domingo, 24 de julio de 2011

La crisis griega, o el biopoder de los mercados financieros

ANDREA FUMAGALLI

Hace un año, el Ministro Tremonti se vio sometido a una actividad frenética para garantizar la solidez de las finanzas públicas italianas y tranquilizar a los mercados financieros. Dos fueron las razones adoptadas por el licenciado en ciencias económicas para declarar que Italia nunca tendría el final de Grecia o de Irlanda: la solidez de nuestro sistema bancario, que sólo tangencialmente había sido tocado por la crisis financiera, y el hecho de que las cuentas públicas estaban bajo el control total con maniobras de contención promulgadas por el Gobierno (?).

Hoy la situación es bastante diferente.

Moody's ha rebajado en los últimos días los títulos del Gobierno portugués a la categoría de títulos basura (junk) Se repite la "farsa" de Grecia. En el último año Grecia adoptó de mala gana detrás de la imposición de la troika FMI, BCE y el ECOFIN, medidas draconianas para reducir el déficit público a partir de la segunda mitad de 2010: reducción del 15% de los gastos públicos; bloqueo de los supuestos, aumento de los impuestos en particular del IVA, bloqueo de las contrataciones de nuevos empleados, aumento de la presión fiscal, en particular del IVA, programa de privatización sin precedentes por valor de unos 50 mil millones de euros. El resultado hasta ahora es el siguiente: de acuerdo a datos de Eurostat, publicados el pasado mes de abril, a finales de 2010, la proporción del déficit público/PIB ha aumentado hasta el 10,5%, en comparación con el 9,4% pronosticado por el Gobierno griego sobre la base de la maniobra producida (en comparación con el 32% de Irlanda, el 10,4 % del Reino Unido, el 9,2% en España y Portugal, y el 7% de Francia). Al mismo tiempo, la proporción de deuda pública/PIB (donde "deuda del Gobierno" significa la suma de todos los déficits acumulados año tras año) superó el 140%. Sobre la base de este resultado, este mes se ha repetido el mismo debate obsoleto que hace un año: ¿vale la pena intervenir para salvar a Grecia por defecto? Pero, un año después, la pregunta correcta sería: ¿por qué las medidas draconianas adoptadas en Grecia (y que se adoptan en España, Irlanda, Portugal y se desea adoptar en Italia) no han producido los resultados esperados?

La cuestión es puramente retórica, porque después de todo, la respuesta es trivial.

El déficit público está constituido por dos componentes: el déficit o el superávit primario equivalente a la diferencia entre el total de gastos y los ingresos totales del Estado (sin incluir los intereses) y los pagos por los intereses de los bonos emitidos por el Gobierno en años anteriores así como de aquellos resultado de la renegociación de los títulos que llegan a su fin en el año. Las leyes financieras pueden actuar sólo sobre el superávit primario o déficit, no sobre los gastos derivados del interés. Tras la adopción de las medidas draconianas, también se puede alcanzar un superávit primario (como pasó en Italia a mediados de los 90, después de las lágrimas y sangre financieras de 1992, 1993 y 1994 y la ola de privatización de mediados de los 90), pero, si al mismo tiempo se aumenta la deuda y por tanto la carga de los intereses de la deuda el esfuerzo por reducir el déficit presupuestario puede ser completamente anulado. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido y ocurre en Grecia. Al presente, tras la descalificación que diversas agencias han infringido a los bonos del Gobierno griego (y hoy a los portugueses), definiéndolos como bonos basura, la brecha (spread) con bonos alemanes (considerados los más confiables) alcanza casi a 700 puntos, lo que significa que el interés que el Estado griego debe prometer para vender sus bonos y los de la renegociación es 7 veces superior al 10% por año. Se debe agregar a este coste adicional que el mercado "futuro" de los bonos del estado griego, comercializados en el mercado secundario de valores de la bolsa de Londres, evidencian valores mucho menores que el valor nominal, con el consiguiente peligro de imponer pérdidas mucho más importantes a los poseedores de títulos: en buena parte, los bancos griego, francés, alemán y el BCE. De hecho, más allá de la validez y de la fiabilidad de las maniobras más o menos draconianas, los mercados financieros siempre tienen la última palabra, ya que se trata del capitalismo moderno.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que cualquier política fiscal restrictiva da lugar a una inmediata contracción del PIB. Así, es posible que el efecto negativo de esa acción sobre el PIB sea mayor que el efecto positivo de la reducción del déficit, por lo que el objetivo de reducir la relación déficit/PIB nunca puede lograrse. Usando una metáfora de Keynes, es el caso en el que la cura es tan fuerte que se termina matando al paciente. Este riesgo es mucho más fuerte cuando la política fiscal restrictiva sigue a una recesión tan pesada como la del 2009, que provocó en Grecia (como en Italia) una caída del PIB más allá del 5%, con valores que se mantuvieron negativos aún en 2010.

No se necesita ser experto en economía para entender que difícilmente las medidas de política económica impuestas a Grecia vayan a tener éxito. Por el contrario, el riesgo es que la situación empeore tras una espiral viciosa y sin salida que impone todos los años adoptar políticas fiscales aún más recesivas.

Está claro que la salvación de Grecia del default no es el verdadero objetivo que tiene la troika económica europea y mundial bajo la égida de los mercados financieros. En realidad, los objetivos son muy diferentes y no siempre convergentes: desde el punto de vista europeo resulta prioritario exigir el pago de la deuda griega en manos de bancos europeos, de la misma forma que se hizo en el caso de Irlanda y de Islandia. Tal objetivo, sin embargo, se enfrenta con estrategias diferentes: por un lado, Francia, a través del plan de Sarkozy, apunta a un alargamiento de los vencimientos de la deuda a través de la emisión de títulos de garantía (una especie de "derivados” soberanos, controlados por el BCE), con el doble propósito de alejar el riesgo de default de Grecia (esperando una reducción de las tasas de interés) y darle fuerza al mercado financiero europeo con la extensión del mercado de los bonos soberanos. Por otra parte, Alemania es más renuente a lanzar medidas de salvataje a Grecia, incluso a riesgo de crear efectos adversos en el mercado de crédito alemán (dada la alta exposición de los bancos alemanes), a fin de evitar cargar sobre sus espaldas la carga principal por la reconstrucción asentada en el Fondo de rescate (al que Alemania, por su posición, está llamada a hacer una alta contribución). Como hemos escrito ya en otra ocasión, nos encontramos ante la inexistencia de una política fiscal europea única y por lo tanto el carácter incompleto de la construcción europea.

Para los mercados financieros, la inestabilidad generada por la incertidumbre actual es Maná del cielo. La variabilidad que los acompaña, de hecho, promueve la actividad especulativa de la intermediación financiera, capaz de influir en la dinámica y en las trayectorias financieras, la mayoría de las veces a expensas de los pequeños inversores. Se confirma la hipótesis de hace unos años. Las finanzas se conviertes cada vez más en instrumentos del biopoder sobre la vida de hombres y mujeres de este continente, ya que es capaz de imponer las decisiones económicas que considera más convenientes, aunque de hecho produzcan una "carnicería social". En realidad lo que ocurrió con los planes de ajuste estructural infame impuestos por el FMI a los países africanos en los años 90 se está verificando hoy, aunque de manera diferente, en los países europeos.

Recuperación de las deudas y confirmación del biopoder de los mercados financieros sobre la vida humana como fuente de valorización capitalista: he aquí la verdadera razón de la imposición de la política económica suicida a Grecia.

En Italia la situación no es mejor. Es cierto que, a diferencia de España y Grecia la ratio déficit/PIB en 2010 ha disminuido de 5,4% a 4,6% (fuente: Eurostat), pero en el primer trimestre de 2011 saltó al 7,7% (fuente: Istat) y la proporción de deuda en los años de crisis (2008-2010) subió de 106% a 119% (sólo para Grecia). La razón está, nuevamente, en el aumento del spread entre los bonos italianos y los del estado alemán, que ahora se sitúa en aproximadamente 200 puntos (o sea el doble). En segundo lugar, el sistema bancario no está tan sólido como Tremonti quiere hacernos creer. La reciente inspección del Banco de Italia en la Banca Populare di Milano (BPM) ha revelado irregularidades contables a partir de operaciones de crédito de dudosa eficacia y transparencia. Al mismo tiempo, el peso creciente de los sostenes bancarios (los verdaderos propietarios del sistema de créditos) de los bancos locales de la zona norte, todos estrechamente ligados al control político de la Liga del Norte (basta pensar en el defenestramiento de Unicredit), con una aparente alta disponibilidad de liquidez pero con muy bajos límites de acción, además de representar un costo excesivo para el sistema económico italiano, impiden el proceso de innovación empresarial al volverlos más impermeables al enfrentamiento con la mafia política y la competencia internacional.

Se deduce que lo que está sucediendo hoy en Grecia y que ya pasara un año atrás, lo que hoy se está produciendo en Portugal, puede repetirse en otros países europeos, principalmente en aquellos del cordón periférico (Irlanda, España), que ya se han visto obligados a adoptar fuertes medidas recesivas. Para Italia, es sólo cuestión de tiempo.

Frente a tales soluciones no existen escapatorias reformistas. O mejor dicho, si hay espacio para políticas reformistas éstas son totalmente inútiles, en tanto se vuelven internamente incompatibles con los mercados financieros y las instituciones económicas y políticas que los representan o a las que están sujetos: en otras palabras, se trata de decidir cuáles gastos sociales se deben recortar. Ya una propuesta alternativa de presupuesto, como aquella de la red Sbilanciamoci, totalmente compatible con los objetivos, (sin embargo, utópica), de reducir la relación déficit/PIB en 2014, puede ser considerada "políticamente" inaceptable por ejemplo si apunta a una reducción de los gastos militares o de las grandes obras en beneficio de los gastos sociales básicos, y a financiarse con medidas fiscales que incrementen los impuestos a los sectores más ricos incorporando impuestos al patrimonio.

Hoy en día la política fiscal europea y las restricciones impuestas por el Pacto de estabilidad Europeo son los límites para mantener la actual jerarquía en la estructura económica y social. Nada más que eso. Es en este nivel que se debe pensar una respuesta adecuada. Y esa respuesta sólo puede partir desde el primer punto: el derecho a la bancarrota de los Estados europeos en combinación con el resurgimiento de un movimiento transnacional Europeo que ponga como primer punto la construcción de un presupuesto fiscal europeo único, una política fiscal, de gasto público que vaya más allá de las fronteras nacionales. Los puntos principales de una estrategia programática de este tipo pueden ser los siguientes:

1. extensión de los vencimientos promedio de la deuda pública;

2. establecimiento de un fondo de garantía europeo financiado principalmente por el Banco Central Europeo.

3. aumento progresivo de la contribución de cada uno de los Estados europeos (ahora está en el 1% del PIB) para establecer un presupuesto administrado a nivel europeo con el objeto de fomentar una política social común;

4. el comienzo de un plan europeo para el establecimiento de una política fiscal común.

Estos puntos representan sólo un programa mínimo para permitir el paso de la soberanía fiscal a nivel nacional a aquella otra europea, de manera de plantar un contrapoder al poder monetario y financiero que hoy nos domina. Pero para lograr estos objetivos es necesario desarrollar movimientos sociales que coordinen entre ellos su actividad y sean capaces de incidir en el espacio público y común europeo. Es hora que aquellos levantamientos, aún nacionales, que sostienen el derecho a la insolvencia extiendan, a través de las redes de estudiantes, de inmigrantes, de precarios, de las mujeres, de los "indignados", el derecho a la bancarrota a escala europea. Porque el derecho a la bancarrota significa aceptar que la moneda es un bien común.

Trad: César Altamira

Del sitio italiano Uninomade 2.0 http://uninomade.org/crisi-greca-biopotere-mercati-finanziari/

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