sábado, 7 de abril de 2012


Los lugares de la lucha de clases: para hacer co-investigación.

Por COLECTIVO UNINOMADE de ITALIA

1) Es aquí y ahora, en la crisis, que se reabre el campo de la investigación militante sobre el capitalismo y la subjetividad del conflicto. En el capitalismo cognitivo, financiero y  globalizado, el conflicto se produce en el heterogéneo terreno de la expropiación del común. Se produce, antes bien sobre el territorio, que en las empresas. Sin embargo, los límites establecidos por las luchas durante 2011 (en términos de fuerza vulnerante) también colocaron en la agenda un excedente de conocimiento "situado", respecto a los modos en que ocurre la producción y captura de la riqueza social, y como se transforman en la crisis. De esta manera, se exponen posibles puntos de ruptura a los dispositivos de expropiación. En otras palabras, se trata de analizar como "trabaja el capital", y cómo se trabaja contra él, a partir de los reservorios (las empresas) donde se condensa y es extraído el valor.
Para la izquierda partidaria y el sindicato, el discurso sobre la empresa queda encerrado, por un lado, en la crítica a los excesos de las finanzas con relación a la economía real. Y, por otro lado, a los pactos neocorporativos de los años 1970 y los acuerdos empresariales de los años 1990. Especularmente, del lado del trabajo, el discurso oscila entre la defensa acrítica de la ocupación productiva (como el empleo), y la necesidad de una mejor reglamentación en lo referente a la flexibilización laboral,  para mitigar el impacto de los despidos y del desempleo (siendo que no tenemos la menor intención de despreciar la resistencia que oponen los trabajadores formales) Sin embargo, es innegable que el doble chantaje al trabajador –sea a través de la eliminación de la producción formal, sea a través de la situación de precariedad- son aspectos cruciales para comprender como hoy el “trabajo” está restringido a seguir al “capital”. 

Esta lectura parcial de la izquierda- además de quedar reducida políticamente a un reclamo moral en nombre de fuerzas progresivas inexistentes- parece manifestarse como interior al modelo de crisis,  que ambiciona nada la restauración del antiguo capitalismo basado en el nexo entre la ganancia y la producción de la riqueza social (“capitalismo productivo”), base en otras épocas del tradicional capitalismo industrial. Ese nexo fue desestructurado por las rebeliones de los obreros, de las mujeres y de las nuevas generaciones producidas en los años 60`s que no estaban más dispuestos a reproducir la división social y de género en el trabajo, división sobre la que se apoyaba el modelo de producción capitalista fordista.
    
A partir de estas premisas, se comprende intuitivamente, porque se ha vuelto necesario incorporar en estos últimos años las nuevas coordenadas de conflicto metropolitanas del trabajo cognitivo y su producción estructural excedente, respecto a sus tradicionales centros de organización. No se trata de negar la permanencia de formas innovativas de explotación (incluso en el ámbito del trabajo intelectual), ni de promover la esquemática división entre el trabajo industrial fordista y el postfordista. Se trata, más bien, de poner en el centro del análisis la potencia del trabajo vivo cooperativo en el nuevo capitalismo, tanto dentro como afuera de la empresa, antes que la subordinación del trabajo con relación al capital. Potencia que se asienta en la relevancia alcanzada por la acumulación cognitiva basada en la inalienable cualidad del trabajo (el saber, la experiencia, la habilidad, la afectividad, la capacidad para comunicar, cooperar, imaginar) En el capitalismo contemporáneo conviven y se alimentan recíprocamente, aunque no sin “conflictos internos”, formas de acumulación financiera, cognitiva e industrial (e incluso proto industrial)  que deben ser investigadas a partir de su interrelación y de su articulación jerárquica. Indicar su presencia simultánea sin mencionar las relaciones de poder, significa de hecho renunciar a individualizar puntos de crisis y centros de comando que no pueden ser diluidos en un (inexistente) capitalismo “líquido y horizontal”.     

Aquí reside la actualidad de las formas de investigación sobre las formas de producción/valorización y sobre la subjetividad del trabajo vivo. Para nosotros la empresa no puede ser pensada como el bastión contra la financiarización de la economía, ni tampoco, por otro lado, como  forma exclusiva convencional de la organización y comando del trabajo. La empresa, en el capitalismo cognitivo, es, antes que nada, una forma de generación y de corrupción del común, citando a Commonwealth. Este punto nos parece importante: para muchas personas las empresas serían los únicos lugares donde cooperar con otros y participar de proyectos colectivos, escapando así a una situación individual de aislamiento. Más precisamente, serían los únicos lugares que permitirían un acceso, aunque distorsionado, al común.   

 2) Pero, ¿Qué son hoy las empresas reales? Atravesadas por una nueva economía del tiempo (que derriba la frontera entre tiempo de vida y tiempo de trabajo) y del espacio (con la puesta a producir  de la metrópoli y de los territorios), por la fusión entre ganancia y renta, como por la proliferación de luchas, ante el agotamiento del nexo fabrica-sociedad, las empresas parecen disolverse como centros de principal productor del valor y lugar de los conflictos. Aunque esto no signifique ceder ante un pensamiento de la indistinción. La "fábrica metropolitana" del capitalismo financiero, cognitivo y globalizado precisa, antes que nada, ser investigada en su materialidad. No se la puede imaginar como una superficie lisa, sin obstáculos o rugosidades, que subsuman la cooperación social, sin actores sociales que se encuentran en condiciones desfavorables, sin que existan procesos de subsunción de la cooperación social, manejados por los canales financieros, por las marcas, y por las redes comerciales. Esos conglomerados deben ser investigados, caso por caso, e interpelados como  ámbitos de identificación de puntos de la crisis y de ruptura. En ese nivel de indagación y análisis, por otra parte, se puede plantear la perspectiva de una huelga precaria.
Pero atención, no se trata de restablecer la jerarquía conceptual entre la fábrica y la sociedad, entre fronteras que fueron sobrepasadas y desestructuradas por las luchas obreras y proletarias de los años sesenta y setenta, cuando la emergencia de una nueva composición de clase asumió la heterogeneidad y las diferencias como trazo constituyente e irreducible. Aunque en el momento de responder a esas luchas, la sociedad fue convertida en una matriz de empresas, será en su interior, donde se rediseñarán nuevos espacios, incluso flexibles y transitorios, de producción y de captura del valor con diferentes grados de intensidad. No se trata repetita iuvant, del centro de una mitológica economía real. Por el contrario, en los flujos dominantes de la financiarización real, la empresa puede funcionar como punto donde se produce y se condensa el valor. Es éste, por el contrario, un potencial punto de aplicación de la fuerza con vistas a revolucionar el proceso de valorización. Más allá de las contradicciones y ambigüedades que exigen otros puntos de profundización, nos parece que las recientes luchas como las de los transportistas demuestran el carácter neurálgico de específicos ganglios productivos donde, como en el caso de la logística, se combinan conocimientos complejos, organizaciones flexibles y una explotación ergonómica y mental.  
Por lo tanto, por más potentes que sean los dispositivos de sometimiento ( de endeudamiento individual o colectivo, de deslocalización, de chantaje sobre la precariedad y ausencia de renta, de amenazas de despidos) y aquellos dispositivos patológicos interiorizados en el trabajo vivo, luchamos por visibilizar proyectos de apropiación del común que no enfrentan este nudo, es decir aquellas nuevas formas de extracción del valor. Aclaremos: en la medida que la producción deviene común el emprendedor schumpeteriano desaparece: ahora el capital debe capturar en el valle lo que cada vez menos consigue hacerlo aguas arriba. Aquí es, desde el punto de vista de una autonomización tendencial de la cooperación social, donde se observan las mutaciones relativas de la forma-empresa: en su significación más amplia, ella deviene máquina organizada para la captura de la valorización social, para la governance de la economía de la educación y de las redes, que remunera a los "capturados" de manera directa (salario adecuado, gratificación, opción para las acciones, bonos) e indirecta (prestigio, status, y más en este sentido) Sin romper esa máquina, las instancias de liberación, éxodo y socialización se exponen a ser reabsorbidas continuamente. La ruptura de la máquina de captura resulta ser el pasaje fundamental, aunque no suficiente, para la apropiación del común y, en consecuencia, crear una nueva institucionalidad.    

3) Esa tendencia debe ser situada en la materialidad de los procesos impuestos por el devenir de la crisis. Nos obliga nuevamente a focalizarnos en la trama de la acumulación financiera, cognitiva e industrial como modos peculiares de extracción del plusvalor y de la explotación. Sea para comprender la actual configuración productiva, sea para captar las transformaciones. Sobre todo, para individualizar en la reestructuración del capitalismo los terrenos posibles de respuesta y de contrasubjetivación.

Un primer campo de investigación a encarar está referido a la producción de los servicios colectivos y del welfare (seguridad social, bienestar social). No sólo porque han sido objetos de recortes, sino también en virtud de los procesos de privatización realizados y pretendidos. Configúranse hoy como importantes terrenos de conquista por parte de los inversores financieros e industriales. Los sectores de la salud, de la educación, de los servicios personales, están hoy entre los pocos que, también en crisis  en los EEUU y en Europa, muestran un crecimiento en el número de empleados. Junto a los servicios públicos locales, han sido objeto de interés  y de planes de inversión.

¿Cuál será la respuesta de los trabajadores, una vez enfrentados a la previsible reestructuración capitalista? ¿Será la defensa de los derechos y prerrogativas sociales y de utilidad pública (aquellas que la prensa neoliberal denominan descaradamente privilegios)? O, nos preguntamos, en ese pasaje, frente a las formas de resistencia y conflicto (sobre las cuales podemos apostar) ¿se abre un espacio de experimentación de una alternativa de producción basada en el común?  Apostar entonces a una alianza entre los trabajadores y usuarios de los servicios que dé respuesta a los fatídicos preguntas de qué, cómo y para quien producir.

Investigar esas transformaciones en los servicios del welfare y en los servicios colectivos nos ayuda también a esclarecer el problema de la relación entre lo privado, lo público y lo común. Desde este ángulo se puede fácilmente observar como lo “público” no es solamente hoy un lugar de poder constituido que rechaza toda apertura hacia el común, sino que, en realidad, ya se encuentra enteramente privatizado por dentro. Lo hemos resaltado, a propósito de la escuela y de la universidad, -en una crítica desde dentro de los movimientos-, como posiciones invocadas para la poco probable preservación del status quo. El modelo anglo sajón de universidad empresa nos muestra como el proceso de mercantilización del sistema de educación va más allá de todo estatuto jurídico y termina por incomodar la distinción entre público y privado, forjando un nuevo paradigma para la organización y captura del trabajo. Piénsese en este sentido en la salud, como  servicio propio del welfare state. Los hospitales se ven obligados a reorganizarse según el paradigma del costo beneficio, racionalidad de gestión competitiva propia del mercado. Así como este servicio, muchas actividades socio asistenciales se encuentran externalizadas (es decir consideradas parte de la esfera privada social), o sea solventadas por familias e individuos que, en esas esferas, aceptan hacerse cargo sin recibir nada a cambio, sufriendo así una disminución de su salario total. ¿Qué es lo público hoy sino ese nuevo gerenciamiento público, es decir poderes constituidos del estado y del mercado? Podremos entonces decir que en la disolución de la dialéctica entre lo público y lo privado, la alternativa ya no se presenta entre lo común y lo público, sino entre lo común y lo privado, siendo lo público una variante de lo privado. Consecuentemente, el hecho que las luchas puedan ser leídas en términos de transición, sólo es posible si se elimina la idea de la política de dos tiempos -(situación revolucionaria y post revolucionaria)- tal como ha sido entendida tradicionalmente, para repensarla de manera inmediata y completamente en términos de potencia constituyente de los movimientos y del trabajo vivo contemporáneo.   

4) En este escenario nos debemos preguntar no sólo cómo es producido y capturado el común, sino también sobre aquello que impide su organización colectiva. Debemos así poner en el centro de la investigación los procesos de subjetivación. ¿Qué significa, desde esta perspectiva, sustentar que la empresa es actualmente la organización de captura del común? Existe, ante todo, dispositivos de diferenciación de las modalidades de inclusión en el mercado y de los esquemas redistributivos que operan sobre una base discriminatoria etaria, racial, y de género. En segundo lugar, existen distintos modelos de empresas de captura estructurados por la necesidad simultanea de estimular y segmentar la cooperación social. Por lo tanto, desde la empresa antropogenética (producción del hombre por el hombre) pasando por las instituciones bancarias y financieras, hasta la web 2.0, el común se presenta como el último recurso de base y, al mismo tiempo, como la amenaza mortal del capitalismo contemporáneo. Para quebrarlo, sin serruchar la rama sobre la que se apoyan, las empresas adoptan formas organizativas acordes a las patologías del trabajo cognitivo. Nos parece útil leer en esos términos, en lugar de los tradicionales tópicos de la ideología, el profesionalismo y la meritocracia, como economías discursivas que se basan en la materialidad de lo real para mistificar la lucha de clases, causando efectos enfermizos. Y esto no es mera metáfora: las formas cada vez más difusas de depresión y ciclotimia representan menos la reproducción o el retorno de modelos tayloristas, que el sufrimiento específico e histórico propio del trabajo cognitivo, marcado por la obsesión del desempeño, de la competencia, de la subordinación y/o complicidad con los aparatos de captura. Aquí se abre un nuevo campo de investigación y un extraordinario desafío para la medicina del trabajo. En esta reflexión no puede ser excluida la tensión a la privatización de lo social rescatada por los conceptos claves del biopoder neoliberal: el capital humano, el recurso humano, el empoderamiento, el riesgo etc. Ese régimen semántico, aparentemente neutro, hace de la racionalidad de la empresa algo que excede su campo  y que se impone tout court, como modelo cognitivo y régimen de verdad para la sociedad.    
Finalmente el bloque del común está apoyado en lo que podemos llamar mecanismos de prescripción de la subjetividad. En la máquina de captura, la ética del trabajo -progresivamente consumida en las luchas y en los procesos de precarización- se vuelve una ética de la responsabilidad social. En las empresas del welfare esto es inmediatamente palpable: ¿como hace un acompañante social, una enfermera, un trabajador de una cooperativa social, para entrar en huelga?. ¿Deben rechazar sus propias funciones, sabotear a la máquina y ser estigmatizados por el público? Entonces, ¿cómo evitar la auto censura en su propia interioridad individual? Esa responsabilidad social es extendida hasta convertirse en un mecanismo de chantaje generalizado: lo vemos en las movilizaciones de los investigadores, preocupados por no perjudicar su trabajo, o en la de los precarios sobrecargados por la responsabilidad de ser ellos mismos emprendedores de sí mismos, de su propia condición precaria, además de ser productores de servicios para otros. Aclaremos: es evidente que el específico rechazo al trabajo del obrero masa ya no es repetible frente a las transformaciones productivas de las últimas décadas, como lo indica la explosión de la forma salario al estar fuera del horizonte de las luchas. Ya que en el momento en que la entera composición del trabajo vivo es socialmente explotado, ¿cual pasa a ser entonces la forma de rechazo históricamente determinada que puede ser hoy practicada?, sobre todo, como rechazo de la organización de la captura, y de la socialización de la "responsabilidad", o sea del "interés general" del capitalismo en crisis.           
 Se debe destacar que la ruptura de la estructura de captación del valor significa crear nuevas instituciones de cooperación social. Destruir los dispositivos de endeudamiento significa, por ejemplo, reapropiarse de la renta social; preguntarse sobre qué cosa significa hoy construir los soviets en el sistema bancario y en las empresas financieras.  
5) El problema ahora no es restaurar sino en realidad llevar hasta su disolución al pacto de fidelidad entre capital y trabajo. Si los sindicatos no perciben esto, están condenados a continuar-consciente o inconscientemente- subordinados a las iniciativas de las empresas, es decir presos de una resistencia marginal o sectorial, de poco vuelo. Los acontecimientos del último año y medio marcado por el rol de agente de la governance de la crisis asumido por la dirigencia de la CGIL (NT: como la CGT) y la previsible derrota definitiva de la FIOM (NT: Federación industrial obreros metalmecánicos, UOM en el caso argentino), parecen significativos. ¿Cómo romper entonces los dispositivos de inclusión diferenciada, de patologización y chantaje del trabajo vivo contemporáneo? ¿Cómo practicar formas de huelga metropolitana y no exclusivamente corporativas, capaces de actuar en el cruce entre empresa y producción biopolítica? ¿Cómo pensar una huelga del transporte donde los trenes y ómnibus funcionen normalmente de manera gratuita para todos; ¿una huelga donde los hospitales dejen de exigir el pago o el plan de salud?; ¿donde la educación ya no esté en manos de la gestión pública y repensada al interior mismo de la cooperación de los saberes vivos? ¿No es esto acaso a lo que aluden las hipótesis de la huelga precaria? Fueron importantes las anticipaciones que hemos venido cultivando desde mitad de los años 90 y que hoy están siendo retomadas y desenvueltas en la construcción de las instituciones del común. Esto puede llevarnos a culminar, mediante la apropiación de las mecanismos y reservas de condensación del valor, en un aspecto constituyente, que los movimientos de "indignados", "occupy" y "no Tav" delinean.
En otras palabras, la cuestión no es  una alianza entre distintos movimientos o entre bloques sociales que presupongan un mecanismo de representación definitivamente agotado. Se trata, en su lugar, de apostar colectivamente a la posibilidad de revertir los procesos de subjetivación que se determinan en la tensión entre la producción el común y la captura empresaria. Para evitar equívocos, reafirmamos que no estamos de hecho sustentando una mitológica centralidad de la empresa en la lucha de clases en estos días. Por el contrario, se trata de la multiplicación de las fábricas de la subjetividad, de individualizar los campos de sedimentación y acumulación de autonomía, sus trazos de generalización, los elementos paradigmáticos o peculiares el respeto a la composición del trabajo vivo, los puntos en los que son perjudicados los patrones. Toda investigación por fuera de este campo es hacer sociología del capital: otros, probablemente lo harán mejor, ciertamente, para el enemigo. Si nos interesa pensar en la empresa como formas de subjetivación y de captura de la cooperación social, es porque entendemos que también en este espacio vive la posibilidad de una subjetivación autónoma, que contenga en su núcleo la potencialidad de desarticular el rol empresario, por así decirlo, de la cooperación social. Hacer investigación significa entonces, situarse en condiciones de estar en los campos de posible conflicto; y aquí está la apuesta, si se quiere organizar el discurso del conflicto, hacer saltar las válvulas que contengan la emergencia de la composición política del trabajo vivo, abriendo espacios constituyentes. Significa liberar las fuerzas subjetivas y políticas autónomas hoy bloqueadas por los cepos de la representación, interna y externa a los movimientos. Es además, a través de una investigación y un trabajo de organización que se puede pensar en unificar las luchas de los pobres, de los grupos empobrecidos de la clase obrera, y de la llamada clase media. Es ahí, en las luchas, donde la investigación se vuelve co-investigación. O sea, dispositivo de lucha que unifica lo que queda de la clase obrera y los otros sectores pauperizados de la sociedad. Es sobre todo en las estructuras, en los espacios y sobre el territorio del welfare metropolitano que esto se vuelve posible. Muchas de las derrotas recientes en toda Europa derivan de la ruptura de esa relación entre los pobres y la clase trabajadora. He ahí porqué la co-investigación es práctica militante y revolucionaria de lo que hemos llamado una política de composición. Esto significa también compartir lo que Romano Alquati llamaba el "mediano alcance", es decir los tiempos, los espacios y los niveles donde la apuesta teórica se vuelve discurso político.
    
Trad: César Altamira   

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