martes, 3 de enero de 2012


América Latina: entre la potencia de la autonomía y el desarrollismo anacrónico.


            El pasado 2 y 3 de diciembre se reunieron en Caracas, Venezuela, los líderes de 33 países de la región de América, Cuba incluida, con la exclusión de Estados Unidos y Canadá, en la Primera Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Heredera del grupo de Río y de los foros de la Cumbre de América Latina y el Caribe, (CALC), la idea había comenzado a gestarse en Río en 2008 como alternativa a la OEA, organismo americano, que bajo un rígido control de los EEUU, mantiene aún a Cuba excluida desde 1962. La CELAC se inscribe en la construcción de un camino de autonomía política de la región con respecto a los EEUU, a la sombra del fortalecimiento del mundo multipolar que surgiera en tiempos de globalización y del surgimiento de gobiernos progresistas en estas geografías desde comienzos de siglo. Nadie está en condiciones de afirmar hoy que la CELAC sustituirá a la UNASUR (Unión de Naciones del Cono Sur) surgida a mediados del 2005 y que impulsara Brasil para reafirmar su hegemonía en AL; que apoyara Venezuela -a partir del conflicto que Chávez mantenía con el colombiano Uribe- y Argentina como manera de romper el aislamiento a que la había conducido la crisis del 2001.        

            La acción que marcó el viraje de la relación de América Latina con los EEUU y pavimentó el camino hacia una autonomía política en construcción, fue el fracaso que sufriera Estados Unidos en la IV Cumbre de las Américas efectuada en noviembre de 2005 en la ciudad de Mar del Plata, Argentina. En dicha reunión se evidenció que los tiempos comenzaban a cambiar, pues Estados Unidos ya no pudo imponer la llamada Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) con la que pretendía continuar su ya histórica política de concebir a América Latina como su patio trasero. Con el ALCA, Estados Unidos pretendía eliminar las tarifas aduaneras, llevar la privatización a todos los sectores productivos y de servicios, controlar los recursos naturales y hasta los mercados de esos países a favor de sus poderosas compañías transnacionales. En conclusión  cero independencia y restricción en las decisiones económicas y políticas, para los países comprendidos del Río Bravo a la Patagonia.

             La CELAC se convierte en un hito superador de la vieja doctrina Monroe de 1820, "América para los Americanos" -proclamada por EEUU, tras la excusa de la defensa de los territorios ante el avance europeo, que justificaría todas sus posteriores intervenciones en estos territorios- y su reemplazo por aquella otra  de "Latinoamérica para los Latinoamericanos" como lo expresara uno de los intervinientes en la CELAC. La correlación de fuerzas ha cambiado apoyada en las luchas biopolíticas y de resistencia desarrolladas por los nuevos sujetos políticos latinoamericanos. Hoy en la CELAC se promueve el respeto a la pachamama. Ni China, ni los países de la UE entienden la importancia política, histórica y cultural que en las geografías andinas se le asigna a la madre tierra. En América Latina estas voces y lenguas han tomado fuerza y presencia al calor de los últimos ciclos de lucha. Se trata de temáticas y conflictos que no se van a resolver en otras latitudes.   

            Con la creación de la CELAC los tiempos no serán impuestos por la unipolaridad de los Estados Unidos, sino por la posibilidad de una integración regional en cuya fortaleza y consolidación dependerá el surgimiento de una voz que afiance la multipolaridad para  mejorar la calidad de vida de sus habitantes, en momentos que los países capitalistas centrales padecen una profunda crisis económica que arroja sus sociedades a la mayor de las pobrezas e indigencias.

            ¿Cuál es el panorama mundial? Una Europa en crisis, desfinanciada y sumida en el miedo; unos Estados Unidos atravesados por la incertidumbre producto de las burbujas financieras y de sus “guerras permanentes” y “caos controlados”. Solamente China, los países del Sudeste Asiático, Rusia y ahora América Latina son los que muestran índices de un estable crecimiento económico. Lo extraño es que el presidente de las Bolsas y Mercados Españoles, Antonio Zoido lanzara desde España días atrás un SOS a América Latina acudiendo a sus 700.000 millones de dólares de reserva para aliviar la situación española. Es la primera vez en los tiempos modernos que los “sudacas” “no son parte del problema, sino de la solución”, según el presidente de la Secretaría General Iberoamericana, Enrique Iglesias.

            En estas condiciones la CELAC plantea que el enorme potencial geo-económico de América Latina debe ser dirigido al desarrollo interno de un continente de 20,5 millones de kilómetros cuadrados y 580 millones de habitantes. El Producto Interno Bruto (PIB) conjunto de la región supera unos seis millones de millones de dólares, con un crecimiento económico promedio anual, entre 2005 a 2011, de 5.5 %, superior al de UE y Estados Unidos en conjunto, y proyecciones del 6.2 % para 2012. Con yacimientos de petróleo que alcanzan a 380 mil millones de barriles y reservas de oro de 700 toneladas frente a las 877 t. de los rusos. La región posee el 30 por ciento de las fuentes de agua dulce del mundo, es el tercer productor de energía eléctrica  y es la mayor productora y exportadora de alimentos. Inmenso potencial con posibilidad de promover el crecimiento sostenido a partir del nuevo organismo. En las decisiones que tomarán, de ahora en adelante, los miembros del CELAC, no intervendrá directamente Estados Unidos (con sus presiones y imposiciones), aunque como es lógico, debido a la diversidad ideológica del grupo, los países más allegados a Washington -Chile, Perú, Colombia y México con Tratados de Libre Comercio, así como las islas caribeñas de fuerte dependencia histórica- intentarán encaminar algunas de sus pretensiones. Pero la correlación de fuerzas progresistas en el continente no les favorece. A diferencia de la OEA, donde históricamente han estado representados los sectores oligárquicos de América Latina asociados a sus gobiernos, la CELAC propone reafirmar la identidad latinoamericana y  caribeña, incluyendo “la existencia, preservación y convivencia de todas las culturas, razas y etnias que en ella habitan”, con un llamado a la “unidad en la diversidad”. Sin embargo, debemos reconocer que el motor de la CELAC lo constituyeron los países del ALBA (Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Antigua y Barbuda, Dominica, San Vicente y Granadina) y que su corazón está en Venezuela. Precisamente de estos países y de la participación del Brasil y Argentina así como de México, dependerá su futuro. Pero no todo es rosas en el continente latinoamericano. Estudios de organismos internacionales indican que de los 580 millones de habitantes de la región, más de 180 millones, casi un tercio, son pobres; e indigentes casi 100 millones, uno de cada seis. A su vez, ese mal social y económico afecta a 81 millones de niños, mientras 13 millones de menores no pueden acceder a las mínimas necesidades alimentarias. Lo que en otras épocas, según la teoría de la dependencia, se designaba como el desarrollo del subdesarrollo. En la superación de esta desmesura se condensa el mayor desafío del nuevo organismo, según sus propios adherentes.

La teoría de la dependencia en tiempos del Imperio.

            Desde su creación en 1948 la CEPAL colocó en el Estado y las burguesías nacionales los elementos propulsores del cambio. Para la CEPAL el desarrollo latinoamericano exigía superar el obstáculo estructural que significaba  el Deterioro de los Términos de Intercambio Comercial. El descenso relativo de los precios de las materias primas con relación al precio de los productos manufacturados importados de los centros capitalistas limitaba su  integración al mercado mundial, arrojándolos a un perpetuo atraso, mientras distanciaba los países capitalistas avanzados de los países capitalistas atrasados. El DTIC consolidaba una estructura mundial capitalista asentada en dos polos, centro y periferia, tendencialmente cada vez más alejados. Frente a estos obstáculos estructurales, la CEPAL promovió el fomento de la industrialización tras el proceso de sustitución de importaciones, tarea cuya responsabilidad le correspondería  al estado y a las burguesías latinoamericanas. La crisis económica de mediados de los 50´s significó la crisis de las ideas cepalinas, quedando como residuo teórico de la Alianza para el Progreso impulsada por Kennedy. Mientras el capitalismo latinoamericano adquiría, para esa época, un particular dinamismo: endeudamiento externo, penetración masiva del capital extranjero, una especialización en el mercado  mundial que ligaba a los países latinoamericanos más dinámicos de una manera más estrecha al ciclo de acumulación mundial. En ese contexto surge la Teoría de la Dependencia.

            Los principales planteos del dependentismo pueden resumirse en: A) el capitalismo mundial es un sistema bipolar conformado en torno a la explotación de la periferia por el centro a través de la expropiación de sus excedentes vía comercio, la inversión de capitales y la dependencia tecnológica. La reproducción del sistema implica la diferenciación creciente entre países y una creciente polarización. B) el mundo dependiente carece de dinámica propia y su existencia interna es el reflejo de sus relaciones con el mercado mundial. Su atraso no es consecuencia de condiciones internas sino fundamentalmente producto de las condiciones de dependencia externa, la que bloquea toda posibilidad de progreso social. Recuperar dinámica social para los países dependientes exigía la ruptura o drástica reducción de sus relaciones económicas con el mercado mundial. C) según la teoría de la dependencia la historia del capitalismo mundial es la historia de los cambios en las modalidades de explotación de la periferia por el centro, y de las relaciones de hegemonía y dependencia al interior del sistema internacional: períodos de explotación de libre cambio -imperialismo británico-; períodos de explotación en base a las inversiones externas, imperialismo norteamericano. D) la única posibilidad de desarrollo interno para los países de la periferia reside en la ruptura de la dependencia. Como se trata de una dependencia económica su objetivo solo se alcanzará mediante la eliminación o la drástica reducción de toda inversión extranjera y la limitación del comercio con los países centrales, identificando simultáneamente la independencia política con el aislamiento del mercado mundial. E) El desarrollo nacional dependerá de la superación de la dependencia, por lo que el conjunto de las aspiraciones nacionales deberá subordinarse a este objetivo. En ese contexto, el papel de las clases y sectores populares será el de resistir la penetración imperialista y defender sus tradiciones nacionales y populares, sin cuestionar los aspectos retardatarios de la explotación o de la opresión patriarcal burocrática o capitalista.

            La teoría dependentista construyó una visión exogenista, errónea y en muchos casos retrógrada, que llevó a extremos equivocados. Este dominio abrumador del dependentismo se derrumbaría de manera vertiginosa en la segunda mitad de los setenta, como resultado de la nueva dinámica mundial: pérdida de hegemonía de los EEUU en manos de Europa y Japón; pérdida de importancia de las EMN en AL; surgimiento de la OPEP; sobreabundancia del capital de préstamo e inicio del endeudamiento externo; crecimiento de la economía de AL de la mano del “milagro brasileño”; mientras las dictaduras de AL confrontaban con el imperialismo el gobierno de Carter se declaraba partidario de las democracias y de los derechos humanos.

            En los años 80´s y 90´s, el dependentismo clásico será reemplazado por un dependentismo residual que recupera los postulados básicos, aunque basado ahora en la crisis de la deuda. Este nuevo dependentismo, que se prolonga hasta nuestros días, ve en el endeudamiento externo la causa fundamental de la crisis del capitalismo latinoamericano, soslayando toda influencia interna en su base (antagonismos propios del desarrollo capitalista, luchas, resistencias etc.), promoviendo el no pago de la deuda como salida a la crisis  para volcar los recursos liberados al desarrollo interno. Los cambios operados en los capitalismos nacionales durante los 90´s fueron, a ojos del nuevo dependentismo, el resultado de la sumisión de los gobiernos y de las burguesías latinoamericanas a los dictados del proyecto neoliberal imperialista del Consenso de Washington. Este razonamiento supone superar la desindustrialización y el desempleo mediante un desarrollo en clave evolucionista, asentado en un fuerte determinismo tecnológico,  que conduciría a las sociedades latinoamericanas a formas de industrialización creciente, premisa para una mayor democratización y ampliación de la justicia social. Toda correlación que pueda ligar desarrollo industrial a desigualdad será remitida al carácter incompleto del estado nación, así como a la incidencia de factores exógenos, sean estos el imperialismo directamente, ya la estructura del mercado mundial DTIC, ya la deuda externa. En ese contexto el fortalecimiento del estado resulta imprescindible para alcanzar el desarrollo: no hay desarrollo posible sin el estado como elemento articulador y directriz afirman.

             La figura del desarrollismo surge de esta manera como concepto socioeconómico incuestionable promotor de la superación del atraso social, cultural, de la pobreza propio de las sociedades latinoamericanas. Este renacer desarrollista es encarnado por una intelligentia autotitulada progresista que intenta presenta al desarrollo como alternativa real de crecimiento e integración social, asociado a un revival desnaturalizado del compromiso keynesiano ensayado durante los 70’s y 80’s en diversos países latinoamericanos y a un  nacionalismo asentado en las soberanías estatales. Hoy resultan  evidentes las limitaciones de esta política: son tiempos en los que el trabajo asalariado industrial encuentra  dificultades para constituirse en la vía privilegiada de acceso a la ciudadanía política y social; donde el estado nacional tropieza con escollos  estructurales para cumplir las funciones de estado benefactor y donde las fronteras nacionales se ven perforadas por la globalización y la agudización de la crisis. Asistimos a una explosión geográfica y espacial de los espacios de valorización. Los procesos productivos  están dominados por la movilidad de los factores productivos y por fuerzas de producción que exigen libertad comunicacional. Somos testigos de la preeminencia de los procesos financieros ante las inversiones directas; de la movilidad de las corporaciones  multinacionales productoras de mercancías y servicios antes que su localización permanente. E igualmente de la superación de las soberanías nacionales en favor de la soberanía imperial.

            Simultáneamente  nos enfrentamos a espacios del progresismo académico y social que, siguiendo una línea argumental próxima, entienden la explotación de los recursos naturales,- la minería, la sojización, las depredaciones naturales en general, bajo el nombre común de modelo extractivista,-  como formas de dependencia imperialista modernas asociadas al revival de los commodities. Los tiempos modernos, para algunos de ellos, mostrarían el renacer de épocas pretéritas  de acumulación  originaria de las potencias imperiales, cuando las casas reales europeas saqueaban los recursos naturales de las colonias americanas. Hoy son las empresas transnacionales la cara visible de este despojo, enjuagando inmensas ganancias bajo la forma de rentas a partir de la explotación de los bienes naturales comunes. Lo que el geógrafo americano David Harvey ha llamado acumulación por desposesión. Cierto es que la naturaleza pre capitalista de los bienes comunes naturales nos reenvía a un concepto de propiedad colectiva común opuesta a la propiedad privada y asimilada a la propiedad pública. Que este proceso de desposesión ha mercantilizado  al extremo los bienes comunes como el agua, bosques, territorios, afectando la vida de pueblos y comunidades enteras que habitan esas geografías. Pero no menos cierto es que no puede asimilarse la desposesión a viejas formas de depredación imperialista sino mas bien a la moderna expropiación del común, en este caso común natural por un capital que muchas veces asume la forma financiera (recuérdese en este caso el papel jugado por los pools de siembra en Argentina con relación a la soja). Nuestros modernos dependentistas, Harvey incluido, levantan sus voces por la entrega de propiedad pública a propiedad privada ignorando las nuevas formas de explotación y producción.  El común se corresponde con un eco sistema en tanto comunidad de individuos y grupos sociales que no solo se inscriben en un modelo de participación y colaboración  sino que se enmarca en una relación con la naturaleza potenciada por la depredación sin límites. De cualquier manera la exportación de commodities no puede dejar de lado el capital humano incorporado en estas explotaciones: el know how, la asociación con nuevas tecnologías, automación y  cognitivizacion utilizada en la siembre directa, explotaciones mineras etc. Y paradójicamente son los llamados gobiernos progresistas de América Latina, como Ecuador, Argentina y Bolivia los principales interesados en esta acumulación por desposesión dada la contrapartida que significan. En el caso argentino la aplicación de impuestos a la exportación le han significado al gobierno cerca de 12000 millones de U$S este año.  

            Esta idea desarrollista y estatalista es compartida por el núcleo duro de los países latinoamericanos que impulsan el CELAC(Venezuela, Cuba, Nicaragua), así como por la dirigencia política de numerosos países como Argentina y Bolivia, aunque en este último caso atenuada y atravesada por el proceso constituyente en curso. El conjunto de países latinoamericanos adhiere a un abordaje de la economía mundial en términos de imperialismo, negando toda modificación y cambio alcanzado en el contexto de la globalización. Los gobiernos progresistas latinoamericanos se muestran tributarios de la CEPAL y del dependentismo en tiempos donde el estado nación se evidencia incapaz de poder hacer frente a la nueva modalidad de explotación cuando  los dispositivos de la explotación social han trascendido las fronteras nacionales globalizando la insubordinación. En este sentido bien podemos afirmar que el estado nación el moderno estado capitalista constituye la forma política específica de la explotación capitalista en el espacio geográfico nacional. Y el Imperio se constituye en la forma política adecuada de enfrentamiento político ante la insubordinación de la multitud

            En los tiempos que corren el diferencial de tasas de crecimiento entre los países latinoamericanos y los países de la UE y EEUU, debe ser analizado a la luz de la forma global que ha adoptado el capitalismo de nuestros días, teniendo en cuenta el rol estratégico asumido por las empresas transnacionales que, reterritorializadas en los países emergentes, han contribuido a su crecimiento y se han beneficiado directamente de estas altas tasas de crecimiento de los países emergentes, repatriando el plusvalor producido en dichos países, para invertirlo luego en los mercados financieros. Explotación, forma de la plusvalía, que adopta la forma de la expropiación del común en tiempos de multitudes.

             La mundialización del capital ha incorporado a los países emergentes en el Imperio, al interior de cuyas fronteras rige la misma lógica de explotación extendida globalmente -aunque conjugada de manera distinta-, y de apropiación de la riqueza por el gran capital nacional y transnacional. La relación Norte-Sur, Centro-periferia, desarrollo-subdesarrollo, tan cara a la teoría de la dependencia latinoamericana, carece hoy de validez teórica y práctica, en la medida que frente a un proceso de producción y acumulación absolutamente internacionalizado, ya no es posible reconocer un afuera, un exterior y un adentro, un interior; una periferia y un centro, como en épocas pasadas. En tiempos de Imperio todo afuera está hoy adentro, aunque ello no significa abandonar las contradicciones internas propias del capitalismo mundial. Las rivalidades y contradicciones entre Alemania, Francia e Inglaterra que se expresan en la crisis del euro en estos días, así lo demuestran.

En época de Imperio los bienes comunes están constituidos por la materia prima humana, fuerza de trabajo vivo subjetivada que produce la riqueza social asentada en la cooperación social, mientras que la trampa de la deuda se traslada a nuevas geografías protagonizada por nuevos actores como es el caso de las subprime. La cara oculta de la financiarización se revela en la silenciosa expropiación del común, de los nuevos bienes comunes, esto es el conjunto de saberes conocimiento, información, afectos y relaciones sociales puestas en juego ahora para la producción de mercancías. Si los comparamos con los limitados bienes naturales, los nuevos bienes cognitivos e inmateriales de los que se apropia el capital son ilimitados; por ello es que el capital, mediante las patentes, los copyright e incluso mediante la privatización de los mismos servicios públicos, provoca su escasez artificial al someterlos al régimen de la propiedad privada. En esa perspectiva podemos afirmar que la actual crisis capitalista incluye la redefinición del comando capitalista sobre los bienes comunes, provocando la desestructuración de la cooperación social, base de la producción de la riqueza, sin su consiguiente reestructuración, promoviendo la pobreza del común. En el capitalismo cognitivo la crisis generará exclusión de los bienes comunes y un acceso restringido a los mismos. Simultáneamente la deuda se transformará ahora en el comando sobre la propia vida, en austeridad, pobreza y precariedad. Aquí se expresa en toda su dimensión la restricción salarial de la misma manera como lo hicieron los enclosures en el siglo XVIII con la privatización de la tierra y la expropiación de los campesinos. El control de la crisis se ha instalado de manera definitiva en el terreno biopolítico. A tal punto que la crisis hoy se identifica y define sobre el terreno biopolítico.

            La lectura de  CELAC tributaria de la CEPAL y del dependentismo latinoamericano estatalista y soberanista restringirá la productividad política de la CELAC impidiéndole alcanzar toda su potencialidad política y social. Sólo los movimientos en su interactuación política con los gobiernos son capaces de presionar e impulsar una política de otro tipo que reconozca que la relación entre la moneda y la composición de clase ya no es más mediada por el salario sino por la propia movilidad del trabajo en cuanto terreno de producción de subjetividad y de valor. Un corolario del pensamiento cepalino y dependentista, considera que la falta de democracia y justicia social en los países del 3º Mundo se asienta en el bloqueo al estado nación. Por ello  seguramente la CELAC privilegiará el fortalecimiento de los estados nacionales en detrimento de todo estado supranacional único organismo capaz de recuperar la dinámica de productividad política.

César Altamira

Publicado en  http://uninomade.org/america-latina-potencia-autonomia-y-desarrollismo-anacronico/

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