martes, 13 de diciembre de 2011


Entre los indignados y la estabilización latinoamericana




Introducción:

                El 15 de febrero del 2003 cien millones de personas marcharon por las calles del mundo por la paz, exigiendo que la guerra contra Irak no devastara de manera permanente la fisonomía global. Movilización mundial, pensamiento ético que en su movimiento rechazaba la violencia de la globalización capitalista y de la guerra.  Al día siguiente George Bush declaró: ¨no necesito de los "focus group"" mientras comenzaban los bombardeos sobre Bagdad. Los resultados son conocidos. Luego de ello el movimiento global entró en un cono de sombras. Desde esa época, subterráneamente se tejió  un movimiento de perfil diferente, mucho más potente, que iba a eclosionar primero, en las calles de Túnez, prolongarse en El Cairo y aparecer de manera intempestiva en las plazas y ciudades de España, Atenas, Londres, Wisconsin, Nueva York... Levantamientos que no limitan su alcance a posiciones éticas o ideológicas, sino que están marcados por la precariedad, la explotación, el empobrecimiento  creciente, por la  rabia y la indignación. Hasta pocos meses atrás la quietud superficial parecía indicar que las sociedades veían a la miseria y la devastación producida por la política neoliberal como fenómenos naturales, inevitables, como lluvias del estío en estas geografías. Sin embargo, desde fines del año pasado incontable número de trabajadores, formales e informales, jóvenes, inmigrantes, jubilados, estudiantes, desempleados, trabajadores precarizados, nuevos y viejos, se manifiestan por doquier contra un capitalismo financiero que intenta hacer pagar a las sociedades su crisis.

                Estamos atravesados en estos dias por una proliferación global de afectos y creencias en un nuevo mundo. Vibramos con las multitudes de plaza Tarhir, Syntagma, Sol y Catalunya; nos alegra ver a jóvenes y no tan jóvenes desplazándose en las calles de Roma y Londres, Santiago y Lisboa cuyos ojos irradian júbilo ante  las imágenes de Plaza Liberty y Wisconsin; Oakland y Madison. Acontecimientos todos que tienen su raíz en largas luchas que alcanzaron masa crítica en sucesivas movilizaciones. Asentadas en el despojo ciudadano de una crisis que se transparenta en los jóvenes precarizados, en los endeudados tras hipotecas imposibles de levantar, en lo hackers y partidarios del software libre, en los anonymus y no les votes, "democracia ya", en los inmigrantes empobrecidos, en los estudiantes que resisten el endeudamiento para estudiar. La primavera árabe, el 15M, 15O, Wisconsin y Oakland son todos hechos, luchas biopolíticas que en su dinámica liberaron energías acumuladas durante largos años. Enlazadas con luchas sindicales, movimientos de resistencia cultural, luchas por los derechos de la mujer, oposición a las incumplidas políticas de Obama, al populismo de derecha del Tea Party. Cuando parece que el movimiento se ha aplacado revive intempestivamente con mas brío y fuerza que antes, abriéndose a más gente, nuevas dimensiones y texturas políticas, más socialidad en un círculo virtuoso. Ahí está Tarhir nuevamente sacudiendo los intentos de quienes ambicionan practicar el más descarado gatopardismo. Tras una práctica inteligente que controla los tiempos de lucha y economiza el enfrentamiento para potenciar su actividad. Indiscutible astucia de la resistencia para exodar llevando consigo las semillas de la subversión. Donde el proceso, lejos de disolver las contradicciones y antagonismos, siguiendo la lógica desmovilizadora de los partidos políticos, no sólo niega ese sueño abstracto sino que abre paso a cambios y mutaciones concretas y reales. No son pocos quienes manifiestan una casi enfermiza obsesión para codificar los levantamientos con la estética discursiva de la izquierda, revelando con ello toda su incapacidad para entender la mutación y la ruptura radical de lo que está en juego respecto de lo conocido.

                 El biopoder no consigue contener la fuerza vital de la multitud que avanza en tanto  poder constituyente. Las luchas transversales van conformando una nueva metrópoli , diferentes maneras de vivir y construir la ciudad, a pesar de que todos los saberes y técnicas del poder han investido las propias ciudades para someterlas y ordenarlas según los dictados del capital. Los intentos de desfavelización de Rio nos alertan sobre estas políticas. Aunque se trata de ir más allá de una definición de la metrópoli como espacio articulado exclusivamente por la dimensión económica y/o urbanística. Exceder las transformaciones que la recorren, ya no como nexos productivos y de innovación, sino también en su entrecruzamiento con la singularidad, o sea desde el proceso de subjetivación y de constitución del sí. Es decir de las pasiones puestas en juego. Dicho de otra manera, como localización espacial moderna y postmoderna del zoon politkon que tiene un discurso, logos, y no solo voz, foné, emergente de los placeres y dolores.

                En la era de la subsunción real el antagonismo carece de un sujeto identitario, ha devenido conjunto de subjetividades, de formas de vida, en la medida que su interior se encuentra atravesado por múltiples proceso de singularización.

                Pero, ¿de qué se tratan entonces estos procesos constituyentes, estas tomas de plazas y calles; proliferación de insurrecciones ciudadanas; nuevo ciclo de luchas que recorre el mundo globalizado? Es la revuelta del trabajo vivo frente al comando del capital, luchas de resistencia que nos informan que nunca como hasta ahora el comunismo estuvo tan cerca. Si entendemos al comunismo como la doble liberación del trabajo, en tanto potencia creadora frente al capital y de nuestra independencia ante el trabajo asalariado que nos presiona y domina ante la precarización que de hecho significa el desempleo. Luchas biopolíticas que sin explicitarlo demandan el reconocimiento de una productividad social no reconocida por el capital, por una renta social universal capaz de promover liberación de espacios y de tiempos para ser llenados con vida como condición de existencia. Conjuntos todos complejos que sintetizan lo que el italiano Negri ha denominado hacer multitud. Construir el común.

                No nos anima ninguna teleología en este tránsito de edificación de contrapoderes que se construyen alejados de toda forma partido, alineados con la crisis de representatividad, mientras descartan toda invocación a la lucha armada, tan cara a la generación de los 70´s. En su reemplazo, ante la crisis del clásico paradigma político, las multitudes inventan subversivamente nuevas formas de hacer política, actualizando los antagonismos existentes. Sin crear desde la nada. Porque el antagonismo de nuestros días ya no admite la reducción de lo múltiple a lo uno: la potencia del trabajo vivo busca denodadamente sustraerse al control de lo uno. La praxis social ha puesto en crisis al moderno Leviathan demoliendo a Hobbes y las categorías políticas de la modernidad. Asistimos a la construcción de nuevas formas democráticas, no representativas que desarrollándose en un plano de inmanencia, reconocen una multiplicidad de singularidades en su seno, alejadas de toda sobre determinación de lo uno. Que articulan realidades y procesos concretos trabajan de manera creativa en órdenes institucionales de nuevo tipo y en composiciones del común buscando satisfacer colectiva y democráticamente viejos y nuevas necesidades, viejos y nuevos derechos.

                La idea de la crisis nos remite a aquellos momentos donde las formas del ser concebidas como normales hasta ese momento se agrietan siendo reemplazadas por otras, en algunos casos, completamente diferentes. Atravesamos épocas difíciles y complejas, que deben servirnos, al menos, para sacudirnos las apatías y viejas fascinaciones que aún arrastramos, a pesar de las innegables mutaciones percibidas en el capitalismo. La crisis nos aguijonea inexorablemente, nos impele  a entrar en dimensiones diferentes. Estimulando a examinar nuestras vidas, mientras cuestiona la totalidad de nuestra relación con las estructuras económicas y laborales. Y, quizás lo más importante, dejando de lado certezas aparentes, nos empuja a un sustancial esfuerzo de crítica radical, donde la invención no puede estar ausente. En definitiva nos obliga a re-pensar la transformación social. 

                Lo que estamos viviendo es una crisis de nuevo tipo, que cuestiona básicamente la figura de un capitalismo global que, emergiendo en agosto de 1971, a través de la inconvertibilidad del dólar con el oro, inaugurando la etapa de los cambios flexibles, se propusiera autonomizar el sistema monetario y financiero de las luchas salariales del obrero.

Capitalismo cognitivo

                El capitalismo mundial entró desde hace ya algunas décadas en una etapa de transformaciones históricas. No se trata meramente de la globalización económica debida a la ampliación de los mercados, ni siquiera de cambios atribuibles a las fuerzas productivas, y menos aun a la sustitución  del mercado por el estado, lo que requeriría del replanteo del nuevo papel que éste debiera jugar. No son pocos quienes vieron en el consenso de Washington la promoción “neoliberal” de la globalización, entendiendo como consecuencia de ello el retiro del estado, la apertura  de los  mercados al proceso de globalización económica así como el avance del capital financiero en desmedro del productivo e industrial. El desempleo, la flexibilización y precarización laboral en esta lectura serian  parte del proceso de desindustrialización con el consiguiente aumento de la economía informal y la desocupación. Superar estos males exigiría así una vuelta atrás: menos mercado, renovada protección comercial, industrialización para superar la precariedad y la informalidad laboral y un estado capaz de jugar un rol activo y preponderante en la definición de políticas.

                Contrariamente a esta perspectiva sostenemos que estamos en presencia de un capitalismo de nuevo tipo en el que  las transformaciones estructurales acaecidas resultan de la desmaterialización de la producción así como de la desterritorialización de los procesos productivos. Asimismo  hemos entrado en  una nueva etapa de control biopolítico, en   el que el capital como mando trasciende largamente el viejo marco fabril resultando en un paisaje donde  éste ha penetrado los intersticios de la vida misma, desplegando de manera capilar nuevos y modernos dispositivos de control. El biopoder  avanza generando nuevos espacios. Los cambios alcanzados vuelven obsoletas concepciones que abordan la financiarización como un proceso de desviación improductiva y  parasitaria frente a otros espacios los verdaderamente productivos asentados en cuotas crecientes de plusvalor  y/o de ahorros colectivos. Entendemos  a la financiarización como  la forma de acumulación simétrica o acorde a la forma que asume hoy el capital frente al nuevo proceso de producción de valor[1]. Por otra parte, cuando se dice que el mundo de las finanzas, fase última de la abstracción capitalista del valor, ha devenido REAL, es decir que se trata de un mundo donde vive el trabajo, incorpora en ello la explotación. Hoy la producción no se realiza más solamente en el sistema productivo fabril, sino que el capital cognitivo, el capital ligado al conocimiento, el capital inmaterial que conforma el centro de la valorización opera en el terreno social. Pero en este caso, ¿donde está la explotación, base de existencia del capitalismo? La explotación se da en relación a un común. ¿Cuál es ese común? Es la cooperación social construida sobre la base del general intellect. Y el mercado financiero, en tanto extrae ganancias sobre la base de la adquisición de know how y paquetes tecnológicos, bases de la valorización accionaria, es decir sobre la base de la producción y circulación de los conocimientos que valorizan el proceso, se convierte entonces en el lado simétrico (capital) de la cooperación social (trabajo). ¿Qué es lo simétrico al mundo de las finanzas? Es una totalidad, un conjunto de elementos sociales que se ponen en contacto el uno con el otro. Se trata de un proceso de cooperación siempre renovado, una construcción lingüística del mundo, una construcción simbólica que está dentro de la producción, proceso de conjunto que conduce a que el valor (ahora asentado en el conocimiento) es aquello que se produce en la medida que se pone en contacto un trabajador con el otro, donde la comunicación que lo liga al otro juega un papel fundamental. Se determina de esta manera una suerte de materialidad (terreno) que es objeto de acumulación. Se trata del lenguaje, de la expresión, de formas bajo las cuales nos ponemos en contacto el uno con el otro en la medida que producimos. El capitalismo construyó el proceso de acumulación originaria expropiando la propiedad común de la tierra (tierras comunales) los llamados enclosures,  lanzando al mercado laboral a todos aquellos que de una forma u otra se encontraban ligados a la tierra, gestando de esa manera los primeros proletarios. Fue la dinámica que asumió la acumulación originaria del capital. En ese sentido, los enclosures remiten al común, en nuestros días a  la cooperación social, y su expropiación, en la era postmoderna, adopta la forma de los derechos de propiedad intelectual, base sobre la que se construye la propiedad del capital en nuestros días. La cooperación social determinada a nivel global se confunde con la tierra de los enclosures y los derechos de propiedad deben ser concebidos en ese contexto como movimientos de los enclosures. Proceso de expropiación y privatización similar al generado en los comienzos del capitalismo con la desaparición de las tierras comunales. Se trata de una cooperación que ya no puede ser determinada por la medida del trabajo (¿cuál medida ante la crisis de la ley del valor?) ni tiempo reglamentado por algún lenguaje estatal ya que nos encontramos en la fase de la globalización. El capital busca desesperadamente poder controlar ese COMUN. Y en este campo se deposita la crisis en tanto expresión también de la debilidad y escasa capacidad que proyecta para poder controlar y encorsetar al trabajo vivo.

                Pensar la globalidad o la globalización como turn over de la modernidad, implica reconocer la crisis del estado nación en un sentido muy diferente al de la globalización neoliberal. Un aspecto  determinante de  ella  es la crisis de  soberanía. En efecto, se  disocian   crecientemente las nociones de soberanía y territorio y ello se expresa  en la  dificultad del mando global para hacer frente a la dinámica de antagonismo desencadenada por nuevos sujetos productivos -para algunos, la multitud- que adquiere dimensiones  globales.  Es justamente este proceso de enfrentamiento a nivel global el que en última instancia  determina y vuelve porosa la demarcación territorial de la forma estado.  La crisis entre soberanía y gobernanza, inquiere por el  análisis de la forma estado. Es decir  ¿cuál es la modalidad que adopta la forma estado ante un mando global que es hoy, de carácter biopolítico?

                Esta creciente conflictividad global signada por el proceso migratorio y movimientista ha determinado la autonomía de lo económico tras una desregulación que busca imponerse a través de la financiarización mundial. El capitalismo cognitivo constituye la base material sobre la que se asienta la desregulación económica y su autonomía. Lex mercatoria cuya fuerza se vuelve efectiva cuando se impulsan reformas que aseguran la primacía del mercado sobre la constitución, sobre el poder constituyente.

                La política que desarrolla el capital frente a la crisis manifiesta el reconocimiento de la subsunción de la sociedad en el capital, como  la transformación de las contradicciones - resistencias y rechazos- que ella genera. En estas circunstancias, el estado fordista keynesiano, como estado de la última etapa de la modernidad, lejos de consolidarse, se ve sometido a una dinámica contradictoria y destructiva.

                Cuando se afirma que la guerra ya no es la prosecución de la política por otros medios, según la definición de Clausewitz, sino que constituye la propia base la política, se está afirmando que la política se ha transformado en una acción policíaca y violenta,  que la guerra ha devenido una actividad interna de la política, organizándola y fundándola. Y esto se ha producido porque la política ha devenido biopoder, control del conjunto de la actividad humana y apropiación feroz ex closure.

                Se trata ahora del control político del conjunto de la vida, del desarrollo del biopoder; la guerra  no se reduce a producir exterminio,  aniquilación del otro. Se ha transformado en productora de orden,  un orden integrado global, sin exterior. Es una guerra de policía. El proceso vuelve inmanente el discurso sobre la gobernanza en la medida en que las fronteras se vuelven  permeables a los flujos sociales. En ese marco, la soberanía solo puede entenderse como jerarquía vertical que impone poder, que disloca la configuración de la forma estado. La gobernanza global expresa la reconfiguración de la forma estado y la transferencia de la soberanía nacional -radicada anteriormente en los límites del estado nación- hacia un no lugar.

                La crisis actual es una crisis sistémica del capitalismo cuya resolución implica una transformación social capaz de redefinir de manera radical tanto las reglas de distribución como las normas y  finalidad social de la producción. Expresa la contradicción estructural entre la lógica de un capitalismo cognitivo y financiarizado por un lado, y las condiciones sociales e institucionales subyacentes en la base del crecimiento de una economía fundada en conocimiento e indispensable para la propia preservación del equilibrio ecológico del planeta, por el otro.

Es posible afirmar que asistimos a una creciente devenir renta del beneficio (devenir renta de la ganancia), es decir a aumentos de los beneficios-ganancias  producidos por la financiarización, de la misma forma que hemos asistido a un aumento de los ingresos no salariales de las familias por medio del endeudamiento privado, si lo pensamos ya través de las tarjetas de crédito, ya a través de las deudas hipotecarias. Es posible observar desde comienzos de los 80’s una ampliación de la brecha entre  beneficio y acumulación, si entendemos por acumulación la reinversión de las utilidades en el proceso productivo, sea en maquinaria, sea en puestos de trabajo. En efecto, mientras la acumulación de capital se detiene, permaneciendo en una zona de crecimiento plano, los beneficios aumentan de manera constante. Esta brecha se entiende mejor si aceptamos que:  a- el crecimiento de los beneficios se explica por el estancamiento de los salarios debido a la política de flexibilización y del out sourcing (externalización de la producción y deslocalización industrial) hacia los países emergentes de bajos salarios; b) el surgimiento de una nueva estrategia del capital,- ante la crisis del fordismo y como respuesta a la resistencia obrera-, de un nuevo modelo productivo donde la producción de valor trasciende los muros de la fábrica invadiendo la esfera del mercado y de la reproducción, poniendo literalmente la vida misma a trabajar. En otras palabras estamos frente a un aumento de los beneficios sin acumulación. (crisis y salida de la crisis)

Este fenómeno nos coloca frente a una novedosa situación: son los mecanismos del proceso de acumulación los que han sufrido sustanciales modificaciones, se han desmaterializado, permitiendo al capital succionar plusvalor sin invertir masivamente en la clásica maquinaria, aunque invirtiendo ahora en mecanismos de captación del valor (trabajo gratuito) y plusvalor en la esfera de la circulación y reproducción de la fuerza de trabajo.  Hay quienes hoy hablan del crowdsourcing es decir de la puesta a trabajar de la multitud siendo el modelo que más puede asociarse a esta producción  el de google de Windows,  en la medida que este portal de internet induce a trabajar a los propios consumidores.  Son los mismos consumidores quienes, a partir de la experimentación de los nuevos programas lanzados bajo prueba, generan las correspondientes mejoras que serán luego incorporadas por Windows en su venta comercial.  En este capitalismo de nuevo tipo, en este biocapitalismo naciente, en esta producción de valor por medio de plusvalor (trabajo gratuito) reside la contradicción del nuevo capitalismo financiero. Decimos financiero porque tiene necesidad de generar una renta para poder vender y realizar todo el plusvalor producido. Y es un capitalismo de la renta financiera porque, como en los albores del capitalismo agrario, extrae riqueza por fuera del proceso directamente productivo. Bien podemos afirmar que si en el capitalismo de la época de los fisiócratas la renta era la forma monetaria de la explotación capitalista de la tierra, hoy la renta es la forma monetaria de la explotación del bios, de la vida en su totalidad.

Una interpretación harto difundida sobre la crisis, sea por los economistas keynesianos, sea por los marxistas clásicos reside en que el capitalismo de corte neoliberal habría impreso a la marcha de la economía una creciente financiarización ahondando la separación entre economía financiera y economía real. Bajo el supuesto que la primera, calificada como perversa, habría terminado por devorar a la segunda, asumida como tendencialmente buena.  A esta interpretación oponemos la idea que en el capitalismo financiero de mercado las finanzas y la economía real no admiten más distinciones. En el biocapitalismo las finanzas son consustanciales a la economía real por lo que para comprender la lógica del capitalismo de nuestros días debemos superar esta concepción dicotómica entre economía real y economía financiera.  Basta recordar para ello que fueron las propias empresas de la así llamada economía real las que realizaron las inversiones a comienzos de los 80’s abriendo las puertas a la financiarización buscando en la bolsa el aumento de los beneficios.  No es posible apelar a la distinción entre beneficio industrial y beneficio financiero para dar cuenta de la dinámica de la economía de los últimos treinta años. La crítica a una teoría de la crisis asentada en la separación entre economía real y economía financiera no tiene nada de apologética; no se trata de acomodarse al nuevo capitalismo de la renta, sino en todo caso de explicitar, hacer visible las nuevas contradicciones que acosan al capitalismo del modernismo tardío, particularmente aquella contradicción entre  proceso de explotación y bios, la vida; contradicción explosiva donde a la explotación de la vida en todas sus formas de manifestación se oponen todas las formas de cooperación social, de afectividad y de sentimiento que resisten a la explotación.  Al interior de este nuevo tipo de capitalismo financiero las luchas de resistencia adquieren una nueva modalidad; son luchas por la reapropiación del tiempo de la existencia humana, muchas de estas luchas  marcadas por el éxodo con relación al comando del capital. Es en ese sentido es que la reivindicación de un ingreso de ciudadanía no condicionado a ninguna contraprestación adquiere particular importancia política. Ingreso que significa desde el punto de vista del capital el reconocimiento que la vida misma es la que pone ahora a trabajar el capital. 

La pregunta que nos hacemos es si es suficiente la inyección de trillones de dólares por parte de los Bancos Centrales  para la superación de la crisis. En esta fase de la crisis hay definitivamente un problema en relación a la reactivación de la demanda que permita a las empresas aumentar su producción. Es cierto que las tasas de interés son bajas pero los bancos tampoco quieren correr el riesgo de prestar a las empresas aún enfermas; por lo que prefieren invertir en los mercados bursátiles toda la liquidez que los bancos centrales han hecho afluir hacia el sistema bancario. Las compañías intentan limpiar sus fondos mediante el acceso a  mercados de bonos donde compiten con los estados fuertemente endeudados urgidos por recurrir al mercado accionario para cubrir sus déficits. Mientras tanto las empresas recortan sus gastos disminuyendo sus costes laborales, sus inversiones en R & I y el propio trabajo cognitivo subcontratándolo en los países emergentes. Se necesitarán años, los analistas hablan de siete a ocho años, para retomar el potencial de crecimiento pre crisis. Mientras tanto asistiremos a una sucesión de burbujas especulativas, desde las referidas a las materias primas hasta las de las hipotecas comerciales, incluida las burbujas de la deuda. De hecho los estados a fin de evitar la explosión de estas burbujas están adquiriendo títulos tóxicos, fenómeno que a su vez se convierte en potencial fuente de crisis de la deuda pública.

¿Nuevo New Deal?                     

                No fueron pocos los observadores que apostaron al revival de un nuevo New Deal ante el derrumbe de un modelo de crecimiento basado en la ampliación del mercado financiero y las políticas neoliberales. En el camino de este razonamiento, el capital estaría obligado, en su propio interés, a fomentar y alcanzar un nuevo compromiso capital-trabajo capaz de conciliar los intereses de un capitalismo cognitivo y una economía del conocimiento y que resolviera los desequilibrios inherentes a la distribución del ingreso, la insuficiencia de la demanda y la inestabilidad de las finanzas. Sin embargo, el escepticismo que nos invadiera con relación a este pronóstico se confirmó con la evolución de la crisis. La esperanza de las políticas keynesianas se detuvieron en el umbral cuando una serie de medidas de emergencia promovieron la socialización de las pérdidas del capital evitando una espiral deflacionista similar a la de 1929.

                 No hay nuevo New Deal, en la medida que el regreso de la política intervencionista del estado promueve  las políticas neoliberales del desmantelamiento de los sistemas de bienestar social, privatización de los servicios públicos y precarización de la fuerza de trabajo. La transformación de la deuda privada en deuda pública como manera de evitar el colapso del sistema de crédito e intento de reactivación de la economía, dinamizará una nueva y violenta ola de especulativa de los mercados financieros y las justificaciones para imponer políticas de austeridad y drásticos recortes en el gasto público. Extorsionando con el colapso del sistema de crédito, luego de haber obtenido formidables concesiones incondicionales de los gobiernos, el capital financiero retoma como rehén nuevamente a la sociedad bajo las amenazas de un nuevo diluvio universal, apoyado en la impunidad otorgada por los gobiernos, provocando una nueva aceleración del proceso de expropiación del común y ampliación del mercado parasitario. Lectura profundamente miope que conducirá en el corto plazo a potenciar la crisis, en la medida que desestructura las condiciones socio-económicas básicas que aseguran el desarrollo de una economía fundada en el conocimiento.

                Porque no se trata solamente del desmantelamiento del estado de bienestar en los países centrales. Recuérdese que en las actuales condiciones el welfare se expresa en una relación diferente con el sistema productivo respecto a como lo era en el capitalismo industrial. Nos referimos con ello a aquellas inversiones sociales relativas a servicios sociales y en la producción colectiva del hombre por el hombre, salud, educación, formación permanente, investigación pública que aseguran al mismo tiempo satisfacer las necesidades esenciales de un economía fundada en el conocimiento y en un modelo de desarrollo ecológicamente sustentable. Nos encontramos ante una etapa de la crisis caracterizada por aumento del desempleo ante una sucesión de las políticas de austeridad que replantean conflictos sociales cada vez más agudos y condiciones de una profunda inestabilidad política. Grecia, España e Italia nos lo confirman.

En el debate socio económico actual, dos son las concepciones del welfare que atraen la atención de los estudiosos y de los políticos: por un lado el workfare y, como alternativa, el welfare estatal de derivación keynesiana.

                El workfare -utilizado por numerosos gobiernos latinoamericanos, -en especial el gobierno kirchnerista a través de los diferentes Planes Trabajar, de Familia, etc- es una forma acotada del welfare (bienestar), no universal, direccionada sólo a quien está en condiciones de entregar una contraprestación (poder pagarlo con trabajo); se incorpora generalmente como instrumento de asistencia temporal a la espera del reintegro pleno al mercado de trabajo. Estructurado alrededor de la idea de proporcionar asistencia ante condiciones en las que no es posible, otorga el acceso a derechos que sólo la prestación laboral está en condiciones de proporcionar. La idea de workfare  es complementaria a la de la privatización de gran parte de los servicios sociales, en otro momento propios del estado de bienestar, como la salud,  la educación y la seguridad social; se trata de un proyecto que encuentra su fundamento en el principio de subsidiariedad, que establece que el estado-gobierno interviene sólo cuando no se alcanzan a cumplir de manera satisfactoria los objetivos gubernamentales propuestos a nivel regional, local o nacional. En la práctica este principio se extiende sólo cuando el sector privado no interviene o no alcanza a proveer condiciones de empleo. En Argentina, particularmente el conurbano bonaerense es el ejemplo de ello. El workfare , como dijimos, tiene como objetivo inmediato y parcial sólo aquellos que se encuentran fuera del mercado laboral, desempleados y jubilados con mínimos sociales y distingue entre políticas sociales y políticas laborales. La idea que sustenta al workfare sigue siendo de inspiración puramente fordista a la que se le agrega un marco liberal, el modelo anglosajón: incentivos y mínimo social.

                El welfare público o keynesiano es exactamente lo contrario. En este caso el Estado se hace cargo, bajo un molde universalista, garantizando a todos los ciudadanos (con exclusión algunas veces de los inmigrantes) de los servicios sociales básicos como la salud, la educación, y la seguridad social durante la vida de los ciudadanos, desde la cuna hasta la tumba, según la famosa definición de Beveridge en la postguerra. Por lo tanto no hay lugar para la intervención privada.

                La crisis actual es la crisis del control biopolítico, es la crisis de la governance y señala la inestabilidad estructural sistémica. La actual crisis financiera demuestra que no es posible una governance institucional del proceso de acumulación y distribución fundado en las finanzas. Los intentos de governance ex post que se han puesto en juego en los últimos meses no van a incidir de manera sustantiva sobre la crisis. Y no lo pueden hacer si se considera que la Banca de Reglamentación Internacional estima que el monto de los derivados existentes es del orden de los 556 trillones de dólares, cerca del 11% del PBI mundial. En el curso del último año estos valores se han reducido en un 40 % destruyendo liquidez por un valor de 200 trillones de U$S. Los asientos tóxicos circulan según una modalidad viral y es imposible saber donde se anidan.

                La crisis de la governance no es una crisis técnica sino política. Ya hemos visto como para que el mercado financiero pueda soportar fases de expansión y crecimiento real es la propia base financiera la que debe crecer constantemente. Dicho de otra manera, es necesario que la cuota de riqueza canalizada hacia los mercados financieros crezca constantemente. Esto significa un aumento continuo de la relación deuda y crédito ya por el aumento del número de personas endeudadas (extensión del mercado financiero) ya por la construcción de nuevos instrumentos financieros  que se nutren del comercio financiero ya existente. (intensidad del mercado financiero). Los derivados son un clásico ejemplo de esta segunda alternativa.  Cualquiera sea el camino la expansión del mercado financiero se realiza ya con aumento del endeudamiento ya a través del aumento de la actividad especulativa y del riesgo correspondiente. Se trata de una dinámica intrínseca al propio mercado financiero. Hablar de exceso de especulación, no tiene sentido alguno. Y el resultado final es insostenible cuando el endeudamiento es creciente e incorpora a la población con tendencia a insolventarse.  La crisis que se expresó en la insolvencia de los préstamos inmobiliarios hace a la contradicción básica del capitalismo cognitivo: la irreconciliable desigual distribución del rédito ante la necesidad de ampliar la base financiera y continuar el proceso de acumulación.

                Biopolítica y luchas en Latinoamérica

Desde la década de los 90´s las luchas latinoamericanas han sido protagonizadas por nuevos actores sociales. Múltiples figuras, diversas entre sí, indígenas, campesinos, precarios e informales urbanos y de las periferias de las grandes ciudades, inmigrantes precarios y  pobres,  trabajadores informales tercerizados, estudiantes endeudados y con trabajos precarios, pequeños comerciantes etc. que han reemplazado a los obreros industriales, y simultáneamente adoptado modalidades y comportamientos diferentes a los desempeñados por el viejo movimiento obrero. Simultaneo a la modificación de los espacios de lucha (de la fábrica a la ciudad o metrópoli), los movimientos han construido nuevos registros políticos estableciendo economías para producir parte de los valores de uso que necesitan. Incluimos en esta perspectiva además de las fábricas recuperadas y los talleres productivos de alimentos, la producción de servicios vinculados a la salud, la educación, la cultura, el ocio, y una infinidad de iniciativas colectivas. Espacios de producción y reproducción de la vida cotidiana que han ganado centralidad como nunca antes; en algunos casos a la sombra de la defensa del medio ambiente y/o provisión y gestión de elementos vitales para la existencia misma, como el agua. Se trata de iniciativas que, surgidas al calor de los últimos ciclos de lucha, persisten tozudamente arraigadas en territorios de pobreza, en espacios que resisten el despojo. Pero, ¿qué tipo de construcción social es ésta? ¿Son  anticipaciones alternativas y resistentes al capitalismo de nuevo tipo, intentos de construcción de un común por parte de las comunidades indígenas, de las vecindades, de las poblaciones asentadas en los barrios y periferias de las grandes ciudades? Estamos frente al uso de códigos y jergas a veces incomprensibles, intraducibles, propias de una cotidianeidad precaria y acostumbrados a la represión y a la muerte. Han sido y son luchas biopolíticas de resistencia a la precariedad ontológica, existencial que atraviesa la vida de todos ellos. Pero entonces, ¿no son todos éstos, intentos de construcción de un común en los márgenes de la precariedad que proyecta nuevas sugestiones y nuevos conceptos? 

La construcción de este espacio de autonomía movimientista es una potencialidad real. Si bien las experiencias y despliegues propios de cada movimiento no pueden generalizarse, sí es posible hablar de efectos acumulativos de fuerzas y experiencias de transmisión de uno a otro movimiento, como si formaran parte de una red de movimientos sociales. Por lo demás, no son pocas las veces que los partidos políticos pretenden asumir la representación de los movimientos, buscando usar esta representación en función de sus propios objetivos. De ahí que, en su dinámica confrontativa, los movimientos están expuestos siempre a una expropiación de sus voluntades, que en algunos casos puede adoptar la forma de su estatalización, y en otros su integración a procesos de mediaciones, de diálogo y de negociación con el estado. Cuando ello ocurre, pierden su libertad cayendo en una subordinación que tiende a homogeneizarlos y a generalizar sus prácticas. Queda claro que la huella singular de los movimientos, su ámbito de experiencia colectiva no admite ser reducida a la representación. Ya que el acontecer de los propios movimientos sociales, la excedencia de su estallido y desplazamiento, la modalidad subversiva que adoptan se encuentra en permanente contradicción con las formas de dominación y de representación. Debemos rescatar su virtualidad inmanente, la manifestación de los imaginarios colectivos, la circulación de los saberes. Por lo demás los movimientos sociales son manifestaciones concretas de fuerzas sociales desencadenadas; construcciones moleculares del poder constituyente de la multitud que privilegia la auto referencia que los liga a la fuerza y al poder de la propia multitud.

Sin duda que no resulta fácil dar cuenta de un común sustentado en las diferencias. Aún escuchamos voces convocándonos a defender aquella ética del trabajo, ahora en retirada y fragmentada, melancólica y reaccionaria que se sintetiza en: vivir para trabajar, mientras se propone alcanzar un trabajo cuya modalidad ya no existe. Estamos en presencia de un trabajo múltiple que se expresa en variados espacios: desde el desarrollado por los obreros industriales automotrices que defienden sus salarios contra las rentas capitalistas; el de los campesinos pobres e indígenas que pelean por sus tierras ante el avance de la frontera agrícola impulsada por la sojización y los agronegocios; aquel trabajo de quienes demandan tierra para sus viviendas resistiendo en las ciudades en condiciones precarias; en fin el trabajo precarizado asociado a los múltiples servicios que se ofrecen por doquier. Luchas todas, bioluchas que se desarrollan en el terreno de la bioproducción combinando cultura y naturaleza, tiempo de vida y tiempo de trabajo. Debemos mencionar las primeras luchas latinoamericanas, luchas por la defensa y construcción de un común que fuera más allá de la dicotomía público-privado. Nos referimos a las luchas por el agua de Bolivia en ocasión del conflicto desatado en la ciudad de El Alto contra la privatización del agua en octubre del 2003 y que terminara con la recisión del contrato de la empresa Aguas del Illimani. Luchas locales antes que nacionales y que fueron conducidas por los vecinos de la zona. El perfil más elaborado de las juntas de vecinos se logró en la guerra del agua y en la guerra del gas, cuando los vecinos y los barrios de Cochabamba y el Alto se vieron involucrados en las luchas sociales. Los procesos privatizadores de la globalización habían empujado a contingentes urbanos a la pauperización, forzados a la proletarización generalizada, afectando directamente sus intereses al afligir sus condiciones de reproducción social.

No cabe dudas que desde la sublevación zapatista de 1994 comenzaron a respirarse nuevos  tiempos políticos  en AL sin que por ello deba entenderse un continuo lineal entre aquel acontecimiento  y la multiplicidad de nuevas experiencias políticas a nivel de gobierno que le sucedieron en Brasil, Bolivia, Argentina, Ecuador, Paraguay, Venezuela, incluso Chile con el gobierno de la Concertación, aunque con mayores limitaciones. Experiencias  heterogéneas, cada una con contradicciones y límites propios, con diversas concepciones de política económicas y con formas particulares de entender la relación  entre gobierno y movimientos sociales que testimoniaban el final del Consenso de Washington.

Dinámica de confrontación gestadas al compás de procesos insurreccionales: México 1994, Venezuela 1989, Argentina 2001, Bolivia 2003 y 2004 heterogéneos en su composición política y técnica. Poco tienen que ver el contenido y perfil político de la lucha de los zapatistas, indígenas bolivianos o ecuatorianos con la de los Movimientos de DDHH que en el Cono Sur fueron vanguardia en el proceso de democratización  denunciando  la continuidad de las políticas dictatoriales y  neoliberales; la movilización de los obreros del ABC paulista con la de los piqueteros argentinos; las respuestas políticas de las barriadas caraqueñas con la de las favelas cariocas. La heterogeneidad de estas luchas y movimientos da cuenta de la riqueza de comportamiento y de  práctica de insubordinación social que crece en los 80’s y 90’s en AL para extenderse aunque con menor intensidad en el primer decenio del nuevo siglo. La crisis de las  políticas neoliberales debe buscarse en la confrontación con estos movimientos, que  abrieron  su potencialidad de innovación ante las expectativas que las nuevas experiencias de gobierno proyectaban para construir nuevas formas de relación con los movimientos y de recalificación de la democracia.

En numerosos casos se trató de sectores sociales con amplia base rural; comunidades locales con organización flexible y con estructuras internas laxas; basados principalmente en la autoridad moral de sus dirigentes tradicionales y sus voceros, así como en la producción de consensos colectivos sobre objetivos específicos. En algún momento de la movilización, los contin­gentes en lucha presentaron propuestas legislativas sobre importan­tes temas específicos de la problemática de cada país (ley indígena, ley de agua, ley de hidrocarburos, reglamentos conexos con estas úl­timas). El  rasgo común fue la defensa de los recursos naturales entendidos como patrimonio colectivo, tanto de la nación como de las comunidades, y el derecho primigenio de ambos a decidir sobre su patrimonio en los respectivos ámbitos; es decir, la voluntad de combinar la soberanía nacional y la autonomía comunal o local como lugares complementa­rios e inseparables del derecho y el poder de decisión.

La impronta del componente campesino e indígena ha tenido una particular influencia  en este proceso. La significación política de la insurgencia campesina e indígena se advierte por la repercusión sobre las estructuras de poder  así como en los dispositivos y agenciamientos políticos del estado. Las consecuencias políticas más importantes del  proceso resultan en  los gobiernos de Evo y Correa como  producto  directo del enfrentamiento. Pero, repetimos, debemos saber leer el peligro que significa que la insubordinación, luego de haber puesto en jaque al mismo sistema de dominación, de haber llevado a estado de suspensión el ejercicio del dominio general del estado e instituciones gobernantes, se detiene o se interrumpe una vez alcanzado alguno de los principales objetivos que detonaron la acción colectiva. Mientras, los conglomerados que fueron capaces de generar la situación de crisis tienden a volver a su normalidad. En el caso ecuatoriano si bien se ha avanzado en la instalación de una Asamblea Constituyente, es prematuro diagnosticar sobre su futura evolución.

La Asamblea Constituyente boliviana merece una mención aparte. En el  imaginario de los pueblos indígenas y originarios se concibió como el  instrumento por excelencia para el inicio de un proceso radical de descolonización. Sin embargo, en tanto Asamblea constituyente como tal, si bien debió conformarse como instrumento del poder constituyente originario es decir de la movilización, acción y práctica transformadora de las redes comunitarias y organizativas que atravesaron el proceso boliviano, su limitada convocatoria (al dejar de lado las autonomías y el poder constituido) provocó su debilitamiento antes de su nacimiento. Bolivia, al igual que otras naciones latinoamericanas es portadora de una democracia inmadura, relativamente joven, cuyo  principal obstáculo reside   en la posibilidad cierta de que el poder constituyente –asentado en los movimientos indigenistas- sea forzado a detenerse y a ser excluido de la propia constitución, bloqueando así su potencia de transformación, una vez alcanzada ella. Se trataría, en este caso, una vez más, de  aquellos intentos históricos de suspensión impuestos desde afuera, que terminan congelando el proceso de transformación social tras el surgimiento de un tipo de estado que deja al poder constituyente debilitado, exhausto.   

Cuando podía llegar a su fin el ciclo del poder constituido, cuando podía instalarse una nueva forma de diseño de estado, y de sociedad, el antiguo estado, supuestamente destruido, pugna por instalar un nuevo diagrama de control desviando la potencia social hacia el reforzamiento de las instituciones anacrónicas. A pesar de ello puede decirse que  el nuevo mapa institucional es una combinación de formas liberales, indígenas y populares, en el sentido del Estado de bienestar. Lo que no deja de ser un avance. Algunos lo llaman estado plurinacional. La gran novedad es que la constitución no puede ser vista como un elemento de la regulación social sino en todo caso como  producto del antagonismo social. Bolivia está ante el peligro de la sustracción de la potencialidad del poder constituyente y su congelamiento en letra fría de la constitución. Y es que la importancia de la revolución boliviana en curso reside en haber sabido reinventar el común bajo la forma de la gestión política democrática de los bienes comunes, nos referimos al agua y al gas (energía). Al extender y reconocer los derechos económicos, políticos y sociales  del conjunto de los habitantes la transformación boliviana se ha dado en el marco del reconocimiento del crisol de razas y culturas que conforman la nación andina. Nunca como hasta ahora en Bolivia –y potencialmente en Ecuador- la temática del poder constituyente, del proceso constituyente y del rol que en ese proceso juega la relación entre los movimientos y el poder estatal, ha devenido central. Es la relación intrínseca, interior, entre el poder constituyente y los movimientos sociales, múltiples y populares la que modula y modela la lucha por las transformaciones sociales en los países andinos. Este es el elemento novedoso, sustantivo, primordial que debe rescatarse. Lo relevante de este devenir es el cuestionamiento a la idea moderna del fin del poder constituyente cuando se pone en marcha la propia constitución. Este es el meollo de la reacción en Bolivia. Todo lo demás es negociable. Bolivia resulta ser el paradigma de la experiencia constituyente. Expresión, no solo en AL sino globalmente, de la indetenible crisis  de la modernidad y de sus teorizaciones, provocada, en la contingencia actual, por la crisis del capitalismo global.

 Cierto es que  la lucha continúa, aunque debemos reconocer que los niveles de virulencia han disminuido y el ángulo de confrontación se ha  modificado y todo parece indicar que hemos entrado en una etapa de estabilización política en la dinámica de relación gobierno-movimientos. El devenir latinoamericano da señales  poco alentadoras: un proceso boliviano jaqueado, de contradictorio desarrollo en los últimos tiempos; uno brasileño sin mayores avances y con ostensibles dificultades de Roussef para profundizar su relación con los movimientos; un Correa cuestionado por importantes sectores del campesinado ecuatoriano; uno venezolano, que luego de la innovación de sus planes sociales ha dado muestras de una creciente burocratización, a lo que se suma la enfermedad del propio Chávez proyectando numerosas dudas sobre su devenir. Sólo Chile luego del cambio de gobierno entrega un horizonte de luchas dinamizado por la resistencia de los estudiantes universitarios y secundarios quebrando la fisonomía estabilizante.

A ello se suma el renacer de un desarrollismo que, de la mano de una intelligentia autotitulada progresista, intenta presentarse como alternativa real de crecimiento e integración social, revival desnaturalizado del compromiso keynesiano ensayado durante los 70’s y 80’s en diversos países latinoamericanos. Hoy resultan  evidentes las limitaciones de esta política: son tiempos en los que el trabajo asalariado industrial encuentra  dificultades para constituirse en la vía privilegiada de acceso a la ciudadanía política y social; donde el estado nacional tropieza con escollos  estructurales para cumplir las funciones de estado benefactor y sometido a la  desestructuración por las políticas neoliberales donde las fronteras nacionales se ven perforadas por la globalización y la agudización de la crisis.    

Nuestro  problema es dimensionar la potencialidad excedente de los movimientos de estos días, cuando todo parece indicar que el ciclo latinoamericano ha terminado. Inscripto en esas potencialidades, ¿cuál es el resto  de estos conglomerados humanos para la acción colectiva, para darse forma,  articular y organizarse, así como para  proyectarse políticamente midiendo  límites y alcances estratégicos? Y esta tarea la debemos llevar a cabo en medio de una resaca heredada de términos que han sido vaciados de sentido, que han perdido los significados antes atribuidos y que siguen siendo arma teórica favorita de una izquierda anecrosada: revolución, socialismo, izquierda, etc.

Dos fueron los proyectos integradores pensados para impulsar  el MERCOSUR: el banco del Sur y el Gasoducto del Sur. Ambos han entrado en un cono de sombra. La paralización del proyecto del  Banco del Sur responde más a la rivalidad y competencia no resuelta entre Venezuela, Brasil y Argentina que a la existencia de obstáculos reales. Más allá de los escollos que significa la continuidad  del BANDES brasileño y del que Itamaraty no está dispuesto a desprenderse. Con relación al Gasoducto del sur, éste parece haber entrado en desgracia frente a las  inconsistencias técnicas asociadas a su construcción. Por su parte Brasil sigue liderando políticamente el Mercosur mediante una  geopolítica articulada alrededor del impulso del bloque Sur-Sur, las alianzas con la China, India y Sudáfrica y los acuerdos comerciales con el grupo de los 20 (OMC). Con relación al Banco del Sur la predisposición mayor de los gobiernos coincidió con la ruptura de K con el FMI y el entierro del ALCA luego de la cumbre de Mar del Plata. Luego de ello el proceso de mayor independencia y la apuesta a una interdependencia se habrían debilitado, o al menos entrado en un impasse. Ecuador impulsa el CAN (Comunidad Andina de Naciones) junto con Perú, Colombia y Bolivia. 

La vieja izquierda  latinoamericana sigue viendo al Mercosur como una propuesta expansionista de las multilatinas: las multinacionales latinoamericanas, como un espacio de disciplinamiento de Venezuela por Brasil y Argentina (acuerdo con Israel luego del apoyo de Venezuela a los Palestinos),  partidaria finalmente del ALBA como alternativa por su propuesta de nacionalización de los recursos naturales y estatización de las empresas privadas estratégicas. En ese cuadro no acierta a salir de los marcos del análisis de la dependencia en un mundo globalizado.

 ¿No deberíamos pensar en el impulso de un proceso de instalación del tema energético y alimenticio como elemento potenciador y disparador nuevamente del proceso de integración latinoamericana (gas boliviano, petróleo venezolano, ecuatoriano y ahora brasileño conjuntamente con materias primas alimenticias argentinas) ante el localismo de los movimientos y la atonía de los gobiernos? 



César Altamira                                                     10 de diciembre de 2011





[1] Christian Marazzi, La violenza del capitalismo finanziario. En Andrea Fumagalli y Sandro Mezzadra (eds) Crisi dell’economia globale, Verona, Ombre Corto, 2009.

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