viernes, 11 de diciembre de 2020

 Recuperar el pensamiento crítico, imperativo del momento. Algunos fértiles ejemplos: Wendy Brown y Maurizio Lazzarato. 

 

Las  particularidades que asumiera la polémica en nuestro país sobre los sucesos producidos en Bolivia, no han hecho más que reafirmar la inmensa dificultad que anima al llamado progresismo nacional para asumir cualquier controversia teórico política, anteponiendo, en algunos casos, posiciones acríticas que conducen al rechazo in limine de toda divergencia; tergiversando, en otros momentos, de manera alarmante, aquellas lecturas con las que se debate, echando mano a excusas tales como la gravedad de la coyuntura para posponer las diferencias (“es momento de aunar esfuerzos contra el enemigo”), obturando así toda posibilidad de enriquecer la discusión y alcanzar una  precisa réplica. 

Este posicionamiento no es nuevo, ya que somos testigo de la persistente dificultad que este espacio ha tenido y tiene para incorporar toda crítica a los llamados gobiernos progresistas, independiente del género que ésta asumiera. 

Se trata de un enfoque que asimila toda crítica con puntos de vista de derecha, provocando un auténtico bloqueo a la creatividad, a la imaginación, que permita pensar en ese otro mundo posible y necesario. Y, sin embargo, se trata de un reduccionismo habitual y cotidiano en los modos dominantes de interpretar la realidad. Llevado a nuestras coordenadas, el planteamiento binario establece que si criticas al Frente de Todos, es que eres de Cambiemos. Y si criticas a Cambiemos estás haciendo un gran favor al kirchnerismo. Hay en esa intención de cercar la realidad, en ese secuestro de todos los matices, en esa condena a quienes analizan la actualidad con todas sus variantes, una voluntad de control de los mensajes y de las mentes, una imposición de la polarización - “o estás conmigo o estás contra mí”-, una estrategia de asfixia a la creatividad en el plano político y a la profundidad, incluso, en el plano periodístico. En este último caso oculto tras la diatriba de los “medios hegemónicos” y/o la puesta en marcha de “operaciones mediáticas” asimiladas a “verdaderos linchamientos”. Más allá de la importancia necesaria a asignar al papel de los medios de comunicación en todas sus variantes.

En el plano latinoamericano, si criticas a Evo y sus políticas estas con el imperialismo y la derecha boliviana más recalcitrante, léase Camacho o Añez. Si adoptas una lectura contraria a Maduro u Ortega Saavedra le haces el juego al trumpismo, a Guaidó o a la “contra” nicaragüense.  

A pesar de que las diferencias entre una postura y otra son más que evidentes, el pensamiento binario tiene entidad y se obstina en reducir las realidades a tan solo dos ecuaciones posibles, negando la complejidad, secuestrando la riqueza de opciones y alternativas. Se trata de una especulación que anula el acto de pensar. 

Pero ¿qué es el pensamiento binario o dicotómico? Es un enfoque y una cultura política que aborda las realidades sociales empecinándose en reducirlas tan solo a dos posibles: lecturas en blanco o negro es la única disyuntiva. Es un pensamiento que atraviesa en realidad a las izquierdas y derechas, incapaces de entender la profundidad de las crisis y de incorporar en sus análisis conceptos, categorías y antagonismos que escapen a la clásica y pobre lectura en la que se mueven. En realidad, es un método para abordar el problema que está muy lejos de pensadores históricos latinoamericanos como José Carlos Mariátegui y tantos otros quienes, frente a la crisis de los años treinta del siglo pasado, tuvieron un punto de vista iconoclasta, producto de los cuales fundaron escuelas de pensamiento que generaron una verdadera revolución cultural en las sociedades de esta región. 

Ir contra el pensamiento binario no deja de ser un acto de libertad al eliminar los mandatos privados de la cabeza. El pensamiento binario no deja de ser un resabio cristiano: se trata de un castigo al otro. 

Hoy por hoy, las elites intelectuales latinoamericanas son esclavas de este pensamiento binario, sea por conveniencia o por convicción. Tan es así que en el reciente caso boliviano los masistas (seguidores del MAS) bolivianos, partidarios de Morales, creen que el hecho de que Evo Morales sea indígena, lo santifica y legitima para tener derecho, ya para operar sobre la propia constitución plurinacional por él promovida, para desconocer un plebiscito, o, incluso, manosear un proceso electoral que le permita ser reelegido. “Todo ello no interesa, no importa, si enfrente está el imperialismo norteamericano o las clases ricas del país del altiplano”sostienen convencidos. Aunque, debemos subrayar, esta modalidad de análisis y acercamiento a la realidad no se limita al país del altiplano. Al parecer, se extiende casi en toda América Latina. 

Estamos frente a una izquierda que ofende el fundamento cognitivo del marxismo del siglo XIX y nuestros días, evangelizada tras una grotesca y esquemática historia de buenos contra malos, postergando toda crítica, incluso aquella propia de la economía política, ocultando así los pliegues reales del poder manifestando obsecuencia ante el poder. 

En este contexto, la intelectualidad académica y política de Latinoamérica afronta el reto de recuperar el pensamiento crítico con la tarea de sintetizar la enorme complejidad de los mundos que componen una nueva realidad en permanente mutación, dejando de lado proceder por rechazo al otro, adversario, o inventando fantasmas. No habrá redención posible sin que esa agresión, asociada al autoritarismo y verticalismo del pensamiento, ceda ante el acceso y el aporte de otras lecturas, puntos de vista, abordajes y vertientes a la par de la participación, ya evidente de nuevos sectores emergentes. Las complejidades que han aparecido en los retos del gobierno y del Estado son mucho más profundas que hace una década. En este sentido tropezamos con la dificultad que expresa esta intelectualidad para asumir los cambios alcanzados en el nuevo capitalismo. A pesar de las indicaciones de Reinhart Koselleck, el fundador de la "historia de los conceptos” (Begriffsgeschichte), para quien la experiencia histórica precede a su conceptualización, este progresismo permanece atado a lecturas atávicas. Ignorando que los elementos sociales que dan forma a la historia, son siempre anteriores al lenguaje que los define, sin los cuales, sin embargo, permanecerían ininteligibles. Sabemos que existe una tensión entre los hechos históricos y su transcripción lingüística, ya que los dos son distintos e inseparables. Esto no solo significa que los conceptos son esenciales para pensar sobre la experiencia histórica; también significa que van más allá, sobreviven y se pueden utilizar para comprender nuevas realidades. Requerimos de una ampliación de perspectiva, como premisa para superar la inexorable fragmentación, regida por esas dos premisas complementarias, -asedio a la creatividad y reduccionismo habitual- que nos inquietan de sobremanera y que expresan en hechos, implícitamente, a muchos de los que se han acostumbrado a pensar binariamente.

 

En los años 60-70 la ambición política se condensaba en el fortalecimiento de la organización política del obrero masa fabril y el relanzamiento de la política del trabajo vivo tras la construcción del socialismo, mientras se impulsaban las luchas en los países del tercer mundo. Eran tiempos de la Tricontinental, a cuya sombra habrían de crecer y desarrollarse las organizaciones políticas armadas nacionales. Ese contexto de formidables movilizaciones obreras y estudiantiles se enriqueció con la potencia de una polémica teórico-política, abierta y de enorme lealtad entre las organizaciones de la izquierda que pugnaban por dirigir, en esos tiempos, las luchas en desarrollo: maoístas, leninistas, guevaristas. Provengo de esas épocas, moldeado en la critica de la economía política y la práctica, estudio y desarrollo de los principales lineamientos leninistas. Cierto es que los tiempos capitalistas han cambiado. En esos momentos existía un solo camino para la revolución socialista: aquel que siguiera los pasos del modelo obrerista abierto en 1917, un modelo leninista donde la revolución tenía aún la forma de la realización. Donde la clase obrera era el sujeto que contenía ya las condiciones de abolición del capitalismo e instalación del comunismo. A pesar del cambio de los tiempos, nunca imaginé que las polémicas y discusiones de hoy, lecturas sobre los gobiernos pasados, propuestas políticas y análisis sobre la coyuntura, adquirieran el nivel de pobreza, ramplonería y vacío teórico político, sometidas a ese vano, estéril e improductivo pensamiento binario, más cercano a especulaciones religiosas que a reflexiones materialistas.

   

Vivimos épocas, de verdad, literalmente apocalípticas, que revelan que, por atrás de las fachadas democráticas, detrás de las innovaciones económicas, sociales e institucionales, encontramos siempre el odio de clase y la violencia de los enfrentamientos estratégicos. La debacle financiera del 2008 abrió una época de rupturas políticas practicadas por fuerzas neofascistas, sexistas y racistas, que han vuelto anacrónica y desequilibrada aquella alternativa, fascismo o socialismo. Proceso donde la ruptura revolucionaria se ha convertido en simple hipótesis, dictada por la necesidad de reintroducir aquello que el neoliberalismo ha logrado barrer de la memoria, de la acción e incluso de la teoría de las fuerzas que se baten contra el capitalismo. Ésta parece ser su triunfo más importante. Son tiempos apocalípticos porque el nuevo fascismo se presenta como la otra cara del neoliberalismo. 

De un tiempo a esta parte el proceso revolucionario ha tomado la forma del acontecimiento, de la contingencia. El sujeto político, en lugar de estar ahí, ya en potencia, es imprevisto (las sucesivas plazas globales, las manifestaciones en Brasil del 2013, el 2001 argentino, las movilizaciones chilenas del 2019 etc.), ya no encarna la necesidad de la historia como la pensábamos anteriormente, sino fundamentalmente, la contingencia del enfrentamiento político. Su constitución, toma de conciencia, organización se construyen a partir del rechazo a ser gobernados, a una ruptura del aquí y ahora, no satisfecha por ninguna promesa de democracia y justicia por venir. E igualmente estos tiempos nos revelan la fortaleza y debilidad de los movimientos políticos que, desde comienzos de siglo, ensayan responder la potencia del capital. La ruptura con la dominación, creando otros tiempos nuevos e inimaginables antes de su aparición, especialmente a nivel de la subjetividad, constituye las condiciones de transformación de sí y del mundo. Ninguna fuerza exterior, ningún partido podrá encargarse de mostrar, como lo hicieron los bolcheviques, que hacer y cómo hacerlo. Indicaciones y conjeturas que no pueden venir más que de su interior, de manera inmanente. Donde el interior está constituido por los saberes, la experiencia y los puntos de vista de los movimientos contemporáneos, ya que, a diferencia de la clase obrera, todo movimiento no tiene ya la capacidad de representar a todo el proletariado, ni expresar la crítica de todas las dominaciones que constituyen la máquina del capital. Ninguna ilusión es posible construir sobre el espacio nacional.       

 

 

Wendy Brown un buen punto de partida.

 

Quizás un ejemplo paradigmático sobre la modalidad de lectura crítica, se encuentre en la reciente revisión que la politóloga norteamericana Wendy Brown, realizara en su último texto[1]   sobre lecturas y abordajes que conformaran su tesis anterior sobre la naturaleza del neoliberalismo, y que presentara en el libro, Undoing the Demos: Neoliberalism's Stealth Revolution (Zone Books, 2015).[2]

Así, en este último había argumentado que el proyecto del neoliberalismo era básicamente extender el alcance de las relaciones comerciales, incluso a las esferas del mundo de la vida personal y social. Sin embargo, ahora sostiene que el neoliberalismo ha perseguido y mantiene un proyecto mucho más ambicioso. El neoliberalismo hayekiano es un proyecto político-moral que tiene como objetivo proteger las jerarquías tradicionales al negar la idea misma de lo social y restringir radicalmente el alcance del poder político democrático en los estados-nación.[3] ¿No fue acaso M. Thatcher quien declarara como inexistente a la sociedad? , un término peyorativo para la derecha hoy, que denuncia a los "guerreros de la justicia social" (SJW) por socavar la libertad con una tiránica agenda social de igualdad, derechos civiles, acción afirmativa e incluso educación pública.[4]

Brown piensa que la gubernamentalidad neoliberal solo puede entenderse leyendo los textos de Friedrich Hayek rigurosamente, quien considera que el mercado, como orden moral que estimula la máxima libertad en el descubrimiento de innovaciones mercantiles, promueve el desarrollo continuo de la civilización. Este orden, según el austríaco, evoluciona espontáneamente mediante la selección de normas que se transmiten por tradición. Es decir, y debe señalarse enfáticamente, este autor cree que tales normas no se establecen por deliberación intencional, por poder político y, en particular, por construcción política, sino por innumerables iniciativas privadas que ocurren de manera continua y descentralizadamente en la sociedad. Y entiende esto último sólo como un orden formado por individuos que interactúan con otros individuos, formando un sistema complejo. 

El propósito explícito del neoliberalismo era reprogramar el liberalismo para combatir los totalitarismos que se habían entrometido con el socialismo burocrático en el este y los regímenes nazi-fascistas en Europa occidental. El proyecto de sociedad creado entonces, planteó la lógica del funcionamiento de los mercados como un antídoto supuestamente efectivo contra la centralización del sistema económico a través del estado, visto como la principal causa de los regímenes totalitarios. O sea,Buscando distanciar la política de los mercados y los intereses concentrados de la economía fuera de la formulación de las políticas, deplorarían la manipulación de las políticas públicas por parte de las principales industrias y sectores del capital, así como odiaron también la politización de la empresa. Sobre todo, temían las movilizaciones políticas de una ciudadanía ignorante y despierta y miraban al mercado como la disciplina moral y una severa democracia encadenada para pacificar y contenerla.[5]

 

Esto no es exactamente lo que está sucediendo en países que todavía se ven a sí mismos como pluralistas, liberales y democráticos, imagen que opera como fuente de orgullo y material de propaganda. Ya sea que se llame autoritarismo, fascismo, populismo, liberalismo autoritario o plutocracia, el hecho es que hoy nos encontramos ante un creciente movimiento social y político que parece recordar, aunque con diferencias, los peores momentos del siglo pasado, especialmente en Italia y Alemania en las décadas de 1920 y 1930. Brown calificará en su nuevo texto, la situación política global actual como una verdadera pesadilla para el sueño de los padres del neoliberalismo, una suerte de criatura neoliberal frankeisteniana indeseable e impensable para ellos. 

En efecto, la realidad nos indica que las fuerzas de extrema derecha han vuelto a ser gobierno en numerosas democracias liberales del mundo. Cada elección ha sido portadora de un nuevo shock: la presencia de los neonazis en el parlamento alemán y los neofascistas en Italia; la xenofobia alimentando el Brexit de la mano de la prensa tabloide, mientras en Escandinavia asistimos al surgimiento del nacionalismo blanco y los regímenes autoritarios toman forma en Turquía y Europa del Este. Y, por supuesto, el trumpismo. A medida que crece el reclutamiento en estos sectores de ultraderecha, los centristas, los aún existentes neoliberales dominantes, los liberales y las izquierdas tambalean. Incluso la denominación de este fenómeno se ha vuelto un problema: ¿es este un autoritarismo, fascismo, populismo, democracia antiliberal, liberalismo antidemocrático o plutocracia de derecha? ¿O algo mas? La incapacidad de predecir, comprender o impugnar efectivamente estos desarrollos se debe, en parte, a cegadas suposiciones sobre la perdurabilidad de los valores e instituciones occidentales, especialmente el progreso, la Ilustración y la democracia liberal. Así como a una colección desconocida de manuales en esta derecha en ascenso, que no deja de desconcertar tras su curiosa combinación de moralismo, autoritarismo, nacionalismo, odio al estado, conservadurismo cristiano y racismo. Sin dejar de exaltar la libertad.

 

El último libro de Wendy Brown In the Ruins…, es de fundamental importancia porque señala que lo peor que el neoliberalismo está creando en varios países de la "civilización occidental”, si bien es hijo legítimo del neoliberalismo, está reñido con el pensamiento de sus precursores primarios. En este nuevo libro Brown defiende la tesis que el neoliberalismo, durante treinta años (1979-2008), preparó el escenario donde maduraron las corrientes antidemocráticas de la segunda década del siglo XXI. Si bien no sostiene que el neoliberalismo sea la causa directa del surgimiento  de la extrema derecha, ni que esta última fuera deseada por él, contrariando toda monocausalidad, afirma que la expansión de la racionalidad de la competencia económica a otras esferas de la sociedad, ha socavado la democracia vigente en esos países y, al mismo tiempo, desacreditado la confianza en ciertos valores comunitarios en los que supuestamente se basa, afirmando que el neoliberalismo "intensificó el nihilismo manifestado como una ruptura de la fe en la verdad, en los hechos y en los valores fundacionales".[6] En otras palabras, volviendo a Nietzsche, declara que la devoción de valores y el quebrantamiento de la confianza en las condiciones necesarias para el funcionamiento del sistema económico en sí, fue el terreno en el que renacieron las tendencias fascistas.

Sabido es que el neoliberalismo establece y legitima un régimen de desigualdades económicas y sociales exacerbadas, crea poblaciones precarias e incluso desechables, establece una intimidad sin precedentes entre el capital (y en particular el capital en su forma financiera) y mundo político, privatiza los bienes públicos y, por lo tanto, impide el acceso compartido y equitativo a los servicios sociales; convierte a los estados, sociedades e individuos en esclavos de la versatilidad y la confusión de los mercados financieros desregulados. Todas estas incriminaciones del neoliberalismo son importantes. Pero ninguno de ellas, señala Brown, identifica el daño que el neoliberalismo trae a las prácticas democráticas, la cultura, las instituciones y la imaginación que fluyen de él. El neoliberalismo ha socavado la democracia, no solo por la privatización, la creciente desigualdad y la colusión entre el poder y el capital. Se trata de la sumisión de todas las prácticas, los contrariedades y meandros de la democracia a una lógica económica, la economización, lo que golpea al régimen democrático. El neoliberalismo, que difunde su ley en todas partes, también inhibe la razón y la riqueza de la democracia, continúa Brown. Los principios de los negocios se convierten en los únicos principios del gobierno y la libertad pierde su componente vinculada a las libertades políticas,  se reduce a un derecho de propiedad y una licencia para ejercer una actividad de mercado.

 

Pero, ¿dónde estamos? No son pocos los esfuerzos por parte de expertos y académicos, de izquierda y derecha por igual, para responder a esta pregunta. Una lectura complejizada de la izquierda puede sintetizarse así: en el Norte Global, la política económica neoliberal devastó las regiones rurales y suburbanas, vaciándolas de trabajos decentes, de pensiones, escuelas, servicios e infraestructura a medida que el gasto social languidecía y el capital corría tras la mano de obra barata y los paraísos fiscales del Sur Global. Mientras tanto, se abría una división cultural y religiosa sin precedentes. ¿Qué nos dice la izquierda nacional de nuestras geografías? Poco y nada sobre una lectura global. Mientras en el plano local se refugia en anacrónicos análisis ya perimidos de capitalismos dependientes que promueven el revival de la teoría de la dependencia, ante un imperialismo que acecha y la necesidad de retornos a gobiernos progresistas que ya han fracasado tras su desarrollismo nacional malogrado, a la par que no atinan a dar cuenta de los desvaríos, degradación y repetición de un stalinismo, que se consideraba ya superado, en los países anclados aún en el Socialismo del siglo XXI. 

Tras una perspectiva de incremento del consumo fundado en una redistribución de la riqueza asentada a su vez en el aumento de los gastos sociales y el endeudamiento de los pobres vía crédito, - un desarrollismo social de conjunto- el progresismo latinoamericano terminó reproduciendo la lógica neoliberal, ahora manejada desde el estado, y no desde el mercado. Las deudas contraídas, en muchos casos, para el consumo, se basaban en un crédito cuyo cobro bancario estaba asegurado en la medida que se debitaba automáticamente ya de la cuenta salario, ya de la cuenta previsional. Brutal mecanismo de construcción de una subjetividad para el mercado

Esta política se pone en marcha nuevamente con el nuevo gobierno peronista desde diciembre 2019. Todo ello, en nombre de la lucha contra el neoliberalismo. Reduciendo el neoliberalismo a su decálogo economicista: la desregulación de los mercados en beneficio del capital, el ataque y asalto al poder sindical, la precarización y flexibilización laboral, su uberización (como gustan ahora denominarla), el desmantelamiento del estado de bienestar, en fin, las exenciones impositivas a las grandes corporaciones. El silencio de la izquierda “nacional y popular­” ante la ola derechista, neofascista o como quiera llamársele, que campea globalmente, es expresión de su incapacidad para poder dar cuenta de los nuevos tiempos a la par que exterioriza su orfandad teórica política, asediada por el binarismo acrítico. 

Una de las mayores imprevisiones y errores, sea de los gobiernos progresistas, como de las diferentes izquierdas nacionales, ha sido y es la de creer que los medios más eficaces de lucha contra la pobreza han sido y son la estimulación del crecimiento vía consumo y la extensión del crédito, sin advertir que esta política conduce a una inclusión por financiarización. Estas políticas, que gozan de la simpatía del progresismo, incitan a transformar el comportamiento de los pobres y asumir individualmente los riesgos que el endeudamiento supone. En The Takeover of Social Policy by Financialization[7], L. Lavinas investiga cómo las finanzas se desarrollaron en Brasil a partir del paquete de políticas de desarrollo social aplicadas por el Partido de loa Trabajadores (PT), bajo las presidencias de Luiz Ignácio ‘Lula’ da Silva y Dilma Rousseff. El libro explica cómo la incorporación de nuevos grupos sociales al mercado de consumo masivo no fue el resultado de cambios estructurales en la economía, sino principalmente el corolario de la "inclusión financiera" de estos grupos. Es cierto que el consumo en Brasil se sostuvo por las mejoras en el empleo y los salarios, pero los préstamos de alto costo, los crecientes niveles de endeudamiento de los hogares y la marginalidad que alcanzaron los beneficios sociales desempeñaron igualmente su papel. En contraste con el aumento del consumo privado, la provisión de bienestar público se deterioró, mientras se ampliaba la mercantilización de la atención médica, la educación y otros servicios.

La experiencia kirchnerista no está muy alejada de este diagnóstico, con algunas especificidades propias, como el papel que juegan aún las Obras Sociales en el espacio de la salud. Aunque, más allá de ello, es indudable que tanto el kirchnerismo, como el macrismo, y ahora el albertismo impulsaron e impulsan el endeudamiento de los de abajo como mecanismo de incremento del consumo. 

Por lo que en nuestros países la financiarización no es solo una cuestión del costo astronómico que ha alcanzado la deuda pública, que dirige parte de la riqueza de la nación a manos de las élites financieras y económicas. La financiarización también está relacionada con la expansión de los beneficios sociales vinculados a los préstamos con dinero que genera intereses, y, por lo tanto, lejos de la promoción del bienestar colectivo. El reemplazo del riesgo social por el riesgo individual del endeudamiento impone a los deudores sometimiento financiero, disciplinamiento y forma de vida, de pensar y actuar sujeto a este mecanismo. Verdadero control de sí esencial a los ojos bancarios que transforma los pobres en empresarios para poder administrar la irregularidad de los flujos de sus ingresos mediante el crédito. Con estos argumentos, Lena Lavinas desafía las opiniones más conocidas sobre la historia brasileña reciente. La caída de la pobreza y el aumento del empleo no fueron el resultado de un proceso virtuoso de convergencia simultánea del dominio social con la esfera productiva. Ni tampoco un proceso redistributivo sostenible. Como señala Lavinas, la "securitización" de la política social es una tendencia que puede identificarse en casi todos los regímenes de estado de bienestar. Pero no se ha incorporado al debate latinoamericano sobre política social, que se centra principalmente en el espacio fiscal y en la difusión de las transferencias monetarias condicionadas. Lavinas resalta cómo, en los últimos años, el proceso de financiarización llegó a incluir a aquellos previamente excluidos, y cómo los beneficios sociales pagados por los programas de transferencias monetarias condicionadas se usan como garantía. Las consecuencias de estas políticas son indudables: endeudamiento, individualización, despolitización sin que el crecimiento económico y la redistribución, igualmente marginal, alcanzado hubieran modificado la estructura de clase. Los llamados a fundar una nueva nación del progresismo latinoamericano creando nuevas identidades sociales asentados en lazos de pertenencia colectiva o de solidaridad comunitaria derivaron finalmente en la pavimentación de caminos de acceso al crédito, cuentas bancarias personales y tarjetas de crédito. En ese contexto no resulta extraño que la micropolítica del crédito haya creado las condiciones para una micropolítica fascista. 

 

¿Qué sucedió en el gran país del Norte? Allí la combinación del patriotismo con el militarismo, el cristianismo, la familia, los cánticos racistas y el capitalismo desenfrenado, fue la receta exitosa de los neoliberales conservadores hasta que la crisis del capital financiero de 2008 devastó los ingresos, las jubilaciones, pensiones y la propiedad de las viviendas bajo hipotecas de su blanca clase media y clase trabajadora. Y en esta volteada cayeron los mismísimos economistas otrora endiosados tras un capitalismo triunfante y rozagante. La desregulación sin control, el financiamiento de la deuda y la globalización fueron desplazados por la lucha sin cuartel contra el ISIS, colocado en el mismo plano que los inmigrantes indocumentados, los mitos de acción afirmativa y, sobre todo, la satanización del gobierno y el estado social ante la catástrofe económica, cambiando astutamente la culpa de Wall Street por Washington, que ante el desastre social rescató a los bancos mientras dejaba colgados del pincel a los deudores. Así, nació una segunda ola de reacción al neoliberalismo, esta vez más rebelde y populista. Incómodos ante la elegante familia negra que habitaba la Casa Blanca, los blancos descontentos fueron empujados por un sistema de permanentes comentarios de derecha de Fox News y las redes sociales, mientras aglutinaban a movimientos que habían permanecido aislados entre sí hasta ese momento: blancos nacionalistas, libertarios, fascistas y antigubernamentales, militaristas desilusionados por las interminables guerras de Medio Oriente. El nuevo populismo de extrema derecha surgió como reacción ante los privilegios otorgados a quienes en otro momento no eran nada ni nadie.

Los nuevos enemigos fueron rápidamente señalados: inmigrantes y minorías responsables del robo del trabajo, junto a otros beneficiarios de la inclusión liberal, cortejados en su momento por las elites y globalistas: aquellos pertenecientes a religiones y razas supuestamente terroristas. El factótum causal fue puesto en las políticas económicas desarrolladas por el neoliberalismo global y sus costos como quebrantos evidentes reflejados en el espejo de una nación perdida. Que no era otra más, que aquella mítica figura asentada en el pasado, cuando las familias eran felices, enteras y heterosexuales, cuando las mujeres y las minorías raciales conocían su lugar, cuando los vecindarios y barrios eran ordenados, seguros y homogéneos, cuando la heroína era un problema negro, el terrorismo no estaba dentro de la patria y un cristianismo hegemónico y blanco constituían la identidad manifiesta, el poder y el orgullo de la nación y de Occidente.

Hacer frente a las invasiones de otros pueblos, de ideas, leyes, culturas y religiones fue el cuento de hadas que los líderes populistas de extrema derecha prometieron proteger y restaurar. Los lemas de la campaña lo dicen todo: “Make America Great Again” (Trump), “France for the French” (Le Pen y el Frente Nacional), “Take Back Control” (Brexit), “Our Culture, Our Home, Our Germany” (Alternativa por Alemania), “Pure Poland, White Poland” (Partido de la Justicia y la Ley de Polonia), “Keep Sweden Swedish” (Demócratas Suecos). Estas consignas y el espíritu agraviado que expresan, conectaron grupos marginales racistas dispares, católicos de derecha y evangélicos cristianos con blancos de los suburbios, frustrados y en caída, de la clase media y trabajadora. El creciente consumo masivo hasta el hartazgo de medios, desde la televisión por cable hasta Facebook, fortalecieron estas conexiones y ampliaron el abismo entre los habitantes de las capas medias y aquellos urbanos educados, mestizos, feministas, queer, afirmativos y no devotos.

Las peculiaridades puestas en esta historia son múltiples y variadas. Algunas veces se ubican en la política neoliberal, otras veces en una supuesta absorción de la izquierda liberal por el multiculturalismo y la política de identidad; en otros casos en la creciente importancia política y el poder de los evangélicos y los nacionalistas cristianos o la paulatina vulnerabilidad de una población, sin educación, a las mentiras y conspiraciones. Finalmente, también en la necesidad existencial de horizontes y falta de atractivo, inherente a una cosmovisión globalista para todos, menos para las élites, así como al racismo duradero de una vieja clase trabajadora blanca o el nuevo racismo al que se adhieren los blancos más jóvenes sin educación. Sin embargo, casi todos están de acuerdo en que la intensificación neoliberal de la desigualdad dentro del Norte Global fue un acicate y que la migración masiva desde el Sur al Norte fue una decisión que azuzó el fuego. Con sus diversas inflexiones, esta lectura se ha convertido en el sentido común de la izquierda desde el terremoto político de noviembre de 2016.

Se trata de una narrativa esencialmente incompleta que deja de lado las modulaciones del nuevo capitalismo. En efecto, afirma Brown, no da cuenta de aquellas fuerzas que prescriben, en exceso, la forma radicalmente antidemocrática de la rebelión y, en ese camino, tiende a alinearla con los fascismos de antaño. No considera la demonización de lo social y lo político, propio de la gubernamentalidad neoliberal, y su reemplazo por la valorización de la moral y los mercados tradicionales. No incorpora en sus análisis la desintegración de la sociedad y el descrédito del bien público promocionados por la razón neoliberal, como terreno para florecimiento de los llamados "tribalismos" que emergen como identidades y fuerzas políticas en los últimos años. No explica cómo el ataque a la igualdad, combinado con la movilización de los valores tradicionales, podría encender la llama mientras legitimaba a fuego lento los racismos asentados en los legados coloniales y de la esclavitud. No identifica cómo los ataques a la democracia constitucional, a la igualdad racial, de género y sexual, a la educación pública y a una esfera pública civil y no violenta, se han llevado a cabo en nombre tanto de la libertad como de la moralidad.  

El texto de Brown aborda estos temas al teorizar cómo la racionalidad neoliberal preparó el terreno para la movilización y legitimidad de las fuerzas antidemocráticas en la segunda década del siglo XXI. El argumento no es que el neoliberalismo en sí mismo causó la insurgencia de extrema derecha en el Occidente hoy, o que todas las dimensiones del presente, ya sean los grandes flujos de refugiados hacia Europa y América del Norte, ya el consumismo político y la polarización generadas por los medios digitales, puedan reducirse a causales del neoliberalismo. Más bien, el argumento es que nada permanece intacto al margen de la razón y valoración neoliberal y que el asalto del neoliberalismo a la democracia ha sometido la ley, la cultura política y la subjetividad política. Comprender las raíces y las voluntades de la situación actual requiere evaluar la cultura política neoliberal y la producción de sujetos. No solo las condiciones económicas y los racismos duraderos que la engendraron. Significa considerar que el surgimiento de aquellas formaciones políticas autoritarias, nacionalistas y blancas fueron animadas por la rabia movilizada de aquellos económicamente abandonados y racialmente resentidos, y abonadas por más de tres décadas de ataques neoliberales contra la democracia, la igualdad y la sociedad. El sufrimiento económico de la clase trabajadora blanca, la clase media y el rencor racializado, lejos de ser distintos de estos ataques, adquieren la voz y la forma de ellos.  

El entusiasmo popular por los regímenes autocráticos, nacionalistas y, en algunos casos, neofascistas, sostiene Brown, se aleja tan radicalmente de los ideales neoliberales, como los regímenes comunistas estatales represivos se apartaron de los de Marx y otros intelectuales socialistas, a pesar que, en cada caso, el árbol deformado creciera en la tierra abonada por estas ideas.  

En resumen, mientras el libro argumenta que el concepto de neoliberalismo ha contribuido de manera importante el presente catastrófico, éste no fue el engendro pretendido del neoliberalismo, sino su creación frankensteiniana, al analizar cómo surgió esa creación, examinando las fallas y oclusiones fundamentales de los principios y políticas neoliberales, así como su mezcla con otros poderes y energías, incluidos los del racismo, el nihilismo, el fatalismo y el resentimiento. Si bien este libro no argumenta que el neoliberalismo haya promovido los principios, las políticas, prácticas y formas de racionalidad de la coyuntura actual, tampoco argumenta que los fascismos de la década de 1930 estén "regresando", ni que la civilización occidental, en otro momento en el camino del progreso, está en un episodio de regresión.

Más bien, teoriza la formación actual como una situación relativamente novedosa que difiere de los autoritarismos, fascismos, despotismos o tiranías de otros tiempos, así como de los conservadurismos convencionales o conocidos. Por lo tanto, rechaza el lenguaje que gran parte de la izquierda utiliza para increpar a la derecha, así como gran parte del lenguaje que la derecha utiliza para describirse a sí misma. Se centra especialmente en cómo las formulaciones neoliberales de la libertad animan y legitiman a la derecha dura y cómo la derecha moviliza un discurso de libertad a través de sus a veces violentas exclusiones y asaltos, buscando no sólo reconstruir el poder del capital, sino también restablecer la hegemonía blanca, masculina y cristiana.  

En una entrevista concedida a C. Salmon,[8] El neoliberalismo mina la democracia, Brown reconocerá el error cometido en su trabajo Undoing the Demos… , y, en otros trabajos anteriores   donde planteaba una diferencia radical entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo. Al considerar que los movimientos políticos, preocupados por afirmar los valores de la familia cristiana, tenían orígenes y objetivos diferentes del neoliberalismo, a pesar que el neoconservadurismo y el neoliberalismo pudieran compartir el software político. La revolución Reagan-Thatcher obviamente combinó valores morales conservadores con una agenda económica neoliberal y, sin embargo, analizó estos dos componentes como diferentes. Brown rendirá mérito en este descubrimiento al libro de Melinda Cooper[9], quien revelara el reaseguro de las formas patriarcales familiares, no como una atracción secundaria, sino como valores profundamente arraigados en la reforma de la educación y el bienestar neoliberal. Todo esto muestra claramente que el neoliberalismo, desde el principio, tenía pretensiones morales y que nunca dejó de ser parte de la razón o la política neoliberal. El neoliberalismo siempre ha tenido como objetivo liberar tanto los mercados como la moral tradicional de un estado regulador impulsado por la preocupación por la justicia social. El neoliberalismo siempre se ha opuesto a la intervención estatal en las esferas moral y de mercado, al tiempo que propone que el estado les sirva de apoyo y respaldo. Con el neoliberalismo, las familias resucitaron, literal e ideológicamente, atendiendo la asistencia social en lugar del estado, la educación, las pensiones, el cuidado de los niños, el cuidado de los ancianos y más.

 

Foucault, Butler y la crítica.

 

La conferencia que dictara M. Foucault en la Sociedad Francesa de Filosofía, Universidad de la Sorbonael 27-05-1978, conocida bajo el título de  Qué es la critica [10], es una respuesta al texto de Kant Que es la Ilustración[11] (Was ist ufkl­­ärung) redefiniendo la crítica kantiana de una manera radical enfrentando la problemática de la modernidad. En efecto, alejándose de toda cuestión kantiana de crítica trascendental, Foucault se desplaza hacia lo que denomina “actitud  crítica”. Responder a la pregunta kantiana exigirá para Foucault hacer un camino inverso “plantear la cuestión del conocimiento en su relación con la dominación… partir de cierta voluntad decisoria de no ser gobernado.”[12] Aquella pregunta sobre ¿que puedo conocer? de Qué es un autor, se convierte ahora en una cuestión de actitud [13]. Ahora la crítica se redefine como “el movimiento por medio del cual un sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad sobre sus efectos del poder y al poder sobre sus discursos de verdad”[14] Esa “actitud crítica” de Foucault se asocia a cierta manera de no ser gobernado, de pensar, decir y actuar para no ser gobernado. Cierto es que este análisis de Foucault se enmarca en el fenómeno histórico de Occidente de los siglos XV y XVI de la gubermentalidad pastoral aunque se conforma igualmente como un adversario de los artes de gobernar, es el arte de “no querer ser gobernado de esa manera”, actitud práctica de resistencia a un poder de dirección gubernamental inscripto en el marco de las relaciones entre sujeto, poder y verdad, lo que Foucault llama foco de la crítica “que es en esencia el haz de las relaciones que anuda uno a otro o uno a los otros dos, el poder, la verdad y el sujeto”[15]

¿No se trata en todo caso de construir herramientas conceptuales que harán de lo fragmentario la forma propia de una genealogía que entrelaza la erudición y las luchas?[16] Para Foucault, en el marco de la gubermentalización del poder, la crítica “no debe legislar. No dice lo que se debe hacer, según S. Chignola.[17] La crítica, continúa Chignola, no debe servir de ley para la ley sino ejercitarse en términos de un desafío o resistencia hacia lo que es, es decir instrumento para quienes luchan y resisten a utilizarse en procesos de conflictos y enfrentamientos. 

La crítica debe anclarse en un punto que va mucho más allá de la retórica indagando por debajo de la historia que la rompe y agita mientras custodia por detrás de la política. Función del intelectual, crítica como virtud, como respuesta a un imperativo.  

Para Butler la crítica es siempre crítica de una práctica, discurso o episteme.[18] Crítica como práctica dirá Butler retomando a R. Williams. En el caso de Foucault, según Butler, “propuesta de una práctica nueva a partir de valores que se basan precisamente en esa suspensión del juicio” (subsunción de lo particular en una categoría general ya constituida) La crítica se enfrenta “al gobierno y a la obediencia que exige”, por lo que el proyecto crítico no hace otra cosa más que “limitar el poder de la ley” entendida como las relaciones de poder que circunscriben de antemano lo que contará y no contará como verdad, como campo de conocimiento dado. Por ello es que para Foucault la crítica tiene la tarea de mostrar como el saber y el poder operan de manera conjunta para ordenar el mundo y seguir igualmente los puntos de ruptura entre ellos. En fin, la crítica debe contribuir a la “desujeción al interior de la racionalización”.

 

Misceláneas a raíz de Maurizio Lazzarato y Eric Alliez.

 

Otro ejemplo de lectura crítica, en este caso quizás mucho más radical, se concentra en el viraje teórico complementario emprendido por M. Lazzarato, quien, de abrevar en el cuerpo teórico de Foucault, Deleuze, Guattari y Negri, ha asumido, en los últimos años, un significativo alejamiento conceptual, adoptando posiciones fuertemente críticas hacia estos últimos. Desmarque que comenzara su tránsito ya hace unos años, en 2016, cuando escribiera a cuatro manos junto a Eric Alliez, el texto Guerres et Capital[19]. Hemos de recordar que ambos filósofos son tributarios de la corriente obrerista italiana que se desarrollara en Francia al compás de las revistas Futur Anterieur, inicialmente, y luego la actual Multitudes. Pocos años antes, resultaba poco probable prever su alejamiento del cuerpo teórico obrerista, más aún si recordamos sus últimos textos, La fábrica del hombre endeudado Gobernar a través de la deuda[20].

En el nuevo libro[21] que apareciera el año pasado, Lazzarato profundiza la perspectiva teórica adelantada tres años atrás, ahondando en sus críticas, ya no solo con relación a los autores mencionados, sino que incorpora también a Lyotard, Derrida y los contemporáneos Laval y Dardot[22]. En este último texto Lazzarato tomará distancia definitiva con relación a lo que él define como el pensamiento del 68

Reconociéndose herederos del 68, ambos autores insertan los textos en un campo de polémica con las ideas del 68. Se trata, para ellos, de asumir tanto la derrota de los "movimientos" del 68, como la de su pensamiento, responsable de su fracaso. Más aún, comentan, ha sido la continuidad de las ideas sesentaochistas lo que ha impedido superar la derrota, profundizándola de manera indefinida, imposibilitando pensar la construcción de una máquina de guerra colectiva en el apogeo de la guerra civil desatada.[23]

Se puede detectar la existencia de una tensión que cruza el trabajo, entre el  intento de clarificación teórica, por un lado, y la voluntad de producir una nueva inteligibilidad de una serie de secuencias históricas por otra parte.

La (re) lectura de la obra de Foucault ocupa un lugar importante en ambos textos destinada, al parecer, más dirigida a la producción de una interpretación original de su trabajo, antes que la de los datos históricos. El capítulo 7 "Los límites del liberalismo de Foucault" (pags. 155-171), está dedicado casi esencialmente a la crítica de las dos últimas lecciones del curso impartido por este último en el Collège de France en 1978-1979, bajo el título Nacimiento de la biopolítica. Alliez y Lazzarato detectan allí en particular que "Esta idea, esta idealización de una sociedad civil neutralizando a la vez al Estado, la guerra (y la guerra civil) y el Capital no pasa la segunda mitad del siglo XIX”[24] no puede extenderse, como lo hace Foucault, a tiempos del ordoliberalismo, posteriores a la segunda guerra mundial. También señalaron el eurocentrismo inherente a la genealogía del racismo estatal propuesto por Foucault en el curso de 1975-1976 titulado Es necesario defender a la sociedad. Más bien, el hecho de que la vida ingrese en el sistema político, es un fenómeno que acompaña el inicio de la conquista colonial y el capitalismo. Basta recordar el trabajo vivo, pero también en la vida de las mujeres, de los colonizados, del conjunto de los indígenas, todo lo cual es puesto directamente en clave política. Entonces, el biopoder no se inicia en el siglo XVII, como dice Foucault, y este razonamiento se vuelve falso. El dispositivo de control sobre los cuerpos, se implantó mucho antes con el racismo. Y el sexismo se instituyó mucho antes en las colonias que en Europa. El racismo que Foucault observa muy tardíamente durante el siglo XIX en Europa, había estado presente ya desde un inicio en las colonias. La organización de las colonias fue posible en torno al racismo y a la subordinación de la mujer. 

  

Para Lazzarato la experiencia del siglo XX permite afirmar que “la guerra y el fascismo son las fuerzas políticas y económicas necesarias para la conversión de la acumulación del capital[…] En consecuencia la diferencia entre mi análiasis del neoliberalismo y aquellos de Foucault, de Luc Boltanski y Eve Chiapello o el de Pierre Dardot y Christian Laval es radical: estos autores borran los orígenes fascistas del neoliberalismo, la revolución mundial de los años 60’s , así como la contra-revolución neoliberal, cuadro ideológico de la revancvha del capital.”[25]

El control y regulación de las poblaciones no se realizan más a través de la integración, dice Lazzarato, sino a través del apartheid social, esto es la separación política del capital, antes que a través de la biopolítica. La crisis del 2008 abrió una doble ruptura subjetiva. Por un lado, comenta Lazzarato, comenzó un periodo de fuerte inestabilidad política, propicio a una conversión neofascista de la sociedad (o a una radicalización revolucionaria). La crisis de la deuda determina el fracaso del individualismo posesivo y competitivo del capital humano y hace emerger la figura subjetiva del hombre endeudado responsable y culpable del exceso de los gastos públicos”.[26] Por la otra, ante la profundización de las políticas neoliberales, el miedo y la angustia del hombre endeudado han producido una conversión de la subjetividad tornándola susceptible a las aventuras neofascistas, racistas, sexistas y a los fundamentalismos identitarios y soberanistas.[27] Poco tiene que ver esta lectura del neoliberalismo, concluye Lazzarato, con la imagen irenista que transmitía Foucault sobre la sociedad del empresario de sí en el Nacimiento de la biopolítica. [28]

Regularmente se pasa por alto este aspecto y se asume que la biopolítica, el nacimiento de la biopolítica -donde Foucault se refiere al neoliberalismo-, es solamente una transformación del mercado, una transformación económica y una transformación en las formas de subjetividad. Y no es solamente aquello. No es solamente una restructuración de las empresas, una restructuración del consumo y de las finanzas. Para Lazzarato resulta fundamental no olvidar que, antes que nada, se trata de una victoria política estratégica contra las clases políticas dominadas. 

Toda la tradición que abre Michel Foucault sobre la interpretación del neoliberalismo es muy peligrosa, plantea Lazzarato, porque no logra ver que la condición a partir de la cual el neoliberalismo se impone -la política de deuda, el capital humano, etcétera-, deriva de la derrota política del proyecto revolucionario. Fue necesario que la revolución fuera bloqueada, y que, a partir de ese momento, los revolucionarios asumieran el rol de vencidos. Una vez que estos fueron  derrotados, o, más bien, cuando los revolucionarios se vieron a sí mismos como derrotados, fue posible la aplicación de las políticas neoliberales y las formas de intervención biopolíticas sobre la población. Sin esta condición, que es la derrota de la revolución, la biopolítica resulta imposible, concluye Lazzarato. La norma neoliberal pudo aplicarse en Chile en 1973 y Argentina en 1976 a partir de la destrucción de la subjetividad revolucionaria y la imposición del terrorismo de estado. En consecuencia, para Lazzarato no es posible discutir en torno del neoliberalismo sin este presupuesto que subraya.

 

En el texto Guerres et capital, Lazzarato y Alliez, plantean que la guerra, la moneda y el Estado son fuerzas constitutivas o constituyentes, es decir ontológicas, del capitalismo. Agregando que la crítica de la economía política es insuficiente en la medida en que la economía no remplaza la guerra, pero la continúa por otros medios, que pasan necesariamente por el Estado: regulación de la moneda y monopolio legítimo de la fuerza para la guerra interna y externa. Para producir la genealogía y reconstruir el “desarrollo” del capitalismo, siempre es necesario implicar y articular conjuntamente la crítica de la economía política, la crítica de la guerra y la crítica del Estado. La historia del capitalismo está, desde el origen, nos dicen, atravesada y constituida por una multiplicidad de guerras: guerras de clase(s), de raza(s), de sexo(s), guerras de subjetividad(es), guerras de civilización. Las “guerras” y no la “guerra”, afirman, como fundamento del orden interior y del orden exterior, como principio de organización de la sociedad. En efecto en este texto ambos autores son explícitos con relación sobre, por una parte, el abandono de un pensamiento sobre la guerra como posibilidad de modificación revolucionaria y, por otra parte, la prolongación permanente de la lógica de la guerra civil como dinámica interna del capitalismo neoliberal. 

En su desarrollo “…el Capital no se contenta con mantener una relación de alianza con el Estado y su máquina de guerra. Comienza a apropiárselo directamente integrándolo a sus instrumentos de polarización. La construcción de esta nueva máquina de guerra capitalista integrará así al Estado, su soberanía (política y militar) y el conjunto de sus funciones “administrativas” modificándolas profundamente bajo la dirección del Capital financiero[..]. El neoliberalismo no es otra cosa que el momento de plena realización del proceso de captura de la máquina de guerra y del Estado en la axiomática del Capitalismo Mundial Integrado. Dicho de otra forma, el Capitalismo Mundial Integrado es la axiomática de la máquina de guerra del Capital que ha sabido someter la desterritorialización militar del estado a la desterritorialización superior del Capital.[29]  “…acentuando las polarizaciones de todas las sociedades capitalistas, la economía de la deuda transforma la “guerra civil mundial” (Schmitt, Arendt) en una imbricación de guerras civiles: guerras de clase, guerras neocoloniales contra las “minorías”, guerra contra las mujeres, guerras de la subjetividad. La matriz de esas guerras civiles es la guerra colonial. Esta última no ha sido nunca una guerra entre Estados, sino, esencialmente, una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, entre combatientes y no-combatientes, entre lo económico, lo político y lo militar nunca ha sucedido. La guerra colonial en y contra las poblaciones es el modelo de la guerra que el Capital financiero ha desencadenado a partir de 1970, en nombre de un neoliberalismo de combate” [30][31]

 

Según Lazzarato, el pensamiento del 68 estaba mucho más preocupado por los movimientos del poder, sus mecanismos de sujeción y sometimiento, generadores de la reacción de los damnificados y sometidos, antes que por la estrategia y política del capital y sus guerras. Conceptos tales como la biopolítica, el biopoder, la gubermentalidad aparecen en un segundo plano y subordinados ahora a la lucha de los colonizados, el sexo, los inmigrantes. Las teorías de las líneas de fuga, de la clase y resistencias sin revolución, privadas de imponer su propia estrategia, en este contexto, han devenido impotentes. 

Nos enfrentamos, dice Lazzarato en su último texto, a la acción guerrera y represiva del capital, una nueva época desde 2008, con el bloqueo de la economía real, que no puede ser superada mediante una creación destructiva a lo Schumpeter, sino mediante la imbricación de la política y la economía, con la guerra. Ofensiva hecha posible, destacará Lazzarato, por el fin de los ciclos revolucionarios del siglo XX. La nueva máquina de guerra del Capital, cuya matriz ha sido la guerra colonial, implica una superposición del poder civil y del poder militar, de la guerra y de la política que tiende a volverlos indiscernibles.

Si en el fordismo, el Estado garantizaba la territorialización estatal del Capital, así como la guerra, en este caso entre estados, en tiempos de mundialización, estando el estado atado al capital, la guerra pasa a ser una continua potencia superior, integrando el plan del capital. Aunque ahora, la guerra desterritorializada deja de ser una guerra entre estados, para convertirse en una serie ininterrumpida de guerras múltiples contra las poblaciones.

Y si el espacio de acumulación es transnacional, los compromisos y continuidad de los conflictos serán redefinidos, menos en función de los Estados, que con relación a las poblaciones globalizadas que necesita someter a su lógica. La “guerra en el seno de la población” no se dirige solamente a los “terroristas e insurgentes”; puesta en plural las guerras contra las poblaciones, es el instrumento principal de control, de normalización y de disciplinamiento de la fuerza de trabajo globalizada. Los ejemplos de las luchas y su represión en Chile y Francia, en estos días, serían testimonio de esta hipótesis de trabajo.

En las condiciones del “pacto social” del neoliberalismo, la función constituyente deriva hacía el mantenimiento y el control de una situación de inseguridad generalizada, de miedo difuso, de degradación progresiva de las condiciones socio-económicas de la población, que resulta en la generalización de la gobernabilidad mediante una guerra civil fractal y transversal[32] que se sostiene en las continuas campañas de seguridad. Y la guerra, bajo sus diferentes formas, adoptará, según Lazzarato, la forma de la relación social. La inversión de la fórmula de Clausewitz (la guerra como continuación de la política por otros medios) encuentra, en efecto, su forma definitiva cuando la guerra, -más allá de su simple permutación con la política de la que invierte sus fundamentos (la política como continuación de la guerra por otros medios)-, se diversifica en guerras en el seno de las poblaciones, como política del Capital, involucrando en su campaña de miedo, de pacificación y de contra-subversión, todas las redes del poder económico a través de las que se despliega el nuevo orden del capitalismo securitario mundial.

Para Lazzarato el poder soberano (“hacer morir y dejar vivir”) y la biopolítica (“hacer vivir y dejar morir”) no se suceden uno al otro, sino que coexisten, como se constata hoy con los inmigrantes (hacer morir), mientras se organiza el (dejar vivir) o sobrevivir con las poblaciones nacionales sumergidas en la pobreza. La guerra y la gubermentalidad coexisten. La potencia de muerte no ha sido alegremente reemplazada por la administración foucaultiana de los cuerpos y la gestión de la vida. Al menos esta concepción resulta hoy en día limitada, cuando no falsa. Incluso en Europa, se produjeron las matanzas aterradoras de la primera mitad del siglo XX. 

Si bien el cuadro político, la naturaleza del capitalismo y de los sujetos políticos han cambiado radicalmente, según Lazzarato, recuperar el punto de vista estratégico, para toda lectura crítica, otorga fuerza y concede una mayor densidad política a los movimientos contemporáneos, que parecen estar guiados más por una temporalidad del aquí y ahora -reenviando todo los cambios a un futuro prometido, aunque incierto- o, por otra, de larga duración -tras la construcción de formas de vida autónomas e independientes-, antes que por una temporalidad estratégica. Recuperar la perspectiva estratégica es recuperar el anticapitalismo a la par que se equipara la economía política del poder con la crítica de la economía política.  

Cuando incorporamos la problemática de la revolución, de la perspectiva estratégica, escapamos a toda posible reducción del análisis basado en la sociología, la filosofía, la economía o la teoría política. Al hacerlo reconfiguramos el poder del capital que pone en el centro de su estrategia el incremento sin límites de la simultánea creación de riqueza y pobreza. Hemos dejado de lado en este contexto el poder como relación de fuerzas, la necesidad del sometimiento del sujeto y su reacción. Y nos volcamos con exclusividad al poder del capital, su política estratégica, incluso el desarrollo y la apuesta a la guerra. 

Será W. Benjamin, quien nos pone en guardia contra el abandono de la perspectiva estratégica, al proporcionarnos una definición de la política que integra las rupturas del continuum de la historia, es decir una particular sensibilidad con relación al kairospolítico, con el arte de la contingencia de la revolución. 

Esta observación crítica se hace extensiva a las formas diferentes cómo el pensamiento crítico de algunas corrientes del feminismo sostiene sus posiciones. 

En este punto Lazzarato plantea una atinada observación con relación a la política de los movimientos feministas. En efecto, estos últimos, en muchos casos, nos dice, al olvidar la guerra y la estrategia del capital, terminan llevando a consecuencias extremas la crítica del poder, rescatando su aspecto productivo, mientras relegan a un segundo plano su cara represiva. Así, J. Butler alega la naturaleza no esencialista de la sexualidad, antes bien producida por el discurso, que reprimida. A su entender, se trata de una sexualidad coextensiva al poder, saturada por éste, construida sin cesar por el poder. [33]

La norma heterosexual capitalista, a la que el movimiento gay le declaró la guerra, no puede limitarse al reconocimiento de la diversidad de todos los sujetos humanos (Butler), nos recuerda Lazzarato, sino a la raíz de las cosas. En ese contexto la norma heterosexual no puede ser más que destruida, desmantelando la relación de poder de la que el patrón y el obrero son la expresión. Se trata de una relación social como guerra, que va más allá de Foucault. 

Contra las predicciones del pensamiento del 68, continúa Lazzarato, y la instalación del fascismo, los Trump y Bolsonaro, se vuelve necesario reconstruir la máquina de guerra revolucionaria. El nuevo neofascismo conforma, para el autor, la excrecencia del poder. La manifestación represiva y guerrera del capital en el siglo XXI. 

El capitalismo no es solo un modo de producción, tal como lo pensaba Marx. El elemento de la guerra es clave, dice Lazzarato, ya que funciona como su principio de constitución y desarrollo. Es un poco como el modelo de Walter Benjamin cuando distingue entre una violencia constituyente y aquella constituida, orientada a conservar un determinado orden fundado.

Ya no se trata el problema del hombre endeudado. El hombre endeudado se está convirtiendo en un hombre fascista y de extrema derecha. Los discursos conservadores han sabido capitalizar muy bien los problemas sociales derivados de la deuda, entre otras cosas, por el progresivo descrédito y repliegue de las organizaciones sociales y políticas comprometidas con una agenda de transformaciones radicales en el mundo, señala Lazzarato.

 

       

Last but not least

 

Retomando nuestro análisis inicial nos encontramos ante una izquierda que hace apología de las formas de gubernamentalidad moderna, incapaz de ensayar toda crítica al populismo del siglo XXI, imposibilitada de trascender la matriz de la izquierda ortodoxa y nacional populista sin caer en el derrotismo postmoderno. Una intelectualidad que, en el extravío de su capacidad crítica, olvidando toda originalidad del marxismo y despreciando la inteligencia especulativa, ha manifestado una particular obstinación para alcanzar un mínimo análisis crítico sobre lo ocurrido en la historia reciente de los llamados “gobiernos progresistas latinoamericanos”. Que sólo atina a repetir, cual mensajeros deslumbrados, lo que la comunicación y la condicionada propaganda política oficial difunde, a través de los diferentes medios de comunicación. Se asemejan así a viejos militantes stalinistas, mimetizados con el apparatchik, que reproducen funestas épocas pasadas, avalando un simbolismo vacío de los “gobiernos progresistas”. Ciega y muda ante el ajuste que sobre los haberes previsionales realizara el nuevo gobierno kirchno-peronista en diciembre último, para satisfacer la demanda de superavit fiscal solicitado por los organismos financieros internacionales. Viejo mantra neoliberal.[34]  

Nos encontramos frente al despliegue de saberes ya repetidos y desgastados, tras la defensa de gobiernos que han manifestado un derrumbe ético sin precedentes, acosados por una corrupción extendida. Práctica que los ha llevado a convertirse en arquitectos de la dominación del círculo del poder, a caballo de un esquematismo dualista ramplón que, reducido a la disputa de “buenos contra malos”, olvida toda crítica, la crítica de la economía política, del poder y del mismo capital, degradando el sustrato epistemológico del marxismo, en nombre del que no pocos de sus integrantes, dicen hablar. Se trata de un pensamiento impedido de trascender la matriz de la izquierda ortodoxa y nacional populista, aunque sin caer en el derrotismo postmoderno. Asentado en concepciones de una izquierda ortodoxa que en su dinámica reproduce una concepción de poder, espejo del comando capitalista que visualiza en el estado el factotum de los cambios necesarios a implementar.    

Se trata de una predisposición para los análisis y abordajes políticos muy alejados de quienes, como hemos comentado, han sido capaces de volver sobre sus pasos, bien reconociendo vacíos en sus lecturas anteriores, ya incorporando diagnósticos y pareceres que los trasladan a espacios abiertamente confrontativos con el pasado inmediato. Sin abrir juicios valorativos sobre las posiciones de Brown, Lazzarato o Alliez, entendemos que no solo ilustran capacidad de reflexión y autocrítica, sino que, paralelamente, enriquecen el análisis de nuestro tiempo, impulsándonos a pensar y repensar sobre nuestras posiciones e ideas. 

Vivimos tiempos donde las protestas a lo largo del mundo, como las chilenas, han fracturado los procesos gubernamentales, disolviendo sus lógicas de administración de la vida. Sin embargo, no contamos con un léxico, o al menos con categorías políticas que nos permitan nombrar aquello que está ocurriendo, al mismo tiempo que proyectar las luchas del presente en una dirección que asegure una salida de las lógicas capitalistas y gubernamentales. Las categorías con las que pensamos la política, son categorías anticuadas que hemos heredado del liberalismo. Una vez más, Chile está demostrando la impotencia e inoperancia de estos modos de entender y practicar la política. 

 

 

                   César Altamira                                            Buenos Aires, enero 2020. 



[1] W. Brown, In the Ruins of Neoliberalism, the rise of antidemocratic politics in the west, Columbia University Press, 2019

[2] Hay traducción española: El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, México, Malpaso, 2015.  

[3] W. Brown, In the Ruins…, pág. 13.

[4] Ibídem, pág. 28. S.n.

[5] Ibídem, pág. 9.

[6] Ídem, pág. 8.

[7] L. Lavinas, The Takeover of Social Policy by Financialization- The brazilian paradox, New York, Palgrave, 2017.

[8] Analyse Opinion Critique (AOC), Le neoliberalisme sape la democratie, 5-01-2019. 

[9] M. Cooper, The family values, Between neoliberalism and the new social conservatism, New York Zone Books, 2016. 

[10] M. Foucault, ¿Qué es la crítica?, Bs. As., Siglo XXI, 2018.  

[11] Filosofía de la historia, México, FCE, 2015, págs. 23-58.

[12] M. Foucault, ¿Qué es la crítica?, op. Cit. pág. 73  

[13] Ibídem.

[14] Ibídem, pág. 52. Para Política de verdad, ver M. Foucault, Verdad y Poder, en M. Foucault, Microfísica del Poder, Bs. As. Siglo XXI, 2019, pág. 42 y ss. 

[15] M. Foucault, ¿Qué es … pág. 52

[16] E. Castro, Introducción a Microfísica del poder. Op. Cit. Pag. 15.

[17] S. Chignola, Foucault más allá de Foucault, Bs. As. SigloXXI, 2018, pág. 202.

[18] J. Butler, Qué es la crítica. Un ensayo sobre Foucault, Transversal.at en https://transversal.at/transversal/0806/butler/es?hl=butler consultado el 15-01-2020. 

[19] E. Alliez, M. Lazzarato, Guerres et capital, Paris, Editions Amsterdam, 2016. 

[20] M. Lazzarato, La fábrica del hombre endeudado, Bs. As. Amorrortu, 2013; Gobernar a través de la deuda, Bs. As. Amorrortu, 2015.

[21] M. Lazzarato, Le capital deteste tout le monde, fascisme ou revolution, Paris, Editions Amsterdam, 2019.

[22] P. Dardot, C. Laval, La nueva razón de mundo, ensayo sobre la sociedad neoliberal, Barcelona, Gedisa, 2013, (La Decouverte, París, 2009); Común, ensayo sobre la revolución del siglo XXI, Barcelona, Gedisa, 2015, (La Decouverte, París, 2014)

[23] E. Alliez, M. Lazzarato, op. cit. “En resumen, se trataría de extraer las lecciones de lo que nos pareció el fracaso del pensamiento 68 del cual somos herederos, incluso sobre nuestra incapacidad de pensar y construir una máquina de guerra colectiva a la altura de guerra civil desatada en nombre del neoliberalismo y del primado absoluto de la economía como exclusiva política del capital”. pág. 34

 

[24] E. Alliez, M. Foucault, op.  Cit. Pág. 162.

[25] M. Lazzarato, Le capital deteste…págs. 24-25

[26] La deriva de la deuda privada fue transformada luego, en deuda pública para resolver los problemas que el colapso del sistema financiero estaba creando. Para resolver ese problema, se transfirió la deuda privada en deuda pública.

[27] M. Lazzarato, Le capital deteste… op. Cit. Pág. 48. 

[28] Ibídem.

[29] E. Alliez, M. Lazzarato, Guerres et… op. cit., págs. 21-22.

[30] Ibidem, pág 28-29.

[31] Es posible observar que esta idea de guerra contra las mujeres ha sido adoptada por el colectivo de mujeres Ni una menos, así como por Rita Segato en su libro La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de Sueños, 2016. El colectivo Ni una menos sostiene una estrecha relación entre deuda y guerra, mientras que para Segato, la guerra contra las mujeres se corporiza en los crecientes feminicidios. 

Es posible rastrear este concepto de guerra contra las mujeres en Silvia Federici, Calibán y la brujamujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños, 2010, donde Federici plantea que el nacimiento del capitalismo no fue sinónimo solamente de una guerra contra los pobres, sino  también de una guerra contra las mujeres para someterlas a la división social del trabajo y los enclosures de todas las formas de relaciones humanas, pasando por un nuevo orden sexual que somete el trabajo femenino y la función reproductiva de las mujeres a la reproducción de la fuerza de trabajo. En su último texto (El patriarcado del salario) Federici critica fuertemente al marxismo por haber obviado la forma específica de explotación femenina, al delegar en los hombres el control sobre el trabajo de las mujeres creando una forma de gobernanza indirecta.   

[32] Fractal, porque produce indefinidamente su invariancia a pesar de cambios constantes de escala, y transversal, porque se despliega simultáneamente a nivel macro-político, incorporando todas las oposiciones duales: clases sociales, blancos y no-blancos, hombres y mujeres… y micro-político, tras una ingeniería molecular que privilegia las más altas interacciones.

[33] M. Lazzarato, Le capital deteste… pág. 86.

[34] En perspectiva: el gobierno de Macri en diciembre de 2017 cambió la fórmula de actualización: desde 2009 se actualizaba según fórmula polinomial que incorporaba variación de salarios y recaudación, porque quería bajar, en términos reales, los ingresos jubilatorios. Por ese entonces el macrismo preveía una caída de la inflación, y un aumento de la recaudación; pero la inflación se aceleró. En diciembre de 2019 el gobierno de Fernández suspende la actualización, según la fórmula heredada, por la misma razón de fondo que movió al gobierno de Macri en diciembre de 2017. La clave ahora es desenganchar los aumentos de los haberes jubilatorios de la evolución del índice de precios. Del aumento previsto del orden del 28 % para junio del 2020, seguramente no superará el 10 % para las jubilaciones por arriba de los 20000 pesos, con un ajuste previsional calculado del orden de los 120.000 millones de pesos. 

 

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