jueves, 28 de abril de 2011

Gestionar «lo común»

Montserrat Galcerán

Este texto es un breve fragmento del libro Deseo (y) libertad. Una investigación sobre los presupuestos de la acción colectiva, de Montserrat Galcerán, publicado por
Traficantes de sueños bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España. Agradecemos su generosidad a la autora y a la editorial.


Negri finalizaba la respuesta a Macherey antes mencionada* recordando que «la ambición de la multitud no es tomar el poder, sino gestionar lo común». Si eso es así, entonces, dada la inmanencia de «lo político» en lo social y laboral, la política deja de ser «el arte de gobernar» a los otros, para pasar a ser la «experiencia genéricamente humana de comenzar algo nuevo, la exposición a los ojos de los demás, una relación íntima con la contingencia y lo imprevisto» [P. Virno, Gramática de la multitud, Madrid, Traficantes de sueños, 2004, p. 49].
En consecuencia podemos decir que, frente a la gramática antigua del arte de la dominación, la «nueva política», en tanto que arte de la composición, se basa en algunas reglas básicas:

1. La política no es el arte de gobernar y de dominar, sino el esfuerzo por construir y preservar el común. Al viejo modelo de la política de la dominación, incluso cuando se sustenta en la idea de que un colectivo no puede sobrevivir sin que alguien mande en él, estamos en condiciones de contraponer la política como la constitución de las normas, las reglas, los hábitos y las disposiciones del vivir común. Las oposiciones, las resistencias y las alianzas tienen que delinearse de nuevo sobre la confluencia de los intereses básicos de las poblaciones, redimensionando las preferencias. A pesar de las profundas diferencias y contraposiciones entre unos y otros sectores de la población mundial, están empezando a emerger algunos puntos clave, tales como la exigencia de igualdad y respeto por las mujeres, la exigencia de mantener y cuidar el planeta, o la exigencia de no destruir las propias raíces del vivir colectivo. En último término la exigencia de cuidar nuestro vivir común.

2. La política no tiene tanto que ver con la representación como con la expresión y la constitución. No se trata de que los políticos profesionales o los partidos deban plantear a otro nivel las exigencias de los movimientos, sino de ampliar el espacio de la movilización de éstos, su capacidad de injerencia, su fuerza para construir institución y para marcar las normativas que sean precisas para garantizar los derechos exigidos y para hacer perdurar las formas de acción común. Con esa política directa los movimientos sacan la enseñanza de que ellos mismos poseen la capacidad política para modificar las relaciones del entorno, si bien esa constatación choca en la mayoría de los casos con la rigidez del sistema político, impermeable a nuevas formas de hacer política. La política de la representación resulta ser un fuerte freno a la propia actividad política y en ningún caso su representante.

3. La politización de cuestiones colocadas tradicionalmente al margen de la política. Entre estas cuestiones hay un trasfondo común que resulta esencial y es la cuestión de la reproducción social y de la propia supervivencia. La crítica al capitalismo se amplía con la constatación del alto grado de destrucción ligada a ese sistema político que precariza el vivir hasta límites impensables. La precarización entendida como las dificultades creadas a los seres humanos para acceder de forma continua y asegurada a las fuentes de renta que les permitan mantenerse en vida, es un rasgo distintivo del capitalismo actual en su desprecio por las consecuencias de sus propias políticas.

4. Una práctica política flexible, articulada en organizaciones reticulares, que permita una transferencia rápida de conocimientos, recursos, actividades, etc. Ciertamente esta forma de organización tropieza con serias dificultades a la hora de tomar decisiones vinculantes o de hacer avanzar determinadas iniciativas pero tiene la ventaja, frente a las organizaciones tradicionales verticales y mucho más homogéneas, que no coarta las diversas disponibilidades y ofrece un campo mucho más rico para el despliegue de la propia creatividad. Ofrece además un territorio fértil para las nuevas tecnologías de la comunicación que empiezan a ser imprescindibles en estas nuevas formas de hacer política.

* La autora hace referencia a un texto de A. Negri [«Réponse a P. Macherey», Multitudes, n. 22, 2005] en el que responde a unas observaciones de Pierre Macheray [presentación del libro Multitud, M. Hardt y A. Negri, Citéphilo, Palais des Beaux-Arts, Lille, 19/11/2004, en
http://stl.recherche.univ-lille3.fr/sitespersonnels/macherey].

Publicado en Revista Trasversales Número 14 primavera 2009.

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