevo ejército industrial de reserva. Un ejército de reserva que ya no se encuentra por fuera del mercado de trabajo, sino que es interior al mismo. Así como en el período fordista no era conveniente alcanzar la plena ocupación manteniendo un ejército industrial de reserva para contener los salarios, en el capitalismo cognitivo parecen haber buenos motivos para mantener un determinado nivel de precariedad.

                La lucha contra la precariedad es concebida en los espacios gubernamentales kirchneristas como la "abolición de la precariedad"; cuestión que hace manifiesta la falta de comprensión a tener acerca de la nueva situación laboral; es como si, en algún momento del siglo XX, se hubiera propuesto la supresión del "proletariado". Se ha vuelto difícil  investigar sobre la complejidad del sujeto  precario, porque, al mismo tiempo, se ha considerado a la precariedad como una condición “objetiva" y no como la expresión de una subjetividad múltiple. Ha sido interpretada como una condición laboral neutra, uniforme y homogénea.

  El término "precario" ha sido utilizado abusivamente, aunque esto no significa que se hable de la condición precaria como característica existencial. Más bien se habla de los distintos segmentos del empleo precario (del investigador y profesor universitario, del trabajador interino, del migrante), mientras se individualiza simultáneamente el sujeto de vanguardia único, detonador de las luchas.


Cierto es también que la condición de precariedad no adquiere el status que dé lugar a una clase de "precarios"; ni siquiera existe un proceso homogéneo de toma de conciencia. Mientras en el capitalismo fabril la determinación del nivel de conciencia del individuo se referenciaba en la condición objetiva del empleo, como condición “externa” a la persona, en el capitalismo bio-cognitivo, como la prestación laboral deviene casi completamente internalizada, la toma de conciencia, o es autconciencia de sí, o no es.[7]


El precariado no es una clase para sí; en parte porque está en conflicto permanente consigo mismo. Cada grupo precario busca echarle la culpa a otro de su condición de vulnerabilidad e indignidad. Los trabajadores temporarios con bajos salarios son inducidos a pensar que el "bienestar” es alcanzado a sus expensas. Los residentes nacionales urbanos, con  bajos ingresos, pueden ver como enemigo a los nuevos inmigrantes que accediendo a mejores trabajos reciben beneficios que le son denegados[8]. Las tensiones dentro del precariado enfrentan a las personas entre sí, lo que les  impide reconocer que es la estructura social y económica la que genera las vulnerabilidades comunes. En ese contexto no son pocos los precarios que se han sentido atraídos por políticas populistas y por ideas, en algunos casos, neo-fascistas, como es el caso de EEUU y de algunos países de Europa.
 

                Los cambios producidos en la naturaleza del trabajo al interior del capitalismo postfordista y cognitivo vuelven a la fuerza de trabajo más autónoma e independiente con relación al capital, en la medida que concentra el capital constante y el capital variable. Este modo de producción antropogenético, al decir de C. Marazzi, -propio de la economía financiarizada que caracteriza el actual proceso de extracción de riqueza en la sociedad global-, empuja al capital a precarizar la nueva fuerza de trabajo asalariada, generando una governance autoritaria sobre el mercado laboral que constituye un momento clave en el control que el comando del capital ejerce sobre el trabajo. En este contexto el miedo y la inseguridad conforman la base del control. Mientras el miedo constituye la base del control social, la evocación de la estabilidad perdida (asociada a los viejos tiempos) se convierte en programa político encantado. Bien podemos decir que se trata de un neoludismo: se intenta superar el malestar asociado a la desaparición de la distinción entre tiempo de trabajo y de no trabajo, propio de jornadas de trabajo pasadas, demandando formas de producción perimidas. El viejo sistema de fábrica ha dejado de ser hegemónico y no se puede reponerlo en el lugar pasado.


            Trabajo "autónomo"

                El fenómeno de la precariedad en estos días no está referido solamente a aquel tipo de trabajo interino o a término, sino que atraviesa y se extiende a los autónomos con diversos tipos de contratos, muchos de ellos trabajando a tiempo indeterminado en la pequeña y mediana empresa, incorporados incluso en los diversos sistemas de contratación utilizados por el estado.


                La experiencia laboral es vista hoy como una tarea individual que se incorpora como acción individual, y que el mercado convalida como “capital humano”. En un contexto donde se pasa de la fase de la objetivación del trabajo a la de la objetivación del  trabajador, no son pocos quienes entienden al trabajador como una suerte de empresa en sí misma; el trabajo se convierte además de “una actividad productiva inmediata" en una actividad estratégica “arriesgada", que se ejercita sólo parcialmente al interior de un rígido y disciplinado comando heterodireccionado.

 
                Conviene precisar que esta modificación no puede leerse como un progresivo deslizamiento del trabajo asalariado hacia el trabajo autónomo. No se trata de considerar la forma jurídica del trabajo como la figura que dirige este cambio sino, por el contrario, asumir que dichos cambios pivotean sobre inéditas normas sociales de producción y regulación del valor. La distinción entre el trabajo asalariado y el trabajo independiente, tiende a perder importancia y a confundirse bajo formas inéditas e imprevisibles. Es necesario remarcar que el comando sobre el trabajo se ejerce por fuera de la fábrica y sobre la actividad inmediata de producción, desde un nivel diferente, -que podríamos definir como biopolítico-, como poder de "inhibición” y de control del trabajo, un lugar propiamente social y político. La progresiva transformación del trabajo en el capitalismo post-fordista y cognitivo empuja, por lo tanto, a la fuerza de trabajo asalariada tradicional (disfuncional ahora al desarrollo capitalista por su rigidez y resistencia) a adoptar formas de "empresa tipo individual con fuerte sesgo comunicacional".

                El  aumento  relativo  y  absoluto  del  trabajo  independiente - una  de  las  tendencias presentes en las décadas anteriores- parece haberse detenido: en la presente década, el trabajo por “cuenta propia” fluctúa en una proporción cercana a la quinta parte de la población activa.

 
Debemos remarcar que la llamada “autonomización” del trabajo (habiendo también aquí fuertes diferencias según los sectores) no está organizada sólo o principalmente en función de la reducción de los costes y de la flexibilización de la producción, sino fundamentalmente para capturar la “externalidad” positiva y social que la cooperación produce y organiza espontáneamente.


                Aunque no todo lo que reluce es oro. Tras el aspecto liberador e innovador que ponen en primer plano las teorizaciones del general intellect, subyace también el aspecto oscuro y trágico de las nuevas condiciones laborales como manifestación contradictoria de las nuevas modalidades de producción. El posfordismo no es solamente “producción de mercancías por medio del lenguaje”, intelectualidad de masas, comunicación, sino también un retorno a formas de explotación prefordista. Incluso, al decir de Bologna[9], los trabajadores autónomos son más explotados que los trabajadores fordistas.

                 La exaltación de este aspecto “material” de la explotación y del “sufrimiento” corre, sin embargo, el riesgo de hacer pasar a un segundo plano la cualidad general de la relación social posfordista y del trabajo (del cual el “trabajo autónomo” es sólo una parte). La continuidad de la explotación no debe impedirnos apreciar la discontinuidad de sus formas de organización y dominio. Lo que separa el “trabajo autónomo” y el “artesanado” de la época fordista y prefordista del trabajo autónomo de segunda generación y el artesanado posfordista, es la socialización-intensificación de los niveles de cooperación, de los saberes, de la subjetividad de los trabajadores, de los dispositivos tecnológicos y organizativos, que redefine completamente los términos de la cuestión.

 
El ingreso y tránsito por el mercado de trabajo se presenta pues, sobre todo para las nuevas generaciones, como un temerario intento ante contratos de trabajo atípicos y fuera de todo standard laboral, obligados a peregrinar por circuitos socialmente desprotegidos, que exigen el desarrollo de prácticas reflexivas (por la necesidad de una continua corrección), inestables y nunca definidas de una sola vez, y compuestas por situaciones sociales de hibridación entre tiempos/espacios educativos, laborales y relacionales.

 El punto que aquí nos importa destacar es por un lado el giro paradojal al que por un lado es sometido el proceso de individualización en la evolución del capitalismo contemporáneo y por otro la ambivalencia intrínseca con la que se encuentra tal dinámica.

 

Individualización y máquina de sometimiento.

  El concepto de individuo como empresario de sí mismo es el mayor logro del capital como máquina de sometimiento. El capital actúa como una formidable máquina de sometimiento constituyendo los hombres en sujetos, pero mientras a unos los convierte en sujetos de la enunciación, los otros son sujetos del enunciado, sometidos a las máquinas técnicas. Con el capital humano se puede hablar del doble proceso de sometimiento y de explotación. Ya que si por un lado el sujeto pone en juego todas sus recursos inmateriales, afectivos y cognitivos de sí, por otra parte, todo empresario de sí es, al mismo tiempo, patrón y esclavo de sí mismo, identificándose la individualización y la explotación.

El capital en tiempos de bioeconomía necesita expandirse libremente por todos los rincones  para poder encontrar aquellos fragmentos de tiempo de trabajo vivo disponibles y explotarlos mediante miserables salarios. Si bien el trabajador aparece como libre, su tiempo de vida es ahora capturado por un biopoder que se expande por los intersticios de la sociedad. Se trata de la subsunción de la mente. Si en el fordismo la mente trabajaba como soporte fisiológico del movimiento muscular, tras un automatismo repetitivo, ahora la mente opera en un proceso de producción donde la capacidad cognitiva se convierte en el principal recurso productivo. Es esta subsunción de la mente lo que conduce a una mutación  sustantiva del proceso de valorización capitalista. La conciencia y los órganos sensitivos son sometidos a una fuerte presión competitiva, a una aceleración de los estímulos y a un permanente stress de atención generándose una atmósfera productiva psicopatogénica[10].

 El aspecto novedoso no radica en el carácter precario del mercado de trabajo sino en las condiciones técnicas y culturales ligadas a la recombinación digital del nuevo trabajo en red[11], donde la nueva naturaleza del trabajo (cognitivo, relacional, comunicacional, afectivo) se precariza. 

Cuando nos movemos en la esfera del trabajo cognitivo ya no hay necesidad de comprar la fuerza de trabajo durante ocho horas diarias sino que alcanza con comprar paquetes de tiempo separados de sus ocasionales e intercambiables portadores. Las extensiones de tiempo se encuentran meticulosamente empaquetadas; las celdas de tiempos productivos pueden ser movilizadas de manera puntual, casual, fragmentadas y recombinadas a través de las redes. El celular es la herramienta que hace posible la conexión entre las necesidades del semio capital y la movilización del trabajo vivo en el ciberespacio. Los ring tones de los celulares convocan a los trabajadores a reconectar sus tiempos abstractos al flujo reticular. En ese contexto las personas son libres pero su tiempo es esclavo del capital. El tiempo de trabajo se fractaliza, se reduce a mínimos fragmentos que pueden ser ensamblados para permitir al capital encontrar las condiciones para un salario mínimo[12].  

 El mercado es ahora el lugar donde los signos y significados nacientes, deseos y proyecciones se encuentran. Si se trata de hablar de oferta y demanda debemos razonar en términos de flujos de deseos y atracciones semióticas. En la economía en red la flexibilidad se ha desarrollado siguiendo a la fractalización del poder[13]. La fractalización implica una fragmentación modular y recombinante de los tiempos de actividad. El trabajador es sólo un productor que intercambia micro fragmentos de semiosis (signos) recombinantes que entran en el continuo flujo de la red. El capital ya no paga por la disponibilidad del trabajador para ser explotado por un largo período de tiempo; no paga un salario que cubre el rango entero de las necesidades económicas de una persona. El trabajador, usado ahora por espacios de tiempo fragmentados, recibe un pago por sus ocasionales servicios temporarios. El tiempo de trabajo se utiliza en espacios fragmentados que adquieren una topología celular. Se trata de celdas de tiempo que se ponen a la venta en la red, donde los capitalistas pueden comprar tanto como quieran, sin estar obligados a dar protección social al trabajador.         

 
Se ha hablado mucho del fin de la clase obrera y del trabajo asalariado, sin embargo el
nuevo régimen  de  producción y  la subsunción  real  del  trabajo  en  el  capital  penetran
cada  día más numerosas  ramas  de  la  producción,  tales  como  comercio,  finanzas, esparcimiento.
 

Paralelamente, se proletarizan o pasan a ser asalariados sectores profesionales que en su mayor parte ejercían su labor en forma independiente, y categorías de trabajadores que tenían un gran control sobre su proceso de trabajo. Abogados,  contadores, arquitectos, trabajan para  grandes  estudios  o consultoras  que  compran  su  fuerza  de  trabajo  e  imponen  sus  condiciones  laborales. Otro tanto sucede con los profesionales de la salud que son empleados por clínicas o instituciones de medicina prepaga con remuneraciones, ritmos y condiciones de trabajo definidas  por  el  empleador,  más  allá de  si  se  lo  reconoce  como  asalariado  o  se  lo “disfraza” como monotributista.

 
                El  mismo  proceso  puede  verse en la  rama  de  transportes.  De  la  vieja figura del colectivero dueño de su vehículo, se pasó a la figura del “tropero” (dueño  de  una  cantidad  elevada  de  vehículos  que  trabaja  con  peones),  y  en  la actualidad son grandes sociedades anónimas que controlan varias líneas de transporte. En el caso de los taxímetros está teniendo lugar un proceso semejante.

 
En este contexto el proceso de individualización no remite a la generación de libertades positivas, de emancipación y de una progresiva autonomía subjetiva, sino que se inscribe (no sin tensiones) como un nuevo modelo de management de los recursos humanos donde las personas están permanentemente llamadas a dar prueba de sí mismas en las diferentes prácticas que están implicadas. En el plano más restringido de la transformación del trabajo, este giro paradójico se aprecia en el creciente proceso de objetivación del trabajador que hemos mencionado más arriba: a la relación social jerárquica con su jefe se une (y sustituye de manera creciente) cada vez más, la sumisión del trabajador ante el poder anónimo de los objetivos por alcanzar (desde el control por procedimientos al control por resultados) y de los mecanismos de mercado que se encuentran cada vez más directa y personalmente expuestos. Al mismo tiempo, aunque sólo sea en términos de la representación social y de la hegemonía sobre ella, la referencia al principio de individualización parece tener, sobre todo en las jóvenes generaciones, una indudable fuerza convocante.

Reflexión acorde a Christian Marazzi para quien "los salarios se vuelven fuertemente individualizados: la calificación adquirida por el obrero (edad, competencias y nivel de formación inicial) determina sólo una parte del ingreso salarial, mientras que una parte creciente se determinará en el lugar de trabajo sobre la base del grado de implicación, del "celo" y del interés demostrado durante el proceso de trabajo, es decir, luego del momento de la contratación. De este modo el salario se disocia del puesto de trabajo ocupado, perdiendo sus connotaciones profesionales para transformarse siempre más en una remuneración individual”... “La connotación servil del trabajo post-fordista se inscribe perfectamente en esta nueva forma de la relación salarial, esta parte variable y reversible del salario que depende de la implicación y del involucramiento personal del obrero  en la suerte de la empresa”[14]

 
                La fragmentación e individualización de la relación salarial atraviesa las instituciones sociales de la modernidad dificultando la promoción de medidas de protección y de impulso al trabajo. Mientras la vulnerabilidad ha devenido en condición social generalizada para la mayoría de los trabajadores, la precariedad se combina con el crecimiento del desempleo (y de la desocupación) juvenil, sobre todo en el conurbano y las provincias más pobres, donde alcanza elevados niveles. Se trata de un fenómeno acompañado por un sistema de welfare inadecuado, cada vez más débil, parcial y residual, incapaz de intervenir positivamente sobre la condición social y  mejorar el bienestar. Estas son las premisas que se encuentran atrás de lo que algunos llaman los ni-ni, utilizando un nuevo y eficaz concepto en clave anglosajón. (la generación neet, not in employment, education and training; ni trabaja, ni estudia, ni recibe formación). En nuestro país estos jóvenes, entre 16 y 24 años que suman 900 mil, y que constituyen la “tercera generación de los “ni ni”, comparten con capas importantes de la población condiciones de extremas condiciones de vida.


Bajo este entorno la condición precaria adquiere una particular fortaleza conflictiva y representa actualmente la contradicción más evidente de la vida. 

Los sindicatos no se sienten interpelados por la particular condición laboral existente ya que el discurso sobre la precariedad ha estado subordinado y sido desplazado históricamente por el de la recuperación del trabajo asalariado y la creación de empleo; en particular luego del período neoliberal. Esta dinámica encuentra igualmente sus raíces en el rol que el trabajo asalariado ha jugado en el imaginario político peronista desde sus orígenes, sustentando una lectura productivista que otorga relevancia al trabajo asalariado como fuerza inmanente de liberación y empoderamiento social. En realidad, la precarización laboral, como consigna, no ha formado parte de las luchas obreras y sindicales nacionales. Estas han estado asociadas más a una demanda de trabajo como garante de la ciudadanía y de una pertenencia nacional, que a un reclamo sobre la calidad del trabajo. Aunque debemos reconocer que las disputas sindicales, más allá de las luchas salariales, han incorporado las condiciones de trabajo fabriles.

 

Frente a estas circunstancias la pregunta que nos hacemos es ¿cuál es el rol que la precarización como condición existencial de los trabajadores, tal como la hemos definido, puede jugar hoy día como consigna política de movilización social?  Es cierto igualmente que, en las condiciones actuales, el énfasis puesto sobre el trabajo, en términos de inversión política y simbólica y su directa relación con el provecho de la ciudadanía deja mucho que desear. Todo indica que, a pesar del rol político que ha desempeñado el trabajo en la vida sindical nacional, éste no ha cubierto las promesas sobre una vida digna en la Argentina democrática de estos días: los working poors (precarizados por ingresos) están a la orden del día. A pesar de ello tanto el gobierno como los sindicatos  continúan asociando la ciudadanía del siglo XXI con el trabajo. Si toda política emancipatoria debe sustentarse en el sujeto del trabajo, la generalización de la precariedad como condición “natural” de la bioeconomía significará la necesidad de incorporar este fenómeno como un elemento sustantivo del proceso de subjetivación político. No se trata de una cuestión doctrinaria, ni tampoco de la necesidad de instalación de una simple nueva gramática adecuada al siglo XXI. Interesa el análisis del movimiento real que mantiene el orden de las cosas presentes mediante el control autoritario que caracteriza al actual gobierno kirchnerista. La  restauración de las viejas conquistas fordistas y la reestructuración de normas laborales fabriles que favorece a una porción muy reducida de trabajadores (25 %) deja de lado a un cúmulo de trabajadores precarios que no aceptan  el lugar al que los arroja el sistema buscando dar vida a un movimiento que revierta el sistema de relaciones económicas, sociales, humanas y ambientales que se tornan inaceptables. 
 
El kirchnerismo, a pesar de su discurso, ha sido incapaz de recuperar las instituciones del viejo estado de bienestar, sustento de la ciudadanía social[15]. Necesitamos impulsar un salto al futuro, esto es la construcción de espacios y formas de vida donde reinventar instrumentos y categorías para una integración positiva de las luchas, Se trata de proyectar un nuevo welfare, una nueva ciudadanía que llene el vacío producido ante la desvinculación entre estado y ciudadanía ya que la precarización existencial imposibilita recuperar el vínculo entre ciudadanía y trabajo, propio del fordismo. Ser capaces de construir un nuevo discurso político que incorpore la multiplicidad de demandas de libertad, igualdad y justicia que se expresan en las luchas de los estudiantes, docentes, tercerizados, trabajadores de los call center, de la salud, de la cultura. Contra la captación parasitaria del capital financiero de la cooperación del trabajo vivo, la construcción de un nuevo welfare, de nuevas autonomías en el terreno de la salud y educación, cultura y servicios, vivienda y transporte. En ese marco la urgencia de un ingreso de ciudadanía que reconozca los tiempos de vida apropiados por el capital y no pagado como camino para la generación del nuevo welfare.  
 
César Altamira                                                                               20-10-2013




[1] Ver L. Bolantski-E. Chiapello, Le nouvel esprit du capitalisme, Gallimard, 1999, pag 301 y ss.
[2] C. Vercellone, Il reddito sociale garantito como reddito primario,  Quaderni di San Precario Nº 5.
[3] Voto joven y empleo, Las paradojas de la política oficial las promesas de un futuro en un presente de postergación. IPPYP, Agosto 2013
[4] Datos obtenidos del Observatorio de la Deuda Social Argentina, Desajustes en el desarrollo humano y social 2010-2011-2012, Universidad Católica Argentina. 2013.
[5] Franco Berardi (Bifo), Precarious Rhapsody, semiocapitalism and the pathologies of the post-alfa generation,  Minor Composition, 2009, pág. 34.
[6] L. Bolantski-E. Chiapello ibidem.
[7] C. Morini-A. Fumagalli, Ontología de la precariedad, Uninomade 2.0 Diciembre 2010.
[8] Ver Guy Standing, The precariat, the new dangerous class, Bloomsbury, 2011.
[9] S. Bologna, D. Banfi, Vita da freelance, Feltrinelli, 2011.
[10] Franco Berardi (Bifo), ibidem, pág. 36.
[11] Ibidem
[12] Ibidem
[13] Una geometría fractal es aquella cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas.
[14] C. Marazzi, La place des chaussettes, Edit. Lyber L’eclat, 1994 pág. 41-42.
[15] "Hay 10 millones de pobres y 2 millones de indigentes; 1,2 millones de hogares precarios; 3,5 millones de hogares sin cloacas; casi 4 millones de mayores de 18 años sin proyecto futuro",  Agustín Salvia ODSA, UCA, Clarín, 18-10-2013.