jueves, 28 de abril de 2011

Las luchas italianas contra la reforma de la educación

Paolo Do y Gigi Roggero

            En verano de 2008, el Gobierno de Berlusconi aprobó una ley que, en un momento de crisis económica, asesta duros recortes a la financiación del sistema italiano de educación pública. Los tres niveles de la educación pública se han visto afectados por los recortes que parecen conducir a un desmantelamiento total del sistema. A raíz de un proyecto iniciado por la izquierda y continuado por la derecha de manera menos escrupulosa, el sistema italiano de educación pública ha pasado los últimos diez años en una profunda crisis. Con el paso de los años, la reorganización se revela cada vez más como un desmantelamiento.
            Contra este proceso, comenzaron su protesta en septiembre de 2008 las escuelas primaria y secundaria así como las universidades. Estudiantes, investigadores, profesores precarios, estudiantes de doctorado y los estudiantes junto a sus padres han ocupado las escuelas durante varias semanas, han parado las clases y bloqueado la Universidad. Las protestas se han centrado en la reducción de puestos docentes a tiempo completo y han puesto sobre el tapete temas como el tiempo de trabajo, el trabajo afectivo y la reproducción del  trabajo. Miles de estudiantes protestaron en las calles y plazas, bajo el lema “No vamos a pagar vuestra crisis”.

            Ocupar la Universidad y bloquear la ciudad: ese ha sido el llamamiento de uno de los mayores movimientos en los últimos años en Italia, inspirado por las protestas en Francia que, a través de manifestaciones salvajes, ha bloqueado y paralizado las ciudades francesas durante al menos un mes para obtener la retirada del Contrato de Primer Empleo (CPE). Durante semanas, los cursos universitarios se llevaron a cabo en plazas, calles y estaciones de tren. Miles de estudiantes se han manifestado y se han enfrentado con la policía, bloqueando la actividad metropolitana y transformando las ciudades en espacios impredecibles.
            Los manifestantes han entendido que la metrópoli no es sólo una condición espacial, sino también la articulación de una nueva forma de explotación y de mando, así como de nueva condición y posibilidad de conflicto social.
Se han producido muchas manifestaciones en los consulado italianos en Europa: en Berlín, Madrid, Barcelona, París, Londres y Copenhague, estudiantes Erasmus e investigadores precarios trataron de constituirse, en tanto que activistas, como brigadas de lucha para que la propia Europa se coloque sobre el verdadero terreno del conflicto.

            Los llamamientos por una nueva forma de Bienestar que mantenga los ingresos directos e indirectos, y por una nueva forma monetaria para los estudiantes, han colocado la protesta más allá de los límites tradicionales del movimiento estudiantil. En la metrópolis productiva ha cambiado hasta la figura tradicional del estudiante. En teatros de toda Italia, los estudiantes y los investigadores también han exigido han el libre acceso a los conocimientos y la cultura libre. Esta multiplicidad de prácticas revela la verdadera diversidad del movimiento, conocido con el nombre de “Onda anómala”. Ciertamente, ha roto una ola en un contexto político en el que la derecha nunca ha sido más fuerte y la izquierda ya no existe. Esta ola ha sido capaz de inventar una nueva forma de conflicto social en masa.

El movimiento en el seno de una doble crisis

            Nos enfrentamos a una doble crisis: la crisis económica mundial y la crisis de la Universidad en la era moderna. La primera es evidente para todos, la segunda ha atravesado un largo proceso de transformación.
Bill Readings escribió sobre esto en su libro The University in Ruins (1997). El movimiento italiano de protesta intenta identificar las posibilidades de esta doble crisis con el fin de transformar el sistema universitario y la producción de conocimientos, así como de aumentar la autonomía de las universidades a partir de sus ruinas. Podemos mencionar al menos cuatro aspectos analíticos y políticos de la crisis que son de particular interés para el movimiento contra de los cambios en el sistema universitario, cambios que son parte de una tendencia mundial más amplia y asumen distintas formas según el contexto.

            El primer aspecto es la tendencia hacia la privatización, que en Italia está, paradójicamente, asociada con una especie de “poder feudal” en el sistema universitario estatal, aunque en ello no hay ninguna contradicción. El poder feudal es la particular interpretación italiana de la tendencia privatizadora. Cuando hablamos de privatización debemos tener claro que no significa simplemente el predominio de los fondos privados en la Universidad pública y que no nos referimos sólo a su situación jurídica. Significa que la propia Universidad debe convertirse en una empresa  para competir en el mercado de la educación y del conocimiento, basando sus decisiones en el análisis de costo-beneficio de cálculo, la lógica de la ganancia, etcétera. En otras palabras, la Universidad moderna va más allá de la tradicional dialéctica entre lo privado y lo público.
            La movilización contra la privatización de la Universidad no puede basarse en la defensa del modelo público, llevado a la crisis por el capitalismo neoliberal pero también por el propio movimiento. “No vamos a pagar por su crisis” significa que no vamos a pagar por la crisis de la Universidad pública. La oposición a la privatización plantea el problema de cómo salir de la alternativa entre público y privado, entre Estado y sociedad.

            El segundo aspecto que surge de la crisis se refiere a la centralidad de la producción de conocimientos, tanto en la acumulación capitalista contemporánea como en la lucha. El clásico mantra de la izquierda, “el conocimiento no es una mercancía,” ya no es apropiado. Por el contrario, el conocimiento es una base central del sistema de producción actual. Hay una economía política del conocimiento impuesta por medidas tales como el sistema de créditos, el sistema de propiedad intelectual, el sistema de evaluación de los resultados, la economía de referencia, etc. En otras palabras, la producción del conocimiento supera la medida clásica  de la producción de bienes tangibles. El denominado sistema meritocrático crea una jerarquía dentro de la educación y del mercado de trabajo y no concierne al conocimiento como cualificación. Por contra, da lugar a una descualificación de los conocimientos, esto es,  a un proceso de reducción del valor de la fuerza de trabajo. El desclasamiento ha sido un tema central de la lucha de los estudiantes de todo el mundo en los últimos años, y lo mismo ha ocurrido en el movimiento italiano. Sin estar contra el principio de evaluación, es esencial desconectar la medición y la evaluación, la meritocracia y la calidad de los conocimientos. Un sistema meritocrático dificulta la calidad de los conocimientos, ya que tiene el objetivo de crear valor artificial para capturar el poder colectivo de trabajo cognitivo. En otras palabras, nuestra tarea es poner a prueba un proceso de evaluación directamente relacionado con la cooperación viva del conocimiento. Se podría llamar a esto auto-evaluación, basada en el hecho de que la producción de conocimientos se ha hecho, definitivamente, no-medible.

            En este contexto de centralidad de la producción de conocimientos, hemos llegado el tercer aspecto: el surgimiento de una nueva figura del estudiante. El estudiante es tanto una fuerza de trabajo en formación, como un trabajador, un productor de conocimientos. Gracias al “aprendizaje durante toda la vida”, como comúnmente se dice, los estudiantes ocupan simultáneamente  una posición tanto en el mercado de la educación como en el mercado laboral. El lema “No vamos a pagar por su crisis” da prioridad inmediata a la relación entre trabajo y producción. Debe considerarse a la luz de la evolución tenida en la Universidad por el proceso de selección, desde la exclusión hasta la inclusión diferencial.
El resultado es que, en el sistema de acreditación permanente, el valor del estudiante-trabajador no depende tanto de si una persona ha asistido a una institución de educación superior o no, sino de a qué institución asistió. Por lo tanto, el valor del título no está necesariamente ligado a la calidad de los conocimientos, sino a la posición (es decir, al valor artificial) de la Universidad en la jerarquía del mercado de la enseñanza, según lo determinado por el prestigio de institución (su marca) y la posibilidad de acumular relaciones ventajosas, medidas en términos de capital humano y social.

            Del mismo modo, el aumento de las tasas no indica necesariamente un retorno a los mecanismos tradicionales de exclusión, ya que las matriculaciones también crecen; se está recurriendo al sistema del préstamo, que es un filtro selectivo utilizado para ajustar el valor de la fuerza trabajo. En definitiva, se trata de una disminución del salario, a menudo antes de que éste haya sido ganado. Habida cuenta de que la educación y el conocimiento son necesidades sociales que no pueden ser comprimidas, la financiarización de la ayuda social es un medio de alcanzar estas necesidades sobre una base individual. Pero también es un síntoma de la fragilidad del sistema, siendo la interminable acumulación de la deuda una de las causas de la crisis económica mundial. En Italia, el Gobierno y think tank han tratado de importar un modelo que ya es presa de la crisis.

Una Onda anómala rompe sobre Europa

            El último aspecto pone de relieve el problema político. Si la Universidad moderna ha transgredido la tradicional dialéctica entre lo público y lo privado, y entre la inclusión y la exlusión, la alternativa a la crisis no es un regreso al sistema público o la inclusión en un sistema neoliberal. Las luchas indican que lo que está en juego es la autonomía del conocimiento vivo y la construcción de instituciones comunes, la organización autónoma de la cooperación social. Aquí tenemos que ser claros sobre lo que entendemos por “común” o “propiedad común”. Los bienes comunes no existen en un vacío. Se ven sometidos constantemente al riesgo de una posible captura por el capital. Hoy en día, el valor de la producción capitalista no se basa tanto en la organización de la cooperación social, sino en la captura de los bienes comunes. Por otro lado, esos bienes comunes se caracterizan por la cooperación social y la producción de conocimiento vivo. Esa dualidad de cooperación y lucha, esa relación entre singularidad y multiplicidad, dentro y en contra de la producción capitalista, es lo que define el bien común.
La doble crisis implica el intento por el sistema capitalista de seguir bloqueando el poder de la vida y el conocimiento de la cooperación social para controlarles, mientras que las instituciones comunes son a la vez la ruptura de este intento y su alternativa, sobre la base de la organización autónoma de las fuerzas productivas.

            Las instituciones comunes marcan una nueva hora. Muchos trabajadores en situación precaria hablan de ausencia de futuro. Pero el futuro ha sido siempre una dimensión normativa del presente, a fin de controlar y desplazar las dimensiones de los movimientos sociales radicales, consolidando el papel de los partidos tradicionales y de los sindicatos. Las instituciones comunes son la inversión de esa ausencia de futuro en la plenitud y la riqueza del presente. Dado que se basan en la producción colectiva del saber, las instituciones comunes están permanentemente abiertas a la subversión.
Éste es el significado de “autoreforma” del movimiento universitario en Italia. No es una propuesta dirigida al Gobierno o a algunos partidos, y no se refiere a una práctica reformista que se proponga atenuar los cuestionamientos radicales. Por el contrario, se trata de la organización alrededor de esos cuestionamientos radicales, no en un futuro lejano sino ahora. Se trata de  la consolidación de nuestro poder de base con el fin de aumentar el nivel de conflicto y de la transformación.

            En los últimos años hemos sido testigos de muchos conflictos en toda Europa, desde España, Dinamarca y Francia hasta Grecia e Italia. En conjunto, constituyen la resistencia al proceso de Bolonia, que es el proyecto para “armonizar” las reformas en toda la UE y para crear un enfoque europeo común para la educación superior. Estas luchas comparten los mismos objetivos de autonomía y de conflicto en la producción de conocimientos. Ahora debemos dar un paso adelante. Tenemos que repensar el modelo europeo y seguir construyendo un contra-proceso de Bolonia, a través de la organización transnacional de la autonomía de la Universidad, una Universidad sin fronteras.

Revista Trasversales N° 15 verano 2009

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