jueves, 17 de marzo de 2011


«Capitalismo violento» *
 (II° Parte)
Christian Marazzi


El análisis de la financiarización plantea una serie de cuestiones que son objeto de debate. En primer lugar, si bien es cierto que en los últimos 30 años las tasas de ganancia han aumentado constantemente a pesar de las frecuentes crisis financieras, también es cierto que, en promedio, la tasa de acumulación a escala mundial ha aumentado, pero a valores decididamente más bajos en relación con las ganancias. "Los datos demuestran," escribe Daniel Albarracín, "una acumulación importante en los países asiáticos y emergentes, que en su mayoría compensan la regresión vista en los EE.UU., Japón y Europa." La divergencia entre estas dos tasas está, sin duda en el origen de la coexistencia de la prosperidad y del crecimiento relativo de la pobreza, aunque no puede ser interpretada de inmediato desde el punto de vista histórico.

En nuestra opinión, la divergencia en las tasas de acumulación entre los países desarrollados, los países asiáticos y los nuevos países emergentes deben ser analizada a partir de la forma global del capitalismo contemporáneo, teniendo en cuenta el papel estratégico de las empresas transnacionales que se benefician directamente de la alta tasas de crecimiento de los países emergentes a partir de la repatriación de la plusvalía realizada en ellos para invertir en los mercados financieros, recordando igualmente la aparición de nuevas herramientas políticas para la coordinación, intervención y control supranacional, como el G20, el FMI, el Banco Mundial, la OMC y los bancos centrales de los principales polos regionales de desarrollo. La globalización del capital ha interiorizado las economías periféricas formando el Imperio teorizado por Negri y Hardt -un imperio donde domina la misma lógica de las normas de explotación, aunque articulada en diferentes formas, y donde domina igualmente la apropiación de la riqueza por una oligarquía capitalista transnacional. Hoy en día, las relaciones entre el Norte y el Sur, el centro y la periferia se encuentran dentro de los propios procesos de acumulación, cada "afuera" ya está "dentro" del proceso de crecimiento capitalista.

El razonamiento en términos de Imperio en vez de imperialismo (es decir, de la relación entre el centro y la periferia, entre el "adentro" y el "afuera", en fin, entre el desarrollo y el subdesarrollo) no significa subestimar las contradicciones internas del capitalismo global. No hay duda que entre los países de EE.UU., Europa, Asia y los países emergentes hay estrategias diferenciadas respecto a las opciones de inversión, la política monetaria, las medidas de estímulo del crecimiento, el papel de las exportaciones y las modalidades de financiación de la deuda pública, como hemos demostrado en nuestro análisis sobre las tensiones reales en juego en el capitalismo en este período. Estas contradicciones están, sin embargo, inscritas dentro de una "competencia cooperativa" que tiene como objetivo unificador el extender los procesos de explotación laboral y la redistribución de la riqueza de acuerdo a la lógica de apropiación. Esto no excluye la posibilidad de una crisis en las relaciones internacionales, el comienzo de un peligroso proceso de desglobalización basada en políticas proteccionistas y guerras locales para restablecer un orden jerárquico de control mundial. La crisis que estamos presenciando puede tener efectos totalmente contradictorios y dramáticos, precisamente por su larga duración y la suma de las tensiones que están surgiendo de ella.

La otra cuestión crucial abierta al análisis del capitalismo contemporáneo es la interpretación de la financiarización, más allá de esquemas ideológicos preconcebidos heredados del pasado. No hay duda que la brecha abierta entre la tasa de ganancia y la tasa de acumulación es consecuencia de las políticas relativas a incrementar el valor de las acciones y la transferencia de la plusvalía (dividendos e intereses) a los inversores, sobre todo, a los grandes inversores institucionales. Acción que fue posible gracias a condiciones de trabajo más acuciantes y directa compresión de los salarios indirectos, la precarización de la mano de obra y los procesos de externalización de segmentos enteros de la producción. Es decir, si el costo de mano de obra se reduce al mínimo y el empleo se reduce, aumentar los beneficios significaba que una parte de ellos se invirtieran en los mercados financieros para garantizar las rentas financieras. La movilidad del capital, su orientación hacia los países emergentes con altas tasas de ganancia y deslocalización de la empresa son todos procesos que han contribuido a aumentar los beneficios, sin que provocaran una nueva ola de prosperidad general. Asistimos, más bien, a una extrema polarización de los ingresos. Somos testigos de un crecimiento sostenido en espiral de las tasas globales de acumulación. Incluso las innovaciones tecnológicas industriales, que han sido considerables en las últimas décadas, se han aplicado más para comprimir el costo del trabajo e intensificar la jornada laboral que para impulsar el crecimiento acumulado, como fue el caso en el período fordista.

Según nuestro análisis, a partir de los años 80, la expansión de las finanzas fue la otra cara de la ampliación del proceso de extracción y apropiación de valor al conjunto de la sociedad. La financiarización y las crisis cíclicas que la caracterizan deberían ser en realidad interpretadas a la luz del trabajo biopolítico, es  decir, de las estrategias de producción postfordistas en las que la vida entera se pone a trabajar; cuando los conocimientos y las competencias cognitivas de la fuerza de trabajo (el general intellect, que Marx hablara en los Grundrisse) asumen el papel desempeñado por las máquinas en el período fordista, encarnado ahora en los cuerpos vivos de la cooperación productiva, en los que el lenguaje, los afectos, las emociones y las capacidades relacionales y de comunicación contribuyen a la creación de valor.

En este proceso de externalización de la producción de valor, el consumidor es a menudo coproductor de bienes y servicios: Es a partir de este punto de vista que debe ser estudiada la financiarización: como efecto de la bifurcación entre la tasa de ganancia y la tasa de acumulación. El proceso de tijera entre los aumentos de beneficios y el estancamiento de las inversiones en capital constante y variable, o más bien en bienes de capital y salarios, puede ser explicado en términos de la transformación de la naturaleza misma del trabajo. En este vacío, la extracción de la plusvalía, del trabajo no remunerado, se realiza mediante la captura de dispositivos por fuera de los procesos productivos utilizando directamente un modelo de organización empresarial que se nutre de las cualidades productivas, creativas e innovadoras de la fuerza de trabajo desarrolladas en entornos extra-profesionales. La producción de la renta financiera, con la reinversión de los beneficios y ahorros de los trabajadores (los fondos de jubilación y pensión) en el mercado de valores lejos de dar lugar a la creación de empleo asalariado e inversiones en bienes de capital, ha contribuido a generar un aumento de la demanda efectiva necesaria para la realización monetaria de los beneficios, es decir, para la venta de bienes y servicios que incorporan la plusvalía.

Por otra parte, el estancamiento de los salarios reales ha sido "compensado" a su vez con la deuda privada. En resumen, un "devenir-renta" de los beneficios (y, en parte, de los salarios también) se presenta como el proceso simétrico a la producción de valor en la esfera del intercambio de bienes y servicios.

En nuestra opinión, el aumento de las ganancias en los últimos 30 años se debe a la producción de plusvalía con acumulación, aunque en este caso se  trata de un tipo de acumulación totalmente nuevo, ya que es externa a los procesos tradicionales de producción. Este nuevo capital constante, a diferencia del sistema de la máquina (física) del fordismo, está constituido por un conjunto de sistemas de organización disciplinaria (así como de tecnologías de la información) que absorben mano de obra excedente, siguiendo a los ciudadanos-trabajadores en todo momento de sus vidas, lo que resulta en la prolongación y densificación de la jornada de trabajo (el tiempo de trabajo vivo). Estas estrategias de "crowdsourcing", extrayendo recursos vitales de las multitudes, representan la nueva composición orgánica del capital, es decir la relación entre el capital constante disperso en toda la sociedad y el capital variable como conjunto de la sociabilidad, emociones, deseos, capacidades relacionales y una gran cantidad de "trabajo libre" (trabajo no pagado), dispersos en el ámbito del consumo y la reproducción de las formas de vida, del imaginario individual y del colectivo.

Tiene razón el economista estadounidense Robert Schiller cuando dice que en la fase actual de desempleo masivo, con un desempleo de larga duración cada vez mayor, los paquetes de estímulo no deberían tender a aumentar el PIB como objetivo fundamental, sino más bien hacia la creación de puestos de trabajo directos en los sectores de trabajo de alta intensidad, como la educación, la sanidad y servicios sociales, mantenimiento de la infraestructura urbana, los programas de empleo de los jóvenes, la ayuda interna, proyectos culturales y artísticos y de investigación científica. La idea es obtener beneficios económicos de las actividades que no necesitan determinadas inversiones en bienes de capital para ser legitimadas, actividades que en su mayor parte se han alcanzado sin ningún costo o actividades cuya externalidades positivas, en particular en el medio ambiente, no se traducen inmediatamente en crecimiento del PIB tras el clásico análisis coste-beneficio. Según Schiller, la contratación de un millón de trabajadores desempleados en estos sectores costaría $ 30 mil millones al año, o el 4% de todo el paquete de estímulo económico estadounidense, y el 0,2% de la deuda nacional.

La divergente relación aparente entre la tasa de ganancia y la tasa de acumulación en los últimos años vuelve muy valedera aquella intuición de Marx, que figura en sus manuscritos de 1844: "El valor creciente del mundo de las cosas evoluciona en proporción directa a la devaluación del mundo de los hombres. El trabajo no sólo produce mercancías, sino que se produce a sí mismo y al propio trabajador como una mercancía y lo hace en la misma proporción que produce las mercancías en general”. La depreciación de los hombres y mujeres es mayor cuanto mayor sea la producción de valor que no se reconoce en toda su amplitud, estando condicionada por las leyes del mercado (y el PIB), es decir, por los criterios de medición de valor vinculados a la relación entre los costes, directos e indirectos, del trabajo asalariado y los beneficios. La superación del desempleo a largo plazo debe asumir de manera creciente la naturaleza antropogénetica del nuevo sistema de acumulación: Por lo tanto, debe privilegiar  formas de remuneración a los trabajadores directamente vinculadas a la reproducción de la vida misma. Ya no se trata de la producción de bienes por medio de bienes, sino de la producción de hombres por medio de hombres.
           
Es posible pensar en un trasfondo luxemburguista que acompaña al capitalismo financiero ya que, entre una burbuja y otra, coloniza más y más bienes comunes. Rosa Luxemburgo en su estudio sobre la acumulación de capital, sostenía que el capitalismo no puede sobrevivir sin economías "no capitalistas": el capitalismo es capaz de progresar, siguiendo sus propios principios, siempre que haya “tierras vírgenes" abiertas a la expansión y a la explotación; pero tan pronto como se les conquista para explotarlas, termina esa virginidad pre-capitalista y se agotan las fuentes de su propio alimento.

El ciclo de acumulación imperialista se ha caracterizado por una relación precisa entre el centro y la periferia, el desarrollo y el subdesarrollo. El centro exportaba a los países pre-capitalistas de la periferia el excedente que no podía vender internamente por falta de demanda. Con el fin de permitir a los países pobres importar bienes capitalistas, la creación de la demanda externa se basó en una "trampa de la deuda", dispositivo en virtud del cual los bancos del Norte crearon la demanda necesaria para vender el sobreproducido a través del endeudamiento de los países importadores. Este mecanismo obligó a los países periféricos, por un lado, a destruir sus economías naturales locales en favor de los bienes importados de capital y, por otra, parte a la exportación de una gran parte de sus materias primas, a precios determinados por los mercados capitalistas, con el objeto de poder honrar la deuda. La desestructuración de los bienes comunes, de los recursos locales naturales estratégicos para el desarrollo capitalista de los países del Norte, tuvo que darse sin la reestructuración de la economía local, es decir, sin la posibilidad de que los países más pobres pudieran salir de la pobreza y de la dependencia de los países ricos del Norte, para que no sufrieran el mismo problema de la venta de excedentes en una escala más grande. La dependencia entre los países ricos y pobres fue sellada por la relación de la deuda y el crédito.

Este esquema de relaciones imperialistas históricas entró en crisis cuando los países periféricos maduraron formas de autonomía política capaz de imponer estrategias de desarrollo autóctonas en contra de la dependencia frente al depredador desarrollo que imponían los países del Norte. Este es el resultado histórico de las luchas por la liberación nacional, lucha que transformaron a los países subdesarrollados en los nuevos países emergentes.

La misma lógica histórica de las relaciones de dependencia entre el centro y la periferia se encuentra hoy en día al interior del imperio capitalista. La diferencia central entre imperialismo e imperio, es que hoy en día los bienes comunes "precapitalistas" están hechos, por así decirlo, por materia prima humana, capacidad vital para producir riqueza de manera autónoma. La cara oculta de la financiarización, de la producción recurrente de la "trampa de la deuda", como ocurrió con la burbuja de los subprime, está constituida por la silenciosa producción y exportación, aunque real, de lo que llamamos el común. El común es todo aquel conocimiento, comprensión, información, imágenes, afectos y relaciones sociales que están estratégicamente incorporados en la producción de bienes. En lo que respecta a las materias primas naturales, que son limitadas, estos nuevos bienes comunes cognitivos e inmateriales de los que se apropia el capital son teóricamente ilimitados, por lo tanto, su privatización (por ejemplo, como los derechos de autor y patentes, o como la simple privatización de secciones enteras de las redes de servicio público) trae consigo la creación artificial de la escasez a través de la propiedad privada.

Las crisis financieras contemporáneas son momentos de redefinición del control capitalista sobre los bienes comunes; producen pobreza como "pobreza común," momento de deconstrucción sin reconstrucción de las economías sociales basadas en relaciones horizontales de cooperación En la crisis, el proceso de inclusión de los bienes comunes es transformado en un proceso de exclusión, lo que se traduce en una declinación del acceso a los bienes comunes mediante la transformación de las relaciones de la deuda en control sobre las formas de vida, en austeridad y en pobreza. Este es el momento en que la constricción sobre los salarios se manifiesta con violencia, exactamente igual que los enclosures del siglo XVI, cuando el acceso a las tierras comunales, como bien común, fue suprimido a través de su privatización y la instauración de los salarios para el naciente proletariado.

Hoy más que nunca, la naturaleza "precapitalista" de los bienes comunes recuerda el concepto de la propiedad colectiva enfrentada a la propiedad privada. "El común", escribe Ugo Mattei, "tiene un ecosistema" como modelo, es decir, una comunidad de individuos o grupos sociales interconectados a través de una red, en general, que rechaza la idea de la jerarquía (así como la idea de la competencia producida por la misma lógica) a favor de un modelo colaborativo y participativo que no confiere poder a una parte de un todo, poniendo el interés de este último en el centro de atención".

Mediadas por las crisis recurrentes, la financiarización capitalista de las últimas décadas ha alterado la distinción jurídico-político entre la propiedad privada y el Estado. La crisis de la deuda soberana, en este sentido, marca la entrada de los mercados financieros en la gestión de la deuda pública, extendiendo la lógica financiera a la esfera pública, con sus normas, su disciplina y la privatización de la concentración de su poder. Este proceso fue precedido por la privatización de las obras públicas, pero con la financiarización de la deuda soberana se ha roto definitivamente el velo ideológico de la "contraposición" entre el Estado y el mercado.

"El gobierno soberano en el territorio nacional", escribe Negri, "no funciona desde hace  décadas; para restablecer su eficacia utiliza el procedimiento de la governance. Aunque esto también es insuficiente ya que el mismo gobierno local necesita de algo que vaya más allá del estado territorial, que sustituya la soberanía exclusiva que el Estado-nación poseía en otro momento. "El pasaje del gobierno como modalidad estatal de regulación del crecimiento al de la governance como ejercicio de control tecnocrático -parcial, puntual y local- es exactamente lo que hemos estado viviendo en la crisis internacional de la deuda soberana. No es casual que la crisis financiera sea, de hecho, una crisis bancaria, una crisis de insolvencia donde los bancos regionales, desde el alemán Landesbanken a la Caja española, los Estados-nación hasta las ciudades de los EEUU se encuentren al borde de la quiebra, luchando para reducir sus deudas. Es como experimentar otra vez la crisis de la ciudad de Nueva York en los años 70, pero esta vez a escala mundial. En ese momento, fueron los fondos de pensión de los empleados públicos los que salvaron de la bancarrota a la ciudad de Nueva York, inaugurando la era del "comunismo del capital" y de los procesos de financiarización que le siguieron. Hoy en día, los mercados financieros internacionales son los que, con el "simple" diferencial del ingreso de los bonos, determinan técnicamente si un ciudadano de Grecia, Illinois o Michigan tiene derecho a los fondos de jubilación o si él o ella tendrán que recurrir a la asistencia pública para sobrevivir.

Este es el terreno en el que la governance austera y el gobierno del común confrontan uno con el otro. Las formas y los objetivos de la lucha "dentro y contra" la crisis del capitalismo son a la vez locales y globales. Los objetivos de esta lucha son claros: que la movilización imponga desde abajo y desde un principio nuevas normas que regulen el mercado y el sistema financiero, nuevas políticas de inversión en los servicios públicos, la educación y el bienestar, la creación de empleo público para la conversión de la energía, la negativa a la defiscalización de los altos ingresos, el hacer valer el derecho al salario, al empleo y al ingreso social y la construcción de espacios de autonomía y autodeterminación. Sin embargo, el primer paso en la construcción de los nuevos paradigmas alternativos, de las nuevas formas de gobierno del común, es totalmente subjetivo. No hay recetas predefinidas, sólo existe la conciencia desafiante que cualquier futuro depende de nosotros.

* Postfacio del libro de próxima aparición La violencia del capitalismo financiero, publicado por Semiotext (e), 2011. Traducido del italiano por Jason Francis Mc Gimsey. Texto presentado al Seminario “Du public u common” en la sesión del 9 de marzo de 2011.

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