jueves, 5 de mayo de 2011

Insolvencia de clase

 de Gigi Roggero

Un fantasma recorre el mundo: la insolvencia. En diciembre, el Banco de Italia renovó la alarma: el 5% de las familias italianas que tomaron un préstamo no pagaron las cuotas. El porcentaje se eleva al 19% si tenemos en cuenta los desempleados, a los que se añaden los altos niveles de insolvencia entre las personas de bajos ingresos y pobres. Pero eso no es todo, los datos se derivan de una encuesta de 2007, por lo que está claro cómo el número de personas que no devuelven el dinero prestado se encuentra en rápido crecimiento. El porcentaje de los insolventes en quiebra es un récord en Europa, pero como  es ampliamente conocido, la tendencia es a nivel europeo y mundial. La crisis comenzada en 2007 tiene, en este fenómeno, un elemento fundante. En Estados Unidos son figuras muy específicas quienes - para pagar una casa, la educación, la salud o la movilidad - han recurrido a las subprime (hipotecas de alto riesgo), de ahí el nombre de los préstamos: desempleados, mujeres solteras, muchos afro-americanos, latinos, grandes sectores de la clase trabajadora y clase media en rápida proletarización. Mientras tanto, la deuda de los estudiantes – agigantándose progresivamente en las últimas dos décadas - ha llegado a niveles explosivos. Para asistir a una universidad se deben acumular decenas de miles de dólares, lo que significa, a menudo, una drástica reducción de la remuneración en dinero que realmente se percibe. El no pago de la deuda -en todas sus formas - sobre todo por elección o por imposibilidad- ha hecho saltar el sistema.
El sistema de la deuda propiamente, extiende ante nuestros ojos las características del capitalismo contemporáneo. En primer lugar, la financiarización del estado de bienestar bienestar que acompaña el desmantelamiento del modelo público-estatal. Modelo que, sería bien recordarles a quienes hoy acríticamente plantean su defensa y/o restauración,  fue parte del cuestionamiento incorporado a las luchas de los movimientos, de los obreros, de los estudiantes y del feminismo en los años 60 y 70. En segundo lugar, es indicativo del proceso de precarización y desclasamiento que se ha mostrado como característica permanente y estructural de las relaciones sociales de producción, arrollando incluso lo que se dio en llamar la clase media. El empobrecimiento, de hecho hoy, es propio de los sujetos del trabajo: ya no es más sinónimo de exclusión y marginación, sino que define la grilla jerárquica de la inclusión. Por último, sin embargo, el sistema de endeudamiento debe hacer frente a la irreversibilidad e incompresibilidad de las necesidades sociales conquistadas por la multitud. En los Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, a pesar del continuo aumento de los impuestos (agravado por la necesidad de cubrir los agujeros en el presupuesto de las universidades en crisis), las tasas de matrícula en las instituciones de educación superior siguieron aumentando: esto sucede, huelga decir, por las deudas. Lo mismo puede decirse de la utilización generalizada de los préstamos y tarjetas de crédito, con buenas paces de los moralistas de la izquierda, herramienta para garantizar un nivel de vida decente, o al menos soportable.
Es esta la composición social que ha invadido las plazas y ocupado las universidades de toda Europa y del mundo para rebelarse contra las políticas de austeridad: los estudiantes y los trabajadores temporales  ven en la deuda una hipoteca, no sólo sobre su propio futuro, sino ante todo, sobre su propio presente;  los trabajadores que dejan de pagar sus cuotas de las hipotecas; los despedidos, preocupados no tanto por recuperar su lugar de trabajo, sino por el embargo de sus casas; los jóvenes, y no tan jóvenes,  que carecen de salarios y de todo tipo de ingresos. Desde este punto de vista, también la retórica meritocrática en Italia, alarmantemente difundida en la composición del movimiento de la “Onda Anómala”, comienza a arder. La ambigua ilusión de poder arrancarla de manera individual en la crisis, siempre y cuando se trabaje duro y con humildad, es, incluso perversa, para muchos jóvenes, privados de toda base, que salieron a las plazas italianas. Los jóvenes entre 15 y 20, ejes cualitativos, soportes del reciente movimiento, resultan ser los hijos de la primera generación de precarios, de las figuras desclasadas  y, en muchos casos, de los inmigrantes, por lo que deben llevar entonces la etiqueta de la segunda generación. El referente más próximo, aquel de la familia, es aquí espejo inmediato de la imposibilidad de salvarse individualmente. El progresivo adelgazamiento del welfare familiar de las anteriores generaciones, hace de la insolvencia una práctica necesaria para satisfacer las necesidades socialmente conquistadas.
Y aquí toma cuerpo una palabra de orden, una consigna de lucha de los precarios: el derecho a la quiebra (bancarrota) de los precarios. No se trata de una enunciación sugestiva o provocativa, sino de una consigna que nace a partir de la resistencia generalizada. En los Estados Unidos desde hace un par de años se ha presentado incluso ante las cortes para impedir las ejecuciones hipotecarias o la detención temporal por insolvencia, invirtiendo así el derecho concedido a las empresas contra los trabajadores y el rescate de los bancos públicos. En este sentido, el Frente de Liberación del Conocimiento (Knowledge Liberation Front, KLF, red que nace de la reunión en París el pasado mes de febrero)  promovió, desde el 24 al 26 de marzo, tres días de acción conjunta contra los bancos transnacionales y el capitalismo financiero, con importantes iniciativas de lucha en muchas ciudades europeas y, más allá de ellas, hasta llegar a lo que se dio en llamar la "semi-insurrección" de Londres. Pero atención, no se trata de de contraponer las finanzas a una supuesta economía real, el negocio bancario a la empresa, un capitalismo bueno frente a uno malo. Por el contrario, la financiarización debe ser definitivamente reconocida, hoy en día, como la forma de la economía real. La extensión espacial de las iniciativas durante los tres días de movilización y los sujetos intervinientes, son indicativos de la existencia de un terreno de carácter central, recompositivo e inmediatamente traducible al plano  transnacional, aunque obviamente con diferentes variaciones. Justamente la lucha contra la deuda y por el derecho a la bancarrota son entendidas hoy como una reconfiguración de la lucha por el salario, de la lucha por el bienestar, por la reapropiación colectiva de la riqueza social y de los ingresos, es decir, por la construcción de instituciones del común. El nudo político es transformar la lucha contra las deudas en el ámbito de la organización de la nueva figura del trabajo.
Los tres días de acción transnacional del KLF constituyen en Italia un antecedente político para la “huelga general” del próximo 6 de mayo (las comillas son, en este caso, una necesidad para ambos términos). Por un lado porque permite salir de las aguas poco profundas del debate italiano provincial, apuntando a las nuevas coordenadas de acción política global. En segundo lugar, si se desea que la reivindicación expresada con fuerza en las  luchas del otoño, no se transforme en su opuesto, es decir en el Termidor de la soberanía de la secretaría de la CGIL contra la lucha misma, tenemos que empezar a ir más allá de la idea de una simple alianza entre sectores del trabajo y del movimiento, o - peor aún – entre la misma supuesta representación, para identificar los espacios y las prácticas de recomposición. Entonces, o las partes del sindicato que se consideran más cercanas a los movimientos, se ven forzadas a este terreno, o consideran la primera como una resistencia conservadora, y la segunda como ilusión de una eficacia política sin encuesta y sin programa, y por tanto sin perspectiva de transformación radical.

Trad: César Altamira
Publicado en el sitio italiano UniNomade 2.0  http://uninomade.org/insolvenza-di-classe/

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