sábado, 7 de abril de 2012


Por un estilo de militancia

Colectivo UniNomade 2.0  

La naturaleza, en su modo constituyente, de la acción del capital financiero se está desplegando completamente:  en la medida que subsume industria, servicios y trabajo social en general, es inmediatamente política y ejercita una governance financiera sobre la nueva composición social del trabajo, transformando los gobiernos en órganos de ejecución de su comando directo. El ataque de todo aquello cuanto quedaba en el terreno del welfare, de las conquistas alcanzadas por las luchas en los decenios precedentes, se presenta de manera explícita, sin siquiera esconderse tras alguna retórica constitucional, como comando de los mercados financieros, a los que hay que adaptarse sin remedio.
En esta situación, el primer despojo es, obviamente, cualquier reclamo a la concertación, -en pie sólo en sueños y cada vez más nostálgico, de algún sector de la socialdemocracia europea, que todavía trata de referirse a un “modelo alemán”,  en crisis en la propia Alemania. El intento de experimentar una salida liberal a la crisis del neoliberalismo exige abandonar los ritos de la mediación, cerrados los espacios del compromiso impuesto a los recalcitrantes, sin que signifique mostrar una adecuada dosis de cinismo “pedante”.
Es en este marco europeo que el gobierno Monti intenta aprobar la reforma del mercado laboral. El ataque al artículo 18[i] y la posterior reducción de las ayudas sociales adquieren un alcance absolutamente político, frente al que las dificultades del sindicato parecen evidentes. La FIOM[ii] se presenta desde hace tiempo como el último bastión de la “defensa del trabajo”, pero toda la CGIL[iii] tiene que ser consciente que podría significar un gran riesgo no reaccionar. No hay literalmente espacio para retroceder: como si no estuviese bastante claro, lo han gritado a viva voz las barricadas, las huelgas espontáneas, las movilizaciones a la que han convocado los propios trabajadores, más allá de la afiliación sindical. “En defensa del artículo 18”, se ha dicho y escrito, pero puede verse fácilmente que, más allá del derecho mismo a la protección, hay una espontanea e instintiva defensa de la vida entera, una resistencia general al chantaje de la austeridad y del endeudamiento. “Ni un paso atrás”, es lo que han dicho – e impuesto al sindicato – los trabajadores.
No hay duda de que en la FIOM, en primer lugar, por su composición obrera, aunque probablemente no sólo en la FIOM, existe, en esta fase, disponibilidad y generosidad militante, capacidad instintiva para advertir la necesidad de la resistencia. Precisamente por esto, es necesario ver con claridad el problema fundamental. ¿Existe, realmente, la posibilidad, más allá de la retórica, de pasar a la "apertura" de formas de renta básica, hacer de la renta incondicionada y universal la prioridad programática central, y asumirla como dispositivo de recomposición de las luchas, como instrumento para la reapropiación de todo cuanto expropia la renta financiera, como la piedra angular de un nuevo welfare ,que libere la vida del chantaje de los dispositivos del endeudamiento?
Está clara y explicitada, con extrema decisión, la alternativa que hoy se le presenta al sindicato. Puede limitarse a asumir la batalla por el artículo 18 como su última línea de defensa y entregarse a un rápido agotamiento de su misma razón social. Esa trinchera es, de hecho, la trinchera del viejo modelo fordista, totalmente sobrepasada por las transformaciones postfordistas,  superada por la total socialización de la actividad productiva, por la coincidencia de producción y vida, incapaz de por sí de recomponer la heterogeneidad constitutiva del trabajo vivo. O bien, el sindicato se decide a comprender de una vez, con un retraso muy serio, que el único terreno de ataque es la afirmación de la riqueza productiva de la totalidad de la cooperación social, de la construcción de un welfare del común, de la renta garantizada universal e incondicional, del pleno acceso libre y gratuito a los servicios, de la liberación del chantaje de la deuda en nombre del derecho a la insolvencia.
Ante un ataque que afecta a la producción social en su totalidad, no es posible simplemente limitarse a la defensa de las garantías elaboradas dentro de la tradicional producción fordista. Quién quiera defender el trabajo, hoy, no puede sino defender la producción social en su totalidad. Si hoy la empresa se extiende más allá de sus fronteras tradicionales, cada vez menos organizando los medios de producción y cada vez más apropiándose del valor producido por la cooperación social, por la fuerza y ​​la riqueza de la inteligencia de toda la sociedad, es allí, en toda la sociedad, donde se implanta la resistencia. La defensa del "trabajo", si no radica en la defensa de toda la producción social, si no sabe conectar las luchas salariales "dentro" de la empresa con las luchas de toda la subjetividad social por "fuera" de la empresa, es, por otra parte, hoy, literalmente incomprensible. Un ejemplo clamoroso de esta imposibilidad lo han ofrecido, a pesar de sí mismos, algunos torpes “laboristas” de la sedicente "izquierda" del PD[iv], cuando han tenido explicar su negativa repentina a participar en la manifestación nacional de la FIOM contra la reforma del mercado de trabajo, manifestación de la cual decían compartir los objetivos, pero no participar con las delegaciones NO TAV[v]. Sus explicaciones han parecido, literalmente, incomprensibles, y no tanto por la evidente torpeza política, como por el hecho de que la conexión de las luchas sobre el trabajo y el salario con aquellas para el autogobierno de los territorios y la autogestión de los bienes comunes son ahora ya evidentes para todos, inmediatas. El "afuera" y el "adentro" están conectados dentro de las luchas que animan toda la vida de la cooperación social.
Es entonces totalmente inútil imaginar el sindicato como el instrumento de defensa de las relaciones salariales tradicionales, cuando el propio "trabajo" coincide con la producción social en el sentido más amplio. El corporativismo comienza hoy a ser un no-sentido, pura mistificación que la Fornero[vi] quiere organizar, es con rigor represivo cómo funciona el sindicato a la alemana. Por el contrario, cuando la empresa se convierte en social, también el sindicato debe devenir social y abrirse a la política, a toda la sociedad. La relación salarial vuelve a ser un dispositivo constituyente en una sociedad welfarizada, donde sólo una eficaz redistribución de las rentas y una forzosa re-apropiación de los ingresos podrán garantizar las condiciones generales de una mayor libertad e igualdad e ir más allá del neoliberalismo. El salario más que nunca se convierte en un elemento de negociación social, la lucha salarial asume cada vez más caracteres políticos. Si queremos reencontrar esquemas de lucha eficaces, es evidente que hay que volver a conectar la lucha económica y la lucha política al menos en la misma medida, sería deseable todavía más, de cuanto ha hecho el capital, sin temer ser llamados reformistas.
Lo hemos dicho claramente, interviniendo acaloradamente durante la pseudo-negociación entre el Gobierno y los interlocutores sociales, o, para decirlo más claramente, entre el gobierno y aquellos "interlocutores" que él mismo ha elegido, dejando fuera una vez más de la "negociación" a todo el trabajo precario, a todas las figuras completamente ajenas a las representaciones tradicionales cada vez más vacías de sentido: mantenerse en la simple línea "defensiva" del welfare tradicional sólo lleva a la derrota, no teniendo este modelo ya ninguna capacidad de hacer frente a las transformaciones productivas. Sin embargo, la FIOM y CGIL parecen incapaces de imaginar un horizonte que vaya más allá: el resultado es que toda la batalla se ha jugado sobre el artículo 18, y como mucho sobre la promesa del infame "paquete" de dinero para las "ayudas" sociales. Sin embargo, la construcción de un welfare del común no tiene nada que ver con la lógica de las "ayudas", sino con la construcción de niveles de renta cuanto menos decentes, de acceso a los servicios, de espacios de auto-gobierno, como los movimientos por los bienes comunes reclaman y diferentes experimentos de autogestión están experimentando. En consecuencia, la lucha a asumir como central debería ser ahora -y los movimientos precarios comienzan a destacarlo con inteligencia- más, si cabe, que la del artículo 18, esa indecente “garantía” que es el ASPI[vii], que certifica claramente la generalización de la precariedad, como dispositivo de control y condicionamiento de la vida, para toda la fuerza de trabajo.
Así pues, un programa definido por una renta incondicional, welfare universal, por la reapropiación efectiva, más allá de lo público y lo privado, de los servicios y los bienes comunes. Y, junto al programa, un salto organizativo urgente, que inserte inmediatamente al sindicato en el terreno político, allí donde no pueda darse separación alguna entre acción política y acción sindical. Durante muchos años nos hemos preguntado si existían las condiciones para crear "cámaras de trabajo[viii] y no trabajo" (metropolitanas, sociales, recompositivas de la red de la producción difusa). Parecía un discurso extraño. Sin embargo han sido años que, desde el punto de vista capitalista (y los sindicatos de la patronal), se ha razonado sobre los yacimientos territoriales de trabajo y sobre la necesidad de estructurarlos de manera adecuada –no se da productividad, desde el punto de vista del capital, si no se consigue organizar las coordenadas sociales, productivas, ocupacionales, etc…, de territorios homogéneos (o por homogeneizar). Occupy y los indignados, muy lejos en general de cualquier cultura obrerista, comienzan a desarrollar proyectos de resistencia de este tipo –porque sólo sobre terrenos así recompuestos existe resistencia hoy en día. Ellos proponen la recomposición de las luchas obreras, de las luchas por la vivienda, la educación, la salud, interviniendo en la gestión de las escuelas y centros sanitarios en general, llevando a cabo experimentos para reorganizar el mercado de trabajo, etc.. No decimos que esto haya creado nuevas instituciones ni que vaya a crearlas, pero es una premisa muy importante: una experimentación de rebelión total contra los dispositivos de la acumulación financiera y de liberación de la potencialidad constituyente de la cooperación social, que puede hacer converger, rápidamente, a la fuerza obrera con la cognitiva y precaria, generando verdaderamente una inédita composición política de clase. No es que no existan diferencias y dificultades, sería irresponsable no verlo. Pero la fuerza de este programa común, radicada en toda la riqueza de la cooperación social, y la creación de organizaciones también comunes, que superen la lógica, cuanto menos insuficiente, de las simples alianzas, puede vencer las tristes tentaciones corporativas. Y sin duda es posible dirigirse con estas cuestiones también a los militantes de los centros sociales, de los movimientos estudiantiles y, en general, a los grupos autónomos de intervención política, para construir un estilo de militancia que pretenda generalizar la renta básica, directa e indirecta, gestión y autogobierno de los bienes comunes, en todos los compartimentos del trabajo social.
Es necesario dirigirse con este estilo de militancia y con esta precisión programática a cuantos estén en el sindicato en disposición de escuchar, a los itinerarios organizados dentro de la composición precaria, pero a todos con extrema velocidad. Porque el próximo ataque (siempre al grito de "los mercados financieros así lo quieren!", el gran objetivo, ya se perfila en el horizonte, y no se necesita mucho para adivinar que lo sufrirá el empleo público y, más en general, el trabajo ligado a los servicios colectivos y al welfare. Y, nuevamente,  la defensa será difícil, si no imposible, si no se ha sido capaz de organizar, mientras tanto, las redes de la producción social, las alianzas de usuarios y trabajadores, que transformen la defensa en proyectos para la reapropiación de lo "público" y para la transformación autogestionaria de los servicios. Porque, igual que hoy, no sirve atrincherarse tras el artículo 18 ni defender la antigua Constitución "basada en el trabajo," mañana será una derrota segura sostener la defensa de lo "público" o, peor aún, del "estado". Vencerá quién, en la lucha, sepa transformar lo público en común. Así como hoy resiste y vence sólo quien no se limita a defender sectorialmente y corporativamente el buen trabajo antiguo, sino que afirma, más allá del chantaje y la explotación, la autonomía y la fuerza de la cooperación social en su conjunto.

[i] El artículo 18 de la normativa laboral exige al empresario readmitir al trabajador y pagarle una importante indemnización en caso de despido improcedente. Una normativa cuya modificación es prioritaria para Monti.
[ii]  Federación del metal de la CGIL, es el sindicato de clase más combativo.
[iii] La CGIL es la mayor confederación sindical italiana que en 1950 dio lugar a las escisiones de la democristiana CISL y la socialdemócrata UIL.
[iv] El Partido Democrático es un partido político italiano de centro izquierda. El PD es un partido surgido de los tres principales partidos políticos de la historia republicana, el Partido Comunista Italiano, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista Italiano, heredando la cultura socialdemócrata y socialcristiana.
[v]  No TAV es un movimiento italiano contrario a la realización de la nueva línea ferroviaria Torino-Lyon.

[vi] Elsa Fornero es una economista y docente italiana, titular desde el 16 de noviembre de 2011 del Ministerio de Trabajo y Política de su país en el gobierno técnico liderado por Mario Monti. Preside el Cerp, un prestigioso think tankeuropeo relacionado con el Estado del bienestar y trabajó para Intesa Sanpaolo.

[vii] L'Assicurazione Sociale per l'Impiego (Aspi) es una forma de protección prevista por la ministra Elsa Fornero.
[viii] La Camera del Lavoro nació a finales de la década del siglo XIX, como un medio de defensa contra la explotación y el desempleo en el norte de Italia en el periodo de depresión económica de 1887-1897 como la emanación de los líderes del Partito Operaio Italiano que se convierte entonces en Génova en el Partito dei Lavoratori Italiani, y después Partito Socialista Italiano. En su concepción inicial, las Camere del Lavoro reunían a todos los sindicatos mediante una estructura política democrática compartida prestando servicios a comunidades, sindicatos y trabajadores. Ideológicamente, muchos de sus fundadores eran sindicalistas, anarquistas, socialistas y los implicados en el movimiento cooperativo. Con el ascenso de los socialistas (y más tarde comunistas) se fundó la Confederazione Generale del Lavoro, actual CGIL.

Trad.: Cesar Altamira

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