jueves, 26 de enero de 2012

Declaracion de UniNomade 2.0 sobre la crisis europea


Retomemos Europa

1. No hacían falta las palabras de Mario Draghi para entender que la crisis ya es irreversible en Europa. Crisis de «dimensiones sistémicas» había dicho Jean-Claude Trichet hace un par de meses. Ahora Draghi, su sucesor en la dirección del Banco Central Europeo (BCE), nos informa de que «la situación ha empeorado» (16 de enero). Resulta difícil saber qué significa el empeoramiento de una crisis de «dimensiones sistémicas».

Es cierto que el escenario previsto para los próximos meses es bastante sombrío, no sólo porque hace años que estamos pagando la crisis y la medicina que la alimenta: la austeridad, o dicho de manera más sobria «el rigor». También sectores fuertes del capital y de la clase dirigente europea empiezan a verse asaltados por la duda de si, en este gigantesco proceso de reafirmación global de los equilibrios de poder, no corren el riesgo de figurar entre los perdedores. El espectro del «declive», que no ha dejado de pasearse por las metrópolis estadounidenses, ha empezado a frecuentar con mayor asiduidad las calles y las plazas europeas o al menos de regiones enteras de Europa. Y no faltan los comentarios que entrevén tras las acciones de las agencias de calificación una racionalidad militar, la primera maniobra de una «guerra mundial de la deuda» en la cual el objetivo de que sobreviva el dólar como moneda soberana a nivel mundial (con la consecuencia de que los centros directivos sigan estando situados en el mercado financiero) pudiera justificar el desgaste del euro. Como telón de fondo están las noticias llegadas del Estrecho de Ormuz, que nos recuerdan que frente a una crisis de esta profundidad y duración la guerra puede ser una posible «solución» no sólo en el terreno financiero y de la deuda «soberana».

Digámoslo claramente: la Unión Europea tal y como la hemos conocido en estos años está acabada. No es un hecho del que alegrarse. Nosotros y nosotras mismas habíamos llegado a pensar que las luchas y movimientos europeos pudieran haber encontrado en la institucionalidad europea en formación, en el terreno de la ciudadanía y de la governance, un marco de referencia más dúctil que las estructuras políticas nacionales, un espacio en el seno del cual y contra el cual construir campañas y articular plataformas reivindicativas. Pues bien, aquel espacio ya no existe. Ésta es la primera lección que extraer de la crisis en esta parte del mundo. La segunda nos parece aún más importante: en el terreno nacional, toda hipótesis de afrontamiento democrático o socialista de la crisis se está mostrando como lo que realmente es: una ilusión carente de toda eficacia y tendencialmente peligrosa. Queda demostrado por estos dos años de resistencia durísima —aun restringida al terreno nacional— a las políticas de austeridad en los países más golpeados por la crisis. Grecia resulta emblemática en este orden de cosas. Resulta difícil imaginar un despliegue más radical y copioso de luchas de resistencia que el que ya ha tomado cuerpo en ese país: desde ocupaciones de plazas hasta la huelga general de larga duración, desde intentos de asaltar el parlamento hasta el bloqueo de ciudades enteras. Y aun así, la eficacia de esta movilización permanente, si la ciframos en términos de su oposición a las políticas draconianas de recorte y desmantelamiento del estado social y de derecho, ha sido próxima a cero. No hay complacencia por parte nuestra en este comentario, esto ha de quedar claro. Se hace bien en luchar, tanto en Grecia como en cualquier otro lugar. Pero nos parece que la perspectiva de la mera resistencia (de la simple defensa de las conquistas de las últimas décadas y de las instituciones que parecían destinadas a encarnarlas) se ha topado con un límite radical. En el mismo momento en que Europa se desnuda definitivamente de sus vestimentas democráticas ante los ojos de millones de ciudadanos y ciudadanas europeas, resucitándose los fantasmas de la dictadura de la regulación monetaria y del dominio colonial ejercido por un supuesto centro contra sus periferias, se demuestra la impotencia de considerar la dimensión nacional como un dique de contención o un bastión defensivo. En estas últimas décadas, los procesos de desarticulación del estado-nación han actuado muy en profundidad, sus instituciones están demasiado comprometidas con la lógica neoliberal y financiera, demasiado ha mutado la composición del trabajo vivo, demasiada es la desproporción entre la violencia del mando financiero y la dinámica de la representación política como para poder pensar hoy en un New Deal a nivel nacional. Un programa de salida de la crisis hacia adelante no puede ser sino un programa constituyente. A los dos aspectos que por definición caracterizan todo programa constituyente —fijación de nuevos principios no negociables y construcción de una nueva institucionalidad— se debe añadir ahora la invención de un nuevo espacio, que a nuestro parecer no puede sino ser europeo. Es un reto cuya dificultad reconocemos. Aun así, la aparición de una lucha de clases y de una «izquierda» consistentes a nivel europeo dependen de la capacidad que tengamos, en el futuro inmediato, de estar a la altura del reto.

2. La radicalidad y la profundidad de la crisis, tanto en el plano global como en el europeo, son ya reconocidas incluso por muchos analistas del mainstream que hablan abiertamente de un horizonte recesivo a medio plazo. En lo que respecta a Europa, si no interviene en los próximos años una solución radical de continuidad, esto significa que nos encontraremos con la consiguiente descomposición de un espacio (político, social y cultural, además de económico) ya de por sí profundamente heterogéneo. Las instituciones europeas presentaban esta heterogeneidad como uno de los puntos de fuerza de la Unión Europea (UE). El alcance de la crisis ha barrido esta retórica. Ya ni se trata de una Europa de dos o más velocidades. Cuanto acaece hoy en torno a Gran Bretaña no es menos significativo que la precipitación de Grecia hacia la suspensión de pagos: la City de Londres se postula como un polo de atracción del capital en el interior de Europa, distribuyéndolo por las sedes financieras globales y contribuyendo así a profundizar las dinámicas de ruptura de la unidad económica incluso de los países «fuertes», empezando por Alemania. Hasta la hipótesis de una ruptura de la unidad monetaria europea mediante la secesión alemana y la formación de nuevo bloque en torno al marco —como con frecuencia ha analizado Christian Marazzi— da por descontado el debilitamiento de la demanda global de productos manufacturados de exportación y la fractura de la estabilidad social, elementos de los que depende el modelo alemán. El downgradingde Francia hace saltar definitivamente el eje París-Berlín que era candidato a jugar el papel directivo de la Europa en crisis, abriendo otra fractura en el espacio institucional de la UE. Al este, la revuelta social de estos días en Rumanía abre otro frente de radical inestabilidad, mientras que Bruselas reacciona demagógicamente a la deriva fascista del gobierno húngaro —afortunadamente contrarrestada por un movimiento que crece fuerte— sólo cuando afecta a la autonomía del BCE.

Son estos procesos de descomposición del espacio europeo los que nos hacen afirmar que la UE, tal y como la conocíamos en estos años, está acabada. Quede claro que esto no significa que las instituciones europeas estén destinadas a desaparecer o que no se esté diseñando su «reforma». Hay quienes han hablado más adecuadamente —es el caso de Étienne Balibar— de una verdadera «revolución desde arriba», es decir, un intento de reforma comprehensiva de la estructura institucional de la UE en torno al BCE, que tiene como resultado una profunda modificación de la constitución material y formal tanto en el plano europeo como en el plano nacional (resulta obvio referirse aquí a las políticas de equilibrio presupuestario). El «paquete fiscal» que se ratificará en marzo culmina este verdadero intento de gestionar la crisis bajo el mando alemán, de cuyos límites son conscientes sus propios promotores y que sólo tendrá alguna oportunidad de éxito en la medida en que nos encontremos frente a la presencia de una recesión de alguna manera «controlada» y un aminoramiento de los ataques a la «deuda soberana». Para Alemania, y no solo para ella, como ya hemos dicho, la alternativa es la secesión del euro, con efectos difícilmente predecibles tanto en Europa como a nivel global.

No queremos detenernos en este segundo escenario. Es más importante subrayar que la «revolución desde arriba» que ya acontece vacía de toda sustancia democrática las instituciones europeas y plantea en este aspecto la absoluta urgencia de un programa constituyente. La que se configura es una Europa «gótica», dispersa y jerárquica, una Europa-mercado sin mediación democrática interna eficaz, la cual, aunque eventualmente se recomponga según geometrías y geografías variables, estará dotada de un nuevo mando soberano en las manos no sólo del BCE sino también de «los mercados», un mando que desciende desde lo alto y se distribuye de manera difusa. Concluye así brutalmente un proceso de medio siglo de construcción europea basado en una governance que equilibraba la asimetrías e impedía la aparición de eventuales convulsiones de las jerarquías estatales tradicionales. La perspectiva de este laberinto gótico, con sus arquitecturas deformes sometidas a las exigencias de los bancos y del «mercado», estará dominada por una «planificación» desde arriba, una planificación cuasi soviética, pero no para producir mercancías sino débito, aplicándose de inmediato sanciones a cualquier desviación. Es fácil predecir que, contrariamente al sueño federalista y al proyecto funcionalista de un atenuamiento de la soberanía nacional en el proceso de integración, en torno a esta nueva estructura proliferarán los soberanismos y los nacionalismos. Por un lado en los países «fuertes», para proteger sus posiciones que el discurso dominante presenta ya como amenazadas por la débil disciplina fiscal de las «periferias»; por otro lado en el interior de estas últimas, donde la reacción antieuropea empieza a asumir la forma de una reacción antialemana. En uno y otro caso nos encontramos frente a fenómenos extremadamente peligrosos que amenazan con serlo cada día más.

3. Estos soberanismos y nacionalismos son hoy la otra cara de la hipótesis de una Europa gótica o de una estabilización «posneoliberal» de la gestión de la crisis. Hablamos de una estabilización posneoliberal en un sentido preciso, en el convencimiento de que en el interior de este escenario que se va configurando mediante la aprobación del «paquete fiscal» asistiremos a la reafirmación de algunos de los dogmas esenciales del neoliberalismo pero sin la perspectiva de una efectiva salida de la crisis. No existen en este escenario márgenes reales de negociación, ni en lo que respecta a una posible modificación de las políticas del BCE, ni en lo que se refiere a la evolución de los fondos de rescate o la reestructuración de la deuda soberana y la recapitalización de los bancos. Sobre esta base, nos parece una pura ilusión la idea de un área europea de inversión para el empleo y la perspectiva de una redistribución más o menos igualitaria de los impuestos, y por tanto de las rentas del trabajo y de la riqueza. La Europa de la «revolución desde arriba» está construida para afianzar la renta financiera y tiene sobre todo la ambición de garantizar un compromiso entre ésta y fracciones concretas del capital industrial. Sus propios arquitectos son conscientes del hecho de que las actuales estructuras globales del capitalismo, con un sistema financiero ocho veces más grande que la «economía real», no son sostenibles, y las actuales políticas monetarias —que no hacen sino ayudar a la especulación— son difíciles de aguantar. La estabilización posneoliberal en Europa es un proyecto botado para naufragar a largo plazo. Pero ya sabemos que a largo plazo estaremos todos muertos.

Una cosa es cierta: si en la Europa gótica hay quienes piensan en organizar los intereses de las diferentes fracciones del capital, no hay quien reconozca el trabajo. En todo caso, donde este reconocimiento sí se da, como en el caso de Alemania, sólo tiene espacio en el seno de las estructuras de concertación nacional. Pero estas estructuras siempre excluyen cuantitativa y cualitativamente a los trabajadores y trabajadoras definitivamente precarizadas, mientras que la posición misma del trabajo «garantizado» empieza a estar amenazada por una crisis de la que no se salva nadie. Por otra parte, en la gran mayoría de los países europeos el ataque a las condiciones del trabajo (tanto el trabajo cognitivo como el fabril, el migrante como el autóctono, el dependiente como el formalmente autónomo) no parece tener límites. Las «deudas soberanas» se cargan sobre las espaldas de mujeres y hombres cada vez más debilitados «en privado», el ataque a los salarios se combina con aquel otro a los servicios, el paro con la erosión del ahorro familiar, y así se va extendiendo la pobreza. Un aumento vertiginoso de las desigualdades sociales, que ya habían crecido desmesuradamente con los procesos de financiarización capitalistas, es la primera consecuencia de todo esto.

Volvemos a repetir lo que habíamos dicho al inicio: no se discute la necesidad de una resistencia indispensable frente a estos verdaderos procesos de desposesión. Es sólo en el seno de una resistencia en desarrollo que podrán tomar forma nuevas modalidades de cooperación y una nueva plataforma reivindicativa que acoja sujetos sociales diversos con el horizonte de una lucha común. Esta lucha, siguiendo las indicaciones de Plaza Tahrir, relanzada por los indignados e indignadas españoles y por el movimiento occupy de Estados Unidos, debe conquistar sus propios espacios en las ciudades europeas sacudidas por la crisis. Pero, a fin de que la lucha se vuelva constituyente y abra definitivamente la perspectiva de una superación de la crisis hacia adelante, no basta con que converjan las diversas formas de resistencia sobre el terreno metropolitano. Un nuevo programa para la conquista del común, entendido como la base material para construir una nueva modalidad de convivencia, cooperación y producción entre libres e iguales, sólo podrá escribirse sobre un espacio más amplio, que no podemos sino definir como espacio europeo.

Esta conciencia está bien extendida en el interior del movimiento español de los indignados e indignadas, y puede encontrar un momento de consolidación importante en la propuesta de una movilización europea para asediar el BCE en Fránkfurt el próximo mes de mayo, aniversario del 15M. «Retomemos Europa» debe convertirse en el lema movilizador. Si la crisis amenaza con marcar nuestras vidas en los próximos años, debemos equiparnos para afrontar este periodo. No partimos de cero: las luchas han sedimentado un extraordinario patrimonio de experiencias en muchos países europeos, mientras que las revueltas del Magreb y del Mashreq han entrado ya en el imaginario y el lenguaje de los movimientos europeos. Una gran campaña transnacional para liberar la deuda (y para liberar la imaginación política del chantaje de la suspensión de pagos) puede marcar hoy la apertura de un espacio de movimiento a nivel europeo. Mientras se multiplican en el plano molecular las acciones de resistencia a la deuda, se trata de construir una vía europea para las luchas, con la perspectiva de edificar programas y contrapoderes. Sin nostalgia alguna por los estados nacionales, sin compromiso alguno con la Europa gótica.

Traducción de la Universidad Nómada

martes, 24 de enero de 2012


Cinco preguntas sobre la crisis



La profundización de la crisis, con sus devastadoras consecuencias sociales, continúa desplazando conocidos paradigmas interpretativos. Provocando no solo la bancarrota de las principales corrientes económicas sino también nuevos desafíos para quienes han continuado en estos años practicando, de manera original, la crítica de la economía política. Brevemente, todo parece indicar una relación cada vez más estrecha entre las categorías económicas y las categoría políticas. Para abrir la discusión al interior del sitio Uninomade 2.0 formulamos cinco preguntas a Andrea Fumagalli, Christian Marazzi y Carlo vercellone en forma de diálogo. Carlo ha volcado algunas reflexiones sobre el conjunto de los temas propuestos por nosotros que se pueden leer abajo como conclusiones. 



A cargo de Sandro Mezzadra – Toni Negri



¿Piensan ustedes de verdad que los mercados carecen de un liderazgo latente, por lo que cualquiera que sugiera una operación puede concretarla? ¿Que (los mercados) se encuentran fuera de toda teoría del complot, dentro del análisis simplemente de cualquier mecanismo de decisión que prevé momentos de unificación consciente y no simplemente concentración espontanea? 



Andrea Fumagalli: La grandes sociedades financieras tienen un comportamiento que podemos definir de oligopolio colusivo. Su objetivo es obtener ganancias. En esta fase las ganancias más elevadas se obtienen del intercambio de los derivados CDS, en particular aquellos relativos al riesgo del default público y privado. La naturaleza colusiva del oligopolio financiero viene garantizada a partir de la intermediación realizada por las sociedades de calificación. Luego de la crisis de las subprime (fin del año 2007) hemos asistido a un ulterior proceso de concentración en los mercados financieros. Veamos algunos datos:



Si el PIB del mundo entero del 2010 fue de 74 mil billones de dólares, las finanzas lo superan: el mercado de obligaciones mundiales alcanza un valor de 95 mil billones de dólares, las bolsas de todo el mundo 50 mil billones y los derivados 460 mil billones de dólares. De conjunto estos mercados mueven una cantidad de riqueza ocho veces más grande que la producida en términos reales: industria, agricultura y servicios. Todo esto se conoce, pero lo que se olvida es que este proceso, más allá de desviar el centro de la valorización y de la acumulación capitalista de la producción material a aquella inmaterial y de la explotación del trabajo manual hacia el trabajo cognitivo, ha dado origen a una nueva acumulación originaria caracterizada por un elevado grado de concentración. En lo que respecta al sector bancario el dato de la Reserva Federal dice que desde 1980 a 2005 se verificaron cerca de 11500 fusiones, a un promedio de 440 por año, reduciendo así el número de los bancos a menos de 7500.  En el 2011 cinco Sociedades de Intermediación Inmobiliarias y divisiones bancarias, J.P. Morgan, Bank of America, Citybank, Goldman Sachs, HSBC USA y cinco bancos (Deutsche Bank, UBS, Credit Suisse, Citycorp-Merril Lynch, BNP-Paribas) han alcanzado el control de más del 90 % del total de los títulos derivados. En el mercado accionario la estrategia de fusiones y adquisiciones han reducido de modo considerable el número en la lista de sociedades. Hoy en día, las primeras diez sociedades con mayor capitalización de bolsa, que equivalen al 0,12 % de las 7200 sociedades registradas, detentan el 41 % del valor total, el 47 % del total de los ingresos y el 55 % de las ganancias registradas. En este proceso de concentración el rol principal le ha correspondido a los inversores institucionales (término con el cual se indica todos aquellos operadores financieros , de las Sociedades inmobiliarias a la banca a las aseguradoras, que gestionan por cuenta de terceros las inversiones financieras, son hoy aquellos que en los años 30 Keynes definía como los especuladores de profesión. Hoy, siempre según los datos de la Reserva Federal los inversores institucionales negocian títulos por un valor nominal de 39 billones, el 84,8 % del total, con un incremento  del 20 veces respecto a veinte años atrás. Por otra parte esta cuota ha aumentado en el último año gracias a la difusión de los títulos soberanos.   

No creo que haya alguien que aconseje la estrategia a seguir a los directivos de las grandes sociedades financieras, mucho menos alguien que venga de la política.  Como explicaré más adelante el poder económico-político está en las propias manos y lo pueden ejercer sin que sea necesario sugerencia alguna. El objetivo es, como siempre en el capitalismo, la ganancia y la riqueza, sin ninguna conducta basada en las reglas. El problema no es la sed de ganancias de los mercados financieros sino, más bien, aquellos que fungen de vasallos y de súbditos.   

Christian Marazzi: El liderazgo latente existe, por supuesto. Bien sintetizado por Andrea Fumagalli y Carlo Vercellone, el liderazgo de los mercados se realiza de verdad en la fenomenal concentración del capital financiero industrial creado en el curso de los últimos veinte años, siguiendo las líneas del stop and go de la financiarización.  Banca de inversión, empresas multinacionales, hedge funds, fondos institucionales y fondos de pensión representan su corazón, son propiamente quienes crean el mercado, orientando la fase especulativa, normalizando lo que Keynes llamaba la convención, como la convención latinoamericana, aquella de la internet, la de las subprime, y luego la de la deuda soberana. El ataque al euro decidido en febrero del 2010 en Nueva York, por un grupo de fondos especulativos nos da un ejemplo reciente. Luciano Gallino, en su Finanzcapitalismo, ha cuantificado de manera absoluta que ¨los hombres que cuentan¨ en el mundo, sin error, son diez millones. Desde el punto de vista de la pirámide del poder, corresponde al lobby que hemos mencionado, porque, más allá que al nivel del G20, del FMI, de la UE o del BCE, accionan al interior del estado nación articulando su escala local, constituyen las líneas guías del capitalismo financiero. Lo que me parece más importante sin embargo es lo siguiente: el liderazgo latente está, pero no siempre. El poder financiero ciertamente crea el humor del mercado, define, por así decir, la marcha normal de la fase de acumulación, aquella fase central de la curva de Gauss durante la cual los inversores se mueven miméticamente, en  grey, siguiendo el principio, precisamente, de la convención históricamente determinada. Pero en la fase del pánico, en el codo de la curva gaussiana, cuando aparecen los cisnes negros de Taleb, el liderazgo entra definitivamente en crisis, convulsionándose al compas de lo imprevisto y de lo imprevisible. Los cisnes negros no son necesariamente la crisis financiera, aquella implícita y cíclica propia de la teoría de la inestabilidad de Minski. Son, más bien, el producto de los eventos sociales y políticos que escapan a toda modelización política financiera. Cuando el pánico se instaura, el liderazgo es igualmente desplazado. Un aspecto, que al menos para mí, no se ha aclarado teóricamente lo suficiente, es el origen de las convenciones. Al respecto, no creo en la espontaneidad de la formación de la convención, propia de aquellos teóricos de las finanzas autorreferenciales, como es el caso de Andre Orlean, quien está entre los que han explicado de mejor forma el funcionamiento de los mercados financieros. Creo que las convenciones se determinan de manera conveniente teniendo en cuenta una serie de factores estratégicos (más allá obviamente de las oportunidades de ganancias) entre los que el desequilibrio macroeconómico, y geopolítico, la configuración monetaria (las diferencias por ejemplo entre la FED y el BCE) no son pura bagatela, así como el hecho que existan países con superavit y países con deficits etc.      



Muchos analistas políticos piensan que los mercados han empobrecido  en los estados su capacidad de centralización; que ahora la acción de los estados ya no es simplemente una acción soberana, sino una acción soberana sobre determinada por un coágulo de intereses financieros. La fase siguiente al 2008 con  el refinanciamiento de la banca por parte de los estados habría concluido con una ulterior sujeción del poder soberano a los intereses del mercado. ¿Cómo funciona todo esto, si es que funciona, en la actual crisis?

AF: El hecho que la crisis de las subprime no haya provocado el colapso de los mercados financieros se debe al hecho verificado del pasaje del endeudamiento privado (causa de la crisis del 2007) al endeudamiento público (causa de la crisis actual)  que se sumó al endeudamiento privado. Los datos de la tabla siguiente (relativos a Europa que deben actualizarse) muestran que en el bienio 2007-2009, la deuda bruta nacional (pública y privada) aumentó en dos años del 382% al 443 % del PIB, (más de un 8% anual) mientras que en el período 1995-2007 ese aumento alcanzó una tasa del 5 % anual. El endeudamiento privado aumentó a una tasa del 8 % promedio anual mientras que el público lo hizo casi a un 14 % anual luego de haber caído en el decenio precedente. Con relación al sector privado el endeudamiento mayor se encuentra  en Irlanda Holanda, Dinamarca y Gran Bretaña. Diferente es la situación del endeudamiento público: los países con menor endeudamiento privado, (Italia, Grecia y Bélgica) son aquellos con mayor endeudamiento público. Como el endeudamiento público con relación al privado es menor, relacionado con el PIB, Grecia, Italia y Bélgica pueden soportar mejor el riesgo del default que Gran Bretaña y Dinamarca (resultando más apetecibles, como gallinas ponedoras de huevos de oro, sin riesgo de ser estrangulados). Más allá de ello, se puede recordar que Gran Bretaña y Dinamarca gozan del derecho de señorazgo a diferencia de Grecia e Italia. Irlanda representa un caso particular por tener una elevadísima deuda privada y ha visto casi triplicar la relación deuda/PIB en el bienio 2008/2009. Partiendo de esta situación la política impuesta a nivel europeo tuvo por objeto alcanzar dos objetivos: a) conceder la  creación de liquidez para el sistema financiero evitando el efecto dominó de las quiebras privadas y b) una vez alcanzada la liquidez, gracias al endeudamiento público, impedir que ese endeudamiento supere un umbral crítico definido por las expectativas de la oligarquía financiera. La especulación no ha alcanzado a los países con mayor riesgo de default como por ejemplo los EEUU (que han visto pasar la relación deuda/PIB del 60 % en 2007 al 105 % a fines del 2011, en presencia de una elevada deuda privada así como de deuda externa)  Gran Bretaña y Dinamarca, sino a aquellos que no pueden gozar del derecho del señorazgo, estratégicamente menos relevantes, al interior de un paradigma tecnológico y de valorización dominante en el ámbito del biocapitalismo cognitivo actual.  El cuadro descripto refuerza la dependencia de los estados de la lógica financiera generada por la oligarquía financiera. No es una novedad. Ya desde 1994 que las instituciones político monetarias (Estados, Bancos Centrales) han comprendido que la existencia de una convención financiera es más importante que cualquier estrategia política que no sea cómplice. En esa época, 1994, fue la sublevación de Chiapas la que provocó el retiro de los fondos de pensión de México (considerado no seguro ahora) hacia los mercados financieros de Asia Oriental (Tailandia en primer lugar) A pesar del empeño conjunto de la Reserva Federal y del Banco Mundial no fue posible evitar la devaluación del peso mexicano y la postergación de la firma del NAFTA (1 de enero de 1994) Por primera vez se comprendió que la política financiera privada era más fuerte que la política privada pública (incluida la del propio EEUU) De aquí en más las decisiones sobre políticas monetarias dependerán de la dinámica de la convención financiera. Se pierde así la autonomía de los Bancos Centrales en el momento en que dichas autonomías venían siendo teorizadas por el pensamiento neoliberal. Esto condujo a la autonomía " política" de los Bancos Centrales de los estados nación en declinación, reforzando la idea de la dependencia de los mercados financieros. Nace así la governance financiera.

Lo nuevo de hoy en día es que tal governance  se encuentra en condiciones de elegir directamente los líderes políticos a incorporar en el gobierno. La governance financiera se ha transformado en dictadura. Los cientistas políticos y jurídicos deberían hacer algún comentario al respecto. 

 CM: ¿Cómo funciona la soberanía sobredeterminada?  Se puede decir que lo hace simplemente con el chantaje.  Es un hecho que la crisis del sistema bancario-financiero ha sido administrada por los estados a partir de la inyección de enorme cantidad  de liquidez y con la recuperación, por parte de los bancos centrales de una importante porción de los títulos tóxicos que ahora tienen en su seno y que todos nosotros debemos "validar" con impuestos sobre nuestros ingresos. Mientras tanto, para liberarse de la injerencia política, los bancos beneficiarios de la ayuda pública han devuelto gran parte del dinero recibido durante los momentos de crisis. Y ahora se encuentran en una posición de dictar leyes, por lo que su propio poder ha aumentado a tal grado que las medidas de la Banca Central Europea están sistemáticamente dirigidas a sostener el sistema bancario (a expensas de los países miembros de la UE) así como a la política de la impresión de moneda y puesta en circulación (quantitative easing) de la FED y del Banco de Inglaterra. Sin embargo el problema parece ser que estas medidas de creación de liquidez no parecen funcionar bien, tanto es así que se habla,, en particular con relación a Europa, de la trampa de liquidez, aquella situación en la que la inyección de liquidez no genera recuperación debido a la desconfianza de los emprendedores y consumidores (y también a partir de las altas tasas de interés pretendidas por la banca comercial) En definitiva la crisis no ha resuelto para nada los problemas que le dieron origen. Nada se ha hecho nada con relación a una nueva reglamentación del sistema bancario (porque precisamente el lobby bancario mundial ha logrado volver en vano todo intento en ese sentido) por lo que los desequilibrios fundamentales que desembocaron en la crisis continúan socavando el sistema de manera inmutable. La soberanía  en comisión, por así decirlo, es la expresión de una situación donde el poder de las finanzas es enorme, mientras que las medidas de relanzamiento de la economía resultan impotentes. Es la crisis la que es puesta en comisión.         

En la última fase muchos comentaristas sostienen que algunos gobiernos entre los que destacan el italiano y el español, corren el riesgo de ser golpeados en el terreno de las negociaciones  sobre la deuda de manera más eficaz a como lo fueron en la fase precedente introduciendo así la dimensión política, más allá de lo irrelevante, en la gestión de la crisis. ¿Piensan que estamos frente a una tendencia que pueden incluir exitosamente a los gobiernos europeos, una vez eliminada Inglaterra de la contienda? ¿Podrá el euro mantener unida a la UE o debemos pensar en una Europa que se mantiene como edificio gótico remodelando un orden monetario variado y variable?

AF: A comienzos de diciembre el CEO del Deutsche Bank, Ackermann, declaró que su institución aumentaría la compra de los bonos de BTP italianos a comienzos del 2011 de 1 billón a 2,3 billones. Recuerdo que el Deutsche Bank  había pronosticado expectativas negativas con relación a los Bonos italianos vendiendo de 7 a 8 mil millones de Bonos que tenía en su cartera desencadenando la crisis italiana. Las declaraciones de Ackermann fueron la señal de que la presión especulativa sobre Italia podía concretarse. Esto sobrevino luego de la asunción de Monti. Una situación análoga (pero de mayor envergadura) se verificó en España luego de las elecciones políticas con la victoria indiscutible de la centro-derecha (que deberá demostrar ahora ser confiable  para no necesitar una intervención, como sucedió anteriormente con Berlusconi en Italia)  Por otra parte ha sido importante la decisión de Draghi de proporcionar prestamos ilimitados al sistema bancario a fin de favorecer la capitalización de la banca. La inestabilidad aún no ha disminuido y en lo que se refiere a Italia el spread es aún alto, aunque creo, por razones diversas alos tiempos de Berlusconi: en primer lugar porque se vienen tiempos de recesión a una velocidad mayor que la prevista, no solo en Europa sino a nivel global; en segundo lugar porque se necesitará ver cuáles son las reformas del mercado laboral que serán concretadas mientras se plantea el negocio de la privatización de la salud (las pensiones ya han sido modificadas) Recuerdo (ampliamente) que mientras más libertad de despidos y más privatización de la salud y de los servicios públicos se alcance, más aumenta el papel de los mercados financieros como aseguradores social privados y más se extienden los mercados financieros. No creo personalmente, a diferencia de Christian, que el euro implosionará, y esto por dos motivos: 1- no parece convenirle a Alemania, a menos que la situación geopolítica internacional  cambie repentinamente (está por ve  que sucede en Irán: ¿los EEUU se retiran de Bagdad para estar disponibles para ir a Irán?  O pedirán la intervención conjunta europea después de la prueba libia, aunque esta vez fundada en el eje franco-alemán? 2- tampoco conviene a los grandes mercados financieros porque hasta tanto exista un doble nivel de governance, monetaria y fiscal, estamos de fiesta.

CM: no me parece de hecho que Italia y España estén atravesando un período de reforzamiento del poder de negociación  de la deuda. De manera que al patético eje Monti-Sarkozy me parece que le falta aire. La situación de la deuda está de hecho empeorando y la reivindicación de los eurobonos o de la tasa Tobin no tiene ninguna chance de éxito. Estoy convencido que será propiamente Italia (y España) la que hará saltar a Eurolandia como salida final del síndrome griego, o sea del espiral recesión-aumento de la deuda-recorte del gasto público-recesión-nueva austeridad. Hemos entrado ya en recesión y estamos próximos a la depresión.  

Los Estados Unidos no han querido nunca una Europa política y mucho menos el euro. Me pasa por la mente a veces que un viejo reflejo unilateralista haya actuado al interior de los llamados mercados  financieros  en el ataque al euro. ¿Es imaginable mutatis mutandi, un revival imperialista organizado alrededor de la defensa de la hegemonía del dólar, en el desorden global?

AF: No no creo. Los únicos que tendrían interés en la implosión del euro serían los EEUU para sancionar de modo no sólo político sino también económico-financiero la relación bilateral con China: una suerte de imperio "bipolar". Pero los EEUU hoy no disponen de la fuerza militar, ni de la fuerza política, ni de la fuerza económica para sostener la política imperialista. Ellos son también serviles a la governance financiera mundial. En los últimos meses los fondos chinos han aumentado la cuota proporcional de los intercambios totales. Se necesitará monitorear la elección financiera china. Hasta ahora los fondos chinos son gestionados por las diez hermanas del mercado financiero, pero hasta cuándo? He leído en el Financial Times de hace unos días que China está por legalizar la venta de títulos financieros en descubierto autorizando la especulación netamente financiera.

Con que provecho?  Para entrar en asociación con la élite de los mercados financieros o para buscar controlarlos?  Si así fuera el liderazgo del dólar corre serios riesgos.... 

CM: No excluyo, por el contrario, que en la fase inicial de la crisis del euro no haya estado la pata de los EEUU a través de los grandes bancos de inversión y de los hedge funds. De hecho, la demolición del euro era funcional al objetivo de poner en las sombras el problema americano del déficit-deuda pública enorme como también el comercial. Demoler el euro significaba eliminar la potencial competencia y favorecer la continuidad del flujo de capitales externos permitiendo el financiamiento de la deuda estadounidense a tasas muy bajas. La estrategia ha tenido un éxito superior a las expectativas y ahora los EEUU están preocupados por las consecuencias económicas y financieras de la crisis de Eurolandia, que podría provocar una fuerte desestabilización del sistema bancario estadounidense y también, por las consecuencias políticas, porque la división de Europa podría volver a Alemania  y parte de Europa independiente de los EEUU, reforzando el eje estratégico con China y Rusia. Un revival imperialista en relación a la hegemonía del dólar no parece posible, aunque de todos modos el dólar se está fortaleciendo como consecuencia de la crisis de Eurolandia (fuga de capitales de Europa, precisamente hacia el dólar)     

Puesta en evidencia la hegemonía del capital financiero como modo de producción, en la actual crisis financiera, ¿juega de alguna manera y cómo la relación entre finanzas y producción industrial con referencia por ejemplo tanto a Alemania como a China?

AF:  Esta pregunta requiere de tiempo.. La relación entre finanzas y producción real no está referida

a la producción industrial, sino sobre todo a la producción inmaterial. El punto nodal despues de la caida de Bretton Woods, es la definición de la unidad de medida del valor de la producción inmaterial o sea del general intellect. Al momento, de manera inestable, esta medida está definida por la valorización financiera, pero tal medida es precisamente, de manera estructural, bastante inestable para poder ser considerada “fija”. Aquí entra en juego la excedencia de la multitud de vida y del trabajo. Así como los zapatistas pusieron en crisis al NAFTA en 1994, así hoy, potencialmente, los movimientos, desde la primavera árabe hasta los occupy xxx, pueden incidir en la definición de tal medida, que no es otra que la medida de la vida puesta en valor, lo inconmensurable que trata de convertirse en “mensurable”.       



CM: Si Alemania no se pliega al diktat de las finanzas internacionales es propiamente porque el poder de la industria no ha sido sofocado por las finanzas. En Alemania es la industria la que comanda. En China es válido el mismo discurso, al menos por ahora: China ha sido inteligente en auto excluirse de las finanzas globales. De hecho no hay libertad de movimiento de los capitales; un extranjero no puede invertir en la bolsa de Shanghái, ni un chino puede invertir sobre las plazas europeas o americanas. De modo que las relaciones de China con el resto del mundo  son económicas, comerciales y políticas, mientras que las financieras son controladas y gestionadas directamente por el gobierno de Pekín. El paradigma del libre mercado (financiero) no ha llegado aún allí.     

Carlo Vercellone: Vuestras preguntas tocan algunos puntos cruciales. La primera y la última en particular configuran un verdadero y propio programa de investigación que requeriría cuanto menos un seminario ad hoc. Intentar dar por escrito un respuesta un tanto estructurada requeriría mayor tiempo para reflexionar y para reunir materiales empíricos. Por el momento me limitaré a tentar proporcionarles en crudo y de manera muy sintética algunas pistas de reflexión, partiendo de la cuestión relativa a la organización de los mercados como hilo conductor. 

El término mercados financieros parece reenviar a una lógica anónima compuesta por una miríada de sujetos no coordinados entre ellos, desde mi punto de vista errado, o al menos fuertemente inexacto.

La organización de los así llamados mercados financieros de los cuales una componente central son las grandes multinacionales que operan en la esfera de la producción ( frente a toda dicotomía entre esfera financiera y esfera productiva)  está de hecho fuertemente concentrada en lo referido a la estructura propietaria que marca sobretodo la estructura de control. Respecto a ello un reciente artículo de tres investigadores (Vitali, Glatfelder y Battistoni) del Insittuto Federal de Tecnología de Zurich “Le reseau du control global des grandes emprises” (La red de control global de las grandes empresas”) ha permitido poner en evidencia la extrema centralización del poder del capital a escala global.    

Según esta investigación “las multinacionales (corporaciones transnacionales o TNCs) forman una estructura de nudo mariposa gigante y una gran parte del control se deriva hacia el corazón de un tejido cerrado de instituciones financieras. Este corazón puede ser visto como una súper entidad económica cuya existencia genera nuevas e importantes preguntas tanto para los investigadores como para los órganos de elaboración de las políticas (policy makers)”.

Más precisamente sobre una base de datos de alrededor de 43060 empresas multinacionales (EM) se estima  que 147 EM poseen, a través de un complejo nudo de relaciones de propiedad, el 40% del valor económico y financiero de las mencionadas 43060 EM. Se constata, por otra parte, que, al interior de este conglomerado de 147 EM, se puede identificar el eje central del capitalismo global constituido por 50 super entidades representantes en lo esencial (cerca del 64 %)  de grandes entidades estadounidenses y británicas. Se observa la relativa baja opresencia de los grandes grupos de la zona del Euro (cerca del 20 %) aunque Francia con AXA (en la cuarta posición de estas 50 top) y Alemania con el Deutsche Bank (en duodécima posición) se encuentran, por así decirlo, en el corazón del corazón. Otro punto importante: de este grupo de 50 top se incluye por el momento una sola gran EM china del sector de la petroquímica (situada en última posición)  aunque este dato subvalúa ciertamente el modo en que China, como sabemos,  está construyendo su propio poder financiero mediante vías políticas diferentes de aquellas referidas a la pura y simple integración al capital global. Se observan otros datos que confirman esta extrema concentración del poder económico y financiero del capital, como por ejemplo el hecho que los dos tercios del mercado de los famosos CDS se encuentran en manos de menos de diez actores.    

Teniendo en cuenta estos datos es posible desarrollar una rápida hipótesis en respuesta a vuestras preguntas

1)      El poder del capital por lo tanto está, al mismo tiempo, centralizado y articulado a escala global, apoyado sobre una red financiera estrechamente interconectada. En este contexto un número restringido de grandes grupos financieros y de EMs toman las principales decisiones relacionadas con la especulación sobre la deuda soberana, sobre las materias primas, sobre la vivienda, sobre la reestructuración y la localización de las grandes empresas productivas, sobre la orientación de la política económica. Se podría hablar de una organización de tipo oligopólica ( aunque siempre solidaria y dispuesta a reconstituirse en capital colectivo en los momentos claves) de donde parten los impulsos estratégicos iniciales que encuentra su relevo en la lógica mimética de los mercados convalidado inmediatamente (en la  mayor parte de los casos) por los otros operadores financieros dando lugar a un proceso de autovalidación de las “anticipaciones”. En este sentido me parece posible conciliar y articular la hipótesis del leadership latente con la clásica descripción de impronta keynesiana  de la “psicología de los mercados” fundada sobre el comportamiento mimético.    

2)      Esta interconexión extrema vuelve el propio corazón del capital financiero más sensible y vulnerable al riesgo sistémico y a la lógica del endeudamiento del que se nutre la acumulación del capital.

3)      Los estados aparecen cada vez más como simples relevos de los intereses del capital financiero globalizado. Todavía, según mi parecer, esta subordinación depende no sólo de factores económicos objetivos sino de la mutación antropológica de la clase política y tecnocrática guía de los estados y de las principales instituciones de la política económica y monetaria que los han convertido verdadera y propiamente en funcionarios de las rentas del capital. Esta situación es tanto más cierta en Europa donde, por razones históricas que se deben en gran parte a la dinámica específica de la lucha de clases que la atravesaron durante la crisis del fordismo, se ha asistido a una propia y verdadera constitucionalización del poder de la renta, encarnada, en particular, en el estatuto de la llamada independencia del BCE.   

4)      El resultado es que la zona euro de los estados se encuentra privada de la existencia de un prestamista en última instancia y depende, para su financiamiento, de los mercados. De esta manera se ha podido instaurar el gobierno de la renta a través de la deuda soberana, un gobierno, ahora explícito, que dicta la política económica de austeridad y de expropiación de las instituciones del Welfare. Todavía, también en este caso (como en la crisis de las subprime), la deuda, como instrumento esencial de la acumulación capitalista, corre el riesgo de transformarse en su principal límite. Un problema central, desde este opunto de vista, es que, ante la ausencia del rol central garante del Banco Central, los títulos de la deuda pública pierden el carácter seguro de bienes refugio y devienen, en cierto sentido, títulos como cualquier otro, cuyo “valor de mercado” se desvaloriza siguiendo el balance de los bancos y de las instituciones financieras.   

Traducc: César Altamira

del sitio Uninomade 2.0  http://uninomade.org/cinque-domande-sulla-crisi/

domingo, 8 de enero de 2012


La constitución del común y las razones de la izquierda


 Michael Hardt y Antonio Negri


1. ¿Que quedó de la izquierda?


Existía en algún tiempo un nuevo iluminismo académico (Norberto Bobbio por ejemplo) que definía a la izquierda como la portadora de los valores de la igualdad, mientras consideraba a la derecha como la portadora de los de la libertad.... aunque lo ideal era mantener ambos unidos. Pero dejemos esta fábula al único ideólogo que que aún la mantiene, Habermas.  Sin embargo, cuando el binomio igualdad-libertad fue hecho propio por la reforma británica blairiana del Partido Laborista, este proyecto terminó en la nada. Mejor dicho en catástrofe. En este momento, de hecho, nos encontramos frente a una serie de autocríticas tan generalizadas, que no resulta sorprendente que se han hecho eco incluso, Pierre Rosanvallon y Anthony Giddens. De hecho, en el neoliberalismo triunfante la distinción entre derecha e izquierda se volvió muy sutil y flexible. La izquierda defiende el welfare state mientras su costo no afecte demasiado a la deuda pública, es decir la voluntad de mantener el orden jerárquico de la sociedad; y la derecha destruye el estado de bienestar para que el orden público y la seguridad no sean puestos en peligro. La dimensión monetaria ha devenido fundamental en la gestión, bajo la máscara de la igualdad-libertad, de la desigualdad social. En el terreno militar la distinción entre izquierda y derecha se ha vuelto aún más hipócrita: allí donde la derecha conduce la guerra imperial y la ocupación de los territorios, la izquierda contribuye a esta guerra a través de los bombardeos humanitarios desde el cielo. En todo caso también estas distinciones son superficiales: al trascendentalismo ideológico de la propaganda de la derecha y de la izquierda corresponde una práctica mucho más brutal que no hace distinciones.  Eso sí, nuestra tabla rasa de las prácticas de la izquierda con relación a la derecha, no resulta ser verdaderamente caricaturesca, no está muy alejada de la realidad. Sin embargo, como quiera que se entienda el concepto de izquierda, no parece tener mucho espacio en la governance imperial. El proyecto de un movimiento de lucha y de gobierno (viejo paradigma de la izquierda) no funciona más porque cuando se confronta con la governance imperial, el poder de captura de las instituciones es más fuerte que cualquier intento de renovar el orden de la sociedad y de democratización de la administración.  Sin embargo, no creemos que el concepto de izquierda se haya convertido en algo inútil e insensato. Por el contrario, puede llegar a ser importante a la hora de ser concebido como concepto de poder constituyente.

2. Obama y la ilusión de la reforma.

           ¿Por qué nos gustaba Obama? Porque, en las primarias demócratas así como en la elección presidencial, había expresado la intención constituyente (no sólo como forma de su proyecto sino como fuerza de su política) de transformación, a través del ejecutivo, de la sociedad americana. Todo esto se convirtió en una ilusión. Frente a la crisis financiera Obama no supo dar otra respuesta que no fuera la renovación de la confianza en los organismos financieros que dominan la política mundial y que han sido causa de la propia crisis; frente a la guerra desencadenada por Bush, Obama no solo no logró liberarse sino que renovó la agresividad militar y policial; en lo que se refiere a la política del welfare y en particular a aquella ligada a la reforma de salud Obama ha complicado la única medida reformista con retrocesos y compromisos paralizantes.   

Pero el problema no es Obama (aunque evidentemente lo es): el problema es la incapacidad de la izquierda para mantener sus promesas una vez que se ha adentrado en el sistema de poder. ¿Dónde está ese límite? En no reabrir las luchas cuando gobierna. ¿Podemos pensar que la pesadez de las estructuras de poder ha llegado a un nivel de complejidad tal que impide la correspondencia entre los plazos electorales y los tiempos de cualquier reforma? ¿O hay otras razones (no solo institucionales) que vuelven ilusoria toda propuesta de reforma de parte de la izquierda?

Para responder a esta pregunta debemos recordar que tanto en los EEUU como en Europa se ha producido una fuerte expansión del poder ejecutivo en los últimos treinta años. O sea que la burocracia ejecutiva ha desarrollado una estructura que duplica y rivaliza con los otros dos poderes: en los EEUU el ministerio de Justicia del ejecutivo domina sobre el poder judicial; la Oficina de Asuntos Legales del ejecutivo ha devenido más importante que el Asesor General; los expertos económicos de la presidencia dominan al poder legislativo. En Europa, desde un tiempo a esta parte, el gobierno ha vaciado al poder parlamentario mediante decretos; el ministerio del interior y de policía han sido sustraídos de todo control. El poder sobre la guerra y la gestión del ejército representan quizás el momento más dramático de esta transformación. ¿Porqué ahora, frente a esta desproporción del poder del ejecutivo en su confrontación con los otros poderes, Obama no ha sido capaz de desarrollar sus propios proyectos?

                Obama puso fin al uso de los poderes que en la época de Bush se identificaban como excepcionales: ¿porque ahora no ha sido capaz de utilizarlos efectivamente? ¿En qué medida Obama mismo es prisionero de esa estructura ejecutiva de la cual el debería ser el patrón? Ciertamente Obama no es un revolucionario, pero asumió el poder con la intención de realizar algunas modestas y significativas reformas. La misma cosa se podría decir para la izquierda en Europa: el último ejemplo de fuerte reforma de la izquierda en Europa fue durante el primer bienio de Miterrand. Después de 1983 la izquierda en el poder no ha sido capaz de renovar la sociedad a través de proyectos reformistas.

                Para responder a este interrogante creemos que se necesita primero subrayar la diferencia entre la eficacia y la capacidad de la reforma de la derecha (Reagan por ejemplo) y la ineficacia y el fracaso de la reforma de la izquierda y analizarlas. Creemos que la derecha puede hacer su reforma porque las constituciones democráticas prefiguran esta posibilidad sólo para la derecha.  La constitución democrática, sea aquella antigua, sea la construida después de la segunda guerra, han sido edificadas con el  sello liberal. El único ejemplo contrario, la única reforma radical de izquierda, el New Deal de Roosevelt, no puede demostrar lo contrario; así como no sirven los triunfos socialdemócratas europeos luego de la segunda guerra. En esos caso, fue más bien el desastre de la economía capitalista y la guerra que terminaba las que impusieron aquellas reformas: en realidad no fueron reformas sino compromisos transitorios y reversibles.

                Por el contrario, se puede observar que la transformación y expansión del poder ejecutivo en los EEUU, comenzado bajo la administración de Reagan, no quedó reducido sólo a la administración de los republicanos, sino que fue perfeccionado también durante la administración demócrata. La política de la Casa Blanca durante la administración de Clinton y Obama siguieron el camino de la concentración del poder en el ejecutivo del que hablamos. También en Europa el movimiento de izquierda no ha podido imponer sobre el poder ejecutivo una fuerza detonante en el sentido de la reforma.

                                          

3. Los tres poderes en crisis.

             Ha habido tentativas (y en Italia hay una en curso) para alcanzar nuevos equilibrios constitucionales y de apertura reformista a través del uso y la movilización del poder judicial. En los EEUU, tentativas de este  género han sido igualmente buscadas y a veces conseguidas: la jurisprudencia de la Corte Suprema en los años treinta y en los años sesenta contribuyeron a la reforma social y a las modificaciones libertarias y anti racistas de la propia Constitución. Pero, como decíamos anteriormente, esto dependió de las condiciones excepcionales de la crisis económica o de los conflictos que pusieron  en riesgo el orden social.  Las cosas han cambiado rápidamente y el poder judicial es nueva ( y banalmente) reconocido   como  conservador. Sin recordar el rol crucial de la Corte de EEUU en le elección de Bush en el 2000, basta insistir sobre la reciente decisión de permitir contribuciones ilimitadas a la campaña electoral de parte de las empresas, validando aquellas contribuciones como protección del derecho constitucional del libre pensamiento. También en Europa vemos tentativas de considerar a la magistratura como una máquina constituyente. Aquí se renueva una vieja utopía jacobina. aunque eficaz, siempre ambigua. En Italia, en particular, el poder reformista de los jueces produce una deformación del lugar constitucional atribuido a la magistratura: cuando los jueces funcionan de una manera no conservador, lo hacen en función subrogante del poder político. Y esto provoca una desastre sin fin.  

Es de destacar también lo terrible del vaciamiento de aquellos lugares dedicados a la reforma  como el poder legislativo. La crisis de la representación democrática parece constituir hoy el punto de mayor debilidad en el sistema occidental de organización del poder. El poder legislativo tiene ahora una capacidad debilitada, casi inexistente, para proponer proyectos sociales, presupuestarios y sobre todo para ser eficaz en el control de los negocios militares. Su rol primario de hecho ha devenido en aquel de construir apoyo o crear obstáculos a las propuestas del ejecutivo.  La actividad más grande de la cual es capaz el Congreso de los EEUU  parece ser la de bloquear las iniciativas del ejecutivo y las de  obstruir el gobierno. En esta actividad se destaca la izquierda cuando confía en el poder legislativo (único espacio en el cual está a menudo presente) enredándose o ilusionándose con su eficacia. 

Como siempre en estos casos el sentido del extrañamiento que los ciudadanos sienten frente a los partidos políticos (que son la columna vertebral de la representación parlamentaria) continúa creciendo. Tanto más cuanto este recelo se determina en la confrontación de los partidos de la izquierda.  Algunos denuncian el hecho de que el rol de los partidos se han complicado extremadamente entre el siglo XX y el XXI: más allá de los problemas clásicos de la representación de la sociedad civil, los partidos se enfrentan al problema de la deuda pública, de las migraciones, de los cambios climáticos, de la política energética etc. así es que dentro de esta complejidad la propia capacidad de representación debería extenderse y especializarse. En realidad se anula. En este cuadro el sistema parlamentario (acechado por los lobbies) parece ser del todo insuficiente. Pero, ¿cómo reformarlo, como renovarlo?  Hacer esto exigiría nuevas formas de representación, un nuevo terreno civil de discusión y de propuesta, nuevos sujetos constituidos en un proceso constituyente desde abajo hacia arriba; pero ¿cómo abrir este proceso? La izquierda a la que compete este cometido no dice nada a propósito. El debate sobre la figura electoral de la representación  parlamentaria ha devenido inútil e incomprensible. En Europa cuando se afronta el tema de la ley electoral no se puede distinguir entre ironía y cinismo. En todo caso parece olvidarse que el dinero juega  un rol predominante en la política electoral, sea a través de de la contribución de los poderes económicos sea a través de los medios , siempre expresión de los poderes económicos. La pretensión de la representación de la sociedad desaparece dentro del poder del dinero y de la corrupción que aquí, paradojalmente, deviene, sobre todo para la izquierda, un camino casi inevitable. En resumen, los partidos de izquierda  se muestran particularmente incapaces de estructurar correctamente la relación con la sociedad civil. Aquí nos preguntamos de nuevo, ¿porqué?    


4. Conservadorismo de la izquierda, reformismo de la derecha.


                Los partidos de izquierda han devenido partidos de las lamentaciones. En Europa se lamentan de la incapacidad del capital para dar trabajo a la población, de la destrucción del Welfare State, de las intervenciones militares imperiales y, eventualmente también, de la corrupción de la propia representación y de la ineficacia de la propia legitimidad representativa. La única posición que suelen adoptar de manera agresiva es la del recurso defensivo de la Constitución: protegiendo un pasado imaginario, consagrado al antifascismo y a un compromiso constitucional con los poderes capitalistas. Están afectados por un "extremismo de centro" que a menudo recuerdan como un pasado idílico. En cuanto a los intelectuales de izquierda (en caso de que existieran aún en Europa) lamentan la corrupción de la Constitución y que la estructura de la representación haya sido vaciada. Otro tanto ocurre en los EEUU. Bruce Ackerman, por ejemplo, se preocupa de la expansión del poder del ejecutivo creando peligros dictatoriales; Sheldon Wolin pretende que la capacidad democrática de la constitución americana se ha vaciado hasta el punto de crear un totalitarismo invertido: allí donde el estado controla la estructura capitalista, en el "capitalismo invertido" la estructura capitalista controla directamente la estructura del estado. En Europa, Rosanvallon, uno de los padres de la tercera vía, admite ahora la imposibilidad de controlar el poder financiero por parte del estado. Giddens, igualmente, se lamenta del exceso de poder del monstruo mediático denunciando los efectos totalitarios.  

                Hemos llegado a un punto (un tanto paradojal) que solo el movimiento populista Tea Party o la Liga, o algún otro, son los que plantean el problema de la reforma de la Constitución. En lo que se refiere al Tea Party en particular, por cuanto indudablemente una parte de él había asumido la retórica standard del partido republicano en defensa de la Constitución (interpretación literal y retorno a la voluntad de los Padres Fundadores), la base del movimiento todavía reconoce que la representación ha dejado de funcionar y que el parlamento no los representa más. Por lo tanto, piden una asamblea constituyente. Los contenidos programático del Tea Party  son en gran parte reaccionarios e igualmente explícitamente racistas; sin embargo las propias asunciones políticas  fundamentales son correctas. Se podría decir lo mismo,  tal vez de los principios que sostienen el populismo de la Liga, igualmente reaccionario y racista, pero indudablemente eficaz cuando insisten sobre la crisis del sistema constitucional representativo. La izquierda institucional hoy no alcanza a comprender la profundidad de la crisis de la representación, no alcanza a concebir la necesidad de una reforma constitucional. En Italia, en particular, la izquierda no ha sido ni siquiera capaz de acertar en el hecho de que el reciente referéndum no se encontraba a la defensiva sino que era en cierta forma innovador en materia constitucional. De hecho, una de las grandes contribuciones de la "revolución española" del 15 M es la de haber concentrado la energía crítica sobre la crisis de la representación, no para restaurar la ilusoria legitimidad del sistema sino más bien para experimentar nuevas formas de expresión democrática: democracia real ya. El movimiento de Occupy Wall Street  es portador de esta crítica de la representación y de esta petición de democracia. Los acampados de la puerta del Sol y de Wall Street desean un proceso constituyente.                      

  
5. ¿Puede la izquierda transformarse en poder constituyente?


                Con toda probabilidad, precisamente a raíz de esta pregunta nuestro discurso debe recomenzar nuevamente, porque dudamos que la izquierda tenga hoy en día la capacidad para  entender la radicalidad del problema a la que una política democrática debe enfrentarse. Se trata del problema del poder constituyente. Precisamente sobre ese tema debe introducirse el debate público. Estamos convencidos que solo la apertura de un debate constituyente  puede destapar de nuevo la razón de la izquierda. Comencemos entonces a enumerar los grandes problemas de un dispositivo constituyente en la actualidad. 

                El primer problema aparece cuando observamos que la constitución liberal-democrática se funda sobre la propiedad privada mientras que hoy la producción se realiza de manera siempre común.  La innovación y la expansión de la fuerza productiva se basan cada vez más en el acceso libre y abierto a los bienes comunes, al conocimiento y a la información, mientras que el retraimiento del común en manos privadas reduce y obstaculiza la productividad. La acumulación capitalista es organizada ahora en términos financieros; el capital explota una riqueza socialmente producida  y la captura preferentemente bajo la forma de renta financiera. De esta manera, más dramáticamente en nuestra época, la naturaleza social de la producción colisiona con la naturaleza privada de la acumulación capitalista. Es este el primer marco de referencia de una política constituyente para una izquierda alternativa: está determinada con relación a la expresión del común e intenta fijarse al criterio de una producción del hombre por el hombre. En este cuadro el primer obstáculo objetivo está constituido pues por la propiedad privada y la renta. El poder constituyente debe organizar la apertura de los bienes comunes a la productividad social  y la reapropiación de la estructura financiera de la producción para destinarla a una finalidad común. La reproducción de la vida prevalece sobre la acumulación del capital, el welfare prevalece sobre la renta financiera.  

                El segundo problema, mejor dicho el segundo tema que debe incorporar el poder constituyente de una izquierda alternativa hoy, es el del valor cognitivo del trabajo. Se trata de desarrollar constitucionalmente políticas de autoformación y de formación común que incorporen todo el cuadro productivo. La política universitaria y aquella de la comunicación deben superar no solo la actual condición de miseria privatista, sino también el nivel de organización pública de la enseñanza para convertirse en motor de la construcción del común y de la integración social. Sobre este terreno la izquierda debe, ante todo, demostrar su existencia y voluntad política. El populismo de derecha puede ser derrotado en este terreno a través de la expropiación de los instrumentos de producción y de comunicación, hoy en manos del capital privado y público. La libertad de expresión se mide, de hecho, por la capacidad de volver común la verdad y la libertad de producir se mide por la capacidad de volver común la vida. 

                El tercer punto en torno al cual una izquierda alternativa debería organizar su capacidad constituyente consiste en la superación de la representación política como profesión. Es ésta una de las pocas consignas de la tradición socialista que puede ser puesta en el centro de nuestra condición civil. La ampliación de los instrumentos de la democracia directa es fundamental y no puede más que extenderse a temas como los de la seguridad de la vida común y de la función de tutela y de control, sea de la privacidad, sea de la relaciones sociales.  Está claro también que la función de justicia se relaciona con la democracia directa, dejando de lado la ilusión que una magistratura profesional pueda  garantizar independencia y  comprensión del privilegio económico y de la superioridad social.

                Un cuarto punto fundamental se refiere al programa federal, es decir a la difusión del poder sobre el territorio. La crisis del estado nación solo puede ser resuelta a través de una profundización de la instancia federal del gobierno, próxima a la base, difundida sobre el territorio, capaz de intervenir sobre el conjunto de las figuras sociales y productivas; en definitiva a través de la governance de la vida común.  La soberanía moderna ha terminado. La izquierda, como figura interna en la lucha por el poder en la modernidad, simétrica y cómplice de la derecha, ha también caducado.  Si existe aún una "razón de izquierda" ésta ya no guarda relación con la aspiración al poder de grupos dirigentes, o con la selección de las élites, sino con la participación democrática de base en un proceso constituyente siempre abierto. 

                Un último punto de polémica (para la definición de una izquierda alternativa) es la capacidad para poder hacer corresponder de manera permanente la governance con las modificaciones del sistema social. Un sistema de reglas constitucionales debe poder ser modificado con rapidez y velocidad. Su problema es el de seguir las variaciones de la productividad en un sistema económico que asume como finalidad la "producción del hombre por el hombre" y estimular y profundizar la participación de la ciudadanía en las funciones de la governance.
                

6. La reapropiación social del común.

            La fase actual se caracteriza por la crisis de toda la izquierda que no se asume como constituyente. Vivimos un periodo de lucha frente a la crisis económica y política del capitalismo; luchas que revelan de una manera más amplia un espíritu revolucionario. El movimiento insurreccional en los países árabes como en los países europeos se levanta contra la dictadura política de las élites corruptas y la dictadura política-económica de nuestra aparente democracia.  No intentamos ciertamente confundir la una con la otra, aunque no puede negarse que existe ahora un deseo de democracia radical que identifica un "común de la lucha" a partir de frentes diferentes. Hoy la lucha se presenta de diferentes maneras aunque se unifica, frente a la recomposición de la población, contra las nuevas miserias y las antiguas corrupciones. Son luchas que desde la indignación y las revueltas multitudinarias se mueven hacia  la organización de una permanente resistencia y expresión de potencia constituyente; que no se oponen simplemente a la constitución liberal y la estructura liberal de los gobiernos y estados sino que elaboran también consignas positivas como el rédito garantizado, la ciudadanía global, la reapropiación social de la producción común. En múltiples aspectos la experiencia de  América Latina en el último decenio del siglo XX puede ser considerada como un preámbulo de estos objetivos, incluso para los países centrales del capitalismo altamente desarrollado.

¿Puede la izquierda moverse más allá de lo moderno? ¿Pero qué cosa significa ir más allá de lo moderno? Lo moderno ha estado signado por la acumulación capitalista bajo el signo de la soberanía del estado nación.  La izquierda se ha manifestado a menudo dependiente  de este desarrollo y por lo tanto corporativa y corrupta en su actividad. Aunque se trata también de una izquierda que se ha manifestado dentro y contra del desarrollo capitalista, dentro y contra de la soberanía, dentro y contra de la modernidad. Nos interesa de esta segunda izquierda aquellas razones que al menos no han devenido obsoletas. Si la modernidad capitalista sufre un estado de crisis irreversible, también la práctica anti moderna, progresista en el pasado, ha perdido su propia razón. Si queremos hablar ahora de la razón de la izquierda, hoy solo se puede hablar de una razón altermoderna, capaz de revitalizar radicalmente el espíritu antagonista del antiguo socialismo

Ni los instrumentos regulatorios de la propiedad privada ni aquellos del dominio público pueden interpretar las necesidades de esta alternativa a lo moderno.  El único terreno sobre el cual activar el proceso constituyente es hoy el común, común concebido como la tierra y los otros recursos de los que participamos, aunque también y sobre todo aquel común como producto del trabajo social. Este común todavía deber ser construido y organizado. Así como el agua  no es considerada del todo común hasta que no sea montada toda una red de instrumentos y de dispositivos que aseguren su distribución y utilización, así también la vida social basada en el común, no es inmediata y necesariamente calificada como una vida de libertad  y de igualdad. No solo el acceso al común, también su gestión debe ser organizado y asegurado tras una participación democrática. Tomado en sí mismo, el común no alcanza a cortar el nudo gordiano de la razón de izquierda aunque marca el terreno sobre el cual ésta deber ser reconstruida. La izquierda debe comprender que sólo una nueva Constitución del Común (y no la defensa de la constitución del XVIII o de la postguerra)  puede otorgarle existencia y poder. Las constituciones existentes, como ya lo hemos visto, son constituciones de compromiso, inspiradas en Yalta antes que en los deseos de los combatientes antifascistas. No han dado lugar a los deseos de justicia y libertad, sino que han consolidado simplemente, junto al derecho público de la modernidad, la estructura capitalista de la sociedad.  También en los EEUU la izquierda adopta la misma compostura constitucional. Debe superarla. Debe hacerlo para ir más allá de la trágica repetición periódica de una izquierda en el gobierno que refinancia  la banca que ha determinado la crisis, que continúa pagando la guerra imperial y que es incapaz de construir un welfare digno de una gran proletariado como es aquel estadounidense.

Hoy se requiere una constitución  del común y esta fábrica del común exige un Príncipe.  No creemos que se piense en este principio ontológico y en este dispositivo dinámico como lo hicieron Gramsci o los padres fundadores del socialismo. Sólo a partir de la nueva lucha por la constitución del común podrá emerger este Príncipe. Sólo una asamblea constituyente dominada por una izquierda alternativa podrá demostrarlo.
 

Traducción: César Altamira

Publicado en el sitio Uninomade 2.0 http://uninomade.org/la-costituzione-del-comune-e-le-ragioni-della-sinistra/