domingo, 24 de abril de 2011

La autonomía del conocimiento vivo en la universidad-metrópolis

Gigi Roggero

Este artículo ha surgido del debate colectivo y de la actividad política de la Rete per l’Autoformazione en el Atelier Occupato Esc de Roma (http://www.escatelier.net/) y del colectivo edu-factory (http://www.edu-factory.org/).

                En este artículo plantearemos la hipótesis de un tránsito de la universidad-élite, a través de la universidad-masa, a la universidad-metrópolis contemporánea. Cada momento de este pasaje está determinado antes que nada por los movimientos y las luchas, y acto seguido por la respuesta del capitalismo. En el marco de estas corrientes de transformación de la universidad podemos hablar del ascenso de un nuevo ciclo político de luchas universitarias, que cubre los dos últimos años, por parte de estudiantes e investigadores precarios de Italia y Estados Unidos, contra el contrato de primer empleo (CPE)[1] en Francia, contra las reformas del proceso de Bolonia[2] en Grecia o en las universidades de élite en China. Más allá de las evidentes diferencias de contexto, de formas de gobernanza académica y de conflicto que se dan entre los casos arriba enumerados, existen algunos elementos comunes: la afirmación de una nueva figura híbrida de estudiante que se mueve permanentemente entre el aprendizaje de por vida y el mercado de trabajo, la precariedad como marco, los procesos de desclasamiento y los mecanismos de inclusión diferencial, la reconfiguración de las coordenadas espaciotemporales en la metrópolis y en la producción de un conocimiento autónomo y de oposición.

 El trabajo cognitivo en el paradigma de la transición

A la hora de analizar las transformaciones de la universidad tenemos que comenzar por la estrecha relación que existe entre las transformaciones de los modos de producción capitalista y los sistemas de educación superior. En particular, la universidad se sitúa en el centro del ascenso del capitalismo cognitivo[3], cuyas principales características son: una nueva organización y naturaleza de la producción y del trabajo; el papel central que el conocimiento, la información y las relaciones tienen no sólo como productos intangibles, sino en primer término como medios de producción; la formación de una “intelectualidad difusa” tanto para la expansión de la educación como para extender la producción del conocimiento en el campo de la cooperación social; el aumento del uso de las tecnologías de información y comunicación, no como un vector de desarrollo determinista y descorporeizado, sino como una objetivación temporal de las relaciones y las luchas sociales; y la conformación de una nuevas coordenadas espaciotemporales para la producción y el trabajo vivo en el marco de la globalización y de un sistema transnacional. Avanzamos el concepto de capitalismo cognitivo no como un postulado teórico sino como una hipótesis de investigación que ha de ser verificada y como una herramienta para ser utilizada en nuestra actividad política cotidiana. No estamos interesados en promulgar verdades epocales novedosas sino en inventar conceptos que sirvan para comprender las transiciones actuales e incidir en ellas. Tampoco estamos interesados en ofrecer descripciones sociológicas generales sino en operar con parcialidad en el seno de las luchas y la producción de subjetividad.
Es en el marco de esta transición que usamos el término trabajo cognitivo de manera diferente al más común trabajo del conocimiento[4] o a la categoría clase creativa[5]: estas dos últimas definiciones se corresponden con descripciones sociológicas de las nuevas formas de estratificación, o con el concepto de clase utilizado principalmente en la tradición marxista, que designan la pertenencia objetiva a una situación de explotación en el sistema capitalista. Estos términos, paradójicamente complementarios de la fe ortodoxa en la clase trabajadora (entendida como “los trabajadores de fábrica”), pueden ser peligrosos porque corren el riesgo de plegarse sobre sí mismos a la hora de analizar la jerarquización de clase sin actuar sobre ella. Desde el punto de vista político es mejor identificar los elementos comunes que forman todo el espectro de la composición del trabajo vivo.

Es interesante, en particular, señalar la difusión del concepto de clase creativa en una parte del debate en el seno del movimiento. Más allá de los indudables elementos de innovación del análisis de Florida esta categoría es de varias maneras una nueva ideología de las clases medias como fuerza subjetiva de mediación y conservación de las relaciones sociales capitalistas; lo cual produce una segmentación y no las condiciones de posibilidad para recombinar las cuestiones en liza al interior de la composición de clase. En efecto, uno de los límites de algunas luchas es su incapacidad para reconocer cuáles son los intereses y condiciones comunes y las alianzas posibles al interior de la composición del trabajo cognitivo. Por ejemplo, el caso italiano muestra que la reciente movilización de los investigadores e investigadoras precarias se debilitó cuando dicha movilización prefirió establecer alianzas con los lobbies profesionales académicos, con el fin de ver reconocido su valor de mercado como parte de la “clase creativa”, abandonando a cambio la vinculación estratégica con la nueva figura de estudiante y el precariado metropolitano.
Adoptamos así la clave interpretativa elaborada por el operaísmo italiano: la composición de clase[6], que señala la combinación entre relaciones de explotación y procesos de subjetivación, conflictos e identificación colectiva. En resumen: no hay clase sin lucha de clases. Más aún, con el término trabajo cognitivo no queremos identificar una categoría específica de trabajadores, como sucede con la distinción entre trabajos creativos y “trabajos basura”. En su lugar, usamos esta categoría para señalar la forma paradigmática del trabajo contemporáneo y la crisis de la dicotomía clásica entre trabajo manual e intelectual. No solamente sugerimos que en el trabajo cognitivo el aspecto físico no desaparece. También señalamos el solapamiento continuo –obviamente con diferentes grados de dureza en el trabajo, de posición y de ingresos– de las facultades intelectuales y manuales en las formas contemporáneas de trabajo. Además, la composición de la fuerza de trabajo y la combinación peculiar de las facultades por ella empleadas han cambiado sin duda alguna en los procesos contemporáneos de trabajo. Por ejemplo, la figura clásica del artista no se corresponde en absoluto con la figura productiva (y precarizada) que es hoy: tal y como muestran las luchas y las investigaciones de los intermitentes en Francia[7] el artista contemporáneo lleva a cabo una multiplicidad de actividades en las que existe un solapamiento continuo de muchas actividades manuales e intelectuales, de entre las cuales “interpretar/actuar” es sólo una más. Al mismo tiempo, los trabajadores y trabajadoras de las fábricas just-in-time en todo el mundo se dedican diariamente a la manipulación de signos y símbolos de las cadenas tecnológicas globales, y se parecen seguramente más a los red-esclavos (netslaves) de las empresas de la net economy que a los trabajadores y trabajadoras de las fábricas tayloristas. Y lo que las migrantes dedicadas al trabajo de cuidados, explotadas en los regímenes de trabajo carcelarios y etnicizados de Europa o Asia, ponen a trabajar en primer lugar son relaciones y afectos, además de un duro trabajo físico. En el capitalismo cognitivo lo material asume una importancia incluso creciente, pero las formas de producción cambian. Como demuestran las estadísticas, la disminución del número de trabajadoras y trabajadores en el sector de la manufactura en “Occidente” no se corresponde con un desplazamiento de los mismos hacia lo que antaño se llamaba “Tercer Mundo”. Ante bien, está basado en un incremento de la productividad en el trabajo industrial[8].
En el conjunto del proceso de producción el elemento cognitivo es central en la formación de las nuevas jerarquías y composiciones de clase. Así, el trabajo cognitivo significa la cognitivización de la medida del trabajo y de su explotación, la cognitivización de la clase y de las jerarquías salariales, y la cognitivización de la división del trabajo en la crisis de la forma tradicional de la división internacional determinada por los movimientos de migrantes. En consecuencia, el trabajo cognitivo no significa un proceso lineal de intelectualización de la composición del trabajo vivo, como demuestra el proceso de desclasamiento, uno de los campos de batalla de las últimas movilizaciones. Al contrario, la cognitivización del trabajo significa que la cooperación social adquiere un papel central en la producción del conocimiento, así como su desbordamiento hacia fuera de los espacios donde tiene lugar la educación formal. Y cuando hablamos de composición del trabajo cognitivo no pensamos solamente en algún lugar “occidental”, sino que pensamos en primer lugar en los ingenieros indios que son al mismo tiempo desarrolladores de software y taxistas en Silicon Valley: el solapamiento de la actividad manual e intelectual atraviesa continuamente también las biografías individuales[9]. Finalmente, desde este punto de vista el trabajo de cuidados es un trabajo complejo en el que se da una copresencia de semiesclavitud y trabajo asalariado, de aspectos “materiales” y facultades cognitivas, antes que nada en la producción de afectos. En cierto modo, se trata de un paradigma del trabajo cognitivo. Así, cuando hablamos de “feminización del trabajo” no nos referimos sólo a la entrada masiva de las mujeres al mercado de trabajo, sino antes que nada al devenir productivo de las relaciones y afectos, de la capacidad de impartir cuidados, que antes estaban confinadas en la esfera reproductiva e históricamente determinadas como femeninas. En otras palabras, el trabajo cognitivo es el filtro a través del cual es posible observar el espectro entero de la producción y las formas de trabajo del capitalismo contemporáneo, en su copresencia y en su peculiar combinación.

 El ascenso transnacional de la universidad-metrópolis

En las nuevas jerarquías y en la emergente composición de clase la universidad no es el único lugar donde se produce conocimiento y cultura: la academia se ve excedida por flujos de producción de conocimiento que se diseminan en la cooperación social del área metropolitana. Con este último término no nos referimos a la tradicional metrópolis occidental sino a los nuevos espacios globales que, en efecto, han alcanzado un desarrollo paradigmático en las zonas poscoloniales[10]. Así, nuestro problema no es reconstruir la torre de marfil sino actuar en las fronteras entre la universidad y la metrópolis. En otras palabras, nuestro propósito es transformar el área metropolitana en una universidad autónoma y de oposición. En consecuencia, la universidad es para nosotros un lugar en el que aplicar la fuerza y una base para la autonomía y el éxodo.

La hipótesis del ascenso del capitalismo cognitivo nos lleva a examinar las nuevas coordenadas espaciotemporales de la producción y el trabajo. La imagen tradicional de la división internacional del trabajo, basada en la división geográfica entre las áreas del Primer y el Tercer Mundo, es ahora inútil: como vimos más arriba, esa división clásica ha sido sustituida por una división cognitiva del trabajo. Como han mostrado los pensadores y pensadoras poscoloniales, la dialéctica entre centro y periferia, entre países industrializados y en desarrollo, está en crisis. Esto no significa que las jerarquías, desigualdades y formas de explotación desaparezcan. Al contrario, se han extendido globalmente más allá de las líneas tradicionales del Primer y el Tercer Mundo, atravesando fronteras y reproduciéndose al interior de las áreas metropolitanas. Así, el punto de vista desde el cual tenemos que analizar las trasformaciones de la universidad debe ser completamente transnacional. Al mismo tiempo, estas transformaciones están situadas a nivel local. Por ejemplo, la empresarización de la universidad (lo cual se refiere no sólo al incremento de la financiación privada sino antes que nada al devenir empresa de la gobernanza académica) en Italia implica también la presencia del poder feudal de los llamados “barones” (profesores poderosos en puestos que con frecuencia se transmiten por linaje familiar). Estas trasformaciones comparten algunas tendencias comunes, que en Europa se resumen en el proceso de Bolonia. Nos limitaremos a analizar cuatro.

La primera tendencia común es el tránsito de mecanismos selectivos de exclusión en el proceso educativo a una inclusión diferencial. En otras palabras, en el marco del sistema de créditos el curriculum vitae ya no depende tanto de si una persona estudió en una institución de enseñanza superior sino que depende antes que nada de en cuál. Así, el valor de la licenciatura está en relación con la posición de la universidad en la jerarquía del mercado de la enseñanza y se corresponde con el pretigio de la institución, su marca y las posibilidades que ésta ofrece de acumular relaciones ventajosas, medidas en términos de capital social, y no necesariamente con la calidad del conocimiento. Se trata de un proceso que se ha desarrollado durante un largo periodo en Estados Unidos y que ahora está en desarrollo también en Europa, pues es uno de los aspectos del  proceso de Bolonia. Esta tendencia es similar a los cambios de la ciudadanía en la era de la globalización. En ambos casos, en el sistema universitario tanto como en la figura de la ciudadanía, los procesos de inclusión diferencial tienen que ver con la producción de fronteras y jerarquías de clase, raza y género en la división transnacional del trabajo cognitivo. En consecuencia, el aumento del número de licenciaturas en la enseñanza superior se ve con frecuencia acompañado por un proceso de desclasamiento en el mercado de trabajo y en la cualificación del conocimiento. En el léxico de la dirección universitaria, la palabra calidad es sustituida por equidad, que significa igualdad e inclusión diferencial. Así, el campo de batalla fundamental no se configura en torno a la exclusión sino en torno a la calidad de la inclusión. La universidad-metrópolis no es un lugar destinado a entrenar a la élite ni a difundir la educación de masas: es uno de los nodos y dispositivos que, en el mercado del aprendizaje continuo y de por vida, regulan el valor del trabajo cognitivo.

La segunda tendencia común afecta al trabajo académico en lo que se refiere al proceso que los movimientos sociales, principalmente en Europa, han llamado precarización, denominando precario al sujeto que habita este proceso. De todas maneras, la lucha contra la precariedad no tiene para nosotros el objetivo de restaurar los “viejos” derechos y formas de trabajo. Por una parte, la actividad cognitiva es incompatible con la rigidez de espacio y tiempo del modelo fordista. Por otra parte, y sobre todo, existe una ambivalencia de la flexibilidad, como bien subrayan Luc Boltanski y Eve Chiapello en su importante estudio sobre el “nuevo espíritu del capitalismo”[11]. Para establecer una genealogía de la categoría flexibilidad, que se convirtió en la palabra mágica de las políticas sobre el trabajo y de los procesos de precarización en los años noventa, habría que remontarse también a las luchas obreras y el éxodo masivo hacia fuera del trabajo asalariado que tuvo lugar en los setenta. Paradójicamente, cuando las palabras clave del posfordismo (flexibilidad, movilidad, innovación, impredecibilidad, adaptabilidad, no estandarización, singularidad) son interpretadas y ejecutadas de forma plena en la vida de los sujetos del trabajo vivo ello provoca una crisis en los dispositivos del control capitalista sobre la fuerza de trabajo. El problema político es si la flexibilidad intrínseca asume la forma de la precariedad o promueve la autonomía del trabajo vivo mediante la conquista de la renta básica, la libertad de movimiento y los derechos de comunicación, así como la expansión de la actividad libre cooperativa y los procesos de autovalorización en contra del chantaje del trabajo asalariado y del mercado.
La tercera tendencia común es el ascenso de una nueva figura estudiantil. Como muestran claramente las luchas de los estudiantes universitarios, en el capitalismo cognitivo –donde el trabajo es directamente un medio de producción— el estudiante universitario ya no es un aprendiz de la fuerza de trabajo en periodo de entrenamiento, sino un trabajador (precario) completo en la llamada “fábrica del conocimiento”. Desde este punto de vista, debemos señalar también que esta expresión es indudablemente una figura retórica eficaz para aludir a la centralidad de la producción de conocimiento en la actual formación de clase y en el disciplinamiento de las formas de conocimiento vivo. Al mismo tiempo, cualquier uso del término fábrica del conocimiento tiene también que analizar la imposibilidad de imponer la organización científica taylorista del trabajo sobre la actual formación de clase. Emerge de esta imposibilidad la autonomía potencial del trabajo/conocimiento vivo, corporeizado en la nueva figura híbrida del estudiante/investigador y el profesor precario o precaria, quien se mueve permanentemente entre el aprendizaje de por vida y el mercado de trabajo.

Finalmente, la cuarta tendencia común es la imposición de una medida cognitiva para cuantificar la producción y las relaciones de conocimiento (mediante el sistema de créditos o las categorías de capital humano y social). Esta medida es fundamental para permitir la explotación de las relaciones y la apropiación privada. De acuerdo con McKenzie Wark, el sistema educativo, como el capitalismo cognitivo en general, implica la organización del conocimiento mediante la creación artificial de la escasez, como en las leyes de la economía política clásica, pero en una situación en la que existen una abundancia y una riqueza potenciales[12]. En efecto, se da una suerte de desbordamiento del conocimiento (determinado por subjetividades y conflictos) con respecto a las unidades de cuantificación y la ley del valor. He ahí la principal contradicción de la economía política del conocimiento y el campo de batalla entre la subordinación de la cooperación social y la autonomía del trabajo/conocimiento vivo. Pero el exceso de la producción de conocimiento no significa automáticamente la crisis del capitalismo, sino que es el campo de batalla entre la autonomía del trabajo vivo y su captura capitalista. Así, no basta con decir que es imposible medir el conocimiento como un bien, puesto que una medida, por artificial que sea, no deja de ser de una medida. Las luchas en torno a la cognitivización de la medida no son sino el frente de conflicto en la producción del conocimiento.

Pero hay aún otro elemento entre las condiciones de posibilidad para esta lucha: de manera diferente (sólo en parte, puesto que no hay nada totalmente nuevo) al capitalismo industrial, el conocimiento –que es la fuerza productiva central— no puede ser totalmente separado hoy de su productor y transferido a las empresas. La transferencia de conocimiento y el robo de la propiedad intelectual son grandes problemas para las corporaciones[13]. Algunos teóricos afirman que en la actualidad el capital fijo vendría a ser el propio ser humano.. Limitaremos nuestro análisis a afirmar que la cristalización y la objetivación del conocimiento en el sistema de las máquinas no son procesos obsoletos, sino que se articulan de una nueva y peculiar forma: se necesita dar vida al trabajo/conocimiento muerto cada vez más y con mayor rapidez, y en este proceso hay un exceso de conocimiento vivo social que escapa continuamente. Es precisamente este exceso de conocimiento vivo el que determina la nueva temporalidad del capitalismo cognitivo (como subrayamos anteriormente). Basado en esta nueva relacion entre el capital fijo y variable, el uso actual de la tecnología es inmediatemante un campo de batalla en el que responder a la captura del trabajo vivo transformado en trabajo muerto y en el que ejercer una reapropiación opositora de la producción de conocimiento.

 Las líneas de fuga y la organización de las instituciones comunes
Basándose en esta contradicción las luchas en la universidad-metrópolis son conflictos en la producción del conocimiento: entre la autonomía y la subordinación, entre la imposición del tiempo capitalista y la afirmación de temporalidades subjetivas en la producción del conocimiento. Los cursos de autoformación y la construcción de universidades experimentales, autónomas y “nómadas” que se están diseminando por toda Italia[14] y a nivel transnacional[15] desde hace ya algunos años no son simplemente una manera de difundir mensajes antagonistas, sino una línea de fuga y una forma de éxodo de la crisis de la academia en sus formas estatales y empresariales. Son intentos de organizar una universidad de oposición no en un futuro lejano sino en el presente. Los cursos de autoformación apuntan en primer lugar hacia las nuevas coordenadas temporales en el capitalismo cognitivo. En efecto, la expansión del modelo empresarial en la universidad, los procesos de reforma de los últimos años en Europa, el papel central del sistema de créditos, constituyen el intento, por utilizar palabras de Walter Benjamin, de imponer artificialmente una temporalidad homogénea y vacía contra la temporalidad heterogénea y plena de la producción del conocimiento: el tiempo objetivo del capital y del mercado contra el tiempo subjetivo de la cooperación social y la autonomía del trabajo vivo[16]. Utilizando ahora palabras de Karl Marx, diríamos que es el intento de reducir el conocimiento vivo a conocimiento muerto, de reducir los tiempos del conocimiento vivo al tiempo abstracto de trabajo[17]. Situadas en este campo de batalla, las organizaciones del conocimiento opositoras intentan reapropiarse de un tiempo autónomo para la producción y las formas de vida, creando nuevos comunes contra los nuevos cercamientos capitalistas. Desde este punto de vista, el conocimiento es común sólo en tanto que producto de la cooperación social y no en el sentido de un bien que existe en la naturaleza: en efecto, sobre este punto crucial se dio a veces una confusión en el debate del pasado año en el seno del movimiento.

Chandra T. Mohanty apunta que los conocimientos de oposición están permanentemente atrapados entre los cambios radicales y el riesgo de cooptación[18]. Más en concreto, la institucionalización y captura del conocimiento de oposición es intrínseca al modelo de gobernanza que se desarrolla plenamente en las universidad-empresa. Este modelo permite un cierto grado de conocimiento autogestionado pero siempre separado de las luchas y compatible con el mantenimiento de la lógica de mercado, de sus motivaciones lucrativas y sus unidades de medida. Así, es una forma de inclusión diferencial de las experiencias alternativas, que se ven desprovistas de su autonomía. Desde este punto de vista, la gobernanza es una respuesta a los movimientos estudiantiles y precarios, un intento de reducirlos a stakeholders[19]. Es por eso que reclamamos créditos para nuestros seminarios de autoformación con el objetivo de hinchar el sistema de créditos hasta hacerlo caer como medida impuesta de la producción cognitiva. Esta producción de conocimientos de oposición también significa el rechazo de la transmisión institucional del conocimiento; en esta línea, el derecho a estudiar del sistema de bienestar clásico es comparable al derecho al trabajo: no hay conocimientos de oposición ni producción de bienes comunes sin luchas. La categoría de común necesita ser clarificada. En efecto, es radicalmente diferente e incompatible con la categoría tradicional de universalismo, porque está basada en la parcialidad, la singularidad y la multiplicidad, y no en la reducción a la homogeneidad. Esto desplaza tanto el culto liberal del individualismo como el mito socialista de lo colectivo. Desde este punto de vista, la traducción deviene un terreno de batalla fundamental. Como escriben Jon Solomon y Naoki Sakai, “visto desde esta perspectiva, el régimen moderno de traducción es una forma concreta de ‘complicidad sistémica’ cuya función primaria es el control de la población desde el ámbito de la dominación imperial. En otras palabras, es una técnica de segmentación aplicable globalmente y dirigida a controlar las relaciones sociales forzándolas a pasar a través de circuitos al nivel ‘sistémico’”[20]. Así, el concepto de común asume la diferenciación de espacios, tiempos y subjetividades en el espacio transnacional, y postula la traducción como una cuestión central en la comunicación de las luchas y de los vínculos entre diferentes modos de liberación.
Sobre estas bases, los conflictos en la crisis del welfare no deben expresar el deseo de retornar al sistema de Estado de bienestar o a la universidad-masa, como argumentan los partidos de izquierda y sindicatos. El problema es construir el commonfare, que engloba cuestiones centrales como la renta básica, la libertad de movimiento y de comunicación, la ampliación de los espacios autónomos y la flexibilidad autogestionada del conocimiento/trabajo vivo. Entre las ruinas de la universidad tenemos grandes oportunidades si en lugar de intentar curar la crisis, la profundizamos. En otras palabras, hemos salido de la marginalidad para reapropiarnos de dinero y de fondos de financiación, con el fin de organizar experiencias de autoformación y universidades autónomas y nómadas en forma de nuevas instituciones comunes. He ahí la línea del éxodo. Lo que significa: fuga y lucha del trabajo cognitivo.

[1] Sobre la Ley de Contrato del Primer Empleo en Francia y las protestas que desencadenó en 2006 véase <http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Contrato_del_Primer_Empleo_(Francia)> [NdT].
[2] Sobre el proceso de creación del Espacio Europeo de Educación Superior a partir de la Declaración de Bolonia, firmada por los ministros de educación de la Unión Europea en 1999, véase en castellano <http://es.wikipedia.org/wiki/Proceso_de_Bolonia> [NdT].
[3] Carlo Vercellone (ed.), Capitalismo cognitivo. Conoscenza e finanza nell’epoca postfordista, Manifestolibri, Roma, 2006 [véase del mismo autor, en castellano, “Las políticas de desarrollo en tiempos del capitalismo cognitivo”, en el volumen colectivo Capitalismo cognitivo. Propiedad intelectual y creación colectiva, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004; también para una comprensión amplia del concepto capitalismo cognitivo].
[4] Acuñada por Peter Drucker en 1959, la expresión knowledge worker designa a quienes manejan principalmente la información o el conocimiento como materia de su trabajo (véase en inglés <http://en.wikipedia.org/wiki/Knowledge_worker>) [NdT].
[5] Richard Florida, The Rise of the Creative Class… and How it’s Transforming Work, Leisure, Community, & Everyday Life, Basic Books, New York, 2002.
[6] Stephen Wright, Storming Heaven: Class Composition and Struggle in Italian Autonomist Marxism, Pluto Press, Londres, 2002.
[7] Véase el sitio de la Coordination des Intermittents et Précaires d’Ille de France (http://www.cip-idf.org) [y en castellano la carpeta de textos incluida en Brumaria 7: Arte, máquinas, trabajo inmaterial, diciembre de 2006 (http://brumaria.net/publicacionbru7.htm); también Antonella Corsani, “Producción de saberes y nuevas formas de acción política. La experiencia de los trabajadores y trabajadoras intermitentes del espectáculo en Francia”, en transversal: investigación militante, abril de 2006 (http://transform.eipcp.net/transversal/0406/corsani/es)].
[8] Christian Marazzi, “Capitalismo digitale e modello antropogenetico di produzione”, en Chicchi, Laville, La Rosa y Marazzi (eds.), Reinventare il lavoro, Sapere, Roma, 2000.
[9] Aihwa Ong, “Please Stay: Pied-a-Terre Subjects in the Megacity”, en Citizenship Studies, vol. 11, nº 1, 2007.
[10] Aihwa Ong, Neoliberalism as Exception. Mutations in Citizenship and Sovereignty, Duke University Press, Durham y Londres, 2006.
[11] Luc Boltanski y Eve Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Colección Cuestiones de Antagonismo, Madrid, 2002.
[12] McKenzie Wark, Un manifiesto hacker, Alpha Decay, Barcelona, 2006.
[13] Andrew Ross, Fast Boat to China. Corporate Flight and the Consequences of Free Trade: Lessons from Shangai, Pantheon Books, Nueva York, 2006.
[16] Walter Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia”, Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia, Taurus, Madrid, 1987.
[17] Marx y Engels, Grundrisse. Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía política 1857-1858, vols. I y II, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
[18] Chandra T. Mohanty, “On Race and Voice: Challenges for Liberal Education in the 1990s”, en Cultural Critique, nº 14, 1990.
[19] Como a los accionistas de una empresa, quienes ponen en ella sus recursos, pero es la dirección de la misma quien decide el sentido de las inversiones y de las decisiones clave [NdT].
[20] Naomi Sakai y Jon Solomon, Translation, biopolitics, colonial difference, accesible en <http://www.edu-factory.org/>.

Publicado en  http://eipcp.net/transversal/0707/roggero/es
Traducción de Marcelo Expósito

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