lunes, 11 de abril de 2011

Continuando con Horizontes de la descolonización


Raúl Prada Alcoreza

La soberanía del Estado-nación

Se dice que el Estado creo la nación y no la nación al Estado, como se ha querido proponer de un modo retroactivo, en el despliegue del discurso de legitimación del poder del Estado. Antonio Negri y Michel Hardt dicen que la concepción de nación se desplegó en Europa sobre el suelo del Estado patrimonial y absolutista. El Estado patrimonial se definía como la propiedad del monarca . Otra es la historia de los otros continentes, se puede decir que allí llegó el Estado en su forma colonial, como expansión imperial, como administración extraterritorial europea. Después, la constitución de los Estado-nación en las excolonias intenta oponerse al colonialismo y salir del mismo, empero lo hace en el contexto mundial dibujado por la colonización, en cierta manera, en las jurisdicciones de las administraciones coloniales se instauran los Estado-nación subalternos.

Volviendo a la historia europea, los autores del Imperio dicen que el cambio del modelo absolutista y patrimonial gravitó en un desarrollo gradual que substituyo el cimiento teológico del patrimonio territorial por un nuevo cimiento, igualmente trascendente. En el sitio dejado por el cuerpo divino del rey, ahora se colocaba la afinidad subjetiva de la nación, la que formaba del territorio y la población un pueblo ideal. Para exponerlo de un modo más riguroso, el territorio físico y la población se imaginaron como la prolongación de la substancia trascendente de la nación. El concepto moderno de nación heredaba así el cuerpo patrimonial del Estado monárquico y le inventaba una nueva forma . El imaginario de la nación se configura así sobre la base del arquetipo del cuerpo del Estado absolutista, la reconstrucción imaginaria invierte los términos, la nación se convierte en el origen del Estado, esta invención histórica, esta reconstrucción actualizada del tiempo histórico, tiene que ver con los discursos de legitimidad, con la recomposición del concepto de soberanía. La nación se convierte en la substancia trascendente que atraviesa los tiempos, en el espíritu que se realiza en el Estado. En esta dialéctica de objetivación, la nación se materializa en el territorio y la población. Algo parecido, en un contexto distinto, es lo que sucede en las sociedades que fueron colonizadas, la nación es un imaginario trascendente que fundamenta la independencia y la constitución de los Estado-nación, sólo que en este caso se recurre a la resignificación y reinterpretación de las propias tradiciones. Visto de esta forma, habría que decir, que en ambos casos, la dialéctica de la historia concibe la substancia trascendente de la nación se como acontecimiento inmanente, como pasión, como sensibilidad social.

El despliegue imaginario de la filosofía de la historia, sobre todo ante la evidencia de la crisis de la modernidad, que todo lo disuelve, la manera de solicitar soporte para el poder efímero de la soberanía, como arreglo a la crisis de la modernidad, fue imputárselo inicialmente a la nación y luego, cuando la nación también se descubrió como un recurso perecedero, arrogárselo al pueblo. Dicho de otra manera, así como el concepto de nación consuma la noción de soberanía procurando que es preliminar a ella, el concepto de pueblo también perfecciona el de nación en integridad de otra imagen simulada de retracción racional. Cada paso metódico hacia a la zaga tiende a coagular el poder de la soberanía ensombreciendo su plataforma, esto es, estableciéndose en la realidad del concepto. La afinidad de la nación y más aún la homogeneidad del pueblo deben exhibirse como algo congénito y vernáculo . Otro triángulo constitutivo: Estado, nación y pueblo.

Teniendo en cuenta el triángulo constitutivo e instituyente de Estado, nación y pueblo, haciendo una crítica al concepto de pueblo, Antonio Negri y Michael Hardt dicen que, aunque “el pueblo” se plantea como fundamento primigenio, la concepción moderna del pueblo es en realidad producto del Estado-nación y sólo subsiste dentro de las condiciones ideológicasconcretas . Ampliando, aproximando y articulando categorías, comprendiendo el contexto de la colonización, la mundialización de la economía-mundo capitalista, la expansión integral de la dominación de los Estado-nación centrales, de los imperialismos sucesivos y del Imperio contemporáneo, las categorías de nación, pueblo y raza de ningún modo están muy aisladas entre sí. La arquitectura de una desigualdad racial categórica es el apoyo primordial para forjar una identidad nacional uniforme . Los europeos se van a distinguir del resto del mundo mediante este procedimiento geopolítico de racialización, que es otra manera de establecer la diferencia entre dominantes y dominados, colonizadores y colonizados, burgueses y proletarios. Por lo tanto se trata de homogeneizar y domesticar la diversidad y la diferencia de la multitud en la concepción de pueblo. La similitud del pueblo se erigió sobre un mapa imaginario que escondió y excluyó las diversidades y, en el nivel práctico, esto se trocó en la sumisión racial y el saneamiento social . Se trata de distinguir a escala mundial el pueblo blanco de las poblaciones morenas colonizadas, dominadas, explotadas y subordinadas a dominio imperialista, primero, y del imperio después. En esta perspectiva, se puede decir que la otra maniobra substancial en la arquitectura del pueblo, facilitada por la primera, consistió en superar las diferencias internas ocasionando que un grupo, una clase o una raza hegemónica representara a la población en su conjunto. El racimo representativo es el apoderado diligente que está a la zaga de la vigencia del concepto de nación . En este sentido, representación es no sólo repetición sino también represión, inhibición, pero también expropiación, usurpación, de la expresión autentica de las poblaciones y las multitudes.

Los Estado-nación subalternos

El hecho de que se instauren Estado-nación en la periferia del sistema-mundo, como acto de liberación, como acción anticolonial y acto descolonizador, muestra que la modernidad ha llegado a todas partes, nos ha comprometido a todos, al centro y a la periferia de la economía-mundo capitalista, a los países imperialistas y a los países colonizados. Sin embargo, el significado político del Estado-nación no es el mismo en uno y otro lugar. En tanto que bajo la influencia de los dominadores el concepto de nación suscita la estasis y la restauración, bajo la influencia de los dominados es un instrumento empleado para provocar el cambio y la revolución . Podemos decir, de cierta manera, haciendo un balance histórico que si bien la construcción imaginaria de la nación precede a la formación del Estado en Europa, como hemos visto, en cambio en los territorios colonizados va a ser una noción que antecede a la construcción del Estado. Esta historia no se da de la misma manera aquí y allá, hay que considerar las diferencias contextuales histórico-políticas, empero lo que importa, para contrastar, es constatar la diferencia, la forma invertida en la que se da la conformación del Estado-nación en la periferia. En este ámbito del mundo, si se puede hablar así, de alguna manera, la nación construye al Estado, la comunidad imaginada, a decir de Benedic Anderson, construye la materialidad institucional, jurídico-política, del Estado.

Se puede decir que el nacionalismo de los países dominados se comporta de una manera antiimperialista y anticolonial. La complexión progresista del nacionalismo subalterno resulta determinada por dos aplicaciones básicas, ambas en alto grado inciertas. Ante todo la nación se ostenta como progresista en consonancia con la línea de defensa contra la dominación de naciones más poderosas y de fuerzas exteriores económicas, políticas e ideológicas . De esta forma, el nacionalismo subalterno ingresa a la modernidad, pero buscando en ella condiciones de igualdad entre los Estado-nación. Desde esta perspectiva, la modernidad no es solamente la cultura donde todo lo solido se desvanece en el aire, la experiencia de la vertiginosidad y el suspenso, la volatilidad y la velocidad, del trastrocamiento y de la transformación, sino también la cultura de la equivalencia y del intercambio, de la analogía y la similaridad, aunque también de la mimesis y la simulación, así mismo de la comunicación y de la virtualidad. Aunque en este contexto se logra la liberación nacional, el concierto de las naciones, el mundo conformado por Estado-nación, no logra resolver el problema de la reiteración de las desigualdades en otras condiciones. No solamente hablamos de las desiguales condiciones de intercambio en el mercado internacional sino también sino de la reproducción de nuevas formas de dominación, que se ha venido en llamar neocolonialismo. No hablamos del colonialismo interno que suscitan las nuevas repúblicas, sino de las condiciones de subalternidad en las que se encuentran los Estado-nación de la periferia respecto al centro del sistema-mundo. De todas maneras, ambas formas, el neocolonialismo a escala mundial y el colonialismo interno parecen complementarse. Por eso, se puede decir que, en cada uno de estos casos, la nación es progresista estrictamente como una línea fortificada de defensa contra fuerzas exteriores más poderosas. Sin embargo, así como se presentan progresistas en su puesto protector contra la dominación extranjera, esas mismas murallas pueden pasar cómodamente a ejercer un papel inverso en correlación con el interior que protegen .

La dialéctica de la soberanía colonial

Hablamos de la crisis de la modernidad, o mas bien, entendemos la modernidad como crisis, y lo hemos hecho entendiendo esta crisis como crisis de legitimidad, crisis de la soberanía, crisis del poder, de la reproducción del poder, por lo tanto, crisis de representación, crisis de las instituciones, crisis del discurso jurídico-político frente a la elocuencia de los acontecimientos que se mueven en el ámbito histórico-político. También podemos hablar de crisis de las sociedades modernas, en el sentido más material del término, como crisis orgánica y estructural del capitalismo, por eso mismo crisis del orden social, de la estructura de clases, comprendiendo a esta crisis como lucha de clases, por eso concibiendo esta crisis como revolución, como devenir de la potencia social, como desplazamiento del poder constituyente, por lo tanto como democracia. En este sentido entendiendo la democracia como suspensión de los mecanismos de dominación . En la medida que el mundo es mundo desde el descubrimiento de América, a medida que el mundo se hace mundo con las conquistas y las colonizaciones, con la expansión del sistema-mundo capitalista, convirtiéndose en economía-mundo, la crisis de la modernidad adquiere otras connotaciones, la crisis de la modernidad es también crisis de la colonialdad. La crisis de la modernidad sostuvo desde el comienzo una relación intrínseca con la subordinación racial y la colonización . El decurso de la modernidad es contradictorio, por una parte expande la utopía de la universalidad, pero por otra parte recrea en otras condiciones las cartografías del poder, la geografía de las dominaciones, la geopolítica imperialista. Este decurso de la modernidad es contradictorio y parece no poder resolverse sino en tanto no se configure una alternativa a la modernidad. De todas maneras, el componente utópico, el componente quimérico de la globalización es lo que imposibilita caer llanamente en el particularismo y el recogimiento como resistencia a las fuerzas totalizadoras del imperialismo y la dominación racista, y lo que, en cambio, nos inspira a concebir un propósito contra la globalización, un proyecto contra el imperio .

Viendo retrospectivamente, el capitalismo habría surgido en Europa gracias a la sangre, el sudor y las lágrimas de los pueblos no europeos conquistados y colonizados . Visto de esta forma, el capitalismo no puede comprenderse sólo a partir de la lucha de clases en Europa, entre obreros y burgueses, a partir de la teoría del modo de producción capitalista, sino que debe necesariamente incorporarse para su comprensión la lucha de los pueblos colonizados. Esto requiere unas teorías plurales de las formaciones económicas sociales, esto conduce a pensar en el devenir, conformación, consolidación y crisis de la economía-mundo capitalista.

Bajo estas consideraciones, con todo, la producción de los esclavos de América y el comercio de Esclavos africanos, la indemnización, la homogenización clasificada de los pueblos nativos, no fueron sólo, o predominantemente, una transición al capitalismo. Compusieron un cimiento realmente estable, una plataforma de sobreexplotación sobre la cual se edificó el capitalismo europeo. Y aquí no hay ninguna contradicción: la mano de obra esclava de las colonias, la mano de obra servil de los nativos, hizo posible el capitalismo europeo y el capitalismo europeo no tenía ningún interés en renunciar a ella . ¿Qué papel jugaron las burguesías, tanto centrales como periféricas, en esta expansión arrasadora del capitalismo y la modernidad? En este sentido, más que delatar la irracionalidad de la burguesía, lo imprescindible aquí es entender hasta qué punto la esclavitud y la servidumbre puede ser íntegramente compatible con la producción capitalista, como engranajes que restringen la movilidad de la fuerza laboral y entorpece sus movimientos. La esclavitud, la servidumbre y todas las demás formas de disposición restrictiva de la mano de obra – desde los culies del Pacífico hasta los peones rurales de América Latina, el apartheid de Sudáfrica – son todos componentes inherentes a los procesos del desarrollo capitalista .

Podemos hacer una lectura dialéctica de la colonización, el colonialismo homogeniza las diferencias sociales reales instituyendo una antítesis perentoria que lleva las diferencias a un extremo absoluto y luego subsume la tesis y la antítesis en la construcción de la civilización europea. Empero, la realidad no es dialéctica; el colonialismo lo es . Michel Foucault decía que la burguesía era dialéctica pues había hecho la síntesis del modelo monárquico, el modelo jurídico político, con la guerra de razas, la guerra de naciones, entre conquistados y conquistadores, con la lucha de clases, el modelo histórico-político. Ahora, Antonio Negri y Michael Hardt dicen que la dominación colonial es dialéctica, pues habría hecho la síntesis entre el modelo colonial de dominación excluyente y racial, con la violencia revolucionaria y antiimperialista de los pueblos colonizados, en la conformación de un orden mundial multinacional, que se basa en la supuesta igualdad de los Estado-nación, de acuerdo al derecho internacional, y sin embargo vuelve a restaurar la diferencial condición de dominación y subordinación. El colonialismo es una máquina abstracta que produce alteridad e identidad. El primer resultado de la lectura dialéctica es pues el falseamiento de la diferencia racial y cultural. Esto no significa que, una vez exploradas como construcciones postizas, las identidades coloniales se precipiten en el aire; son figuras reales y continúan desempeñándose como si fueran fundamentales. Esta comprobación no es una política en sí misma, sino que estrictamente señala la posibilidad de una política anticolonial. En segundo lugar, el razonamiento dialéctico deja claro que el colonialismo y las representaciones coloniales se fundan en una violenta lucha que debe renovarse permanentemente. El sí mismo europeo necesita ejercer la violencia y necesita afrontar a su Otro para sentir y mantener su poder, para de este modo rehacerse continuamente .

Como respuesta a la dialéctica positiva de la dominación colonial, los pueblos colonizados, en lucha por su emancipación, desarrollan una dialéctica negativa. La mayoría de las veces, la dialéctica negativa fue concebida en términos culturales, por ejemplo, como proyecto de la negritud, el intento de descubrir la esencia negra o revelar el alma negra. De acuerdo con esta lógica, la respuesta a las representaciones colonialistas debe implicar la creación de representaciones recíprocas y simétricas . Esta inversión del mundo de las representaciones pretende invertir el mundo de las relaciones de poder y de los sujetos involucrados en ellas. Sin embargo, la inversión de la estructura colonial no hace otra cosa que conservar la estructura misma, cuando de lo que se trata es de ir más allá de esta estructura. De este modo, puede continuarse por otros caminos el colonialismo y la colonialidad, aunque hayan sido cuestionados, aunque hayan sido rechazados violentamente, en la medida que quede la huella de su memoria, pueden repetirse en otras condiciones. A pesar de la congruente lógica dialéctica de esta política cultural sartreana, la estrategia que propone nos parece consumadamente ficticia. La pujanza de la dialéctica, que en manos del poder colonial desfigura la realidad del mundo colonial, se patrocina nuevamente como parte de un proyecto anticolonial como si la dialéctica fuese en sí misma la forma real del movimiento de la historia. Sin embargo, ni la realidad ni la historia son dialécticas y ninguna gimnasia retórica idealista puede hacerlas entrar en un orden dialéctico . La violencia inicial de dominación se inscribe en el cuerpo, esta violencia acumulada en el espesor del cuerpo se revierte contra los opresores, esta violencia parece liberarnos, sin embargo, en la medida que no trascienda la estructura colonial, en la medida que no trastroqué el modelo colonial, no termina emancipando a los sojuzgados. La coyuntura original de la violencia es el del colonialismo: la dominación y la explotación de los colonizados por parte de los colonizadores. La segunda coyuntura, es decir, la revelación de los colonizados a la violencia original, puede adquirir en el contexto colonial todo tipo de formas desmedidas. “El hombre colonizado manifestará primero la agresividad que le fue depositada en sus huesos contra su propia gente” . La violencia depositada en los huesos se revierte contra los colonizadores, pero en la medida que no logra abolir la geopolítica y la anatomía de la dominación, no termina de liberarnos de la superación dialéctica del colonialismo.

En esta perspectiva, el concepto mismo de soberanía nacional liberadora es vacilante, si no ya completamente contradictorio. Mientras este nacionalismo pretende liberar a la multitud de la dominación extranjera, erige estructuras internas de dominación que son igualmenteimplacables . El Estado-nación postcolonial funciona como un aparato primordial y dependiente de la distribución global del mercado capitalista. Como sostiene ParthaChatterjee, la liberación nacional y la soberanía nacional no sólo son impotentes contra esta jerarquía capitalista global, sino que además contribuyen espontáneamente a preservar su organización y funcionamiento .

Todo el proceso lógico de representación podría resumirse del modo siguiente: el pueblo representa a la multitud, la nación representa al pueblo y el Estado representa a la nación .



Neonacionalismo y neocolonialidad

El título del libro de Pablo Stefanoni “Qué hacer con los indios…” es un título provocativo, puesto a propósito, pero también recogiendo la preocupación de los gobernantes desde los inicios mismos de la república, saltando la etapa de los caudillos letrados, pasando por los periodos liberales y republicanos, recogiendo las imágenes dramáticas o ilusorias dejadas por los escritores, ingresando a las políticas y procedimientos nacionalistas de homogeneización. Hasta ahí la pregunta, ese es el momento donde se pierde pues se considera que el “indio” ha sido incorporado como campesino al Estado boliviano desde la reforma agraria. Se puede decir que es la pregunta que se hacían las oligarquías criollas y mestizas, los gobernantes, que eran como sus representantes. El problema desde la reforma agraria va a ser planteado de otra manera tanto por los nacionalistas como por los izquierdistas, así también por los neoliberales. El problema va ser planteado desde la perspectiva desarrollista, pero también clientelar, teniendo en cuenta el caudal masivo de votación que significaban las poblaciones nativas. El nacionalismo lo incorpora en un fallido proyecto desarrollista vía “farmer”, incipiente y sin recurso, con mucho show publicitario en inauguraciones pomposas de inauditas instalaciones pírricas, evaluando el tamaño de los desafíos de la reforma agraria y el desarrollo agrario. La izquierda va incorporar al campesino en una proyectada alianza de clases obrero-campesina en la perspectiva de la revolución socialista. Los neoliberales más tarde despliegan políticas de descentralización administrativa contando con recursos de la coparticipación, además de intentar una reforma educativa intercultural en los códigos del multiculturalismo liberal. Como se puede ver la pregunta oligárquica y racial desaparece en otro contexto de sometimiento y dominación, el de la modernidad periférica desplegada en sus distintas versiones, la nacionalista, la izquierdista y la neoliberal. Lo que viene desde el los levantamientos semiinsurrecionales y los movimientos sociales del 2000 al 2005 es otra cosa, son otras preguntas, que tienen que ver más bien con qué hacemos con el Estado, cómo iniciamos la descolonización, las preguntas ahora no se hacen las oligarquías criollas sino las propias mayorías nativas, prioritariamente indígenas, en sus distintas formas de manifestación cultural, articulaciones e identidades colectivas. Entonces el título del libro es también desactualizado, corresponde a otra época, anterior a la reforma agraria de 1953. Esta es una de las razones por las que el autor no logra entender ni ubicarse en el presente intenso abierto por los movimientos sociales. No logra interpretar las problemáticas inherentes a los desafíos y a las contradicciones de un proceso en curso. Esta es también una de las razones por las que el autor cae en la defensa de un nacionalismo trasnochado y sin perspectivas en la coyuntura y en la transición, en los dilemas y vicisitudes de un proceso descolonizador que se plantea como tarea la fundación de un Estado plurinacional comunitario y autonómico.

Tal parece que Pablo Stefanoni en su libro “Qué hacer con los indios…” pretende relativizar o hacer esfumar esta problemática colonial. Su descubrimiento a través de investigaciones académicas de diferenciales y tópicos distintos del entramado de las identidades en mundos heterogéneos y de heterogéneas modernidades le lleva a suponer que el tema indígena es utópico, romántico, ancestral y esencialista. Como si fuese un invento de fundamentalistas. Olvida que las estructuras coloniales no desaparecen por gracia de la filigrana de los detalles, de la elocuencia de las diferencias y las riquezas de las vidas culturales. Al contrario, es como las estructuras coloniales se restauran al modernizarse y complejizarse. Lo que hace Stefanoni es revalorar una especie de reinvención del nacionalismo, en oposición a los proyectos descolonizadores e interculturales emancipadores.

El libro “Qué hacer con los indios…” es un libro bien escrito, bien informado, es un resumen de la historia de los discursos sobre el indio, las imágenes del indio de los escritores e intelectuales, liberales, indigenistas, nacionalistas, izquierdistas. El libro es como un estado del arte, da cuenta de los sedimentos acumulados en una formación discursiva criolla y mestiza. Creo que hasta ahí es un buen aporte. Lo que preocupan son las conclusiones que saca de este balance; considero que se trata de conclusiones que terminan formando parte de estas sedimentación de la formación discursiva acumulada, se acopla ellas como otros prejuicios más. No logra entrever los proyectos emancipatorios de los movimientos indígenas presentes y reales, no imaginarios, no logra ubicarse en el presente del proceso constituyente y del proceso descolonizador, tampoco en el horizontes del desafío del Estado plurinacional comunitario y autonómico. En este sentido, en la capsula de las significaciones de las conclusiones, es un libro anacrónico, desactualizado.

Empero retomemos en el anacronismo, en la extemporaneidad, analogías y reminiscencias, conexiones y permanencias, pervivencias que pueden estar presentes en el presente, en el momento de transición descolonizadora iniciada por los movimientos sociales y las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Sobre todo interesan estas pervivencias para interpretar las contradicciones inherentes al proceso en curso. Algo que es indispensable, comparar lo que llamaremos la irrupción de la plebe, con toda su composición heterogénea, trabajadores, gremiales artesanos, en vinculación con los intelectuales y oficiales de los estratos urbanos medios, en franco conflicto con la descomposición del llamado Estado oligárquico. Después de la Guerra del Chaco (1932-1935) los oficiales retornan con el proyecto del socialismo militar, marco en el cuál se dan varios acontecimientos sucesivos, la Convención Constituyente que escribe la Constitución del trabajo de 1938, la nacionalización de la Standard Oíl de 1939, el Congreso Indigenal de 1945 y la Revolución Nacional de 1952. Lo que es importante retener de todo esta periodización emergente del nacionalismo revolucionario es el conjunto de articulaciones de la construcción de su hegemonía, que perdura hasta la caída de las gestiones dramáticamente contradictorias de la Revolución Nacional en 1964. Estas articulaciones plebeyas e institucionales, que incluyen a los sindicatos campesinos y en una primera etapa a los sindicatos obreros, parecen reaparecer en el proceso abierto por los movimientos sociales y naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. Esto hace pensar a Pablo Stefanoni que nuevamente se trata de un proyecto nacionalista retomado y reforzado con el ingrediente indianista; se trataría de la indianización del nacionalismo. Empero no nos dejemos llevar por estas analogías pues no son suficientes para calificar y definir el proceso que vivimos. Las diferencia son importantes y fundamentales, no hay partido ni vanguardia, no es ninguna oficialidad del ejército, no se da el enfrentamiento contra el Estado oligárquico, forma al fin o nombre popular del Estado liberal criollo, sino contra el Estado mismo boliviano, el Estado-nación, llamado Estado colonial. Se trata de movimientos, de multitudes movilizadas y autoconvocadas, se trata de proyectos autogestinarios y anticoloniales, aunque también de fabulosos movimientos urbanos que exigen la autogestión del agua así como la nacionalización de los hidrocarburos. Se trata de un proceso constituyente que apunta a la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas diferencias muestran un horizonte distinto al vivido desde la postguerra del Chaco hasta el golpe militar de 1964. Las diferencias valen más que las propias analogías para entender la magnitud de la crisis múltiple del Estado y el proceso en curso. Ahora bien, las analogías hay que tomarlas como parte de las contradicciones inherentes al proceso, la herencia de la memoria del nacionalismo revolucionario todavía diseminado en las formas de articulación entre el Estado-nación y las demandas de la composición abigarrada de la plebe, en la reiteración del clientelismo político y la prebenda política. Sin embargo, este es el peso que te ancla al pasado, lo que ha aparecido como nuevo apunta a un porvenir distinto, la construcción de la interpelación política desde la movilización social y la construcción de la interpelación descolonizadora desde las estructuras de las organizaciones indígenas, que no es como cree Pablo Stefanoni, la imagen mítica del indio. Hablamos de organizaciones reales, de demandas concretas de reconstitución y reterritorialización.

Claro que las mayorías indígenas se encuentran en las ciudades, esto da lugar a identidades colectivas diferenciales, complejas y en permanente transformación. Pero esta situación no descarta el proyecto descolonizador de los movimientos sociales, al contrario, lo revive en sus múltiples formas y niveles. En octubre del 2003 se evidencio la manifestación pública de una consciencia aymara, una identidad aymara, que dio lugar a gigantescas marchas de campesinos, vecinos, gremialistas, sastres, carniceros, que salieron a defender a los hermanos masacrados. La frase elocuente fue: nos están masacrando, nos están matando, unos decían como ovejas, otros decían como perros. Esta identidad propia construida a partir de la multiplicidad de diferencias muestra la fuerza política del proyecto descolonizador. Esto es lo que excede a las distinciones, lo que excede a las especificidades y localismo, es el sentido histórico y político construido, es lo que marca la gran diferencia con el nacionalismo revolucionario. La identidad quischwa es más complicada en su construcción, pues se halla distribuida en distintos sujetos y lugares de enunciación, los ayllus del sur, las minas de Oruro y Potosí, los sindicatos campesinos quischwas, las federaciones cocaleras del chapare, los migrantes, interculturales y asentamientos urbanos. Los unifica, además de la lengua, cierta cohesión flexible de esquemas de comportamiento e imaginarios mixtos. La enunciación descolonizadora también atraviesa los distintos niveles, territorios, localidades, identidades colectivas, diferenciadas. La construcción de las identidades indígenas en tierra bajas es más exigente por la condición de minorías étnicas, sin embargo, una voluntad férrea ha logrado no solamente conformar y consolidar una organización única, la CIDOB, sino plasmar sus reivindicaciones en la Constitución. Está claro que los sujetos indígenas no son ya los sujetos convocados, como en el caso del nacionalismo revolucionario y los discursos de izquierda obrerista, sino que se trata ahora del sujeto articulador de lo plural en un proyecto abiertamente plurinacional y comunitario. Ciertamente las dificultades y contradicciones de la transición se han transferido al aparato estatal y al gobierno; esto se expresa como crisis de disyunción. Pero estas dificultades no quieren decir que no haya un proceso de descolonización ni haya un horizonte plurinacional; no se puede sostener que estas dificultades muestran el eterno retorno del nacionalismo. Esta es una conclusión fácil, empero extemporánea. La dificultades y contradicciones contemporáneas sólo se pueden interpretar a partir del horizonte abierto, descolonizador, plurinacional y comunitario.

Se puede decir que el balance que va hasta 1964 es adecuado y basado en buena fuentes y literatura, empero el balance que prosigue de 1964 adelante adolece de falencias y debilidades, quizás porque las fuentes no son las adecuadas o porque no se tiene buena información, tampoco se cuenta con la experiencia vivida, además que, en la medida que se toma posiciones estas soslayan un análisis y una discusión adecuada. Por ejemplo, la caracterización de general populista a René Barrientos Ortuño obvia temas importantes, como el contexto de la guerra fría y la política norteamericana de imponer dictaduras militares en América Latina. Por otra parte, es problemático e insostenible que lo que deviene de 1964 adelante se muestre por el autor más como una continuidad del proceso de la Revolución Nacional de 1952 a 1964 que como cuna ruptura. La conspiración e intervención norteamericana es evidente sobre todo de la CIA, no sólo de la embajada, en el derrocamiento del último gobierno del periodo de la Revolución Nacional. La política de desnacionalización y de desmantelamiento de COMIBOL también es evidente cuando el gobierno de René Barrientos Ortuño levanta las reservas fiscales de COMIBOL favoreciendo el crecimiento de la empresa minera mediana, de donde va emerger precisamente Gonzalo Sánchez de Lozada. El General Patiño, alto funcionario de gobierno, presidiendo COMIBOL y las políticas mineras, va desplegar una política puntillosa de desnacionalización, atentando contra la gran corporación estatal. Estas ausencias en la descripción, estas imprecisiones flagrantes del autor, son en realidad grandes errores históricos de percepción. Otro tema importante es el que tiene que ver con la historia de los sindicatos campesinos, su crisis, cuando se da la masacre del valle (1974), y la reemergencia organizativa sindical acompañada de una fluyente influencia de las corrientes kataristas e indianistas, que habían venido viviendo un proceso acumulando desde la década de los sesenta. En este contexto, vinculado a la historia del sindicalismo, el despliegue del proyecto de reconstitución de los ayllus. Al respecto, de la percepción del autor, se desprende que es muy rápida la pasada sobre esta discusión, arrojando apresuradamente afirmaciones que pretende apoyar la estrategia organizativa de los sindicatos y criticando el supuesto utopismo del proyecto de reconstitución de los ayllus. La cosa no es tan sencilla como se la presenta, la conformación de los sindicatos en las ex-haciendas no se da de una manera tan simple, sobre todo por el sustrato de las relaciones comunitarias y la relación con la tierra y las aynocas. Por otra parte la relación de los sindicatos con los ayllus es realmente compleja por las sedimentaciones en la memoria de los comportamientos y los mandos. El retorno al proyecto de los ayllus y de reconstitución de los suyus está conectado con estructuras de larga duración, no sólo con la memoria larga, que Pablo Stefanoni las pone en entredicho o sencillamente las desconoce olímpicamente. Esta facilidad como se resuelven problema históricos, de organización e institucionales-culturales sorprende. Se nota que el autor desconoce toda la discusión y todas las investigaciones etnohistóricas, etnológicas y etnográficas que se han hecho al respecto. La forma con la que se acude a una lectura rápida de las investigaciones de Xavier Albó para describir el faccionalismo indígena nos traslada a una descripción puntillosa de las divisiones y defecciones del katarismo y del indianismo, empero no logra hacer el balance interpretativo del recorrido del discurso katarista y de su proyecto histórico político y cultural. Se entiende que estos apresuramientos tienen que ver con las conclusiones osadas a las que quiere llegar el autor.

Habría habido aciertos en el texto sobre los apuntes que se toman del periodo neoliberal si es que se hubiera considerado el contexto internacional de aplicación del proyecto neoliberal, si es que se hubiera profundizado en las razones propias del proyecto neoliberal, pero no se ha hecho esto y el neoliberalismo queda como anécdota boliviana de alianzas del MNR y el katarismo de Víctor Hugo Cárdenas. Se obvia lo importante; ante la crisis de sobreproducción del capitalismo, arrastrada desde los años de la década de los setenta, extendida en la década de los ochenta y con consecuencias en los noventa del siglo XX, el proyecto neoliberal responde con una estrategia de financiarización de la crisis, mediante la conformación de burbujas financieras y procedimientos especulativos, acompañados por lo que se llama el retorno al procedimiento de desposesión violento de recursos naturales, empresas públicas y ahorro de los trabajadores, es decir, la retoma de la acumulación originaria de capital ante la crisis de la acumulación ampliada de capital . El sentido destructivo del proyecto neoliberal se encuentra en esta estrategia imperial, soslayada por Pablo Stefanoni, que la toma como una combinación sugerente de muerte del capitalismo de Estado, achicamiento estatal, incentivos al capital internacional con medidas apropiadas al multiculturalismo liberal. Esto es digno de un reportaje anecdótico que no toma en cuenta las condicionantes y determinantes primordiales. No de otra forma podríamos explicar el alcance destructivo de la economía y el espacio productivo nacional de la implementación dogmática del neoliberalismo. Tampoco podríamos explicar el alcance del costo social y la reacción resuelta de los movimientos sociales. Se deja como en otros casos muchos cabos sueltos.

Lo mismo pasa cuando se describe la experiencia política de CONDEPA; se muestra el itinerario alucinante de Carlos Palenque y la comadre Mónica Medina desde la Tribuna del Pueblo en RTP hasta su gravitante participación política en la región andina, básicamente del departamento de La Paz. Se hace esto no tanto para poner en escena un fenómeno político contemporáneo de las nuevas formas del populismo como para tratar de demostrar otras estrategias mestizas de empoderamiento, irrupción política y modernización. Descartando sueltamente la atmósfera ideológica y de imaginarios culturales configurada por el discurso político y cultural katarista, por formas actualizadas de memorias que remontan su larga duración. Se critica con una desfachatez conmovedora la hipótesis interpretativa de Silvia Rivera Cusicanqui de la manipulación de símbolos culturales andinos. Se lo hace sin discutir a fondo estos problemas, sólo para rebatir someramente lo que el autor considera que es una construcción romántica de las resistencias ancladas en la recuperación de las instituciones ancestrales. Esta es una discusión imaginada por el autor, como su esquematismo simplón del debate entre los “pachamamicos” y “modernicos”. No hay tal cosa, tampoco una construcción romántica de retorno a los ancestros. Los que se ha interpelado en las investigaciones de Silvia Rivera Cusicanqui son las estructuras y relaciones de dominación pervivientes en la colonialidad y en el colonialismo interno en las formaciones sociales configuradas por la herencia colonial. Lo que se interpela es la violencia simbólica, además de las violencias descarnadas, las subjetividades subordinadas y los imaginarios y representaciones sociales que los acompañan. La descolonización implica quebrar estas relaciones de dominación y sustituirlas por relaciones emancipatorias que irrumpan en los múltiples escenarios sociales, políticos, económicos y culturales inventando modernidades heterogéneas y alternativas. Pablo Stefanoni no ha entendido la discusión desplegada por lo menos dos décadas atrás; el autor está peleando contra sus propios fantasmas, utopistas, románticos fundamentalistas; no ingresa en el debate sobre la descolonización. Por eso cree decir algo ingenioso cuando recupera las identidades cholas y mestizas. Estas identidades fueron estudiadas en sus manifestaciones diferenciales, conductas y vestimentas, como parte de la proliferación de resistencias e invenciones de las identidades colectivas emergentes. No está en discusión si hay o no cholos o mestizos, cholas y mestizas; lo que está en discusión es la genealogía e historicidad de su propia matriz histórica, las resistencias, rebeliones, levantamientos, estrategias y tácticas de los y las colonizadas. La pregunta con la que hay que empezar es: ¿Hay un proyecto descolonizador? La revisión histórica nos muestra que sí, que este proyecto ha atravesado distintos escenarios, distintos contextos, distintas coyunturas, diferentes periodos, por lo tanto ha plasmado formas y estrategias cambiantes retomando una lucha múltiple contra las dominaciones polimorfas.

Uno esperaría que la parte más fuerte de Pabla Stefanoni sea la que está dedicada en su libro al MAS; sin embargo, además de encontrarse uno con cosas ya dichas en su investigación sobre el MAS-IPSP, sorprende el estancamiento en interpretaciones consabidas, se trata de una nueva versión del nacionalismo, lo que pasa que ahora el nacionalismo se ha indianizado. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué los nacionalistas ahora llevan poncho y que tienen la piel cobriza, a diferencia de los nacionalistas blanco-mestizos? ¿Qué cambios se supone que hay en todo esto? Si se habría tomado en serio la hipótesis de las estrategias del nacionalismo popular, se hubiera estudiado detenidamente la obra de René Zavaleta Mercado, aunque sea demorándose en el libro póstumo Lo nacional popular en Bolivia ; se hubiera tomado también en serio el gran ensayo de Luis H. Antezana sobre el discurso del nacionalismo revolucionario , donde lanza la hipótesis de la figura de la herradura del cincuenta y dos, que muestra la gama y las variantes múltiples del nacionalismo revolucionario, que articulan en una dilatada alianza y conflicto de clases desde a la clase obrera hasta las clases medias altas, pasando por las clases campesinas. El análisis semiológico de Luis H. Antezana nos muestra una formación enunciativa convocativa e interpeladora, flexible y articuladora de distintos imaginarios, que sufren transformaciones por isomorfismos, capaz de articular al discurso radical minero con los discursos propios del Estado-nación, que hacen referencia a la formación de la consciencia nacional en las trincheras del Chaco. Por este camino y contando con una mirada más teórica y epistemológica del tema, se hubiera abordado el análisis de Luis Tapia Mealla desarrollado en su libro La producción del conocimiento local donde trabaja la obra de René Zavaleta Mercado. En este trabajo teórico se abordan temas como los momentos del nacionalismo, que toca tópicos que trabaja lo que llamaría la arqueología del nacionalismo revolucionario, la constitución del ser nacional, la concomitancia entre la cuestión nacional y la cuestión estatal, la estructura explicativa de lo nacional-popular en Bolivia. El manejo de estos trabajos conceptuales hubieran servido de mucho para elucidar los problemas que describe Stefanoni pero no los llega asumir consecuentemente, pues los deja como notas anecdóticas y frases provocativas. Al final no se sabe qué entiende por nacionalismo el autor de Qué hacer con los indios… Lo que queda es una figura ambigua parecida a las descripciones folclóricas parecidas al Typical Country. Es posible una discusión profunda sobre una genealogía y arqueología del ideologüema del nacionalismo revolucionario y sobre la figura hegemónica de lo nacional-popular. Pero esta no se da en el libro en cuestión. En todo caso quedaría una pregunta: ¿Cómo se puede dar una actualización y emergencia de lo nacional-popular en pleno proceso descolonizador y en el horizonte del Estado plurinacional comunitario? Luis Tapia avanza en estos problemas y plantea la necesidad de pensar la articulación de lo plural en tanto lo común de lo plural y la diferencia. Esta discusión hubiera sido interesante, empero está ausente. Se nota que lo que interesa en el texto es la diatriba contra unos fantasmas que llama el autor “pachamamicos”, descartando sus supuestas teorías e interpretaciones. Estos “pachamamicos” no existen salvo en la cabeza de Stefanoni, tampoco esas teorías e interpretaciones fundamentalistas.

Lo que hay es lo que llamaría la otra formación discursiva descentrada del discurso del nacionalismo revolucionario. Cuando Silvia Rivera Cusicanqui se desplaza a las estructuras de larga duración y a la memoria larga indígena se sale de la órbita del discurso del nacionalismo revolucionario, plantea otro problema, sobre todo a partir de otro orden simbólico e imaginario. El problema ya no es resolver las reivindicaciones, las demandas históricas, a través de una respuesta patriarcal del Estado-nación, sino el de la pervivencia, emergencia y actualización de instituciones culturales de larga data, que si bien terminan adaptándose a los contextos históricos de los tiempos, alteran las relaciones con el Estado y las sociedad, irrumpiendo con otras formas de cohesión, de convocatoria y legitimidades. Esto no se resume a la geografía de lo rural y lo urbano, mas bien atraviesa estos territorios, territorializa, desterritorializa y reterritorializa otros espesores culturales y espaciales. Esto no tiene que ver con una lectura utópica de lo ancestral sino con las redes y estrategias colectivas y sociales que articulan otras hermenéuticas y complementariedades. Las mismas que no pueden reducirse a las supuestas nuevas estrategias de posicionamiento nacional-populares, compuestas de ocupaciones, reinvenciones, negociaciones entre lo público y lo privado, entre lo familiar y lo individual, entre lo propio y lo ajeno, entre la identidad recuperada y la modernidad. Esto sería un reduccionismo, que se da en el libro, al pensar que estas estrategias no son otra cosa que formas abiertas y desembozadas del proliferante clientelismo. Lo sugerente de la tesis de la descolonización es que se abre a otros horizontes de visibilidad, a otros horizontes de decibilidad, a otros mundos de sentido alternativos, aunque se encuentren encubiertos por la hegemonía de la modernidad universalista y el sistema-mundo capitalista. Al respecto hay que aclarar, que cuando se critica la modernidad se critica su forma dominante homogeneizante y universalista, pero no se descartan las invenciones colectivas de modernidades heterogéneas, hibridas y complejas. La discusión a la que quiere llevar Stefanoni se encuentra encerrada en una esquematismo simplón, “pachamamicos” o “modernicos”, indianistas fundamentalistas o desarrollismo flexibles. Esta no es la discusión, el debate tiene que ver con las posibilidades de romper el diagrama de las dominaciones polimorfas de la colonialidad, del capitalismo dependiente y de los monopolios instituidos por el imperio y sus engranajes, instituciones y burguesías intermediarias. Esta posibilidad no tiene nada que ver con el capitalismo de Estado ni el nacionalismo, figuras históricas e ideológicas que se mantienen en el campo geopolítico configurado por el sistema-mundo capitalista. En esta perspectiva, extraña la apología que hace Stefanoni de la tesis débil del capitalismo andino-amazónico. No se trata de identificar los lugares, los localismos y las regiones donde funciona la economía-mundo capitalista; si se tratara de esto podríamos también hablar de un capitalismo de la pampa, de un capitalismo costero, de un capitalismo caribeño, ad ifinitum. El capitalismo que funciona es el relativo al ciclo del capitalismo norteamericano, hegemónico, dominante, empero en crisis; este es el capitalismo que enfrentamos. Al que no podemos oponer un capitalismo andino-amazónico, pues este es uno de los lugares o regiones de realización del ciclo financiero y de acumulación de capital. Al capitalismo se le opone la lucha contra el despojamiento y la desposesión de los recursos naturales y de la explotación del trabajo, la lucha contra la valorización abstracta y cuantitativa del valor, al capitalismo se le opone la asociación de los productores, la internacional de pueblos, la internacional de los trabajadores, que apuntan a la destrucción de las relaciones y estructuras capitalistas, a la destrucción de las instituciones de dominación, entre ellas primordialmente el Estado. Ahora bien esta lucha es un proceso y una transición, empero transformadora; el pueblo boliviano ha definido una forma de transición transformadora, esta es la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, que Stefanoni campantemente desestima y descarta de su elucubraciones. No lo considera. Según el susodicho autor parecería que habríamos perdido el tiempo en el proceso constituyente y en la pelea por el Estado plurinacional desde los movimientos sociales desatados en el 2000. Hay pues una pedantería juvenil en todo esto. Lo peligroso esta cuando el turismo académico se quiere convertir en una lección, quiere enseñarnos las grandes verdades desconocidas por nosotros, aprendidas en entrevistas y reportajes, y en revisiones bibliográficas aleatoriamente seleccionadas.

Claro que el MAS-IPSP es un desafío al análisis político, por su historia, por su composición, por su crecimiento desorbitado, por los problemas que plantea en su relación con el poder, el Estado, los gobiernos y las instituciones. Pero la explicación de este fenómeno político no puede reducirse a la descripción historiográfica y sociológica de su formación, tampoco a la denuncia e identificación del carácter prebendal de las preocupaciones de muchos de sus militantes. Estos problemas al final de cuenta se dan en todas partes y es la historia cotidiana de todos los países, con distintas tonalidades y ambivalencias. Tampoco se puede reducir su utilización a la necesidad del ascenso y movilidad social. Con esto no decimos nada nuevo, sino más bien son lugares trillados en todas partes. Las preguntas que hay que responder son otras: ¿Cuáles son las condicionantes históricas en las que el sujeto indígena, en todas sus formas, tonalidades e identidades colectivas, sustituye al sujeto obrero, fundamentalmente a la centralidad minera? ¿Qué tiene que ver con esto una sobredeterminación compleja de distintos acontecimientos y singularidades concurrentes, como ser la relocalización minera, la migración al trópico, la reiteración de discursos izquierdistas y antiimperialistas adaptados a la defensa de la hoja coca? ¿Cómo afecta la experiencia vivida de una guerra de baja intensidad impuesta por la DEA y la CIA en el Chapare? ¿En qué momento se da el salto al contexto nacional? ¿Es cuando las federaciones cocaleras y el instrumento político apoyan a la Coordinadora del Agua y de la Vida en defensa del agua, extendiéndose después a una defensa de los recursos naturales? ¿Es sólo un fenómeno electoral? ¿No es más bien un acontecimiento político que después se expresa en las urnas? ¿Cómo explicar la actual crisis del MAS-IPSP? ¿Qué ha develado la crisis del gasolinazo? ¿Acaso podemos seguir hablando cómodamente de la hegemonía de lo nacional-popular, de la vigencia del proyectado capitalismo de Estado, de la combinación pacífica de lo multicultural con la irrupción indígena en los escenarios de las modernidades? No, no se puede, la crisis del gasolinazo ha puesto en evidencia la descomunal fragilidad de estos proyectos restauradores, de estas interpretaciones nacionalistas, de estas propuestas realistas y pragmáticas de combinar capitalismo con reivindicaciones culturales. Lo que se ha demostrado es que por este camino terminamos en el bolsillo de las empresas trasnacionales de los hidrocarburos, que terminan imponiéndose a través de sus monopolios de capital, financiero, tecnológico, comercial y de mercado, orientando nuestras políticas hidrocarburíferas y obligando al gobierno a decretar la descongelación de precios para obtener superbeneficios. En este contexto y coyuntura, Stefanoni se ha convertido en un apologista del camino al fracaso. Este no es el camino de los movimientos sociales, de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos. El objetivo ahora es reconducir el proceso por el cauce abierto en las luchas sociales del 2000 al 2005 y por el proceso constituyente. Construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico, más allá de horizonte colonial de una modernidad y capitalismo dominantes, más allá del Estado-nación.

Una vez más, el horizonte de la pregunta no es qué hacemos con los indios…, pregunta que supuestamente se hacía la casta criolla gamonal dominante, sentido de la pregunta que se mantiene hasta la Revolución Nacional de 1952 y la reforma agraria; después de este acontecimiento político, las preguntas y los sentidos de las preguntas son otros, por ejemplo, cómo salir de la dependencia, cómo lograr el desarrollo, cómo consolidar las nacionalizaciones; ahora que las naciones y pueblos indígenas, los indígenas originarios campesinos, como define la constitución, en todas sus tonalidades, identidades colectivas, posicionamientos, se han empoderado del campo político, el sentido de la pregunta tiene que ver con la siguiente cuestión: ¿Qué hacemos con el Estado? Los bolivianos hemos decidido la respuesta, construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico como proceso descolonizador. Dejemos a Stefanoni con sus devaneos nacionalistas, otro tiempo es el nuestro.

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